Cuentos de Amor de Locura y de Muerte
- Автор: Quiroga Horacio
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Cuentos de Amor de Locura y de Muerte». Краткое содержание книги:
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Las circunstancias anormales porque pasaba el país con la sequía de cuatro meses-y es preciso saber lo que esto supone en Misiones-hacía que los perros de los peones, ya famélicos en tiempo de abundancia, llevaran sus pillajes nocturnos a un grado intolerable. En pleno día, Cooper había tenido ocasión de perder tres gallinas, arrebatadas por los perros hacia el monte. Y si se recuerda que el ingenio de un poblador haragán llega a enseñar a sus cachorros esta maniobra para aprovecharse ambos de la presa, se comprenderá que Cooper perdiera la paciencia, descargando irremisiblemente su escopeta sobre todo ladrón nocturno. Aunque no usaba sino perdigones, la lección era asimismo dura.
Así una noche, en el momento que se iba a acostar, percibió su oído alerta el ruido de las uñas enemigas, tratando de forzar el tejido de alambre. Con un gesto de fastidio descolgó la escopeta, y saliendo afuera vió una mancha blanca que avanzaba dentro del patio. Rápidamente hizo fuego, y a los aullidos transpasantes del animal arrastrándose sobre las patas traseras, tuvo un fugitivo sobresalto, que no pudo explicar y se desvaneció en seguida. Llegó hasta el lugar, pero el perro había desaparecido ya, y entró de nuevo.
– ¿Qué fué, papá?-le preguntó desde la cama su hija.-¿Un perro?
– Sí-repuso Cooper colgando la escopeta.-Le tiré un poco de cerca…
– ¿Grande el perro, papá?
– No, chico.
Pasó un momento.
– ¡Pobre Yaguaí!-prosiguió Julia.-¡Cómo estará!
Súbitamente Cooper recordó la impresión sufrida al oir aullar al perro: algo de su Yaguaí había allí… Pero pensando también en cuán remota era esa probabilidad, se durmió.
Fué a la mañana siguiente, muy temprano, cuando Cooper, siguiendo el rastro de sangre, halló a Yaguaí muerto al borde del pozo del bananal.
De pésimo humor volvió a casa, y la primer pregunta de Julia fué por el perro chico.
– ¿Murió, papá?
– Sí, allá en el pozo… es Yaguaí.
Cogió la pala, y seguido de sus dos hijos consternados, fué al pozo. Julia, después de mirar un momento inmóvil, se acercó despacio a sollozar junto al pantalón de Cooper.
– ¡Qué hiciste, papá!
– No sabía, chiquita… Apártate un momento.
En el bananal enterró a su perro, apisonó la tierra encima, y regresó profundamente disgustado, llevando de la mano a sus dos chicos, que lloraban despacio para que su padre no los sintiera.
LOS PESCADORES DE VIGAS
El motivo fué cierto juego de comedor que míster Hall no tenía aún, y su fonógrafo fué quien le sirvió de anzuelo.
Candiyú lo vió en la oficina provisoria de la Yerba Company, donde míster Hall maniobraba su fonógrafo a puerta abierta.
Candiyú, como buen indígena, no manifestó sorpresa alguna, contentándose con detener su caballo un poco al través delante del chorro de luz, y mirar a otra parte. Pero como un inglés, a la caída de la noche, en mangas de camisa por el calor, y con una botella de whisky al lado, es cien veces más circunspecto que cualquier mestizo, míster Hall no levantó la vista del disco. Con lo que vencido y conquistado, Candiyú concluyó por arrimar su caballo a la puerta, en cuyo umbral apoyó el codo.
– Buenas noches, patrón ¡Linda música!
– Sí, linda-repuso míster Hall.
– ¡Linda!-repitió el otro.-¡Cuánto ruido!
– Sí, mucho ruido-asintió míster Hall, que hallaba no desprovistas de profundidad las observaciones de su visitante.
Candiyú admiraba los nuevos discos:
– ¿Te costó mucho a usted, patrón?
– Costó… qué?
– Ese hablero… los mozos que cantan.
La mirada turbia, inexpresiva e insistente de míster Hall, se aclaró. El contador comercial surgía.
– ¡Oh, cuesta mucho!… ¿Usted quiere comprar?
– Si usted querés venderme…-contestó llanamente Candiyú, convencido de la imposibilidad de tal compra. Pero míster Hall proseguía mirándolo con pesada fijeza, mientras la membrana saltaba del disco a fuerza de marchas metálicas.
– Vendo barato a usted… ¡cincuenta pesos!
Candiyú sacudió la cabeza, sonriendo al aparato y a su maquinista, alternativamente:
– ¡Mucha plata! No tengo.
– ¿Usted qué tiene, entonces?
El hombre se sonrió de nuevo, sin responder.
– ¿Dónde usted vive?-prosiguió míster Hall, evidentemente decidido a desprenderse de su gramófono.
– En el puerto.
– ¡Ah! yo conozco usted… ¿Usted llama Candiyú?
– Así es.
– ¿Y usted pesca vigas?
– A veces, alguna viguita sin dueño…
– ¡Vendo por vigas!… Tres vigas aserradas. Yo mando carreta. ¿Conviene?
Candiyú se reía.
– No tengo ahora. Y esa… maquinaria, tiene mucha delicadeza?
– No; botón acá, y botón acá… yo enseño. ¿Cuándo tiene madera?
– Alguna creciente… Ahora debe venir una. ¿Y qué palo querés usted?
– Palo rosa. ¿Conviene?
– ¡Hum!… No baja ese palo casi nunca… Mediante una creciente grande, solamente. ¡Lindo palo! Te gusta palo bueno, a usted.
– Y usted lleva buen gramófono. ¿Conviene?
El mercado prosiguió a son de cantos británicos, el indígena esquivando la vía recta, y el contador acorralándolo en el pequeño círculo de la precisión. En el fondo, y descontados el calor y el whisky, el ciudadano inglés no hacía un mal negocio, cambiando un perro gramófono por varias docenas de bellas tablas, mientras el pescador de vigas, a su vez, entregaba algunos días de habitual trabajo a cuenta de una maquinita prodigiosamente ruidera.
Por lo cual el mercado se realizó, a tanto tiempo de plazo.
Candiyú vive en la costa del Paraná, desde hace treinta años; y si su hígado es aún capaz de combinar cualquier cosa después del último ataque de fiebre, en diciembre pasado, debe vivir todavía unos meses más. Pasa ahora los días sentado en su catre de varas, con el sombrero puesto. Sólo sus manos, lívidas zarpas veteadas de verde que penden inmensas de las muñecas, como proyectadas en primer término en una fotografía, se mueven monótonamente sin cesar, con temblor de loro implume.
Pero en aquel tiempo Candiyú era otra cosa. Tenía entonces por oficio honorable el cuidado de un bananal ajeno, y-poco menos lícito-el de pescar vigas. Normalmente, y sobre todo en época de creciente, derivan vigas escapadas de los obrajes, bien que se desprendan de una jangada en formación, bien que un peón bromista corte de un machetazo la soga que las retiene. Candiyú era poseedor de un anteojo telescopado, y pasaba las mañanas apuntando al agua, hasta que la línea blanquecina de una viga, destacándose en el horizonte montuoso, lo lanzaba en su chalana al encuentro de la presa. Vista la viga a tiempo, la empresa no es extraordinaria, porque la pala de un hombre de coraje, recostado o halando de un pieza de 10 x 40, vale cualquier remolcador.
* * * * *
Allá en el obraje de Castelhum, más arriba de Puerto Felicidad, las lluvias habían comenzado después de setenta y cinco días de seca absoluta que no dejó llanta en las alzaprimas. El haber realizable del obraje consistía en ese momento en siete mil vigas-bastante más que una fortuna. Pero como las dos toneladas de una viga, mientras no están en el puerto, no pesan dos escrúpulos en caja, Castelhum y Cía. distaban muchísimas leguas de estar contentos.
De Buenos Aires llegaron órdenes de movilización inmediata; el encargado del obraje pidió mulas y alzaprimas; le respondieron que con el dinero de la primera jangada a recibir le remitirían las mulas, y el gerente contestó que con esa mulas anticipadas, les mandaría la primer jangada.