Los años con Laura Díaz
- Автор: Fuentes Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los años con Laura Díaz». Краткое содержание книги:
incomodó su comodidad. Todo era demasiado tranquilo, demasiado bueno, algo tenía que ocurrir…
– Crees en los presentimientos, tiíta.
– Anda, creo en los sentimientos y tus tías me los hacen conocer en carta tras carta, Hilda y Virginia y tu madre allí juntas, atareadas con sus huéspedes, se sientan a escribir cartas y se vuelven distintas. Creo que no se dan cuenta de lo que me dicen y eso hasta me ofende, me escriben como si yo no fuera yo, como si escribiéndome se hablaran a sí mismas, chula, yo soy el pretexto, Hilda ya no puede tocar el piano por su artritis y entonces me cuenta cómo le pasa la música por la cabeza, toma, lee, qué bueno es Dios, o qué malo, no sé, que me permite recordar nota tras nota de los Nocturnos de Chopin en la cabeza, con toda exactitud, pero no me deja escuchar la música fuera de la cabeza, ¿has oído esa novedad de la Vic-trola?, Chopin rechina en esos discos o como se llamen, pero en mi cabeza su música es cristalina y triste, como si la pureza del sonido dependiese de la melancolía del alma, ¿no lo oyes, hermana, no me oyes? Si supiera que alguien oye a Chopin en su cabeza con la claridad con que yo lo oigo en la mía, sería feliz, María de la O, compartiría lo que más amo, no lo gozo igual yo solita, quisiera compartir mi alegría musical con otro, con otros, y ya no puedo, mi destino no fue el que yo quise aunque quizás sí es el que, sin quererlo, imaginé, ¿me escuchas, hermana?, sólo una oración humilde, un ruego impotente como el de Chopin que según dicen imaginó su último nocturno cuando una tormenta lo obligó a entrar a una iglesia, ¿entiendes mi súplica, hermana? y Virginia no me lo dice pero no se resigna a morir sin haber publicado nada, Laura, ¿tu marido no podría pedirle al ministro Vasconcelos que le publique sus poemas a tu tía Virginia?, ¿ha visto qué bonitos esos libros de tapas verdes que hizo en la Universidad?, ¿crees?, porque aunque Virginia no me hable nunca de estas cosas por puritito orgullo, lo que me escribe Hilda es lo mismo que siente Virginia, sólo que la poetisa no tiene palabras y la pianista sí porque como dice Hilda mi música son mis palabras y como le contesta Virginia mis palabras son mi silencio… Sólo tu mamá Leticia nunca se queja de nada, pero tampoco se alegra de nada.
Se sintió insuficiente. Iba a pedirle a Juan Francisco que la dejara trabajar en lo mismo que él hacía, junto a él, ayudándolo, por lo menos la mitad del día los dos juntos trabajando unidos, organizando a los trabajadores y él dijo está bien pero primero acompáñame unos días a ver si te gusta.
Fueron sólo cuarenta y ocho horas juntos. La ciudad antigua era un tumulto de quehaceres, zapateros remendones, herreros, tenderos, carpinteros, alfareros, baldados de la guerra revolucionaria, viejas soldaderas sin hombre vendiendo tamales y champurrado en las esquinas, murmurando corridos y nombres de batallas perdidas, la ciudad virreinal con pulso proletario, los palacios convertidos en casas de vecindad, los portones atrincherados con dulcerías y expendios de billetes, misceláneas y talabarterías, los mesones antiguos transformados en casas de asistencia donde dormían vagos y maleantes, mendigos sin hogar, ancianos desorientados, en medio de un olor colectivo repugnante, anterior al perfume de las calles de putas, reclinadas sobre el medio zaguán abierto a la invitación y a la instigación, un perfume de puta que era igual al perfume de las funerarias, gardenia y glande, tumefactos ambos, las pulquerías hediondas a vómito y meados de perro callejero, las infanterías de bestias sueltas, sarnosas, hurgando entre los basureros cada vez más extendidos, más grises y purulentos como un gran pulmón canceroso que le iba a cortar la respiración a la ciudad cualquiera de estos días. La basura había desbordado a los pocos canales que quedaron de la ciudad india, la ciudad asesinada. Dijeron que los iban a drenar y taparlos con asfalto.
– ¿Por dónde quieres empezar, Laura?
– Tú me dirás, Juan Francisco.
– ¿Te lo digo? Por tu casa. Lleva bien tu casa, muchacha, y vas a contribuir más que si vienes a estos barrios a organizar y salvar gentes que además ni te lo van a agradecer. Déjame el trabajo a mí. Esto no es para ti.
Tenía razón. Pero esa noche, de regreso en su casa, Laura Díaz se sintió apasionada, sin entender muy bien por qué, como si el descenso a una ciudad suya y ajena le hubiese dado ímpetu a la pasión con la que, en su infancia, amó y descubrió la selva y sus gigantas de piedra cubiertas de lianas y joyas, los árboles y sus dioses ocultos entre laureles, y en Veracruz, la pasión compartida con Santiago y acrecentada a lo largo de los años y a pesar de la muerte, y en Xalapa la pasión rechazada del cuerpo lánguido de Orlando, la pasión abrazada tenazmente al cuerpo vencido del padre. Y ahora Juan Francisco, la ciudad de México, la casa, los niños y una súplica aplastada por su marido como quien mata a una mosca: déjame apasionarme contigo y lo que tú haces, Juan Francisco.
– Puede que tenga razón. No me entendió. Pero entonces tiene que darle algo más a lo que se mueve en mi alma. Quiero todo
lo que tengo, no lo cambiaría por nada. Quiero algo más también. ¿Qué es?
Él le pedía muda obediencia a un alma apasionada.
– ¿Dónde está el coche, Juan Francisco?
– Lo devolví. No me mires con esa cara. Me lo pidieron los camaradas. No quieren que acepte nada del sindicato oficial. Lo llaman corrupción.
VII. Avenida Sonora: 1928
¿En qué pensaba él? ¿En qué pensaba ella?
Él era impenetrable, como una esfera de navajas. Ella sólo podía saber en qué pensaba él sabiendo en qué pensaba ella. En qué pensaba ella cuando él, con reiteración cada vez más irritante para ella y menoscabo para él, la acusaba de no haber subido al altillo de Xalapa a ver a la anarquista catalana, hasta que ella se fatigó, se dio por vencida, arrumbó sus propias razones y comenzó a anotar en un cuadernillo cuadriculado que usaba para llevar las cuentas de la casa las ocasiones en que él, sin provocación de parte de ella, la recriminaba por su omisión. Ya no era un regaño, era un hábito nervioso, como el guiño involuntario de unos ojos fijos sin luz propia. En qué pensaba ella cuando volvía a oír el mismo discurso escuchado durante nueve años, tan fresco, tan poderoso las primeras veces, luego cada vez más difícil de entender porque era más difícil de oír, era demasiado racionalista, ella esperaba en vano el sueño del discurso, no el discurso mismo, el sueño del discurso, sobre todo cuando empezaron a hablar los niños Santiago y Dantón, dándose cuenta como madre que a los hijos sólo podía hablarles en sueños, en fábulas. El discurso del padre había perdido el sueño. Era un discurso insomne. Las palabras de Juan Francisco no dormían. Vigilaban.
– Mamá, tengo miedo, mira por la ventana. El sol ya no está allí. ¿Dónde se fue el sol? ¿Ya se murió el sol? -preguntaba, con ojos de primer hombre, su hijo Santiago al atardecer y a la hora del desayuno, Laura interrumpía a su marido:
– Juan Francisco, no me hables como si fuera un auditorio de mil personas. Soy una sola persona. Laura. Tu mujer.
– Ya no me admiras como antes. Antes, me admirabas.
Quería quererlo, quería. ¿Qué le sucedía? ¿Qué cosa pasaba que ella ni sabía ni entendía?
– ¿Quién entiende a las mujeres? Ideas cortas y cabellos largos.
No iba a perder el tiempo contándole lo que los niños entendían cada vez. que contaban un cuento o hacían una pregunta, las palabras nacen de la imaginación y del placer, no son para un auditorio de mil personas o una plaza llena de banderas, son para ti y para mí, ¿a quién le hablas, Juan Francisco?, ella lo veía siempre en una tribuna y la tribuna era un pedestal en el que ella misma lo puso desde que se casaron; nadie lo había puesto allí más que ella, no la Revolución ni la clase obrera ni los sindicatos ni el gobierno, ella era la vestal del templo llamado Juan Francisco López Greene y le había pedido al esposo que fuese digno de la devoción de la esposa. Pero un templo es un lugar de ceremonias que se repiten. Y lo que se repite hastía si no lo sostiene la fe.
Laura no perdía la fe en Juan Francisco. Solamente era honesta consigo misma, registraba las irritaciones de la vida en común, ¿qué pareja no se irrita a lo largo del tiempo?, era normal después de ocho años de casados. Primero no se conocían y todo era sorpresa. Ahora ella quisiera recobrar el asombro y la novedad de antes sólo para darse cuenta de que la segunda vez el asombro era la costumbre y la novedad la nostalgia. ¿La culpa era de ella? Había comenzado por admirar a la figura pública. Luego había tratado de penetrarla, sólo para encontrar que detrás de la figura pública había otra figura pública y otra detrás de ésta, hasta que ella se dio cuenta de que esa figura, ese orador deslumbrante, el director de masas, era la figura real, no había ningún engaño, no había que buscar otra personalidad, había que resignarse a vivir con un hombre que trataba a su mujer y a sus hijos como público agradecido. Sólo que esa figura en la tribuna también dormía en la cama matrimonial y un día el contacto con los pies debajo de las sábanas la hizo, involuntariamente, retraer los suyos, los codos de su marido empezaron a causarle repulsión, miraba esa articulación de arrugas entre el brazo y el antebrazo y lo imaginaba a él entero como un enorme codo, un pellejo suelto de los pies a la cabeza.