Los Pájaros De Bangkok
- Автор: Montalban Manuel Vázquez
- Серия: Pepe Carvalho #6
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los Pájaros De Bangkok». Краткое содержание книги:
– ¿La policía al lado de un mafioso?
– La policía le debe muchos favores a "Jungle Kid" y aquí nunca se sabe dónde acaba el orden y empieza el desorden o lo legal y lo ilegal.
La funcionaria sostuvo la mirada de Carvalho y el detective recibió la advertencia diplomática latente en la contención expresiva de la mujer.
– ¿Es posible hablar con la policía o con el mismo "Jungle Kid"?
La mujer se echó a reír.
– Lo extraño es que ni los unos ni el otro se hayan puesto ya en contacto con usted. Abra bien los ojos. A "Jungle Kid" podrá encontrarle en el hotel Malasya, un hotel que está no muy lejos de aquí, cerca de la Oficina de Inmigración. Es un hotel también legendario, donde puede pasar cualquier cosa y a donde van a parar los turistas que tienen mucha curiosidad y poco dinero. "Jungle Kid" utiliza el Malasya como oficina de contratación para sus expediciones. Es un hombre de cuidado. Es chino, formaba parte de la división del Kuomintang que se estableció en el norte de Thailandia después de la victoria de Mao Tse-tung. Hoy día las redes de tráfico de heroína, diamantes o mujeres están en manos de chinos, y en muchos casos de chinos vinculados con la División 93 de Chang Kai-shek.
La mujer parecía haberse aprendido bien los apuntes a los que recurría de vez en cuando para reponer combustible.
– ¿Con qué miembro de la policía he de ponerme en contacto?
– Sabían que usted iba a venir. Apúntese el nombre que voy a decirle. Uthain Charoen. Es el funcionario del Ministerio del Interior que lleva el caso.
En la mirada de la mujer había ironía o quizá era un intento de valoración de hasta qué punto Carvalho estaba en condiciones de enfrentarse a la situación, a "Jungle Kid", a Uthain Charoen.
– ¿Qué clase de tipo es?
– Yo he hablado dos o tres veces con él. Repito, abra bien los ojos. Es un hombre de colmillo retorcido.
Carvalho abrió los ojos para expresar todo el pavor que le había suscitado la recomendación.
– ¿Ustedes cómo pueden ayudarme?
– Moralmente, y si le meten en la cárcel le entraremos tabaco de vez en cuando. Pero le aconsejo que haga lo imposible para que no le metan en la cárcel. La cárcel aquí es horrible. En estos momentos hay siete españoles liados por lo de la droga y le aseguro que alguno de ellos preferiría colgarse antes de seguir ahí dentro.
Hablaba en serio. Diplomáticamente en serio.
El taxista trató de convencer a Carvalho de que antes de ir al Malasya debía pasar por un catálogo inacabable de tiendas de piedras preciosas y sederías. La tozudez del hombre le llevó a merodear la zona del Malasya una y otra vez por si mientras tanto tenía tiempo de convencer a su pasajero. A Carvalho le quedó la alternativa de tirarse del taxi en marcha o de esperar que su enemigo se diera cuenta de lo inútil de sus circunvalaciones y explicaciones. Optó por recostarse en el asiento y contemplar el paisaje urbano, consistente en una concentración de pus-pus, tuc-tucs envueltos en monóxido de carbono que se metía por las abiertas ventanillas de un taxi sin aire acondicionado. El taxista prosiguió quince minutos su disertación sobre los lugares a los que podría llevar a Carvalho y finalmente optó por insultarle en thailandés, porque prosiguió monologando en su idioma, mientras se decidía a tomar la ruta del Malasya. Dejó atrás las amplias avenidas que atraviesan la ciudad y se metió por callejas marginales, en las que la dignidad de la vegetación tropical compensaba el deterioro progresivo de las construcciones. Finalmente metió el taxi en el patio del Malasya y a su encuentro salieron cuatro o cinco receptores sin uniforme que consintieron de reojo la decisión de Carvalho de ir directamente desde el taxi hasta la puerta del hotel. Teca de segunda, bambú de río con poca agua, "boys" de trajes de segundo cuerpo, tapicería de marroncete skai, suelo de plástico verde, una decadente vejez en las cosas que impregnaba a los recepcionistas y a los camareros de un restaurante adosado a un "hall" de pensión para viajantes de provincias. Pantalones tejanos de todas las clases, extranjeros con pinta de profesores norteamericanos de universidades pobres, jóvenes franceses poscontraculturales, damas "faisandees" con sandalias para unas pantorrillas cúbicas y rosadas, ni un blanco de los ojos del personal del hotel era blanco, entre el rojo y el amarillo, pasando por un color pus de insatisfacción, predominaba en las miradas que acogían el aspecto convencional de Carvalho con una cierta indiferencia. Se acercó a la recepción y preguntó por Archit y Teresa.
– Son dos amigos míos que están en Bangkok y quizá se hayan hospedado en este hotel.
El que le atendía intercambió comentarios en thai con una mujer pequeña, mal peinada, que se rió en las narices de Carvalho y probablemente de Carvalho.
– No los conocemos.
– Estoy seguro de que han estado en este hotel.
– Por este hotel pasa mucha gente y no los conocemos a todos necesariamente.
– Miren el libro de registro.
Se encogieron de hombros y no manifestaron ni deseo ni intención de ir a por el libro de registro.
– Repase el mural, allí, a la izquierda, junto a la mesita. Quizá hayan dejado algún aviso.
Un mural sobre el que espontáneamente se habían ido clavando avisos particulares. Se ofrece profesor de francés, habitación setenta y seis. Karen y Leo te esperan en la habitación noventa y ocho. Vendo máquina de escribir Olympia, Mónica. Los ojos de Carvalho se detuvieron sobre un anuncio: "Jungle Kid, el mejor guía para el país shan", pero alguien había escrito debajo del anuncio: "No te fíes de Jungle Kid, te dejará abandonado en plena jungla". Carvalho decidió jugar a la ruleta rusa, volver al recepcionista y preguntarle por "Jungle Kid", pero alguien situado a sus espaldas retuvo su marcha hacia la recepción.
– ¿Es usted el español que acaba de llegar?
Se volvió y ante él tenía a un thailandés con traje de algodón amarillento, corbata mal hecha, el rostro joven traicionado por acusadas patas de gallo y las canas que se asomaban a la sien izquierda, los labios lilas entreabiertos para componer algo que se parecía a una sonrisa.
– ¿Se llama usted José Carvalho Tourón?
Leía dificultosamente el nombre de Carvalho, anotado en un papel que se había sacado del bolsillo.
– Sí.
– El pasaporte, por favor.
Le enseñó un carnet en el que aparecía su propia foto en un océano de escritura thai.
– No entiendo nada.
– Aquí se dice que me llamo Uthain Charoen y que soy oficial de policía.
– ¿Y he de creérmelo?
El hombre rió brevemente y tras la risa conservó una suave sonrisa.
– Le aconsejo que se lo crea.
Carvalho sacó el pasaporte del bolsillo y se lo tendió. Con el rabillo del ojo vio que los recepcionistas se habían acodado en el mostrador y contemplaban la escena.
– Muy bien, señor Carvalho. Estoy a su disposición. ¿Qué ha venido a buscar al Malasya?
– Me parece que soy yo el que está a su disposición. Es usted el que empieza a hacer preguntas.
– Disculpe. Es deformación profesional. Dela por no hecha. Pero me parece que usted está alojado en el Dusit Thani y no creo que vaya a cambiar aquel hotel por éste.
– Me parece que éste es más divertido.
– Depende de cómo se divierta usted.
Carvalho permaneció de pie, a la espera de que el otro tomara la iniciativa.
– Su amiga no está en este hotel.
– ¿Dónde está?
– No lo sé.
– De hecho no la buscaba a ella, sino a "Jungle Kid".
Charoen alzó las cejas valorando la respuesta de Carvalho.
– Nada más llegar a Bangkok y ya conoce usted a "Jungle Kid". Aprende usted rápido.
– Tal vez "Jungle Kid" sepa lo que ni usted ni yo sabemos. Dónde está Teresa.
– No. Por suerte para ella y para usted no lo sabe.
Charoen se inclinó con cierta cortesía ofreciéndole la puerta de salida. Carvalho creyó advertir que intercambiaba una mirada de aviso con un hombre poderoso sentado en uno de los sillones de plástico marrón. Era un hombre veterano pero musculado, con los párpados colgantes casi tapándole los ojos oblicuos y un bigotillo afilado sobre los labios carnosos, todo ello bajo un cenital cráneo totalmente rasurado. Desde la perspectiva de la puerta de salida del Malasya, a la izquierda se ofrecía un sastre rápido, delante estaban los cobertizos al aire libre para los coches del hotel y a la derecha la salida a la calle y el anuncio de un bar, el café Lisboa. Charoen se encaminó hacia el Lisboa abriendo paso a Carvalho y ofreciéndole continuar su marcha con gestos corteses de paje. Ya en el Lisboa, Charoen invitó a Carvalho a sentarse y pidió dos vasos de Mekong.
– Se trata del whisky de arroz; si no lo ha probado le resultará muy agradable. ¿Lo ha probado, o en su estancia anterior o en la actual?
– ¿Conocía usted mi estancia anterior?
– Disponemos de un archivo, no muy bueno pero suficiente para nuestras necesidades. Bangkok no es el centro del mundo, pero sí es uno de los centros más importantes de Asia.
Les trajeron dos vasos llenos de hielo picado y de un líquido que recordaba el color del whisky. Carvalho recuperó el sabor del Mekong, un whisky que sabía a arroz integral, ligero, incluso agradable.
– ¿Le gusta?
– Me gustaba y me gustará.
– Los extranjeros se aficionan en seguida al Mekong. Es barato y tan sano como el whisky escocés.
Charoen se pasó una mano por el pelo, luego la dejó planear suavemente en el aire y la posó sobre su vaso como tapándolo.
– Me gustaría saber qué piensa usted hacer en Bangkok.
– Ante todo saber cómo puedo encontrar a Teresa Marsé y llevármela a España.
– Encontrarla es posible. Lo de llevársela a España quíteselo de la cabeza. Hay un crimen por medio.
– Dudo que Teresa haya matado a ese chico.
– ¿También estaba enterado del crimen? ¿Entonces sabrá de quién se trata?
– No entiendo la importancia que le dan a un gángster hijo de otro gángster.
Charoen entornó los ojos y sonrió como disculpando las palabras que ya empezaba a pronunciar.
– Los gángsters no son iguales en todas partes. En algunos lugares de los Estados Unidos, por ejemplo, han llegado a alcaldes o a presidentes de sindicatos. "Jungle Kid" no es un gángster más y a la policía de Thailandia se le complicarían las cosas si "Jungle Kid" se enfadara con ella.
– ¿Dónde está "Jungle Kid"?
– Aquí.
– ¿Aquí? ¿En este bar?
– No. Pero ha estado muy cerca. Sentado en la recepción del hotel cuando he tenido el placer de saludarle.
La imagen del hombre del cráneo rasurado se sobrepuso sobre la cara de niño viejo de Charoen.
– Usted le ha saludado al salir.
– Me he limitado a reconocerle. "Jungle Kid" y yo nunca hemos hablado.
– Mantiene las distancias.
– Él las mantiene. Habla con mis jefes, no conmigo.