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READ-E-BOOK » Криминальные детективы » El último ritual [Þriðja táknið - es]
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El último ritual [Þriðja táknið - es]

Электронная книга - «El último ritual [Þriðja táknið - es]». Краткое содержание книги:

Así reza la carta que, escrita con la propia sangre de su hijo Harald, recibe en Alemania Amelia Gotlieb, días después de que la policía islandesa encontrara el cadáver del muchacho en la Facultad de Historia de Reykjavik: un cadáver al que, además, le han sacado los ojos y lleva marcados en su cuerpo extraños signos que dejan a los forenses entre el estupor y el espanto. Descontentos con el trabajo de la policía, y deseosos de que la verdad se descubra de la forma más discreta posible, los padres del difunto contratan entonces los servicios de Dora, una letrada islandesa a la que ayudará Matthew, el abogado alemán que envía la familia. Dora y Matthew inician una investigación que les llevará desde la moderna Reykjavik al extremo noroeste de la isla, una zona inhóspita y salvaje donde, como en tantos otros lugares de Europa, se llevaron a cabo ejecuciones de decenas de personas acusadas de brujería. A los dos abogados no les quedará otro remedio que sumergirse en los restos y documentos de aquel nefasto episodio de la historia de Islandia para encontrar la clave de un asesinato que parece haber sido inspirado en ancestrales rituales.
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—¿No tienen un aspecto completamente distinto? —le preguntó a su hija Sóley, que se hallaba en la cocina, enfrascada dibujando.

La niña levantó la vista.

—¿El qué? —preguntó con curiosidad.

—Los suelos —respondió Þóra—. Acabo de pasar la aspiradora. ¿No han quedado bien?

Sóley miró al suelo debajo de ella y luego a su madre.

—Te olvidaste este sitio. —Señaló con un lápiz verde de cera una manchita debajo de una de las patas de la silla en la que estaba sentada.

—Oh, perdone la señora —dijo Þóra besando a su hija en la coronilla—. ¿Qué es eso tan chulo que estás dibujando?

—Somos yo y tú y Gylfi —respondió Sóley, señalando con el dedo tres figuras de distinto tamaño que ocupaban el papel—. Tú tienes un vestido muy bonito y yo también, y Gylfi lleva pantalones cortos. —Miró a su madre—. En el cuadro es verano.

—Qué guapa estoy —dijo Þóra—. Pues mira, para este verano me compraré un vestido como ése. —Echó un vistazo al reloj—. Ven. Tienes que lavarte los dientes. Es hora de acostarse.

Mientras Sóley guardaba sus lápices, Þóra fue a la habitación de su hijo. Dio unos golpecitos en la puerta antes de entrar.

—¿No está completamente distinto? —preguntó, indicando el suelo del dormitorio de su hijo. Gylfi tardó en contestar. Estaba tumbado en su cama hablando por el móvil. Se despidió a toda prisa en cuanto vio a su madre y le prometió a su interlocutor, en voz baja, que volvería a llamar. Se levantó y dejó el teléfono. Parecía un poco mareado.

—¿Te pasa algo? Estás muy pálido.

—¿Eh? —preguntó Gylfi—. No, no, todo está bien. Todo perfecto.

—Pues estupendo —respondió Þóra—. Sólo venía para saber si te gustaba más tu cuarto después de todo el rato que he estado pasando la aspiradora. Bueno, y a ver si me lo pagabas con un beso.

Gylfi se levantó. Miró a su alrededor pensando en otra cosa.

—Anda, es verdad. Qué chulo.

Þora miró escrutadora a su hijo. Saltaba a la vista: algo no iba como debería. La reacción natural del muchacho habría sido encogerse de hombros o farfullar algo de que el suelo le importaba un pimiento. La mirada estaba como perdida, y evitaba mirar a su madre. Pasaba algo, y Þóra sintió una punzada en el estómago. No le había prestado toda la atención que debería. Gylfi había pasado de ser un niño a una especie de medio hombre desde que se produjo el divorcio, y ella había estado demasiado ocupada consigo misma y sus propios problemas para prestarle suficiente atención a su hijo. Ahora ni siquiera sabía cómo comportarse. Lo que más deseaba era abrazarle y pasarle los dedos por el pelo innecesariamente largo, pero no sería demasiado inteligente: esa época ya había desaparecido.

—Eh —dijo poniéndole una mano sobre el hombro. Tuvo que estirar la cabeza para verle la cara, pues el muchacho estaba mirando hacia el suelo— . Algo sí que pasa. Puedes contármelo. Te prometo que no me enfadaré.

Gylfi la miró pensativo pero no dijo nada. Þóra vio que en su frente se habían formado unas diminutas gotas de sudor y eso le hizo pensar que el chico tenía la gripe.

—¿Tienes fiebre? —preguntó, levantando la mano para ponerle el dorso sobre la frente.

Gylfi se escurrió con agilidad.

—No, no. Nada. Es sólo que me han dado malas noticias.

—¿Y eso? —preguntó ella con prudencia—. ¿Con quién estabas hablando?

— Con Sigga… no, con Siggi —respondió Gylfi sin mirar a su madre a los ojos. Añadió rápidamente—: El Arsenal ha perdido con el Liverpool. —Þóra no era tonta y se dio cuenta perfectamente de que aquello era una excusa buscada a toda prisa. No le sonaba ningún Siggi en el grupo de amigos de Gylfi… claro que Gylfi tendría un montón de amistades que ella no conocía de vista ni de nombre. En cambio, conocía a su hijo suficientemente bien para saber que no era tan aficionado al fútbol para que un traspiés en la liga inglesa fuera capaz de afectarle de aquel modo. Recapacitó para decidir qué hacer, si intentar sonsacarle o hacer como si no pasara nada. Decidió al final que lo mejor era disimular… por el momento.

—Ay, ay. Qué mal. Ese maldito Liverpool siempre se sale con la suya. —Miró fijamente a su hijo a los ojos— . Si quieres charlar conmigo, o si necesitas hablar conmigo de eso, Gylfi, cariño, prométeme que no esperarás más tiempo del debido. —Cuando vio que el chico se aprestaba a la huida, se apresuró a añadir—: Quiero decir, hablar del partido. El Arsenal ese. Sabes que puedes contar conmigo, corazón. Yo no podré solucionar todos los problemas del mundo, pero puedo intentarlo con los que entran en casa.

Gylfi la miró sin decir nada. Esbozó una débil sonrisa y farfulló algo de tener que acabar los deberes. Þóra también musitó algo y salió del dormitorio, cerrando la puerta. No era capaz de imaginarse qué podía alterar de aquel modo a un chico de dieciséis años: nunca se había encontrado ante aquella situación, y además no se acordaba demasiado bien de los años de su propia adolescencia. Lo único que recordaba eran las cosas típicas de chicas. Quizá estaba enamorado de alguna que no correspondía a sus sentimientos. Þóra decidió intentar enterarse con sutileza: podría ir dejando caer, como si nada, unas cuantas preguntas inocentes al día siguiente, a la hora del desayuno. Quizá para entonces ya se habría pasado la crisis. A lo mejor no era más que una tormenta en un vaso de agua… un shock hormonal.

Después de que Sóley se lavara los dientes y de leerle un cuento, Þóra se instaló en el sofá, delante del televisor. Llamó por teléfono a su madre: sus padres estaban pasando un mes de vacaciones en las islas Canarias. Siempre que llamaba se encontraba con alguna queja. La última vez había sido el trauma de perder a sus difuntos padres, ahora era el Discovery Channel del televisor del hotel, al que se había vuelto adicto su padre. Se despidieron y su madre dijo fatigada que iba a apoltronarse por ahí al lado de su padre a aprender cómo se aparean las lombrices. Þóra sonrió, colgó y volvió a perder la mirada en la televisión. Cuando estaba a punto de dormirse con un horrible reality show, sonó el teléfono. Se incorporó en el sofá y alargó el brazo hacia el aparato.

—Diga —respondió, preguntándose si su voz no delataría que estaba medio dormida.

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