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El manuscrito de Avicena

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El manuscrito de Avicena
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—Dime Gabriel.

—Lo hemos perdido.

—¿Cómo? ¿Pero qué...?

—El médico tiene ayuda profesional.

—¿Quiénes?

—Creemos que el CNI español.

—Esto se complica aún más.

—Debemos ser nosotros los primeros en llegar. No hay más remedio. ¿Cómo va tu parte de la operación? ¿Los has encontrado?

Eagan desvió la mirada al documento que leía en el momento en que recibió la llamada del director del MI6.

—Estoy en ello, de hecho... me parece que he tropezado con una pista. Discúlpame, Gabriel. Tengo que comprobar una cosa, luego hablamos.

Leyó con interés el documento, cómo no se había dado cuenta antes, ahí podría estar la clave. Anderson asistió a una fiesta en Plymouth en agosto y conoció a un empresario, un tal Charles Rodson, que dispone de yate propio allí mismo, en un embarcadero de Custom House Lane.

—¿Tenemos a un equipo en el puerto de Plymouth? Su ayudante tecleó en la pantalla.

—Sí.

—Lo quiero en dos minutos en este club náutico —dijo señalando el mapa de la mesa de operaciones.

Alex charlaba animadamente con el marinero en la cubierta del barco. Había sido una suerte, se trataba del joven con el que compartió cama después de aquella fiesta en agosto. Adrien, que así se llamaba, le sonreía abiertamente; desde luego no le disgustaba que estuviera allí. Jeff permanecía unos metros atrás, como si intuyera que molestaba.

—Te ves muy bien..., ya no recordaba esos imponentes músculos —manifestó mientras deslizaba la palma de su mano derecha por los abdominales del marinero.

Jeff se sentó en la borda.

—Bueno, bueno, Adrien. Conque trabajando para el señor Robson. Qué pequeño es el mundo. Quién me iba a decir hace unos meses que tendría la oportunidad de viajar contigo.

Sus miradas cómplices les descubrían. El policía comprendió que algo había ocurrido entre ellos en algún momento anterior, él era más joven, desde luego, pero qué importaba la edad. Sonrió imaginándoselos en la cama, seguramente disfrutaba de éxito entre las mujeres, esos músculos y ese pelo rizado, pensaba Jeff, constituían un polo de atracción para las féminas. Para él hacía tiempo de aquello, ya no le interesaba, su matrimonio fue feliz, doce años perfectos que acabaron en la basura, se decía.

—¿Tiene un bolígrafo? —Jeff tardó unos segundos en comprender que se dirigía a él.

—¿Para qué...? Es igual —introdujo la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una pequeña libreta y un bolígrafo—. ¿Quiere también papel?

Alex asintió desde lejos.

Un rato después la inglesa ya le había expuesto a Adrien la mayor parte de su historia, en realidad sólo aquello que intuyó no lo asustaría. Tampoco deseaba complicarle la vida, era mejor una mentira a medias. Al marinero no le importó lo que les hubiera ocurrido, ni siquiera trató de indagar ante las explicaciones de Alex, era joven y aquel trabajo suponía un pasatiempo, qué más da si lo despedían. En tres años había trabajado en nueve lugares distintos, la mayoría de las veces en empleos relacionados con el mar, y todos habían acabado por aburrirle de una manera u otra.

—Cuanto menos sepas, más seguro estarás de no verte en problemas.

Adrien consintió dando por zanjada la cuestión aunque Jeff no estaba de acuerdo.

—Se merece la verdad sin subterfugios. Cuéntele por qué estamos aquí.

—No hay mucho de lo que hablar y tampoco tiene ninguna necesidad de saber más de lo que ya sabe.

—Ahora está metido hasta el cuello, como yo.

En ese instante, se volvió hacia el agente con una mirada de reproche. Sabía que la acompañaba voluntariamente, que se había metido en aquel lío con total libertad y arriesgando su carrera y su vida, y aún así le dolía que se lo echara en cara. Al fin, suspiró y comenzó a hablar cuando un ruido en la popa vino a interrumpir sus palabras.

Los agentes destacados en Plymouth accedieron al embarcadero y se dirigieron, con las armas desenfundadas, hacia los barcos atracados. Inspeccionaban uno por uno los muelles intentando mantener el máximo sigilo posible; pasados los veinte primeros números, Eagan, impaciente, demandó un informe de la situación, el jefe de grupo le susurró por el micro que hasta el momento no había rastro alguno de los fugitivos. Salvo algún curioso a las puertas del club marítimo, el resto del puerto deportivo aparecía desierto. Ahora alcanzaban la zona central de la dársena, donde se encontraban los atraques veinticuatro a cuarenta y dos.

Uno de los agentes percibió movimiento en uno de los barcos, tres personas, sacó unos diminutos prismáticos y comprobó que se trataba de una mujer y dos hombres: la mujer de unos cuarenta años, rubia, con poca ropa, un hombre de mediana edad y un joven de menos de treinta años, con brazos musculosos y pelo rizado. Emitió dos silbidos cortos mientras señalaba hacia la embarcación y el resto de agentes siguieron la dirección de su dedo hasta ver a los tres ocupantes del yate. Las instrucciones del comisario eran muy claras: debían ser detenidos los dos prófugos y cualquiera que los acompañara, los quería vivos, heridos admisible, muertos de ninguna manera.

Los agentes avanzaron unos pasos con el punto de mira localizado en los ocupantes del barco. Aún no era de noche pero las nubes oscurecían el día lo bastante como para facilitarles un acercamiento discreto. Dos miembros del equipo se deslizaron por la popa, las tres personas que ocupaban el barco estaban en la proa.

Todo sucedió muy rápido. Los agentes irrumpieron en la cubierta y saltaron sobre los dos hombres mientras la mujer chillaba de forma histérica, los esposaron a los tres y los sacaron del yate a empujones camino de la salida. En Londres Eagan no pudo evitar una sonrisa triunfal.

El viento salado les abofeteaba la cara. A veinticinco nudos, el barco casi volaba sobre las olas. Alex se sentía contenta lejos de Inglaterra y de los policías que la buscaban, se estiró sobre una hamaca y se cubrió con una manta que le había prestado Adrien. Disponía de unas horas para descansar mientras alcanzaban la costa europea, era tiempo suficiente para reflexionar acerca de lo que les estaba ocurriendo. ¿Qué pretendían? Tal vez no debía pensar más en ello, su padre sabría cómo arreglar la situación, no era la primera vez que se encontraba en problemas; en Egipto, rememoró, fue necesaria la ayuda de las autoridades británicas, todavía podía recordar aquel incidente con el gobierno egipcio. Toda la vida rebuscando entre papeles viejos, ¿por qué le apasionaba tanto? Confiaba en que aún estuviera a salvo, si le hubiese pasado algo malo...

Jeff subió a cubierta.

—Hace frío, ¿por qué no entra?

—Necesito pensar.

El policía asintió.

—¿Está bien?

Alex no sabía qué responder, finalmente sonrió.

—No se preocupe, ya se me pasará.

El inspector hizo amago de volver a desaparecer bajo cubierta.

—Una cosa Jeff.

El policía se detuvo.

—Tuteémonos por favor.

La madrugada sorprendió a Eagan frente a la mesa de operaciones. Aquellos pobres ilusos que detuvieron eran tres alemanes de vacaciones, la operación había sido un enorme fracaso. Además, apenas despuntase el día, debía pedir disculpas al embajador, no podían ir peor las cosas. Tomó un sorbo del café que le había servido su ayudante y dejó la taza sobre la pantalla, ¿ahora qué?, se lamentó.

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Главный герой
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