Gente Legal
- Автор: Скоттолайн Лайза
- Серия: Rosato and Associates #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Gente Legal». Краткое содержание книги:
«Una novela trepidante que dejará sin aliento al lector más valiente.»
Había coches de policía en hilera con sus luces rojas, blancas y azules girando como una advertencia silenciosa. El tráfico estaba cortado y los policías hacían sonar sus silbatos para desviar los coches. La presencia de la policía me inquietó y me hizo tomar precauciones. Hacía tiempo que había dejado de pensar que los policías eran amigos míos.
Se había congregado un montón de gente y me acerqué a la multitud. Me situé al lado de una anciana que contemplaba la escena con los brazos gordezuelos cruzados sobre el pecho.
– -¿Qué pasa? --pregunté--. ¿Un accidente?
– No exactamente -me contestó mirándome con sus gruesas gafas Woolworth. Sus ojos, agrandados por el cristal, parecían extraviados. A su lado había un perro blanco con una correa de soga que tenía cataratas azuladas en los ojos.
– Bonito perro -dije. Me gustan todos los perros, hasta los feos.
– -Se llama Buster. Está ciego.
– -¿Ciego? ¿Muerde?
– -No.
Me agaché para rascarle la cabeza, pero se me abalanzó con los dos dientes que le quedaban.
– -¡Eh, usted me dijo que no mordía!
– No muerde, pellizca.
A veces, detesto la ciudad.
– La policía está buscando a alguien.
– ¿A quién?
– No lo sé. Lo acabo de oír. Es un asunto de drogas. Ese es el móvil de la bomba.
– ¿Qué bomba?
– -Ese hombre, el de las drogas. Le han puesto una bomba. -Se subió las gafas-. Una bomba en el coche, por el sida.
– -¿Qué?
– -El sida. Lo dijeron en las noticias.
– -¿Cuándo? --¿Se trataba del presidente de Furstmann? ¿Sería posible?--. ¿Cómo?
– Buscan a la mujer que lo hizo. Eso es lo que oí.
– ¿Qué mujer? -¿Eileen? La policía sabía dónde vivía.
– -Lo hizo una terrorista. Trabaja aquí mismo. Una abogada. La van a arrestar.
Se me hizo un nudo en la garganta. Una abogada. Vive y trabaja aquí. Tenía que ser yo. ¿Qué estaba pasando? Estaba aturdida. Me di media vuelta y me alejé de los coches de policía. Mis pies me transportaban casi automáticamente. ¿Adonde iba? Ni siquiera lo sabía. Lejos. Lejos de la ciudad y de los policías.
Me puse a correr frenéticamente. El corazón me palpitaba, tenía acelerado el pulso. Ya no era por deporte; era una huida. Huía de la ciudad, lejos del centro comercial. Se hizo de noche mientras corría, pero solo me detuve cuando no vi más coches de policía. Me faltaba el aliento. Me lancé a una cabina telefónica cubierta de pintadas y con la bombilla rota. Cerré la puerta y marqué los números con mi tarjeta de crédito. Temblaba.
– ¿Sí? Habla Wells -dijo al descolgar.
– -Grady, ¿qué está sucediendo? --Me habría encantado oír su voz de haber confiado en él.
– -¡Bennie! ¡Bennie! ¿Dónde estás? --Por el tono, me dio la sensación de que era algo sumamente urgente--. La policía te busca. Encontraron unas tijeras con sangre en tu apartamento. Las analizaron y era la sangre de Mark. Dicen que es el arma homicida, Bennie. Tengo una orden de arresto delante de mí.
– -¿Qué?
– Espera, aún hay más. Quieren interrogarte sobre otro asesinato, el del presidente de Furstmann.
– -Oh, Dios santo. ¿De verdad lo han matado?
– -Una bomba bajo el coche, en la puerta de su casa. La policía dice que te citaste con unos activistas de derechos de los animales. ¿Cómo lo saben?
La cabeza me empezó a funcionar a mil revoluciones. Azzic debía haberme seguido, a menos que Grady me estuviera mintiendo y se lo hubiera dicho él mismo.
– Bennie, ¿sigues ahí? ¿Te encuentras bien? Dicen que también estás involucrada en este asesinato. Azzic arrestó a Eileen gracias a ti y ella ahora es la testigo de la acusación. Les dijo que tú organizaste el atentado y que la usaste para que la culpa recayera en ella.
– -¡Eso es ridículo!
– Tienen la confesión que te implica. Su amigo Kleeb ha desaparecido. Azzic está ahora mismo en la puerta. Quieren que te entregues.
– Pero si yo no lo hice. ¡Yo no he hecho nada!
– Entonces no vengas ni digas nada más. Es posible que controlen las llamadas, incluso que hayan pinchado los teléfonos.
Pensé rápidamente.
– Ve a mi despacho y coge la cartera. Recógeme a medianoche en el lugar que más me gusta del mundo. Asegúrate de que no te siguen. ¿Comprendido?
– -Comprendido.
Colgué el teléfono debatiéndome sobre si había hecho bien al hacer esta llamada. No había tenido otra opción, pero me confié a alguien de quien tenía todas las razones para desconfiar. ¿Sería capaz Grady de descifrar el lugar donde tenía que recogerme? ¿Habrían oído nuestra conversación los policías? De cualquier manera, ¿dónde estaba? Miré a mí alrededor. Las farolas estaban rotas y la esquina, a oscuras. Frente a la cabina había una tienda abandonada con tablones clavados sobre las ventanas. Había pintadas por todas partes. Traté de encontrar un letrero que me dijera en qué calle estaba, pero estaban rotos.
No tenía ni idea de adonde ir. Me apoyé en el tabique de la cabina a oscuras, junto a una grieta que atravesaba toda la mampara de plástico. Me sentí vacía, rota, presidente de Furstmann había muerto porque yo había permitido que Eileen me engañara. Ahora estaba haciéndome la cama. Me pregunté si los policías tendrían suficiente con acusarme de dos crímenes. No tenía coartada para este último. Estaba haciendo jogging cuando sucedió. Pedirían la pena de muerte, seguro.
Me senté en el suelo mugriento de la cabina con rodillas contra el pecho. Estaba medio desnuda y tenía frío. Era la principal sospechosa de dos asesinatos que no había cometido y alguien había dejado el arma homicida en mi apartamento. Mi abogado, mi única conexión con el mundo exterior, era alguien en quien apenas confiaba. Todo se derrumbaba a mí alrededor y no tenía fuerzas suficientes para evitarlo. Por primera vez en mi vida, me sentí indefensa.
Indefensa, paralizada. Estaba muerta de frío.
18
Me mantuve alerta, vigilando que no hubiera coche de policía, pero no vi más que uno que patrullaba por Kelly Drive, el camino zigzagueante que bordeaba el río Schuylkill. Tal vez la policía no hubiera pinchado el teléfono, por no considerarlo una prueba suficiente o por falta de tiempo, o quizá eran demasiado idiotas para adivinar cuál sería mi sitio favorito. O tal vez me estuvieran esperando y me vigilaban sin que yo me diera cuenta. Observé la orilla con una sensación muy desagradable la boca del estómago.
Era una noche con brisa a orillas del Schuylkill y viento que provenía del río era frío y húmedo. Me senté bajo un arbusto en el Azalea Garden, donde simulaba se una persona que había salido a hacer ejercicio en un me mentó de descanso. Temblaba de frío. Era bastante ver símil y el camuflaje perfecto, ya que los senderos pavimentados al lado del río atraían a muchos patinadores deportistas incluso de noche.
Miré la hora. Las once y media. Tenía que ir ya. Recogí mi pequeña bolsa de papel y me levanté lentamente pues tenía las piernas rígidas y doloridas. Miré en derredor buscando algún coche patrulla de policía, pero había moros en la costa. Solo quedaban los deportistas fanáticos. Como yo.
Corrí lentamente sobre los vasos de papel aplastados que tapizaban el camino a la caseta de botes, el sucio recordatorio de una divertida tarde de jogging. Había unas veinte casetas en fila y la de la universidad estaba en el centro. Llegué a la puerta roja, me aseguré de que nadie me viera y tecleé la combinación que la abría. Entré y empujé la puerta, que se cerró automáticamente.
La entrada era grande y estaba vacía y a oscuras. Había dos ventanas que daban a la calle, de modo que no me arriesgué a encender las luces. Tampoco lo necesitaba, ya que me conocía el sitio de memoria. Fotos de remeros cubrían las paredes y un viejo sofá verde de cuero estaba al lado de la puerta. A la izquierda se extendía la inmensa sala donde se guardaban las embarcaciones de los hombres; a la derecha, el anexo para las mujeres, construido más tarde.