El Clan De La Loba
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #1
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Clan De La Loba». Краткое содержание книги:
Anaíd, que ha vivido durante sus catorce años de vida apartada en un pueblo del Pirineo, ignora los secretos que atañen a las mujeres de su familia… Hasta que la misteriosa desaparición de su madre, Selene la pelirroja, la enfrenta a una verdad tan escalofriante como increíble y la obliga a recorrer un largo camino cuajado de peligros y descubrimientos.
Sujetó a Apolo y sacó su bocadillo y el botellín de agua. Necesitaba reponer fuerzas para enfrentarse a la tarea que se había propuesto.
Comió lentamente, saboreando cada bocado. Se dejó adormecer por el viento y escuchó el arrullo de los juncos. A lo lejos, rebotando en las escarpadas laderas de la cumbre, se oía el grito del águila disponiéndose a atrapar a su presa. Casi sin darse cuenta, Anaíd le respondió.
¡Vaya! Cada vez hacía cosas más raras.
¿Se estaba convirtiendo en un bicho raro?
A medida que se zambullía en la brujería, se daba cuenta de que sí.
Había sido una niña rara, estaba comenzando a ser un chica rara y, sin duda, era una bruja rara.
Resolvió no pensar en ello. Había comido, había descansado y había llegado el momento de intentar comunicarse con Selene. ¿Cómo? Y al guardar el papel arrugado de su bocadillo en la mochila, halló la seta.
¿Era casualidad? Criselda le había enseñado que las casualidades no existen. Los objetos, las personas o las circunstancias que nos salen al encuentro se cruzan en nuestro camino por alguna razón. Lo importante es comprender cuál es el motivo y saber hacer el uso adecuado. LEER el mundo era una tarea compleja. La seta la estaba esperando a ella. Fue a parar a su mochila por alguna razón y ahora, al hallarla, le estaba diciendo algo. Le decía: «Aquí me tienes, cómeme».
¡Claro! La seta era la linterna que iluminaría el camino para encontrar a Selene. Ya no se trataba de lamer cautamente, sino de ingerirla.
Anaíd mordisqueó un trocito y dejó pasar un tiempo prudencial, un tiempo suspendido en el tiempo que alteró su conciencia, la dotó de una mirada diferente y le infundió el valor que necesitaba para adentrarse en los peligros de la laguna.
ERA ELLA
PERO NO ERA ELLA.
Anaíd se puso en pie, tomó su vara de abedul y advirtió a Apolo con un par de maullidos contundentes que no la siguiese. Se puso en marcha cautelosamente tanteando el terreno con su vara de abedul extendida ante ella. Debía buscar el lugar donde, según los espíritus, se comunicaban los dos mundos.
Avanzaba de roca en roca, lentamente, muy lentamente, despojándose del oído, de la vista y del tacto. Actuaba por instinto, siguiendo la guía de su vara que se agitaba en una u otra dirección y la arrastraba tras ella. Hasta que la vara se detuvo y le indicó el punto exacto donde debía permanecer.
Anaíd canturreó una tonada antigua y golpeó rítmicamente con su vara una y otra vez. En ese tránsito, se desprendió de su propio cuerpo y se volcó en sus recuerdos, en las imágenes de Selene, en la voz de Selene, en el rojo intenso del color de los cabellos de Selene, en la blancura de su risa, en la fuerza de su abrazo. Anaíd la llamó, gritó una y otra vez su nombre y deseó ardientemente verla, tocarla, oírla. Se sentía cerca de ella.
Y de pronto… la caída.
Anaíd percibió que bajo sus pies sólo se hallaba el vacío.
Anaíd cayó, cayó, cayó.
Cada vez más deprisa, cada vez más vertiginosamente, rodeada de oscuridad y silencio.
Caía en picado por un abismo sin fondo. La angustia la atenazaba y paralizaba su cuerpo.
Y cayó, cayó, cayó durante un tiempo que se le hizo cierno, y mientras se hundía en la nada, insegura y pequeña, tanteó el vacío, desesperada, buscando algún lugar al que sujetarse.
A punto ya de perder la esperanza, oyó un maullido a su lado. ¡Apolo! Apolo la había desobedecido y caía con ella. ¡Oh, no! ¡Apolo!
Anaíd se olvidó de sí misma y la fuerza que la había abandonado regresó a ella permitiéndole alcanzar a Apolo. Fue fácil. En el momento en que pensó en el gatito y extendió sus brazos para detenerlo, sintió cómo la velocidad de su caída se amortiguaba.
Su miedo.
Había perdido el miedo al recuperar a Apolo. ¡Era eso! ¡El miedo la hacía caer al abismo!
Abrazó el cuerpecillo tembloroso de Apolo y lo tranquilizó meciéndolo entre sus brazos.
Y comprendió que el encuentro dependía de su determinación.
Ahora no sentía miedo. Deseaba ver a Selene. No temía la incertidumbre ni la oscuridad, no temía el vacío ni la nada. Extendió su mano con firmeza y la llamó de nuevo.
Allí estaba, efectivamente, una mano a la que sujetarse.
Se asió a ella y quedó suspendida en el vacío. Anaíd contuvo la respiración cuando identificó la mano que había frenado su caída. Era suave y fría, pero era la mano de Selene. La reconocía por su olor, aunque el tacto y la pulsión habían cambiado: era una mano nerviosa y temblorosa que a cada instante pugnaba por retirarse. No lo hizo porque el deseo de Anaíd de que permaneciese ahí era tan fuerte, tan poderoso, que hasta la mano de Selene la obedeció.
Finalmente Selene habló. Su voz sonaba tan temblorosa e insegura como su mano y el espacio que habitaba. La oscuridad impregnaba su voz y la privaba de la alegría y la frescura que Anaíd recordaba.
– No vengas, Anaíd, no me busques. Aléjate, Anaíd, no te acerques más.
La fuerza de la voz triste y la mano temblorosa pudieron más que la voluntad de Anaíd y la arrancaron de aquel cobijo, rechazándola y lanzándola lejos, muy lejos del pozo de oscuridad.
El maullido de Apolo le partió el corazón. Apolo caía pozo abajo sin que Anaíd, catapultada hacia la luz, pudiese hacer nada para rescatarlo.
Luego, el mundo se fundió y Anaíd perdió la conciencia.
Despertó horas después, dolorida y asustada. Alguien le ofrecía agua y le acariciaba el rostro.
– Mamá -musitó aún entre sueños.
Pero al abrir los ojos vio que no estaba en la laguna. Estaba en la fuente, junto al camino, y las manos que la acariciaban eran las de la señora Olav.
– Por fin. ¿Cómo te encuentras, bonita?
Anaíd no pudo responder de inmediato. La sacudió un escalofrío y le vino a la memoria la mano que la había acariciado horas antes. Era fría, glacial, era la mano de su madre, pero estaba falta de amor. Apretó los puños hasta clavarse las uñas y hacerse sangrar. Su madre no la quería, la había rechazado. Selene la había echado de su lado y le había prohibido acercarse.
– ¿Tienes frío? Anda, tápate.
Y la cubrió con una manta que sacó de su todoterreno. Anaíd agradeció su calor y, protegida por la manta y por la presencia de la señora Olav, se abandonó a la conmoción del encuentro. Sollozó, primero débilmente.
– Llora, llora, bonita, llorar ayuda.
Anaíd no se hizo rogar. Se dejó acunar en los brazos de la señora Olav, aguada por un llanto cada vez más intenso, más dramático. Lloraba porque su madre la había echado de su lado, porque había perdido a su gato, porque se sentía sola y pequeña en un mundo que siempre había creído seguro pero que ahora se le aparecía poblado de trampas y peligros. Lloraba porque no era justo que todo le saliese mal. Que primero muriese su abuela, que luego desapareciese su madre y ahora que la tierra se tragase a su gato. Lloraba porque era fea, porque nadie la quería y siempre se equivocaba.
Cuando ya hubo llorado suficiente por todas las desgracias pasadas y futuras que podrían acontecerle, comenzó a sentirse descansada.
– Gracias -y agradeció así a la señora Olav todo su cariño.
Era justo lo que necesitaba. Necesitaba unos brazos cálidos y vivos donde refugiarse para fundir el hielo que había impregnado su corazón.
La señora Olav le respondió con una sonrisa encantadora.
– ¿Tienes hambre?
Y de pronto Anaíd se percató de que había anochecido y de que su tía la estaría buscando.
– ¡Tengo que volver a casa!
Se puso en pie y sorprendentemente la pierna no le dolió. La señora Olav intentó detenerla.