Al Faro
- Автор: Вулф Вирджиния
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:
Este hecho puede dificultar la lectura a los no duchos en la materia, lo que no le quita un ápice a la tensión narrativa, al contrario, quizás se deba prestar más atención y leer con más tranquilidad. Apenas hay separación entre los participantes de un diálogo, sino que se reproducen literalmente lo que se les pasa por la cabeza, puede dar la sensación de que no hay contacto físico entre los individuos, lo que lleva al desconcierto y a darle a la incomunicación una importancia aún mayor.
La señora Ramsay planea hacer una excursión a un faro con sus ocho hijos y algunos amigos, pero el mal tiempo y la autoridad de un marido prepotente hará que sus planes se deshagan, lo que supone un enfrentamiento entre los miembros de la familia contra el señor Ramsay. La excursión podría interpretarse como una viaje?iniciático?, una válvula de escape ante la opresión, una huida en busca de la verdad por una mismo.
En cuanto a los personajes suelen repetirse los mismos roles que tanto obsesiona a la autora: la mujer,?realizada? como madre de familia numerosa, pero frustrada a nivel intelectual por la sociedad machista de la época victoriana, la estigmatización de la solterona,?obligada? a elegir entre la búsqueda de su felicidad, materializada en su cultivo profesional, pero casi siempre abandonada por?el qué dirán?, la figura del hombre, que aparece como una figura paternalista,?ejecutor? del carácter más rebelde y sublime de la mujer. Y, en cuanto los fenómenos atmosféricos, el mar, las tempestades, el viento… todos aliados en la eterna lucha de sexos, en la incompatibilidad, en la incomunicación…
Esposas rebeldes de pensamiento pero no de acción, mujeres que luchan por defender su valía, no sólo en el campo de la maternidad, individuos que oprimen, otros que son oprimidos…Todo tejido en todo a la complejidad del carácter de Virginia Wolf, que, o desconcierta y engancha, o harta.
Pero que, sobre todo, no pasa desapercibida…
Leía una de la serie cada seis meses, dijo su marido. Pero ¿por qué tendría que enfadarse por eso Charles Tansley? No tardó nada (y todo, pensaba Mrs. Ramsay, porque Prue no le hace ni caso) en censurar agriamente las novelas de Waverley, de las que no sabía nada, nada en absoluto, pensaba Mrs. Ramsay, observándolo, más que atendiendo a lo que decía. Se daba cuenta por los modales: quería afirmarse, sería así hasta que consiguiera la cátedra o se casara, y ya no necesitara decir continuamente «yo, yo, yo.» Porque a eso se reducía su crítica literaria de sir Walter Scott, o quizá se tratara de Jane Austen. «Yo, yo, yo.» Pensaba en él mismo, en la impresión que causaba; lo sabía por el sonido de la voz, por la vehemencia y el nerviosismo. Le vendría bien el éxito. Seguían. No tenía necesidad de seguir escuchando. Sabía que no podía durar, pero en ese momento sus ojos habían adquirido tal clarividencia que podía recorrer la mesa desvelando de cada uno de ellos sus pensamientos y sentimientos, sin dificultad, al igual que esa luz que se introduce en el agua de forma que las ondas y los juncos y los pececillos que parecen buscar su equilibrio, y la repentina trucha silenciosa, todos ellos se iluminan de repente, y aparecen suspendidos, temblorosos. Así los veía, así los escuchaba; dijeran lo que dijeran, siempre tenían esta característica, como si las palabras que decían fueran como el movimiento de la trucha, cuando a la vez se ve la onda y los guijarros, algo a la derecha, algo a la izquierda, y sólo se percibe el conjunto; mientras que en la vida de siempre tenía ella que echar la red, separar una cosa de otra; tendría que haber dicho que le gustaban las novelas de la serie de Waverley, o que no las había leído, tendría que avanzar a toda costa, pero no dijo nada, permaneció como suspendida.
«Sí, pero ¿alguien cree que durará?», dijeron. Era como si proyectara unas temblorosas antenas, que, al interceptar ciertas frases, le obligara a prestarles atención. Ésta era una de ellas. Olfateaba peligro para su marido. Una pregunta como ésta, casi inevitablemente, acabaría recibiendo una respuesta que terminaría por recordarle su propio fracaso. Cuánto tiempo se le seguiría leyendo: lo pensaría al momento. William Bankes (que carecía por completo de esta vanidad) se rió, y dijo que él no atribuía ninguna importancia a los cambios de moda. ¿Quién podría decir qué es lo que iba a durar, ni en literatura ni en ninguna otra cosa?
– Disfrutemos de lo que disfrutamos -dijo. Su integridad le parecía a Mrs. Ramsay admirable. Nunca parecía pensar: Pero, esto ¿cómo me afecta? Sin embargo, cuando estaba del otro humor, del que necesitaba alabanzas, premios, era natural que comenzara (bien sabía que Mr. Ramsay estaba comenzando) a sentirse incómodo; a querer que alguien dijera: Ah, no, su obra sí que durará, Mr. Ramsay, o algo parecido. Ahora mostraba su malestar de forma patente, al decir, con cierta irritación, que, en todo caso, Scott (o era Shakespeare?) a él le duraría toda la vida. Lo dijo enfadado. Todos, pensaba ella, se sentían algo incómodos ahora, sin saber por qué. Entonces, Minta Doyle, que tenía un instinto muy fino, dijo un disparate, algo absurdo, que ella pensaba que en el fondo a nadie le gustaba leer a Shakespeare. Mr. Ramsay dijo de forma bastante sombría (aunque ya se había distraído de nuevo) que a pocos les gustaba tanto como decían. Pero, añadió, no obstante, algunas de las obras no carecen de verdadero mérito; Mrs. Ramsay se dio cuenta de que de momento las cosas estaban bien; se reía de Minta, y ella, Mrs. Ramsay vio, al advertir lo preocupado que estaba consigo mismo, a su manera, vio que se ocupaban de él, que lo alababan, de la forma que fuera. Pero deseaba que no fuera necesario, y quizá fuese culpa de ella el que fuera necesario. En todo caso, podía escuchar con toda libertad lo que Paul Rayley decía sobre los libros que se leían en la infancia. Duraban, decía. En la escuela había leído algo de Tolstói. Había uno que no se le había olvidado, aunque no recordaba el nombre. Los nombres rusos son imposibles, dijo Mrs. Ramsay. «Vronski», dijo Paul. Lo recordaba porque siempre había pensado que era un buen nombre para un malvado. «Vronski», dijo Mrs. Ramsay. «Ah, Anna Karénina», pero no siguieron mucho tiempo en esta dirección: los libros no eran lo suyo. No, Charles Tansley, en lo que se refería a libros, los pondría al día en un segundo, pero todo lo mezclaba con cosas como ‹Es correcto lo que estoy diciendo?, ¿Estoy causando buena impresión?, y, después de todo, terminaba una sabiendo más acerca de él que de Tolstói; mientras que cuando Paul hablaba, hablaba sencillamente de las cosas, no de sí mismo. Como todos los estúpidos, tenía además su propia humildad y respeto hacia los sentimientos del interlocutor, lo cual, de vez en cuando, a ella le parecía atractivo. Ahora no estaba pensando en sí mismo ni en Tolstói, sino en si ella tenía frío, si le daba la corriente, si querría una pera.
No, dijo, no quería una pera. A decir verdad había estado de guardia ante el frutero (sin darse cuenta), celosa, con la esperanza de que nadie lo tocara. Había dejado descansar la mirada entre las curvas y sombras de la fruta, entre los ricos púrpuras de las uvas escocesas, por el dentado borde una cáscara, juntando un amarillo con un púrpura, una curva con un círculo, sin saber por qué lo hacía, o por qué, cada vez que lo hacía, se sentía cada vez más serena; hasta que, ay, qué pena que tuviera que pasar, se acercó una mano, cogió una pera, destruyó el efecto. Miraba a Rose con cariño. Miraba a Rose, sentada entre Jasper y Prue. ¡Qué raro que tu propia hija hubiera hecho eso!
Qué extraño verlos sentados ahí, en fila, sus hijos, Jasper, Rose, Prue, Andrew, apenas hablaban, pero disfrutaban de algún chiste de los suyos, suponía, por cómo se les movían los labios. Era algo completamente diferente de todo lo demás, algo que atesoraban para reírse de ello cuando estuvieran en las habitaciones. No era de su padre, confiaba. No, creía que no. Se preguntaba qué sería, con tristeza, porque pensaba en que se reirían de lo que fuera cuando ella no estuviera delante. Era algo que atesoraban tras esas caras inmóviles, fijas, como máscaras, porque los niños no participaban con facilidad en la conversación; en realidad, eran vigías, inspectores, un poco por encima o aparte de los adultos. Pero al mirar a Prue esta noche, vio que esto no era del todo cierto en lo que se refería a ella. Estaba comenzando, moviéndose, empezaba a descender. Iluminaba su cara una luz muy delicada, como si el color encendido de Minta, sentada frente a ella, con su intensidad, su anticipación de la felicidad, se reflejara en ella, como si el sol del amor entre hombres y mujeres naciera tras el borde del mantel, y sin saber qué era se inclinara hacia él, lo saludara. Se quedaba mirando a Minta, con timidez, pero con curiosidad, de forma que Mrs. Ramsay miraba a una y otra, y decía, hablando mentalmente con Prue: Cualquier día de éstos serás tan feliz como ella. Más feliz, agregaba, porque eres mi hija; su propia hija tenía que ser más feliz que las hijas de otras personas. Pero la cena había terminado. Había que levantarse. Ya sólo jugaban con lo que había en los platos. Sólo esperaba a que terminaran de reírse de algún cuento que había contado su marido. Se reían con Minta respecto de algo sobre una apuesta. Se levantaría en cuanto acabara.