La Mujer De Mi Hermano
- Автор: Bayly Jaime
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Mujer De Mi Hermano». Краткое содержание книги:
– Sí, claro. ¿Quieres que vaya corriendo?
– No -ríe ella-. Pero si quieres, paso a recogerte.
– No, gracias. Prefiero ir en taxi.
– ¿Vas a saber llegar?
– Claro. Perfectamente. Tan tonto no soy.
– Es que no vienes hace siglos.
Y yo tampoco me vengo hace siglos, piensa Zoe.
– No te preocupes. A las diez en punto estaré allí. Tú también ponte guapa.
– Trataré -sonríe ella.
– Oye, Zoe.
– Dime.
– ¿Cuándo vuelve Ignacio?
– Pasado mañana.
– ¿Segura?
– Segurísima.
– No quiero sorpresas. ¿No es muy arriesgado vernos en tu casa?
– No. No te preocupes. No pasa nada. Además, eres mi cuñado. Es normal que te invite a cenar.
– Sí, claro -se ríe Ignacio, y a ella le gusta que se ría así, con un cierto cinismo.
– A las diez, entonces.
– Ahí estaré.
– Pinta bonito.
– Pintaré pensando en ti.
Zoe cuelga el teléfono, corre a su dormitorio, se tira en la cama y grita felicísima:
– ¡Te adoro, Gonzalo!
Luego se preocupa, mirando hacia su closet:
– ¿Qué me pongo a la noche? ¿Qué voy a cocinar?
Hacía tiempo que no me alegraba tanto, piensa, echada en su cama, sintiéndose de nuevo una adolescente.
Suena el timbre. Zoe siente un sobresalto, una excitación que había olvidado. Mira el reloj. Son las diez y cuarto de la noche. Casi puntual, piensa, y corre a abrir la puerta. Antes se detiene a mirarse en el espejo de la sala. Se ha puesto un vestido negro, muy ceñido, que termina en los muslos, encima de las rodillas, y deja ver sus piernas bien trabajadas en el gimnasio. Lo ha elegido porque se siente sexy en ese vestido y porque su esposo le ha rogado que no lo vista nunca, alegando que es demasiado atrevido y que parece una copetinera. Ésa fue la palabra que usó Ignacio meses atrás y que ella no ha olvidado: «Quítate ese vestido de copetinera, ponte algo decente.» Ahora Zoe se mira en el espejo y sonríe con una cierta coquetería. Me gusta verme como una copetinera, piensa. Tengo alma de copetinera. Quiero ser tu copetinera esta noche, Gonzalo. Quiero que me mires las piernas mientras comemos, que te excites mirándome como ya no se excita mi marido.
Zoe ha pasado la tarde entera en la cocina, preparando la cena con ilusión. No ha querido comprar la comida pieparada, como acostumbra a comprársela a su esposo, en la tienda cercana, donde ya le conocen sus gustos y caprichos. Pensando en Gonzalo, en complacerlo, le ha provocado cocinar. Camino al supermercado, conduciendo su auto, se ha sorprendido al oírse cantar, como una quinceañera, alguna canción de la radio. Ha comprado la comida y las bebidas preguntándose qué le gustará más a Gonzalo, cómo disfrutará mejor la cena, qué cosas le harán feliz al comer. Hacía mucho tiempo que no la pasaba tan bien en el supermercado, ha pensado, eligiendo los quesos, las galletas, el jamón serrano. Al volver a casa, ha encendido la música a un volumen alto para sentirse inspirada -y no ha querido poner un disco, pues ha preferido una estación de la radio donde suelen programar canciones de moda-, se ha puesto un mandil que no vestía hacía mucho tiempo -tanto, que ya no recuerda la última vez que lo usó-, y se ha encerrado en la cocina a preparar la cena. Al tiempo que cocinaba, ha bailado, ha cantado, se ha sentido levemente feliz y despreocupada, el cosquilleo de la ilusión en el estómago, la promesa del amor pellizcándola. Cocinando para el hombre que desea en secreto, ha vuelto a ser la mujer alegre que alguna vez fue, antes de perderse en la tediosa rutina matrimonial. Cocinando, bailoteando, canturreando, Zoe ha recordado lo que hacía tanto tiempo no sentía, la felicidad de sentirse enamorada. Pero, por momentos, ha intentado reprimirse, recordando que el hombre para el que cocina es un hombre prohibido, su cuñado, el hermano de Ignacio.
No seas tonta, se ha dicho. Piensa. No te enamores. Es un amor imposible. Es tu cuñado. Nunca te atreverás a dejar a Ignacio por él. Nunca te atreverás a decirle a nadie que te has enamorado de Gonzalo. Se te caería la cara de vergüenza. Te sentirías un asco. Es un amor imposible, Zoe. Piensa. No te acuestes con él esta noche, que las consecuencias serán graves. Coquetea, juega, déjate besar, pero no permitas que pase nada más. Gonzalo querrá llegar hasta el final. Pero tú debes mantener el control, no pasarte del límite. Disfruta la cena, permítete una aventurilla, bésalo todo lo que quieras, pero no hagas el amor con él. No seas tan loca, Zoe. No seas tan puta. Si te acuestas con él, te vas a arrepentir.
Al vestirse, sólo ha pensado en Gonzalo, en elegir las prendas que la embellezcan ante sus ojos, en tentarlo y despertar el deseo de poseerla aunque sea una locura. Cuando se ha puesto ese calzón diminuto, ha imaginado el momento en que él, enardecido, se lo arrancará de un tirón y la comerá a besos. Sabe que esa fantasía es peligrosa y le puede costar caro, pero no puede evitarla. Se ha vestido despacio, probándose diferentes combinaciones, tratando de lucir sexy, joven, arriesgada. No quiere ser una señora esa noche, quiere volver a ser una mujer libre y coqueta, que se sabe hermosa y, en busca de una noche de placer, exhibe su cuerpo sin remordimientos. Quiero sentir que todavía soy capaz de hacer perder la cabeza a un hombre por mí, ha pensando, dándose vuelta frente al espejo, admirando sus nalgas espléndidas que el calzón deja al descubierto. Zoe recuerda que compró ese calzón siguiendo el consejo de una amiga, con la esperanza de sorprender a su marido, de halagarlo y excitarlo, pero la noche en que, estando ya Ignacio en la cama, ella se quitó el camisón y le mostró esa prenda tan osada, él reaccionó con una expresión de disgusto, burlándose de ella y diciendo con una mueca cínica: «Te has disfrazado de puta, mi amor?» Esa noche, cuando su marido dormía, Zoe lloró en silencio, furiosa porque su sorpresa había terminado siendo un fiasco, apenada de que la hubiese llamado puta sólo por ponerse un calzón atrevido, por tratar de animar un poco esas noches matrimoniales tan lánguidas y tediosas. Ahora, vistiéndose para Gonzalo, Zoe quiere emputecerse un poco, quiere disfrazarse de puta, y por eso no duda en ponerse el vestido y el calzón que su marido aborrece. No quiero que me desvistas, Gonzalo, piensa. No quiero que me veas este calzón de puta. Pero quiero sentirme un poquito puta. Quiero sentirme tu putita. Quiero ponerme mi calzón de puta para ti. Aunque no lo veas, yo lo sentiré toda la noche y pensaré que me lo he puesto para ti. Yo sé que a ti te encantaría. Nada de lo que pueda ponerme logrará excitar nunca al aburrido de Ignacio. Es un caso perdido. Prefiere ver la cotización de sus acciones en la Bolsa antes que verme desnuda. Pero yo sé que tú sí te alocas por mí. Sé que este calzoncito de puta te haría sufrir, sé que te derreterías al ver el lindo poto que todavía tengo gracias a que me mato en el gimnasio para mantenerme así. Me pongo este calzón para ti pero me hago el juramento de que no lo verás. Sé que soy una señora y no una puta, pero quiero sentirme una puta esta noche y soy feliz sintiéndome así. Soy una puta y soy feliz. Simplemente soy una puta. Tú sacas la puta que llevo adentro, Gonzalo. Tú me has presentado a la puta que llevaba escondida y que el pavo de tu hermano no conoce ni conocerá jamás. Por eso tengo miedo. Me da miedo tenerte acá en la casa, solos los dos. Sé que no debo llegar hasta el final contigo, pero también que cuando despiertas a esta putita que tengo adentro, cualquier cosa puede pasar. No me importa. Después de
tantos años de serle fiel a tu hermano, esta noche quiero jugar a ser una puta y divertirme a morir. Siento que lo merezco. Esta noche quiero ser una puta. Y lo peor es que me encanta. Si me vieras, Ignacio, te daría un infarto. Tú no conoces a esta mujer. Tú conoces a una señora muy seria, muy correcta, muy perfecta, de la que, francamente, ya estoy harta. Yo soy la puta del calzón chiquito que necesita vestirse ilusionada por el hombre que se lo arrancará más tarde. Yo soy la puta del calzón chiquito, piensa, y se ríe sola mirándose en el espejo.