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Электронная книга - «El Amante Albanés». Краткое содержание книги:

Una ciudad del Este con cierto componente legendario. Los hermanos Ismaíl y Víktor radjik viven con su padre en una vieja villa de la capital, cuyas habitaciones se hallan también impregnadas de una aura de misterio. La llegada a casa de Helena, una mujer joven y sugestionable, desata los fantasmas del pasado, cuyo alcance, como cualquier pasión verdadera, es imposible determinar.

La presencia constante de la duda hace que los protagonistas estén tocados por una fuerte inquietud. Son personajes silenciosos. La narración comienza cuando sobre ese silencio suena la detonación de un disparo que quiebra de pronto la madrugada. La tensión de la trama aumenta a través de las confesiones de la niñera húngara, que ponen de manifiesto que ningún secreto puede ser guardado eternamente. Al menos tiene que ser revelado una vez. Aunque sea una sola y única vez. Tarde o temprano.
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«Me destruyo», dijo al final Ismaíl en su oído, con la voz ahogada de la entrega. Pero esta vez «destruirse» no era sólo la palabra albanesa que designa el momento cumbre del orgasmo, sino quizá una sentencia íntima referida a lo más inconfesable de sí mismo.

XVII

De niño, Ismaíl escuchaba las historias de Hanna tumbado boca abajo sobre la alfombra, ansioso o adormilado durante las largas tardes en la villa, mientras ella cosía en el zaguán. Enhebraba las palabras del mismo modo que hacía con el hilo tenso, extendido hacia arriba, mientras el filamento de la aguja brillaba entre sus dedos. Guardaba los botones blancos de las camisas en una pequeña caja de lata; cada vez que la movía, se oía cómo tintineaban en su interior, igual que dientecitos de leche. Entonces, la nodriza húngara era una mujer morena de brazos fuertes y grandes senos que se expresaba a menudo por medio de refranes campesinos: «Año de nieves, año de aceite»; «Año bisiesto o hambreo peste»; «Agua de mayo, pan para el año»… Entre todas las voces que conocía Ismaíl, aquélla era la única que le hablaba a una parte de su alma anterior a cualquier recuerdo, porque la había estado oyendo desde la cuna. De noche le bastaba escucharla canturrear por la casa para que se desvanecieran las otras voces que en ocasiones lo despertaban con un escándalo de ira, los silbidos del viento, los motores que se detenían por la noche junto a la puerta de la casa, el sonido de pasos de su padre que hacían crujir la madera en el piso de arriba, los carboneros con su saco al hombro y la cara tiznada de negro que aparecían caminando entre los cipreses como fantasmas de ojos saltones. Muchas veces, Ismaíl había ido a refugiarse bajo las voluminosas faldas de Hanna, que olían a pan y a hornillo. Ahora, sin embargo, parecía que la niñera hubiese encogido dentro de su propio cuerpo. Aunque conservaba el rastro de su antigua fortaleza en los brazos, sin embargo, tenía la espalda arqueada y la boca se le había sumido como la de un pajarito. Seguía vistiendo de oscuro, pero se había puesto sobre los hombros un pañuelo zíngaro de colores vistosos, como era costumbre en su tierra. Un detalle de coquetería para recibir al invitado. Ismaíl le pasó su brazo derecho sobre los hombros y la estrechó suavemente, como si tuviera miedo de romperla.

La familia de Hanna provenía de una aldea dela región de los Cárpatos. Su abuelo había forjado un pequeño patrimonio, complementando la economía agrícola con la fabricación de tinturas para el cuero y las telas. Cocían el tinte en grandes barricas, donde se condensaba la mezcla en un espeso líquido azul intenso o rojo que desprendía un olor muy agrio. Después lo transportaban en carros desde las laderas del monte Mátra hasta Budapest. Pero Hanna no estaba hecha para ser tintorera, se le enrojecían los ojos y le ardía la piel de las manos.

Así que un día, con más de treinta años y un pequeño hatillo de ropa, decidió abandonar la matriz del Danubio y seguir el rumbo de sus afluentes, que marcaba el camino de la emigración. Cuando llegó a la mansión de los Radjik era ya una experta cocinera que había trabajado durante años en los mejores hoteles de Praga y Bratislava. A Ismaíl le gustaba especialmente cómo preparaba el gulasch relleno de ciruelas y rociado con cerveza caliente, o los pasteles de sésamo y canela. La cabeza de Hanna estaba llena de historias, igual que una maleta. No tenía asignada una atribución concreta en las tareas domesticas, pero su presencia sostenía los cimientos de la villa como una viga maestra, sobre todo desde que nacieron los niños, y probablemente hubiera continuado en la casa hasta el día de su muerte de no ser por lo que ocurrió.

Pero siempre ocurre algo. Existe ese momento en que todo cambia, las vidas que parecían lineales y previsibles experimentan un vuelco, el mundo se transforma. A veces no son grandes sucesos, sino pequeños detalles, cosas insignificantes que van creciendo como la brasa que origina el incendio.

– El tiempo trae y lleva las cosas -dijo Hannacon voz resignada-, cada instante tiene su punto de maduración, igual que las cerezas. Un día el doctor Gjorg se inclinó a recoger un pañuelo que se le había caído a tu madre en el umbral de la puerta. Parece que lo estoy viendo agachándose y después levantándose, enfundado en su grueso abrigo azul marino como un galán de cine. Otro día de primavera comenzó a dar pasos de baile a lo largo de la galería mientras sonaba una balalaica en la radio, después la enlazó a Ella por la cintura, tratando de vencer su resistencia, y la envolvió dentro de un remolino de oro. Recorrieron todo el pasillo, dando pasos improvisados sin mucho sentido del compás, pero con esa gracia espontánea de los jóvenes. Un, dos, tres; un, dos, tres… Hacían muy buena pareja. Zanum los observaba sentado en su sillón con una sonrisa condescendiente, pero yo noté que tenía las mandíbulas apretadas, como si todas las muelas estuvieran encajadas a la fuerza. El sol entraba por los arcos de las cristaleras y tu madre se reía con la cabeza un poco inclinada hacia atrás, de un modo inofensivo, como los niños cuando los tomas de las manos y los haces girar por el aire. Cuando Viktor y tú erais pequeños os encantaba que os dieran vueltas así, hacer el avión lo llamabais, ¿te acuerdas? Tu madre a veces se comportaba igual que una niña, recorriendo la galería de un extremo a otro, libremente, dando brincos… Así ocurren las cosas, una detrás de otra, sin que nadie perciba su gravedad hasta que ya es demasiado tarde… -La mirada de Hanna no era ausente, sino más bien nublada, parecía estar vuelta para sus adentros y tenía un matiz levemente compasivo, como si estuviera rebajando ella misma la crudeza de sus propios juicios y opiniones, con esa clase de abatimiento que es patrimonio de las personas que han vivido mucho y entienden más cosas de las que pueden aceptar-. Los sentimientos intensos son como un desvarío, hijo -añadió, sentenciosa, cruzando las manos sobre el regazo-, aprietan la sangre dentro del corazón y esparcen desgracias a su paso, quebrantos que podrían haberse evitado. Los viejos deberíamos enseñar esta clase de cosas a la gente joven, pero quién iba a querer aprender si nadie escucha, nadie quiere ver ni oír ni saber nada que contradiga sus anhelos, aunque le vaya la vida en ello. El amor es ciego para todo aquello que no sea su propio extravío, y también es necio, sordo e impaciente. Un vendaval que abre las ventanas de golpe. Créeme, todos los amantes viven en un mundo inventado… Si algún día llegas a los ochenta años, comprenderás de qué te hablo. -Hanna levantó los ojos hacia Ismaíl, que aún permanecía de pie, apoyado contra un saliente de piedra, en el hueco de la ventana. No lo miraba para buscar su aquiescencia, sino como si quisiera cerciorarse del efecto que le causaban sus palabras. A pesar de los años seguía siendo una mujer observadora, con una agudeza excepcional para indagar en los rostros de las personas-. Pero en el fondo todo el mundo sabe, aunque no quiera saber -continuó diciendo-. Sabe en qué momento cambian las cosas y cuándo se tuercen; sabe quién va a defenderlo hasta la muerte, y más allá a veces, y quién va a traicionarlo. ¿Cuál es la verdadera traición?, ¿cuando alguien desea algo que también nosotros deseamos o la inquina que uno desarrolla en sí mismo, dentro de su corazón y en su voluntad, al querer aplastar ese deseo ajeno? ¿Lo sabes tú? ¿Lo sabe alguien?

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