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La Paciencia de la araña

Электронная книга - «La Paciencia de la araña». Краткое содержание книги:

En esta octava entrega de la serie, Salvo Montalbano se encuentra postrado en cama, convaleciente de las heridas recibidas en su último caso. El comisario se siente confuso, el peso de los años lo abruma y una melancolía desgarradora lo lleva a cuestionarse cuál es el sentido último de la justicia y la «ley», a la cual él ha dedicado toda su carrera. En tal estado se encuentra Montalbano cuando se le informa del secuestro de la joven Susanna Mistretta, y si bien las pesquisas son asunto del comisario Minutolo, algo le hace saltar de la cama. Quizá sea la necesidad de probarse a sí mismo que aún conserva toda su capacidad de reacción, o tal vez las insólitas circunstancias del secuestro, dado que la familia de la joven había perdido toda su fortuna años atrás de forma repentina y misteriosa. Al final, ambos motivos resultan cruciales, pues ese nuevo distanciamiento, ese escepticismo, es lo que llevará al comisario a considerar aspectos de la investigación que cualquier otro pasaría por alto. En ese contexto tan nuevo como difícil de asimilar, la resolución del caso pondrá a prueba sus verdaderos valores, sus miedos y sus creencias. La paciencia de la araña es una insólita novela negra sin derramamiento de sangre y sin castigo para los culpables. La trágica destrucción de una vida, condenada a consumirse lentamente en el terrible dolor del desengaño y la traición, inspirará una venganza sutilmente perpetrada, como una gran telaraña de la cual resulta imposible escapar. Y a pesar de que la tristeza parece no querer abandonar a Montalbano, el breve y violento aguacero que cierra esta historia quizá sea un símbolo de esperanza de nuevos tiempos, más claros y luminosos.
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– ¡Y me lo dices así! -reaccionó por fin el comisario.

– ¿Y cómo quieres que te lo diga? ¿Con papel timbrado? ¿No suponías que te lo pediríamos?

– Sí, claro, pero…

– Por otra parte, Salvo, te conozco bien: si no te lo hubiera pedido, te habrías ofendido.

Montalbano pensó que era mejor dejar para otro momento el tema de su carácter, pues se prestaba a interpretaciones encontradas.

– ¿Y qué ha dicho Livia?

– Pues que estarías encantado, sobre todo porque así equilibrarías la balanza. Esa última frase no la he comprendido.

– Yo tampoco -mintió.

Pero la comprendía muy bien: un hijo de delincuente y otro de policía, ambos apadrinados por él. Empate. Livia, cuando se ponía, podía ser tan cabrona o más que él.

Ya se había hecho de noche. Se disponía a abandonar la comisaría para regresar a Marinella cuando lo llamó Nicolò Zito.

– No tengo tiempo de explicártelo, pero estoy a punto de salir en antena -dijo con tono expeditivo-. Mira mi telediario.

Montalbano corrió al bar, donde había unas treinta personas. El televisor estaba sintonizado con Retelibera. En la pantalla se leía: «Dentro de unos minutos, importante declaración sobre el secuestro Mistretta.» Pidió una cerveza. El anuncio desapareció, salió el logotipo del telediario y a continuación se vio a Nicolò Zito sentado detrás de su habitual mesita de cristal. La expresión de su rostro era la de las grandes ocasiones.

– Esta tarde se ha puesto en contacto con nosotros Francesco Luna, el abogado que ha defendido en diversas ocasiones los intereses del ingeniero Antonio Peruzzo, y nos ha pedido espacio para una declaración. No una entrevista. Imponía la condición de que no añadiéramos ningún comentario por nuestra parte. A pesar de esas limitaciones, hemos decidido aceptar porque, en este momento tan crucial para la suerte de Susanna Mistretta, las palabras del abogado Luna pueden ser extremadamente clarificadoras y contribuir a la feliz solución de este dramático caso.

Corte. Apareció en pantalla un típico despacho de abogado. Estanterías de madera negra llenas de libros jamás leídos, recopilaciones de leyes que se remontaban a finales del siglo XVIII, aunque seguramente todavía en vigor en nuestro país; como ocurre con el cerdo, aquí todo se aprovecha y jamás se tira nada, aunque las leyes tengan cien años. El abogado era como su apellido indicaba: una luna. Cara de luna llena, cuerpo de luna obesa. Obviamente sugestionado por la imagen, el técnico de luces lo había envuelto todo en un resplandor de plenilunio. El letrado, que desbordaba un sillón, sostenía en la mano una hojita de papel sobre la que de vez en cuando ponía el ojo.

– Hablo en mi propio nombre y en el de mi cliente el ingeniero Antonio Peruzzo, el cual se ha visto en la necesidad de salir de su obligado retiro para responder al creciente alud de mentiras y difamaciones que se ha volcado sobre él. El ingeniero desea anunciar a todo el mundo que desde el día siguiente del rapto de su sobrina se puso a la total disposición de los secuestradores, conocedor de la precaria economía de la familia Mistretta. Sin embargo, e inexplicablemente, su inmediata disponibilidad no se ha visto correspondida por una análoga actitud por parte de los captores. Dada la coyuntura, el ingeniero Peruzzo no puede más que reiterar su compromiso, antes que con los secuestradores, con su propia conciencia.

En el bar estalló una sonora carcajada que no permitió oír la siguiente noticia.

– ¡Si el ingeniero ha adquirido un compromiso con su conciencia, la chica está jodida! -dijo uno, resumiendo los pensamientos de todos los presentes.

La situación había llegado a tal punto que si Peruzzo se declaraba dispuesto a pagar el rescate, todos pensarían que iba a hacerlo con billetes falsos.

Montalbano regresó a su despacho y telefoneó a Minutolo.

– Acaba de llamarme el juez, que también ha oído la declaración del abogado. Quiere que vaya inmediatamente a ver a Luna para pedirle explicaciones, una visita más bien informal. Y respetuosa. En resumen, debemos actuar con pies de plomo. He llamado a Luna, que me conoce y está dispuesto. ¿Lo conoces?

– Bueno, de vista.

– ¿Quieres ir tú también?

– Desde luego. Dame la dirección.

Minutolo lo esperaba en el portal; se había desplazado en su propio automóvil, al igual que Montalbano. Sabia precaución, pues a muchos clientes del abogado igual les daba un soponcio si veían aparcado allí un vehículo policial.

La casa era lujosa y estaba recargadamente amueblada. Una criada vestida de criada los hizo pasar al despacho que todo el mundo había visto en la televisión y les indicó que se acomodaran.

– El señor viene enseguida.

Minutolo y Montalbano se sentaron en los sillones de una especie de saloncito que había en un rincón. En realidad, más que sentarse, se perdieron en el interior de sus respectivos y gigantescos sillones, hechos a la medida de elefantes y de Luna. La pared de detrás del escritorio estaba cubierta por fotografías de distintos tamaños, todas debidamente enmarcadas. Debía de haber por lo menos cincuenta y parecían exvotos colgados en memoria y agradecimiento a algún santo milagroso. La disposición de las luces no permitía ver el rostro de las personas retratadas. Tal vez fueran clientes salvados de las prisiones patrias gracias a esa mezcla de oratoria, astucia y saber hacer que era el abogado Luna. Puesto que la llegada del señor de la casa se retrasaba, el comisario no pudo resistir la tentación y se levantó para examinar de cerca las fotografías. Todas eran de políticos, senadores, diputados, ministros y subsecretarios, retirados o todavía en activo. Todas con firma y dedicatoria que oscilaba entre el «querido» y el «queridísimo». Regresó a su asiento. Ahora comprendía por qué el jefe superior había recomendado prudencia.

– ¡Mis queridísimos amigos! -dijo el abogado al entrar-. ¡No, por favor, no se levanten! ¿Puedo ofrecerles algo? Tengo todo lo que puedan desear.

– No, gracias -respondió Minutolo.

– Sí, gracias, un daiquiri -pidió Montalbano.

Luna lo miró perplejo.

– La verdad es que no…

– No importa – dijo magnánimamente el comisario, haciendo un gesto como si apartara una mosca.

Mientras el abogado se hundía en el sofá, Minutolo le lanzó a Montalbano una enfurecida mirada advirtiéndole que no empezara a dárselas de gracioso.

– Bien. ¿Hablo yo o preguntan ustedes?

– Hable usted -dijo Minutolo.

– ¿Puedo tomar notas? -preguntó Montalbano, llevándose la mano a un bolsillo en el que no guardaba absolutamente nada.

– ¡No, por Dios! -saltó Luna.

Minutolo le suplicó con la mirada que dejara de tocar los cojones.

– Está bien, está bien -dijo el comisario en tono conciliador.

– ¿Por dónde íbamos? -preguntó el letrado, que se había perdido.

– Aún no hemos salido.

Luna intuyó el cachondeo, pero fingió no darse cuenta. Montalbano percibió que el otro había comprendido y decidió acabar con las bromas.

– Claro, claro. Bueno, mi cliente recibió una llamada anónima hacia las diez de la mañana del día siguiente del secuestro de su sobrina.

– ¿Cuándo? -preguntaron al unísono Minutolo y Montalbano.

– Hacia las diez de la mañana del día siguiente del secuestro.

– O sea, ¿apenas catorce horas después? -inquirió Minutolo, todavía sorprendido.

– Exactamente. Una voz masculina le advertía de que, habida cuenta de que los Mistretta no estaban en condiciones de pagar el rescate, él era considerado a todos los efectos la única persona capaz de satisfacer sus exigencias. Volverían a llamar a las tres de la tarde. Mi cliente…

Cada vez que decía «mi cliente», ponía la cara de una enfermera que enjuga el sudor de un moribundo en su lecho de muerte.

– … vino aquí corriendo. Enseguida llegamos a la conclusión de que lo habían engañado y que los secuestradores tenían todas las cartas en la mano para implicarlo. Si se sustraía a esa responsabilidad, lesionaría gravemente su imagen, bastante dañada ya por ciertos episodios desagradables, y comprometería de manera irreversible sus aspiraciones políticas. Tal como creo que ya ha ocurrido, por desgracia. Iba a figurar en las listas de candidatos para las próximas elecciones.

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