Juego De Espejos
- Автор: Сильва Дэниел
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «Juego De Espejos». Краткое содержание книги:
El protagonista és el director del contra-espionatge anglès (si no ho recordo malament), un acadèmic convertit a espia si us plau per força com suggereix el títol original. Al bàndol contrari hi ha una xarxa clandestina d’espies alemanys infiltrats a Anglaterra. L’autor juga amb ambigüetats calculades per tal d’induir el lector a sospitar que diferents pesonatges són traïdors i revelaran el secret del lloc real del desembarcament.
És una novella d’acció continuada, que fa pensar fins i tot en la necessitat d’informació que tenim -i l’efecte que ens pot causar tenir informació parcial sobre les coses que fem. Fins al final no es desvetllen alguns punts foscos de la trama, i just aleshores vénen ganes de rellegir la novel·la per veure fins a quin punt l’acció dels diferents personatges és coherent amb aquesta realitat.
Vicary ideaba todos los aspectos de la vida de esos agentes: se enamoraban, tenían sus aventurillas sentimentales, se quejaban del dinero, perdían sus casas y sus amigos durante los bombardeos alemanes. Vicary incluso se permitió el virtuosismo de que arrestaran a un par de ellos; ninguna red que operase en suelo enemigo era infalible, y la Abwehr jamás creería que no iba a perder a ninguno de sus agentes. Era una labor endiablada, pesadísima, que obligaba a atender hasta el detalle más trivial, pero a Vicary le resultaba estimulante y disfrutaba al máximo hasta el último segundo de aquella tarea.
El ascensor volvía a estar averiado, así que Vicary tuvo que utilizar la escalera para trasladarse al Registro desde el cubil de Boothby. Al abrir la puerta, el olor de aquel departamento le propinó una bofetada en plena pituitaria: papel en descomposición, polvo, moho agrio filtrándose a través de las húmedas paredes del sótano. Le recordó la biblioteca de la universidad. Había expedientes en anaqueles a la vista, expedientes en archivadores metálicos, expedientes apilados en el frío suelo de piedra, montones de documentos que esperaban el instante de integrarse en los expedientes. Un trío de preciosas jovencitas -el vistoso turno de noche-se desplazaban sosegadamente por allí, expresándose en un lenguaje de inventario que era chino para Vicary. Las muchachas, a las que en la jerga del lugar se las conocía como las Reinas del Registro, parecían extrañamente fuera de lugar entre tanto legajo y penumbra. Vicary medio esperaba encontrarse, al doblar una esquina, con un par de monjes leyendo un manuscrito antiguo a la luz de una vela.
Se estremeció. Dios, aquel sitio estaba frío como una cripta. Deseó haberse puesto un jersey o contar con algo caliente que beber. Todo estaba allí: la historia secreta del Servicio al completo. Cuando vagaba entre los rimeros, a Vicary le asaltó la idea de que, mucho tiempo después de que hubiera dejado el MI-5, seguiría existiendo en aquel archivo el eterno registro de todas sus acciones. No estaba seguro de si aquella idea le resultaba confortante o nauseabunda.
Vicary pensó en los desdeñosos comentarios acerca de él y un escalofrío de rabia le recorrió el cuerpo. Vicary era un condenado buen agente de Doble Cruz, ni siquiera Boothby podía negarlo. Estaba convencido de que sus conocimientos y experiencia como historiador le capacitaban a las mil maravillas para aquel trabajo. Con frecuencia, un historiador debe recurrir a la conjetura, tomando una serie de pequeñas pistas poco concluyentes para alcanzar una deducción razonable. Doble Cruz, el contraespionaje, tenía mucho de recurso a la conjetura, sólo que a la inversa. La misión de un agente de Doble Cruz consistía en proporcionar a los alemanes insignificantes indicios nada concluyentes para que pudieran llegar a las deducciones deseadas. El agente tenía que ser muy cuidadoso y detallista con los indicios que revelaba. Debían ser una minuciosa mezcla de realidad y ficción, de verdad y mentiras concienzudamente veladas. Los falsos espías de Vicary tenían que trabajar como forzados para conseguir su información. La inteligencia tenía que ir alimentando a los alemanes a base de bocaditos pequeños y a veces carentes de significado. Los datos debían ser coherentes respecto a la identidad falsa de los espías. Por ejemplo, no podía esperarse que un camionero de Bristol entrara en posesión de documentos robados de Londres. Y ningún dato secreto podía parecer demasiado bueno para ser cierto, porque toda información obtenida con demasiada facilidad se descartaba.
Los historiales del personal de la Abwehr se almacenaban en una estantería cuyos anaqueles iban desde el suelo hasta el techo de una habitación situada en el extremo del piso. Los de la V empezaban en el estante del fondo y saltaban hasta el superior. Vicary tuvo que ponerse a gatas, inclinarse y torcer el cuello como si estuviera buscando algo valioso debajo de un mueble. ¡Maldición! Naturalmente, el expediente se encontraba en el estante de arriba del todo. Se puso en pie trabajosamente, estiró el cuello y escudriñó los archivos mirando por encima de la media luna de sus gafas de lectura. ¡Puñetera mala suerte! Los expedientes estaban a metro ochenta de distancia, demasiado lejos para que pudiera leer los nombres; Boothby se vengaba así de todos aquellos que no alcanzaban la altura que exigía la normativa del departamento.
Una de las Reinas del Registro le vio forzar la vista mirando hacia las alturas y se brindó para traerle de la biblioteca una escalera de mano.
– Claymore trató la semana pasada de valerse de una silla y le faltó muy poquito para romperse la crisma -canturreó la moza, que al cabo de un momento volvía con la escalera. Echó otra mirada a Vicary, le sonrió como si el hombre fuera un tío suyo medio chalado y manifestó su predisposición a bajarle el historial que buscaba Vicary. Éste aseguró a la chica que podía arreglárselas solo.
Subió por la escalera de mano y utilizó el dedo índice como sonda para hurgar entre los archivos. Encontró una carpeta con una etiqueta escrita en rojo: VOGEL, KURT. ABWEHR, BERLÍN. La sacó, la abrió y miró dentro.
La carpeta del historial de Vogel estaba vacía.
Un mes después de su llegada al MI-5, Vicary descubrió sorprendido que Nicholas Jago también trabajaba allí. Jago había sido el archivero jefe del University College y el MI-5 lo incorporó a su servicio la misma semana en que enroló a Vicary. A Jago le destinaron al Registro y le ordenaron que impusiera allí disciplina sobre la a veces veleidosa memoria del departamento. Como el propio Registro, Jago era polvoriento, irritable y difícil de usar. Pero una vez traspasada la áspera capa exterior, podía ser amable, generoso y rebosante de información valiosa. Jago tenía también una virtud inapreciable: sabía perder un archivo con la misma facilidad con que podía encontrarlo.
A pesar de lo avanzado de la hora, Vicary encontró a Jago trabajando en su compacto y acristalado despacho. A diferencia de las salas de archivo, era un santuario de orden y limpieza. Cuando Vicary golpeó con los nudillos el cristal de la puerta, Jago levantó la cabeza, sonrió y agitó el brazo indicándole que entrase. Vicary observó que la sonrisa no se extendía a los ojos. Jago parecía exhausto; vivía en aquella oficina. Había algo más; en 1940 su esposa resultó muerta durante el blitz. Esa muerte dejó a Jago destrozado. Juró personalmente derrotar a los nazis, no con armas de fuego, sino mediante organización y precisión.
Vicary tomó asiento y declinó la invitación que le hizo Jago a tomar una taza de té. «Té de verdad, que tenía guardado antes de la guerra», aclaró Jago en tono agitado. Muy distinto al atroz tabaco de guerra que apretaba en la cazoleta de su pipa y que en aquel momento encendía con una cerilla. El repugnante humo que despedían las hojas al quemarse formó una tenue cortina y flotó entre ellos mientras comentaban nimiedades acerca de su vuelta a la universidad una vez estuviese cumplida la tarea que llevaban entre manos.
Vicary carraspeó para indicar cortésmente su deseo de enfocar de una vez el asunto que le llevaba allí.
– Estoy buscando el expediente de un agente de la Abwehr más bien oscuro -dijo Vicary-. Me ha extrañado no encontrarlo en su sitio. La cubierta exterior se encuentra en un estante, pero su contenido ha desaparecido.
– ¿Cómo se llama? -preguntó Jago.
– Kurt Vogel.
Jago puso cara larga.
– ¡Dios! Deja que vaya a buscártelo. Aguarda aquí. Alfred. Es cuestión de un momento.
– Iré contigo -dijo Vicary-. Quizá pueda ayudarte.
– No, no -insistió Jago-. Ni hablar de eso. Yo no te ayudo a localizar espías, tú no tienes por qué ayudarme a encontrar archivos. -Rió su propio chiste-. Quédate aquí, ponte cómodo. Es cuestión de un momento.