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La Aventura De Un Fotógrafo En La Plata

Электронная книга - «La Aventura De Un Fotógrafo En La Plata». Краткое содержание книги:

La aventura de un fotógrafo en La Plata narra las peripecias de Nicolasito Almanza durante su estancia en La Plata -ciudad a la que acude en el cumplimiento de su primer encargo como fotógrafo profesional- y de sus azarosas relaciones con la familia Lombardo y los personajes que pueblan su mundo de huésped de pensión.
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– Qué maldad. Sabes perfectamente que estás en tu casa y que si ahora me decís “Me quedo”, no te cobro la habitación.

Dijo que estaba agradecido, que se quedaría con gusto, pero que le habían encargado un trabajo en Tandil. Volvió a la pieza. Tomó la valija, la abrió sobre la cama y preguntó a Mascardi:

– ¿Cuánto te debo?

– Qué manía con las cuentas. Ya es una enfermedad. Para mí, que la agarraste en el mostrador, junto a Gentile.

– ¿Te gusta que no te paguen?

– A nadie le gusta, pero entre nosotros no es lo mismo. Somos amigos, me parece.

La porfía siguió un rato. Después Mascardi sacó del bolsillo un papel donde había anotado, día por día, la deuda de Almanza. “Por fin”, se dijo éste. Empezaba a sentir que se le iba el tiempo y que no hacía nada por ver a Julia. Sobre la mesa repartió el dinero, en dos montoncitos.

– Esto es lo que te debo. Esto, para pagar la cena.

– Sobra. Es una barbaridad que no la presidas. ¿Qué les digo?

– Que a último momento tuve que irme.

– ¿Y si los invito para hoy a las ocho? Por lo menos habría tiempo de que te asomes unos minutos, para despedirte. ¿A quién invito?

– A todos. A los Lombardo, a Gruter, a Gladys, a la propia doña Carmen, a Lemonier, a Laura.

– ¿También a esos dos?

– También.

– No creo que vayan, si yo los invito. No me perdonan. Te juro que saben que no denuncié a Lemonier. Me odian porque pertenezco a la repartición. Si no fuera de la policía, yo no hubiera dicho ni media palabra y a lo mejor el charlatán ése todavía estaba adentro.

– De cualquier modo hay que invitarlos.

– De acuerdo; pero si no van, que se embromen. En cambio me remuerde la conciencia por no haberte obligado a denunciar a Lo Pietro y al Mono. Todavía esos dos van a presentar una denuncia en tu contra. Yo siempre digo: hay que ganar de mano. Pero no te preocupes. Si la presentan, pobre de ellos.

LXI

Mientras caminaba rápidamente y en algunos tramos corría, se acordaba de una situación de sueño: estar apurado y caminar despacio, con piernas cansadas, que pesan mucho. Lo cierto es que ese día todas las cosas le llevaban demasiado tiempo; más que nada, las conversaciones y las discusiones. Recordó un dicho de su padrino: “No hay que apurarse. La vida, por corta que sea, da tiempo para todo”, y también recordó el vaticinio de Gentile: “En la capital de la provincia va a encontrar novedades”. Una de las novedades tal vez fuera este apuro extraordinario, que no se limitaba a las corridas, ya que también lo sentía en la cabeza, como una fiebre. Se preguntó: “¿Será esto la famosa vida acelerada de la gran ciudad?”. Lo nuevo para él, recapacitó, lo que hacía la diferencia, no era tanto la ciudad como Julia. Sin agrandar nada, diciendo lo que es, admitía que no había conocido nada igual. Le llenaba la vida. Acostumbrarse a vivir sin verla no iba a ser fácil.

En la pensión de los Lombardo, la patrona dijo que la señorita había salido, pero que la señora Griselda y don Juan estaban arriba.

– Si quiere saludarlos, pase.

– No, gracias. Ando con el tiempo justo. ¿No se le ocurre dónde puedo encontrar a la señorita?

– Francamente, no -contestó la patrona y, después de una pausa, agregó, como si hablara consigo misma-. Sin embargo, yo me daría una vuelta por el parque. La señorita dijo que le gustaba ir allá.

Salió con la esperanza renovada. “A mí también me gusta, desde que estuve con ella.” Habían hablado mucho, pero cuánto les quedaba por decirse. Era un día templado, de luz brillante. “Mejor para pasarlo juntos que para fotografiar”, observó. La imaginó sentada en un banco verde, con un fondo de árboles.

Confiado en su buena suerte, se internó en el bosque, dispuesto a encontrarla. Tan afanosamente la buscaba, que no sacó una sola fotografía. El bosque era grande. Caminó y caminó, hasta perder la noción del tiempo (lo que nunca le había pasado). Al término de esa excursión larguísima, se encontró en el punto de partida, en el sendero entre el Museo y el jardín Zoológico. Se dejó caer en un banco, a la sombra. Sintió frío. O tristeza nomás. Recapacitó: “Si viene, de acá la veo. Ya no va a venir”. Tendría que buscarla por la ciudad. Pero ¿por dónde empezar? El tiempo, que les faltó para establecer costumbres (como la de ir a un café, donde ahora podría esperarla) les alcanzó para quererse. La semana fue corta, se vieron poco y las horas de ese día, que reservaba para Julia, se le iban rápidamente. Recordó, uno a uno, los momentos que pasaron juntos. De quererla y del amor de Julia estaba seguro, pero no de que ella supiera que él también la quería. “Yo tengo la culpa”, se dijo y argumentó que si Julia lo hubiera seguido de lejos (precisó: “con un tele”) a lo largo de buena parte de su última tarde en La Plata, pensaría que ella no le importaba. ¿Por qué no la buscó inmediatamente de tomar el boleto para Tandil? Lo primero que hizo fue arreglar cuentas con la patrona y con Mascardi. Como si creyera que eso era la parte seria de la vida y que las mujeres, cualquier mujer, la misma Julia, venían después. Obró como si hubiera estado dormido. Del rato en que fotografió los vitrales no tenía que arrepentirse. Cumplía su trabajo. Ahora debía probarle que, a pesar de lo que indicara su comportamiento, la quería en serio. Comprendió que sólo había dos maneras. Quedarse en La Plata o pedirle que se fuera con él.

LXII

Eran casi las siete y veinte. Corrió a la pensión de los Lombardo. En cuanto lo vio, la patrona le preguntó si la había encontrado. Contestó que no. Ella dijo:

– Hará cosa de minutos que se fueron para la cena. Pensé que usted estaría allá. Daba gusto verlos: la señora Griselda, tan elegante, el señor, paquetísimo.

– ¿Y Julia?

– La señorita Julia no volvió en todo el día. Pensé que ustedes se habían encontrado.

Se dijo que no iba a olvidar esa frase.

La patrona se apartó apenas de su tono indiferente, para asegurar:

– Si camina ligero los alcanza.

Caminó ligero, no para alcanzarlos, para pasar por la otra pensión, por si Julia había dejado un mensaje o, mejor todavía, si estaba esperándolo.

No había nadie en la puerta ni en la sala. Fue a su pieza. En seguida notó que le faltaba la valija. Se dijo: “Menos mal que no dejé la cámara”. Cerró la puerta con llave y golpeó en la ventanita. Del cuarto de doña Carmen salió la licenciada.

– ¿Ahora qué se le ofrece? -preguntó.

– Quería saber si estaba doña Carmen.

– ¿No se acuerda que la invitó a cenar?

– Me acuerdo. Pudo no ir.

– A mí no me invitó.

– ¿Hubiera aceptado?

– Cómo se le ocurre.

– ¿Entonces?

– ¿Es todo?

– ¿Llamó alguien para mí?

– ¿Por quién me toma? No estoy para servirlo.

Le admiraba que esa mujer, con su aire de paisanita dulce, fuera tan brava. Debió contenerse para no preguntar si estaba segura de que la señorita Julia no había llamado, pero comprendió que era inútil.

Salió, apuró el paso, muy pronto llegó a la parrillada El Estribo. Entró en el salón, se detuvo cerca de la puerta, detrás de gente que esperaba una mesa libre. Pudo ver, en el fondo, a sus invitados: animosos, contentos unos con otros y con el agasajo. Don Juan explicaba quién sabe qué a doña Carmen y a Gruter, mientras Mascardi reía con Griselda y con Gladys. En cuanto al Viejito y Laura, acertó Mascardi: no estaban. Al descubrir que tampoco estaba Julia sintió que le latía el corazón. “Ahora qué voy a hacer entre esa gente.”

Retrocedió, salió a la calle. Por un instante creyó que Julia se había enojado. “Eso explica todo: por qué no la encontré hoy, por qué no vino.” Recapacitó y murmuró como si discutiera con alguien: “Es no conocerla”. Hablaba solo mientras caminaba. “Nunca me conformaré si no la veo.” Había tardado en comprender cuánto le importaba y, más todavía, cuánto iba a extrañarla y qué pronto. Estaba diciéndose: “Me da miedo pensar que mañana no podré verla y que todos los días siguientes serán iguales”, cuando entró en la terminal y vio a Julia.

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