El Juguete Rabioso
- Автор: Arlt Roberto
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «El Juguete Rabioso». Краткое содержание книги:
– Claro, hombre.
– Mirá, entonces entremos allá, vamos a tomar algo. Y el Rengo encaminándose al despacho de bebidas de un almacén, pidió una botella de cerveza al lavacopas, nos sentamos a una mesa en el rincón más oscuro, y después de beber, el Rengo dijo, como quien se descarga de un gran peso:
– Tengo que pedirte un consejo, Rubio. Vos sos muy "centífico". Pero por favor, che… te recomiendo, Rubio…
Le interrumpí:
– Mirá, Rengo, un momento. Yo no sé lo que tenés que decirme, pero desde ya te advierto que sé guardar secretos. No pregunto ni tampoco digo.
El Rengo depositó su sombrero encima de la silla. Cavilaba aún, y en su perfil de gavilán la irresolución mental movíale ligeramente por reflejo los músculos sobre las mandíbulas. En sus pupilas ardía un fuego de coraje, después mirándome reciamente, se explicó:
– Es un golpe maestro, Rubio. Diez mil mangos por lo menos.
Le miré con frialdad, esa frialdad que proviene de haber descubierto un secreto que nos puede beneficiar inmensamente, y repliqué para inspirarle confianza:
– No sé de qué se trata, pero es poco.
La boca del Rengo se abrió lentamente.
– Te pa-re-ce po-co. Diez mil mangos lo menos, Rubio… lo menos.
– Somos dos -insistí.
– Tres -replicó.
– Peor que peor.
– Pero la tercera es mi mujer.
Y de pronto sin que me explicara su actitud, sacó una llave, una pequeña llave aplastada y poniéndola encima de la mesa, dejóla allí abandonada. Yo no la toqué.
Concentrado le miraba a los ojos, él sonreía como si la locura de un regocijo le ensanchara el alma, a momentos empalidecía; bebió dos vasos de cerveza uno tras otro, enjugóse los labios con el dorso de la mano y dijo con una voz que no parecía suya:
– ¡Es linda vida!
– Sí, la vida es linda, Rengo. Es linda. Imaginate los grandes campos, imaginate las ciudades del otro lado del mar. Las hembras que nos seguirían; nosotros cruzaríamos como grandes bacanes las ciudades al otro lado del mar.
– ¿Sabés bailar, Rubio?
– No, no sé.
– Dicen que allí los que saben bailar el tango se casan con millonarias…, y yo me voy a ir, Rubio, me voy a ir.
– ¿Y el vento?
Me miró con dureza, después una alegría le demudó el semblante, y en su rostro de gavilán se dilató una gran bondad.
– Si supieras cómo la he "laburado", Rubio. ¿Ves esta llave? Es de una caja de fierro.
Introdujo la mano en un bolsillo, y sacando otra llave más larga, continuó:
– Esta es la de la puerta del cuarto donde está la caja. La hice en una noche, Rubio, meta lima. "Laburé" como un negro.
– ¿Te las trajo ella?
– Sí, la primera hace un mes que la tengo hecha, la otra la hice antiyer. Meta esperarte en la feria, y vos que no venías.
– ¿Y ahora?
– ¿Querés ayudarme? Vamos a medias. Son diez mil mangos, Rubio. Ayer los puso en la caja.
– ¿Cómo sabés?
– Fue al banco. Trajo un mazo bárbaro. Ella lo vio y me dijo que todos eran colorados.
– ¿Y me das la mitad?
– Sí, a medias, ¿te animás?
Me incorporé bruscamente en la silla, fingiendo estar poseído por el entusiasmo.
– Te felicito, Rengo, lo que pensaste es maravilloso.
– ¿Te parece, Rubio?
– Ni un maestro hubiera planeado como vos lo has hecho este asunto. Nada de ganzúa. Todo limpio.
– ¿Cierto, eh…?
– Limpio, hermano. A la mujer la escondemos.
– No hace falta, ya tengo alquilada una pieza que tiene sótano; los primeros días la "escabullo" allí. Después, vestida de hombre, me la llevo al norte.
– ¿Querés que salgamos, Rengo?
– Sí, vamos…
La cúpula de los plátanos nos protegía de los ardores del sol. El Rengo, meditando, dejaba humear su cigarrillo entre los labios.
– ¿Quién es el dueño de la casa? -le pregunté.
– Un ingeniero.
– ¡Ah!, ¿es ingeniero?
– Sí, pero batí, Rubio, ¿te animás?
– Por qué no… sí, hombre… ya estoy aburrido de caminar vendiendo papel. Siempre la misma vida: estarse reventando para nada. Decime, Rengo, ¿tiene sentido esta vida? Trabajamos para comer y comemos para trabajar. "Minga" de alegría, "minga" de fiestas, y todos los días lo mismo, Rengo. Esto "esgunfia" ya.
– Cierto, Rubio, tenés razón… ¿Así que te animás?
– Sí.
– Entonces esta noche damos el golpe.
– ¿Tan pronto?
– Sí, él sale todas las noches. Va al club.
– ¿Es casado?
– No, vive solo.
– ¿Lejos de acá?
– No, una cuadra antes de Nazca. En la calle Bogotá. Si querés, vamos a ver la casa.
– ¿Es de altos?
– No, baja, tiene jardín al frente. Todas las puertas dan a la galería. Hay una lonja de tierra a lo largo.
– ¿Y ella?
– Es sirvienta.
– ¿Y quién cocina?
– La cocinera.
– Entonces tiene plata.
– ¡Hay que ver la casa! ¡Tiene cada mueble adentro!
– ¿Y a qué hora vamos esta noche?
– A las once.
– ¿Y va a estar ella sola?
– Sí, la cocinera en cuanto termina se va a su casa.
– ¿Pero es seguro eso?
– Seguro. El farol está a media cuadra, ella va a dejar la puerta abierta, nosotros entramos y directo al escritorio, sacamos la "guita", ahí mismo la partimos y yo me la llevo para el refugio.
– ¿Y la cana?
– La cana… la cana "cacha" a los que están prontuariados. Yo trabajo de cuidador de carros, además nos ponemos guantes.
– ¿Querés un consejo, Rengo?
– Dos.
– Bueno, atendeme. Lo primero que tenemos que hacer es no dejarnos ver hoy por allá. Puede reconocernos algún vecino y nos mandan al "muere". Además no hay objeto si vos conocés la casa. Perfectamente. Segundo: ¿A qué horas sale el ingeniero?
– Nueve y media a diez, pero podemos espiar.
– Abrir la caja es cuestión de diez minutos.
– Ni eso, ya está probada la llave.
– Te felicito por la precaución… Así que a las once podemos ir.
– Sí.
– ¿Y dónde nos vemos nosotros?
– En cualquier sitio.
– No, hay que ser precavidos. Yo voy a estar en Las Orquídeas a las diez y media. Vos entrás, pero no me saludás ni nada. Te sentás a otra mesa, y a las once salimos, yo te sigo, entrás a la casa y entro yo, después cada uno que tire por su lado.
– En esa forma evitamos sospechas. Está bien pensado… ¿Tenés revólver vos?
– No.
De pronto el arma lució en su mano, y antes que lo evitara, la introdujo en mi bolsillo.
– Yo tengo otra.
– No hace falta.
– Nunca uno sabe lo que puede pasar.
– ¿Y vos serías capaz de matar?
– Yo… la pregunta, ¡claro!
– ¡Eh!
Algunas personas que pasaron nos hicieron callar. Del cielo celeste descendía una alegría que se filtraba en tristeza dentro de mi alma culpable. Recordando una pregunta que no le hice, dije:
– ¿Y cómo sabrá ella que vamos esta noche?
– Le doy la seña por teléfono.
– ¿Y el ingeniero no está de día en la casa?
– No, si querés le hablo ahora.
– ¿De dónde?