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Asesinato en Montmartre

Электронная книга - «Asesinato en Montmartre». Краткое содержание книги:

Al intentar salvar a una amiga de la niñez (ahora policía) de ser acusada de asesinato, Aimée se cruza en el camino de los personajes más curiosos de Montmartre: separatistas corsos radicales, gánsteres, los Servicios de Seguridad, prostitutas, descendientes de artistas y otros bohemios… Identificar al verdadero asesino acerca a Aimée a la resolución del misterio que rodea la muerte de su propio padre, unos años antes, en una explosión en la plaza Vendôme, una muerte que todavía acecha sus pensamientos. No descansará hasta que descubra quién fue el responsable.
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– Se pusieron mal las cosas, Felix. No tenía carné de identidad…

– Bueno, pues vamos a compensarlo. Pásate por mi casa y firma el contrato antes de ir al teatro. Kouros, de Soundwerx, irá esta noche a ver tu actuación.

* * *

Lucien descendía la escalinata cubierta de hielo de la place des Abesses con pasos ansiosos, de camino a firmar el contrato de Felix. Se subió el cuello para protegerse del viento y entonces vio al flic en la esquina de la rue Veron. El resplandor de una cerilla iluminó la cara del hombre que había estado interrogando a los asistentes a la fiesta la noche anterior. El flic se encontraba a solo unos pocos metros de distancia. Lucien se refugió en un portal. Sobre su cabeza, una placa rezaba «1872, lugar del primer teatro libre» y se dio cuenta de que se encontraba debajo de una mujer desnuda leyendo un libro reclinada, esculpida en el portal de piedra.

– Ni rastro de él. Todavía no -estaba diciendo el flic por teléfono-. Mantenme informado sobre la amenaza de bomba.

¿Lo estaban buscando a él? ¿Unos tipos, una detective y ahora los flics? Cuando pasó una pareja del brazo por debajo de la farola, volvió a subir rápidamente tras ellos las escaleras. En la place des Abesses, fuera de una librería, vio los titulares en France Soir: «Amenazas de bomba corsas: redada contra la Armata Corsa»

¿Otra vez?

Compró un periódico y echó un vistazo rápido al artículo: «Anuncios de amenazas de bomba en Ajaccio y en territorio francés han desencadenado un incremento en las medidas de seguridad por parte de la Dirección General de la Policía. La Armata Corsa ha mencionado varios objetivos en París…».

Se estremeció. Tiempo de «encontrar y rodear a los corsos». Si firmaba el contrato, ¿le daría eso credibilidad? Pero no podía hablar a Felix de sus problemas, por lo menos hasta que él también hubiera firmado. Evitaría a Marie-Dominique, seguro de que ella haría lo propio, incapaz de afrontar su desdén o sus sentimientos hacia ella. En una cabina de teléfonos insertó una tarjeta a la que le quedaban diez francos. Respondió el contestador automático de Felix.

– Felix, ha ocurrido algo. Lo siento, pero, por favor, nos vemos en el teatro con el contrato -grabó Lucien en el contestador.

Lucien se internó rápidamente en la oscuridad del crepúsculo, evitando el aerosol verde que echaban los barrenderos sobre los adoquines.

Martes por la tarde

René se balanceaba con los dos pies sobre los adoquines mojados. Gracias a Dios se había puesto ropa interior térmica y varias capas de ropa bajo el batín de pintor. Hasta ahora no había visto a ninguna prostituta ni a nadie más en el edificio o alrededor de él.

No tenía que haber llevado a cabo su brillante idea. ¡Menuda broma! Lo único que había hecho era perder una tarde.

¿De verdad se había creído que podía lograrlo? Como le daba vergüenza, le había ocultado a Aimée lo de sus clases de investigador privado por Internet. Si continuaba, dentro de aproximadamente un año tendría el número de créditos suficientes para ganarse la licencia. La dificultad estaba en el trabajo de incógnito que se requería para los créditos correspondientes al trabajo de campo. Esta le había parecido una oportunidad de oro.

Pero pasar una tarde heladora para no obtener ningún resultado… Se tenía en demasiado, eso es lo que le ocurría. Nadie de su tamaño podría hacer ningún tipo de vigilancia encubierta. Después de todo este esfuerzo, se sentía dolido. Había llegado a un acuerdo con un grupo de actores, había alquilado el disfraz, en conjunto un plan costoso todo para poder estar a la intemperie en medio del frío. Se sentía un idiota, pero sin el disfraz para hacer de Henri de Toulouse-Lautrec, el artista lisiado famoso por esbozar la vida nocturna de Montmartre, nunca se habría integrado en el barrio.

Uno de los actores hacía sonar un acordeón, y sus dedos volaban sobre las teclas. Una mujer alta y delgada, con el pelo rojo peinado en lo alto de su cabeza al estilo de 1890, y vistiendo una falda negra y pololos con volantes al estilo de Jane Avril en un cartel del Moulin Rouge, bailaba el cancán sobre la resbaladiza superficie. Un grupo de pequeños escolares dividían su atención entre ella y René. Le vieux París! Algo de lo que habían oído hablar entre los combates de videojuegos. La mayoría miraba de reojo el carrusel que estaban montando cerca de la salida del metro.

Un niño pálido de más o menos la altura de René le dio un pequeño codazo.

– ¿Puedo verlo?

René le mostró un pastel ya preparado, una copia de uno de los que había hecho Toulouse-Lautrec cuando pintaba en un estudio cercano. Ahora el estudio era mitad almacén de material para baños y mitad estudio de danza.

Había oído cómo la maestra identificaba al grupo. Eran de la école primaire que estaba a la vuelta de la esquina y se imaginó que el chico viviría cerca. Esta era la primera oportunidad que tenía de interrogar a alguien y resultaba ser un pequeño poulbot, un niño de Montmartre diminuto y con una chaqueta de mangas demasiado cortas que dejaba ver una camisa sucia por debajo.

– ¿Vives en la plaza? -preguntó René.

El niño negó con la cabeza.

– Por ahí -dijo señalando un edificio al pie de las escaleras de la place des Abesses-. Pero hemos vivido en muchos sitios.

El interés de René aumentó. Caer bien, compenetrarse, ¿no era eso lo que decían los manuales de detectives?

– ¿Te refieres al edificio del andamio?

El edificio en el que habían disparado a Jacques.

– Al otro lado de la calle, en el piso de arriba -dijo el chico-. Subo la bolsa con los libros con una cuerda.

René controló su nerviosismo.

– Yo también me muevo mucho -dijo. Toulouse-Lautrec había vivido por todo Montmartre y sus caseros lo despedían cuando estaba demasiado borracho para pagar la renta.

De una bolsa de papel encerado que tenía en el bolsillo, René extrajo una villageoise, el bollo típico de Montmartre. El pequeño olisqueó y miró con envidia lo que René tenía en sus manos.

– ¿Quieres uno?

– Se supone que no tenemos que aceptar comida de extraños -dijo.

– Claro, pero yo soy Toulouse-Lautrec -dijo René guiñando un ojo-. Me conoces, ¿no?

El chico asintió. René puso en sus manos heladas la bolsa templada con los bollos.

– Voilá. Compártelos con los amigos.

El chico movió la cabeza.

– No llevamos mucho tiempo aquí. Pero conozco al portero. Lo ayudo algunas veces.

¿Un solitario? René se dio cuenta de que el chico se mantenía separado del resto, arremolinados alrededor de la maestra.

– ¿Lo ayudas? ¿A qué?

– Le llevé el martillo cuando arregló el canalón.

¿El que rodeaba el tejado? René recordó el plano que había dibujado Aimée. ¿Habría visto algo el chico?

– Así que… ¿tu piso da al tejado del andamio?

El chico asintió.

– Peligroso, ¿no? ¡Trepar hasta esa altura para un chico pequeño!

– Es fácil -dijo él-. Mamá dice que trepo como un mono.

– ¿Incluso para alguien con piernas cortas como las mías?

Los ojos del chico brillaron por primera vez.

– Desde ahí arriba se ve todo. Los tejados, la Torre Eiffel, ¡hasta gente cocinando y desnudándose!

¿Un chico solitario y malicioso que veía la vida desde el tejado? René pensó rápido.

– Pero es imposible que vieras a los hombres en el tejado del andamio ayer por la noche. Estarías en la cama.

– ¡Me voy a la cama cuando quiero! -El chico señaló la pintura que sostenía René-. Parece triste -dijo con la boca llena-. Igual que mi mamá -siguió, retirándose el pelo de los ojos. No tenía guantes.

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