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La conspiración Maquiavelo

Электронная книга - «La conspiración Maquiavelo». Краткое содержание книги:

Durante quinientos años, una orden secreta, despótica y cruel, formada por los hombres y mujeres más poderosos del mundo, ha custodiado un manuscrito cuya autoría se atribuye a Maquiavelo: La Conspiración. En éste, se dan las pautas que deben seguir las elites para conservar su poder y riqueza, y se aconseja cometer un asesinato ritual que garantice la complicidad y el secreto entre los miembros.
Nicholas Marten, ex policía, se traslada desde Inglaterra a Washington para pasar junto a Caroline, su antiguo amor, las últimas horas que a ésta le quedan de vida. Ella sospecha que la enfermedad que la está matando no es una casualidad y tiene que ver con los secretos que había descubierto su marido congresista, muerto también en extrañas circunstancias. Mientras, en Europa, John Henry Harris, presidente de Estados Unidos, descubre que los miembros más próximos de su gabinete han formado un complot para acabar con los dirigentes de Francia y Alemania e iniciar una atroz escalada de violencia en Oriente Medio. El presidente, víctima de su propia gente, acabará aliándose con Nicholas Marten en una huida que le llevará a Madrid, Barcelona y la montaña de Montserrat, donde descubrirá secretos inimaginables
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– ¿Qué quiso decir ayer noche, cuando dijo que me mantuviera alejado antes de que lo arruinara todo?

– ¿No cree que es un poco tarde para pedir explicaciones?

– Está bien. Cambiemos de tema y probemos con las brujas.

Demi lo ignoró y siguió andando. Llegaron al vestíbulo y empezaron a cruzarlo.

– ¿Qué brujas? ¿A qué se refería?

Ella siguió ignorándolo. Avanzaron tres pasos más y entonces Marten la sujetó por un brazo y tiró de ella.

– Por favor; es importante.

– ¿Qué se ha creído que está haciendo? -dijo ella, irritada.

– Por un lado, le pido que sea amable.

– ¿Quiere que llame a la policía? Están allí.

Le hizo un gesto con la cabeza, señalándole a una pareja de hombres motorizados, de uniforme negro y botas negras, que estaban justo enfrente del hotel.

Marten le soltó el brazo lentamente. Ella le clavó una mirada furiosa y luego se alejó. La vio acercarse al mostrador del conserje y hablar brevemente con el hombre de bigote que había detrás. Él le sonrió reconociéndola, luego buscó en su mesa, cogió un sobre y se lo entregó. Ella le dio las gracias, se volvió fugazmente a mirar a Marten y luego siguió al botones hasta un taxi que la esperaba fuera. Al cabo de un momento se había marchado.

31

Madrid, hotel Ritz, 7.05 h

– ¿Qué significa que no está? -El asesor de seguridad nacional, doctor James Marshall, un hombre de casi dos metros de altura, se levantó bruscamente de su mesa de despacho, donde tenía esparcidos todos sus papeles y pantallas de mensajes electrónicos.

– Quiero decir que no está. Que se ha esfumado. Desaparecido. -Jake Lowe estaba pálido de incredulidad-. He entrado en su suite para que me diera su respuesta a lo que hablamos anoche y allí no había nadie. Habían puesto unas almohadas debajo de la colcha para hacer creer que estaba todavía durmiendo.

– ¿El presidente de Estados Unidos se ha esfumado? ¿Ha desaparecido?

– Sí.

– ¿Lo sabe el Servicio Secreto?

– Lo sabe. Pero no ha sido hasta que yo me he puesto a gritar. Entonces se han acojonado.

– Dios mío.

– ¿Qué demonios está pasando? -Hap Daniels entró disparado en la habitación-. ¿Es una broma? ¿EL POTUS [1] se está divirtiendo? ¿Y vosotros, chicos? Si se trata de un juego, decídmelo. ¡No admito bromas!

– No es ningún juego, Hap -le cortó Marshall-. ¡El presidente es tu responsabilidad! ¿Dónde coño está?

Hap Daniels lo miró, boquiabierto, petrificado:

– Estás de broma.

– Nadie bromea.

– ¡Dios mío!

Suite presidencial, al cabo de treinta segundos

A puerta cerrada, Jake Lowe y James Marshall se sumieron en un silencio horrorizado, a la espera, mientras Hap Daniels registraba toda la suite por segunda vez. Sala de reuniones, dormitorio, baño. Transcurrieron unos segundos y salió, cruzó la estancia sin mediar palabra y salió al pasillo. Al cabo de medio minuto regresó con un hombre de dos metros de altura y aspecto de bull dog, el agente del Servicio Secreto Bill Strait, su agente especial adjunto al mando.

– Aparte del señor Lowe, desde que el presidente entró a las 0.20 horas sólo ha entrado y salido de la suite el servicio de habitaciones -dijo Daniels.

– A las 0.35 horas el presidente llamó para que le subieran un bocadillo, una jarra de cerveza y un poco de helado -dijo Strait-. Un empleado del hotel se lo subió en un carrito a las 0.45. En el carro había un jarrón con flores frescas, el bocadillo, la cerveza y un helado de vainilla; una servilleta de tela y los cubiertos. A la 1.32 el presidente dijo que iba a tomar una ducha y que luego se iba a acostar, y pidió que se llevaran el carrito. A la 1.44 el mismo empleado entró en este salón y retiró el carro tal como le habían pedido. Para entonces, el presidente había cerrado la puerta de la zona de descanso. El empleado salió y nadie más ha entrado o salido desde entonces. Esto es, hasta que el señor Lowe ha llegado para ver al presidente a las 7.00.

– Bueno, señores -dijo James Marshall, el asesor de seguridad nacional, fríamente-, lo esencial es esto: el Fumigador [2] ha desaparecido.

– Esto es imposible -protestó el agente Strait, atónito y angustiado-. Yo he estado toda la noche justo delante de su puerta. Hay cámaras de vigilancia en todos los pasillos, ascensores y escaleras. Tenemos a una docena de agentes en la planta, y a otra docena apostados en cada entrada y salida, por no hablar del Servicio Secreto español que hay en las calles. Ni siquiera un ratoncito podría pasar sin ser advertido.

– ¡Pues, de alguna manera, el Fumigador se ha escapado! -soltó Lowe-. Sobre quién lo ha hecho, cómo, quién lo tiene ahora y qué coño le vamos a decir al resto del mundo, no tengo ni puta idea.

– ¡Maldita sea! -dijo Hap Daniels en voz alta y a nadie en particular, después de lo que habían sido los minutos más largos de su vida.

32

A los pocos minutos el hotel entero quedó cercado. Tenían la sospecha de que había existido un fallo de seguridad, se dijo al hotel y a sus agentes de seguridad, y también al Servicio Secreto español, el cual, como país anfitrión, proporcionaba buena parte de la protección del presidente. A los huéspedes del hotel se les prohibió entrar o salir de sus habitaciones. Se registraron todos los pasillos, armarios, dependencias y posibles escondites. Se interrogó a todos los empleados, incluido el camarero del servicio de habitaciones que se había encargado de entregar el pedido del presidente a la una menos cuarto de la noche anterior.

Sí, había visto al presidente, dijo. Éste le dio amablemente las gracias y luego él se retiró.

– ¿Cómo iba vestido?

– Pantalón azul marino y una camisa blanca de vestir, sin corbata.

– ¿Está seguro?

– Sí, señor. Uno no se olvida del presidente de Estados Unidos cuando lo conoce en persona a medianoche.

– ¿Lo vio cuando volvió a retirar el carro?

– No, señor. La puerta de su dormitorio estaba cerrada.

– Su carro de comida va cubierto de tela desde arriba hasta casi a nivel del suelo.

– Sí, señor. Y siempre llevamos vajilla, cubiertos, hornillos y cosas así de repuesto.

– ¿Existe la posibilidad de que una persona pudiera haberse escondido sin ser vista en ese espacio, cuando usted recogió el carro?

– Sí y no, señor.

– Explíquese.

– Pues, sí, hay espacio como para que alguien se esconda, si se acurruca bien. Pero lo único que yo llevaba era un bocadillo, una bebida y un helado. Me habría dado cuenta inmediatamente del peso añadido, y habría comprobado a qué se debía.

La camisa blanca y el pantalón azul marino que describió el camarero del servicio de habitaciones coincidían con la camisa y el traje que el presidente vestía la noche anterior. Su explicación sobre el peso adicional de alguien que hubiera intentado ocultarse en el carro, ya fuera al entrar o al salir de la suite presidencial, parecía precisa y correcta. Su autorización de seguridad se comprobó de nuevo. No había motivos para sospechar que había hecho nada más de lo que se suponía que había hecho: servir un pedido a la habitación de un huésped del hotel.

A medida que avanzaban los minutos y que la búsqueda se intensificaba, iba quedando más claro que el POTUS no se encontraba en el edificio. Al cabo de una hora ese punto se confirmó sin lugar a dudas. Sin embargo, fuera de los niveles más altos de los agentes del Servicio Secreto presentes, o de los hombres pertenecientes al círculo más íntimo del presidente, nadie lo sabía.

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[1] POTUS: Acrónimo de President of the United States. (N. de la T.)

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[2] Fumigador: nombre codificado que utiliza el Servicio Secreto para referirse al presidente Harris.

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