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Электронная книга - «Maradentro». Краткое содержание книги:

Apasionante final para la trilogía. Los Perdomo Maradentro son una familia que huye de Lanzarote para rehacer su vida en tierras venezolanas. En ese lugar, siguen sucediéndose inesperadas situaciones por ese particular hechizo que Yáiza ejerce sobre los hombres.
Tras varios cambios de morada, finalmente se instalan en la Guayana venezolana donde, la hermosa Yáiza vivirá una mágica transformación.
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— ¡Ésa sí es fuerte pendejada! Ya me contaron que te llevaste a un chiquillo maquiritare al Parán-Tepuy porque escuchaba «La Música»… — Sonrió burlón —. ¿Encontraste muchas «piedras»?

— Se me murió antes de tiempo.

— Eso le pasa a la mayoría de los que confían en ti, Bachaco. Por eso no quiero hablar contigo de negocios, y me da la impresión de que venías a proponerme uno… ¿O no?

— Diez veces lo que hayas sacado de la concesión y me la cedes. Me enseñas lo que tengas en tu «penetro», se lo llevamos a el Turco, lo valora, y yo te pago, en el acto, diez veces más… ¿Cuál es el riesgo?

— Primero, que ya habrás hablado con el Turco para que tase las piedras a mitad de precio. Y segundo, que cuando me lance río abajo con los «bolos» en el bolsillo, lo más probable es que tus hombres me estén esperando en alguna parte.

— ¡Ésa es una acusación muy grave! — Fingió ofenderse el otro —. Me estás llamando estafador, ladrón y asesino de un solo carajazo. Demasiado, Incluso viniendo de ti, húngaro. — Cosas peores te habrán dicho. — ¿Las hay? — se sorprendió el mulato —. ¡Vaina! Tú sí eres duro para los negocios. ¡Está bien! — concluyó como quien decide cometer una barbaridad —. Te doy diez veces lo que cualquier tasador señale, y te lo garantizo con un cheque respaldado por Cara-e-locha. Como comprenderás, no voy a arriesgarme a perder mi licencia por engañarte en algo que ni siquiera sé si vale la pena. ¿Qué dices? — Tengo que consultarlo con mis socios. — Tú puedes convencerlos… — Adelantó la mano y se la colocó, con ademán de complicidad, sobre la rodilla —. Si lo haces, buscaremos la forma de que te lleves la mejor parte. Al fin y al cabo esos «musiús» no saben un carrizo de diamantes.

— Yo también soy «musiú»… — le recordó Zoltan Karrás apartándole la mano como quien aparta un sapo —. Y deberías saber que jamás engaño a nadie.

— Ése es tu problema… — fue la cínica respuesta del «rionegrino» al tiempo que se erguía con una ágil flexión de las piernas —. Ésa es mi propuesta, y te aconsejo que la aceptes.

Se alejó, sin prisas. Él húngaro lo estuvo observando hasta que desapareció más allá del «restaurant» del griego Aristófanes y sólo entonces decidió encaminarse a la choza de los Perdomo Maradentro, a los que transmitió la proposición que acababa de recibir.

— ¿Usted qué opina? — fue lo primero que quiso saber Sebastián —. Es el único que conoce bien a los «rionegrinos».

— Prefiero no influir en la decisión — señaló el húngaro —. Somos cinco y lo que yo piense es lo de menos.

— Pero a usted nunca le gustó la idea de bajar al fondo del río.

— Menos me gusta ceder al chantaje de ningún Bachaco hijo de puta, que es, probablemente, el que ha cebado las pirañas.

— ¿Y cómo espera librarse de ellas?

— En primer lugar, dejando de alimentarlas. Luego, a los pocos días, probablemente con «barbasco».

— ¿Barbasco? — se sorprendió Asdrúbal.

— Un veneno que los indios utilizan para pescar — aclaró Zoltan Karrás —. Se obtiene machacando una planta, y cuando se arroja en una laguna o un río tranquilo los peces se asfixian y salen a flote. Aquí, con tanto caudal no matarían a muchos pero conseguirían que los «caribes» se alejaran.

— ¿No podríamos hacerlo nosotros?

Negó convencido:

— Nunca reuniríamos «barbasco» suficiente. Hay que conocer muy bien la selva para saber de qué planta se trata. — Su tono era claramente pesimista —. No — insistió —. Jamás lo lograríamos. Las pirañas que ahuyentáramos de día, volverían a atraerlas de noche.

Asdrúbal abrió la boca para añadir algo, pero su hermana le interrumpió con un gesto:

— ¡Vámonos! — pidió —. Aceptemos la oferta y vayámonos de aquí.

La miraron, y tanto a Asdrúbal como a Sebastián se les advertía profundamente molestos.

— ¿Sin luchar? — inquirió el último —. ¿Sin luchar cuando tenemos la fortuna al alcance de la mano?

— Siempre supe que no conseguiríamos esos diamantes — replicó ella con calma —. Están ahí, pero no son para nosotros… — Hizo una corta pausa —. Ésos, no.

— ¿Qué quieres decir?

— Que hay más diamantes en La Guayana. — Sí. Eso ya lo sabemos, pero… ¿dónde? ¿Puedes averiguarlo? — Tal vez.

— ¡No! — La voz de Aurelia sonó firme y casi autoritaria —. ¡Eso sí que no! Ya lo hemos discutido y no quiero que utilices a los muertos.

— Ellos llevan toda la vida utilizándome — le hizo notar su hija —. Ya va siendo hora de que empiecen a compensarnos por cuanto nos han hecho pasar.

— Me asusta.

— A mí no, madre. Han ocurrido tantas cosas en este año, que ya no creo que nos suceda nada peor… — Hizo una larga pausa y por último, con un extraño tono de voz que no parecía pertenecerle, añadió —: Xanán puede llevarnos adonde hay diamantes.

— ¿Y crees que voy a arriesgarme a dar un paso por esas selvas teniendo como guía a un indio muerto? — se sorprendió Zoltan Karrás —. No estoy tan loco.

Yáiza le miró a los ojos, y se diría que, por primera vez, se percibía un destello de autoridad en asa mirada.

— ¿Se le ocurre algo mejor? — quiso saber.

— Volver a casa — replicó el húngaro con innegable malestar.

— No tenemos casa. Ni nosotros, ni usted — puntualizó ella de inmediato —. No tenemos más que un casco de madera que necesita transformarse en barco y un sombrero que cuando llueve le cala. ¿A qué casa quiere que volvamos?

Durante largo rato los traslúcidos ojos del minero permanecieron clavados en el rostro de Yáiza, y por último se volvió a Aurelia y se diría que de pronto se sentía derrotado.

— No sé por qué sigo con todo esto — dijo —. Debería agarrar mis «corotos» y seguir mi camino, pero no consigo hacerlo. — Chasqueó la lengua con un ademán que denotaba fastidio e impotencia —.

¿Por qué? — quiso saber —. ¿Qué maldito bebedizo me han dado que me impide perderlos de vista? Yo era un tipo feliz hasta que los encontré y ahora incluso empiezo a dudar de cómo me llamo… — Mostró las manos con las palmas hacia arriba como si con ello quisiera indicar que se rendía incondicionalmente —. ¡De acuerdo! — admitió —. Si lo que quieren es que cedamos la concesión a ese negro de mierda, se la cedemos. Al fin y al cabo, ¿quién soy yo para opinar sobre los muertos?

Bachaco Van-Jan cumplió su promesa, permitió que el belga Dobson — el más justo de los tasadores — valorara las «piedras» y le entregó al «Fiscal de Minas» un cheque del que éste descontó su inevitable cinco por ciento dándole a cambio al húngaro un pagaré en papel oficial.

— Cualquier Jefe Civil te lo abonará — dijo —. Ahora puedes irte sin miedo a que los «rionegrinos» te asalten… — Le observó con detenimiento —. Me duele que esto haya acabado así — añadió —. Pero creo que los «isleños» estarán mejor lejos de aquí.

— Algún dia le arreglaré las cuentas a ese Bachaco — masculló Zoltan Karrás mientras se guardaba el pagaré —. Puedes jugarte las bolas.

— Eso no te traería más que problemas — fue la sincera advertencia —. Alguien lo matará, y pronto, pero no me gustaría que fueras tú. No se puede demostrar que él «cebara» a los «zamuritos» y vistas como están las cosas te ha hecho un favor… — Comenzó a limpiarse las gafas con su eterna parsimonia —, ¿Qué piensas hacer? — quiso saber —. He oído que proyectan construir una presa en el Caroní y que con el tiempo San Félix se convertirá en un lugar casi tan importante como Ciudad Bolívar. Tal vez deberías establecerte allí y labrarte un futuro lejos de las minas. Ya no eres un niño — le recordó sonriendo —. La «busca» empieza a ser demasiado para ti…

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