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El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]

Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:

El fantasma de la Ópera no solamente es la obra más famosa de Gaston Leroux, sino también la que ha logrado más perdurabilidad e interés, sobre todo por dos elementos muy especiales: el aspecto visual de la novela, que la predisponía a las futuras adaptaciones cinematográficas, y -la música, determinada por el ambiente de la Ópera de Paris, donde se desarrollan las correrías del fantasma. La historia, una mezcla de La Dama de las Camelias y los ambientes góticos de Nuestra Señora de Paris, relata los amores del vizconde Raoul de Chagny y la cantante Chistine Daaé, y su rapto por Erik, el Fantasma de la Ópera, quien mora en los subsuelos de ese enorme edificio, el teatro más grande del mundo, con sus más de 2.000 puertas y su lago subterráneo, construido por el famoso arquitecto Garnier. Una novela a la que la arquitectura y la música harán mantener siempre su interés, con un héroe al mismo tiempo diabólico y vulnerable, fiel heredero del romanticismo.
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Se aproximó a la puerta y esperó. No tuvo que esperar mucho. Pasó un dominó negro que rápidamente le apretó la punta de los dedos. Comprendió que era ella.

La siguió.

– ¿Es usted Christine? -preguntó entre dientes.

El dominó se volvió con presteza y se llevó el dedo a los labios para recomendarle sin duda que no repitiera su nombre. Raoul la siguió en silencio.

Temía perderla después de haberla encontrado de nuevo en aquellas extrañas circunstancias. Ya no sentía ningún tipo de odio contra ella. No dudaba siquiera de que ella «no tenía nada que reprocharse», por muy extraña e inexplicable que pareciera su conducta. Estaba dispuesto a todas las renuncias, a todos los perdones, a todas las cobardías. La amaba. Y seguramente conocería dentro de poco la razón de aquella ausencia tan singular…

De tanto en tanto, el dominó negro se volvía para asegurarse de que el dominó blanco lo seguía.

Mientras Raoul volvía a atravesar de esta manera el gran foyer, no pudo por menos que fijarse, entre la muchedumbre, en un grupo, en medio de los otros que se dedicaban a las más locas extravagancias, que rodeaba a un personaje cuyo aspecto extraño y macabro causaba sensación…

Este personaje iba totalmente de escarlata con un inmenso sombrero de plumas encima de una calavera. ¡Qué espléndida imitación de una calavera! ¡Los diletantes que se apiñaban a su alrededor lo admiraban, lo felicitaban… le preguntaban qué maestro, en qué estudio, frecuentado por Plutón, le habían hecho, dibuja

do, maquillado, una calavera tan hermosa. ¡La Camarde [16] misma debió posar como modelo!

El hombre de la calavera, de sombrero de plumas y traje escarlata arrastraba tras él un amplio manto de terciopelo rojo cuya cola se deslizaba majestuosamente por el parqué. En el manto habían bordado con letras de oro una frase que cada uno leía y releía en voz alta: «No me toquéis! ¡Yo soy la Muerte roja que pasa!

Alguien intentó tocarlo…, pero una mano de esqueleto, que salía de una manga púrpura, agarró brutalmente la muñeca del imprudente y éste, sintiendo el crujido de los huesos, el apretón arrebatado de la Muerte que parecía no iba a soltarlo jamás, lanzó un grito de dolor y de espanto. Por fin la Muerte roja lo dejó en libertad y huyó como un loco entre una nube de comentarios. En aquel mismo instante, Raoul se cruzó con el fúnebre personaje, que precisamente acababa de volverse hacia él. Estuvo a punto de dejar escapar un grito: ¡La calavera de Perros-Guirec! ¡La había reconocido!… Quiso precipitarse sobre ella olvidando a Christine, pero el dominó negro, que parecía también presa de una extraña conmoción, lo había cogido del brazo y lo arrastraba… lo arrastraba lejos del salón, fuera de aquella masa demoníaca donde paseaba la Muerte roja…

A cada momento, el dominó negro se volvía, y al blanco le pareció por dos veces advertir algo que la aterraba, ya que aceleró el paso, como si fueran perseguidos.

Así subieron dos pisos. Allí, las escaleras, los corredores, estaban prácticamente desiertos. El dominó negro empujó la puerta de un camerino e hizo señas al blanco de que entrara. Christine (ya que en realidad se trataba de ella, pudo reconocerla por la voz), Christine cerró inmediatamente la puerta mientras le recomendaba que permaneciera en la parte trasera del camerino y que no se dejara ver. Raoul se quitó la máscara. Cuando el joven iba a rogar a la cantante que se la quitara, quedó sorprendido de ver que de repente apoyaba un oído en el tabique y escuchaba atentamente lo que ocurría al otro lado. Después, entreabrió la puerta y miró en el corredor, diciendo en voz baja:

– Debe haber subido al «camerino de los Ciegos»… -de pronto exclamó-: ¡Vuelve a bajar!

Quiso cerrar la puerta, pero Raoul se opuso, porque había visto en el peldaño más alto de la escalera un pie rojo que subía al piso superior… y lenta, majestuosamente, la capa escarlata de la Muerte roja se deslizó por los escalones. Y volvió a ver la calavera de Perros-Guirec.

– ¡Es él! -exclamó-. ¡Esta vez no se me escapará!

Pero Christine había vuelto a cerrar la puerta en el momento en que Raoul se precipitaba. Quiso apartarla de su camino.

– ¿Quién? -preguntó ella con voz completamente cambiada-. ¿Quién es el que no se le escapará?

Brutalmente, Raoul intentó vencer la resistencia de la joven, pero ella lo rechazaba con una fuerza inesperada… Él comprendió. o creyó comprender, y se enfureció.

– ¿Quien? -dijo con rabia-. ¡Pues, él! El hombre que se oculta tras esa horrible máscara mortuoria…, el genio malo del cementerio de Perros!,… ¡la muerte roja!… En fin, su amigo, señora… ¡Su Ángel de la música! Pero le arrancaré la máscara, al igual que arrancaré la mía, y esta vez nos veremos cara a cara, sin velos y sin mentiras, y sabré a quién ama usted y quién la ama.

Se echó a reír como un loco, mientras que Christine, detrás de su antifaz, dejaba escapar un doloroso gemido.

Extendió con gesto trágico sus dos brazos, que interpusieron una barrera de carne blanca ante la puerta.

– ¡En nombre de nuestro amor, Raoul, usted no pasará!…

Él se detuvo. ¿Qué es lo que había dicho? ¿En nombre de su amor?… Pero ella jamás le había dicho, jamás, que lo amaba. Sin embargo, ¡no le habían faltado ocasiones!… Lo había visto muy desdichado, llorando ante ella, implorando una sola palabra de esperanza que no había llegado… ¿Acaso no lo había visto enfermo, medio muerto de frío y de terror después de la noche en el cementerio de Perros? ¿Acaso se había quedado a su lado en el momento en que más necesitaba sus cuidados? No. ¡Había huido!… ¡Y ahora decía que lo amaba! Hablaba «en nombre de su amor». ¡Vamos! No tenía -otra intención que la de hacerle perder algunos segundos… Era necesario dar tiempo a que la Muerte roja escapase… ¿Su amor? ¡Mentira!

Y se lo dijo, en tono de odio infantil.

– ¡Miente, señora! ¡Porque no me quiere ni me ha querido nunca! Hay que ser un desgraciado como yo para dejarse manejar, para dejarse burlar como yo lo he hecho. ¿Por qué su actitud, la alegría de su mirada, su mismo silencio me permitieron, a partir de nuestro primer encuentro en Perros, todo tipo de esperanzas? ¡Todo tipo de esperanzas honradas, señora, ya que soy un hombre honesto y la creía a usted una mujer honesta, cuando no tenía más intención que la de reírse de mí. ¡Se ha burlado de todo el mundo! ¡Ha abusado incluso del alma cándida de su bienhechora, que sigue creyendo en su sinceridad mientras usted se pasea por el baile de la Opera con la Muerte roja… ¡La desprecio!…

Y se echó a llorar. Ella se dejaba insultar. No tenía más que un sólo pensamiento: el de retenerlo.

– Un día me pedirá perdón por todas esas viles palabras, Raoul, ¡y yo lo perdonaré!…

Él movió la cabeza.

– ¡No, no! ¡Me he vuelto loco!… ¡Cuando pienso que yo no tenía otro objetivo en la vida que el dar mi nombre a una vulgar cantante de Ópera!…

– ¡Raoul!… ¡No diga eso!

– ¡Moriré de vergüenza!

– Viva, amigo mío -pronunció la voz grave y alterada Christine-…, ¡y adiós!

– Adiós., Christine!

– ¡Adiós Raoul!

El joven se acercó con paso vacilante. Se atrevió a pronunciar otro sarcasmo:

– ¡Oh!, supongo que permitirá, sin embargo, que venga a aplaudirle de tanto en tanto.

– ¡Ya no volveré a cantar, Raoul!

– Realmente -añadió él con más ironía aún-… ¡Le preparan otras agradables distracciones! ¡La felicito!… Pero, volveremos a vernos en el Bois algún día de éstos.

– Ni en el Bois, ni en ninguna otra parte, Raoul. No volverá a verme.

– Al menos, ¿será posible saber a qué tinieblas desea volver?… ¿Hacia qué infierno sale de viaje, misteriosa señora?… ¿O a qué paraíso?…

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[16] Familiarmente, la Muerte.

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