Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El maestro Juan Martínez que estaba allí
El maestro Juan Martínez que estaba allí - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El maestro Juan Martínez que estaba allí

Электронная книга - «El maestro Juan Martínez que estaba allí». Краткое содержание книги:

Después de triunfar en los cabarets de media Europa, el bailarín flamenco Juan Martínez y su compañera, Sole, fueron sorprendidos en Rusia por los acontecimientos revolucionarios de febrero de 1917. Sin poder salir del país, en San Petersburgo, Moscú y Kiev sufrieron los rigores provocados por la revolución de octubre y la sangrienta guerra civil que le siguió. El gran periodista sevillano Manuel Chaves Nogales conoció a Martínez en París y asombrado por las peripecias que éste le contó, decidió recogerlas en un libro. El maestro Juan Martínez que estaba allí conserva la intensidad, riqueza y humanidad que debía tener el relato que tanto fascinó a Chaves. Se trata, en realidad, de una novela que relata los avatares a los que se ven sometidos sus protagonistas y cómo se las ingeniaron para sobrevivir. Por sus páginas desfilan artistas de la farándula, pródigos duques rusos, espías alemanes, chequistas asesinos y especuladores de distinta calaña.
Compañero de generación de Camba, Ruano o Pla, Chaves perteneció a una brillante estirpe de periodistas que, en los años 30, viajaron por todo el mundo, ofreciendo algunas de las mejores páginas del periodismo español de todos los tiempos.
1 ... 24 25 26 27 28 29 30 31 32 ... 60
Перейти на страницу:

Cuando miramos a nuestro alrededor nos encontramos solos. Los oficiales habían desaparecido. Allí no había nadie más que yo, los clowns, algún croupier viejo y las ametralladoras, que nadie se había atrevido a disparar, señalando con sus bocas al grupo de sombras estacionado junto a la farola de la plaza. Andando de puntillas y cogidos de las manos, como en las zarzuelas, salimos a la calle, y pegándonos a las paredes, nos fuimos, pian, pianito, a nuestras casas. Yo, los clowns y el viejo croupier. Los representantes de la burguesía que habíamos aguardado hasta el último instante.

Los bolcheviques trabajan

Amanecimos bajo el signo de los soviets, la hoz y el martillo, triunfantes. La bandera roja ondeaba en todas las casas de Gomel, y los bolcheviques ponían mano a la tarea de la reconstrucción soviética, que dura todavía. Los comercios, los bazares y los cafés permanecieron cerrados; pero por la tarde las patrullas bolcheviques obligaron a abrir algunos establecimientos, de los que previamente habían retirado todos los artículos de lujo y fantasía. Las patrullas iban casa por casa registrando todos los rincones, en busca de los oficiales zaristas y los contrarrevolucionarios caracterizados que se hubieran escondido. Fusilaron a unos cuantos.

Aquella misma tarde, inmediatamente detrás de los destacamentos militares aparecieron los funcionarios civiles del régimen soviético, que con una celeridad sorprendente en Rusia se incautaron del municipio, montaron sus oficinas, fijaron sus bandos manuscritos en las fachadas y se pusieron a repartir los inevitables bonos para el pan y demás comestibles. Desplegaban aquellos hombres una actividad prodigiosa. A las doce horas de llegar ya se había incautado de cuantas subsistencias había en Gomel y tenían formadas las colas a la puerta de los almacenes. En esto eran los amos. Simultáneamente practicaban detenciones de contrarrevolucionarios, efectuaban requisas, extendían salvoconductos y organizaban mítines. Mitineaban en todas partes y a todas las horas del día y de la noche: en los cafés, en las esquinas de las calles, en los patios de las casas, hasta en los comedores y las alcobas de las familias que los alojaban. Repartir bonos y echar discursos eran cosas que hacían con la mayor facilidad del mundo. Dar de comer era ya otra cosa. Al principio no se portaron mal con la población civil, y dieron buenas palabras a todo el mundo. Lo malo fue cuando empezaron las requisas a los aldeanos. Se lo llevaban todo: el pan, el trigo, la cebada, el ganado, los carros. El ejército rojo venía hambriento y desprovisto de prendas de abrigo, caballerías y medios de transporte.

Acamparon las tropas detrás del hospital, muy cerca de donde nosotros vivíamos. Nos produjeron mejor impresión que la que nos habían causado en Moscú. Muchos de los soldados bolcheviques eran antiguos oficiales del ejército imperial que se habían puesto al servicio de los soviets. En días sucesivos fueron llegando más tropas, que iban concentrándose allí ante la inminencia de un ataque del ejército ucraniano, que, al mando de Petliura, venía corriendo desde Jarkov hacia Kiev. En aquellos días el territorio de Ucrania estaba como esos tableros que sirven para el tiro al blanco: lleno de círculos concéntricos blancos y rojos, que alrededor de Kiev marcaban las fajas alternativas de bolcheviques y blancos que dominaban el país.

Los rojos venían, además, haciendo levas de hombres para la guerra civil. Alistaban a todos los hombres útiles que encontraban, y, sin meterse en muchas averiguaciones, les ponían un fusil en las manos y los echaban al campo a pegar tiros contra los blancos. A los que se resistían los fusilaban y en paz. Se daba el caso de que entre aquellas grandes masas del ejército rojo, formadas por antiguos oficiales del zar, que actuaban de instructores, y los campesinos y obreros reclutados por medio del terror, era difícil realmente encontrar un verdadero bolchevique. Eso sí: los pocos que había se multiplicaban por veinte, por ciento, por mil.

Yo me encontré otra vez sin tener dónde ganarme la vida y haciendo cola a la puerta de las panaderías. Gracias a que los músicos del cabaret constituyeron una Sociedad titulada La Filarmónica y empezaron a dar conciertos por su cuenta en el Cine Judosni, lo que me permitió agregarme a ellos y legalizar mi situación como proletario. Pero allí, en Gomel, con los bolcheviques no había ya nada que hacer. Mediante la certificación de la Sociedad de Músicos, que acreditaba nuestra condición de artistas que nos ganábamos la vida con nuestro trabajo, conseguimos permiso para trasladarnos en un tren soviético a Kiev. Y allá nos fuimos.

Un flamenco, ¿es un proletario?

El viaje a Kiev fue terrible, porque el tren soviético iba lleno de militares, es decir, campesinos a los que días antes les habían dado un fusil y la autorización para asesinar a los padres que se les pusiesen por delante, y aquella gente nos trató a baquetazos. Además, tanto los clowns, que nos acompañaban, como yo teníamos un aire inconfundible de burgueses con nuestros cuellos almidonados y nuestros hongos ingleses, cosa que nos convertía en el blanco de las iras de aquellas patuleas de desharrapados que iban en el tren o llenaban las estaciones del tránsito. En las paradas del convoy bajábamos a los andenes, según es costumbre tradicional en Rusia, para llenar nuestro chainik —la tetera— con el agua hirviente del kipitok, que hay derecho a utilizar para ir haciendo el té en el departamento durante el viaje. En todas las estaciones el espectáculo era el mismo: manadas de tíos miserables que vociferaban y algún que otro judío enfundado en su largo abrigo negro dirigiendo aquella imponente batahona o presenciándola impasible. Aquella gentuza, en cuanto nos veía, empezaba a gritar contra nosotros desaforadamente. No parecía sino que éramos el espectro de la burguesía. En una estación estaba yo llenando de agua nuestra tetera, sin hacer caso de los gritos, cuando se me acercó un hastial, que de un manotazo me tiró el cacharro, y me dijo:

—¡Largo de aquí, cochino burgués!

—¡Largo, si no quieres que te arrastremos! —corearon diez o doce gandules que le seguían.

Me revolví furioso al verme atropellado tan injustamente.

—Pero ¿por qué?

—¡Porque eres un burgués asqueroso, y te vamos a colgar ahora mismo!

—Yo soy tan proletario como ustedes.

Me contestó una salva de carcajadas. Yo, realmente, con mi cuello almidonado y el gabancito corto que llevaba, debía de tener entre aquellos bárbaros, que lucían las ropas en jirones, un aire bastante ridículo.

—¡Yo soy tan proletario como ustedes! ¡O más! —grité exasperado.

—¡Mentira!

—¡Mentira!

—O demuestra ahora mismo que se gana la vida trabajando como un obrero o le arrastramos.

—¿Queréis que os pruebe que soy un proletario? —pregunté jactancioso.

—¡Como no lo pruebes no sales de nuestras uñas, canalla!

Hubo un momento de silencio. Les miré a los ojos retándoles y les grité con rabia:

—¡Mirad, idiotas!

Y les mostraba, metiéndoselas por las narices, las palmas de mis manos deformadas por dos callos enormes, cuya contemplación causó un gran estupor a aquellas gentes.

Eran los callos que a todos los bailarines flamencos nos salen en las manos de tocar las castañuelas.

Ellos me salvaron. 

14. Al servicio de la revolución en el ejército rojo

«¿Qué ha pasado aquí?», nos preguntamos al entrar en Kiev por primera vez bajo la dominación bolchevique. Acostumbrados a ver aquella ciudad rica y aristocrática con sus comercios fastuosos, sus parques, sus palacios y su vida intensa, que era el orgullo de Rusia, nos encontramos de súbito con una población miserable, sin luz, sin escaparates, las grandes mansiones cerradas a piedra y lodo, las calles desiertas, los escasos transeúntes esquivándose los unos a los otros, todos mal vestidos, con un aire triste de mendigos. Me dio la impresión de que todos los habitantes de Kiev se habían disfrazado de mendigos como obedeciendo a una consigna. No había dónde meterse. Entramos en la cantina de la estación y pedimos café. Nos lo sirvieron con un caramelo: el azúcar se había terminado para siempre. Los cafés estaban cerrados y los hoteles se habían utilizado para alojar en ellos a los soldados del ejército rojo, que se iban concentrando en Kiev ante la amenaza de las tropas del atamán Petliura. Por todas partes no se veían más que patrullas de soldados rojos que le detenían a uno constantemente. Después de mucho peregrinar logramos alquilar una habitación en un hotel de la Krischatika, al precio que nos pidieron. La acción policial de los bolcheviques era tan intensa que tuvimos que pegar en la puerta de nuestra habitación un documento del Consulado español visado por las autoridades bolcheviques, en el que se hacía constar nuestra nacionalidad y nuestra condición de trabajadores, para evitar en lo posible los registros y las detenciones. Así y todo, la vida se nos hacía imposible. Los bolcheviques le asfixiaban a uno. El que no era bolchevique o no estaba a su servicio era un paria, un perro, al que se trataba a patadas. En todo momento se estaba expuesto a ser víctima de cualquier atropello, con la seguridad de no encontrar jamás poder alguno que le amparase a uno en su derecho. El régimen soviético era muy bueno, pero para ellos solos. A los demás, que nos partiese un rayo.

1 ... 24 25 26 27 28 29 30 31 32 ... 60
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)