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Электронная книга - «Onitsha». Краткое содержание книги:

From Publishers Weekly
In 1948, a 12-year-old boy named Fintan is sailing to Africa with his Italian mother to live with the British father he doesn't remember. At times, this French novel paints too precious a picture of the young Fintan and his mother, who occasionally writes down poetic bits like In my hands I hold the prey of silence. The ship's voyage can drag, too, with too many hints about the characters' previous lives (upon learning that Fintan has contracted scabies, his mother cries out A barnyard disease!). But once the pair arrive in Onitsha, in Nigeria, Fintan's views of the colonial situation and the different ways that Europeans adapt to their surroundings prove fresh and valuable, though suffused with the unworldly morality of the innocent. He befriends Bony, the son of a fisherman, who teaches him a new way of seeing nature. The relationship between Fintan's parents crackles with difficulty as they attempt to readjust to each another after their long separation and as his mother strains against local customs. At a dinner party hosted by a man who has commissioned prisoners to dig a swimming pool, Fintan's mother insists that the chained prisoners be allowed something to eat and drink. Her request is met, but she is then ostracized by polite society. Eventually, Fintan's father loses his job with the United Africa Company and moves the family first to London, then to the south of France. Overall, this novel is choppy, but it generates waves that startle and surprise, and that push the reader from one page to the next.
From Library Journal
Often, looking through youthful eyes focuses readers directly on the brutal truths of such unsavory issues as racism. In this latest translation of a work by noted French author Le Clezio (following The Prospector, Godine, 1993), young Fintan realizes the horrors of racist, colonial society as he journeys with his much-beloved mother to Africa in 1948 to join his father, an agent for a trading company. Even before their ship has arrived, Fintan is becoming aware of Western intolerance of African people, beliefs, and language. The novel offers a compelling contrast between white mistreatment of Africans and the occasionally dangerous natural beauty surrounding the village of Onitsha on the banks of the Niger River. Fintan never forgets the harsh facts of his childhood years, and readers will not forget this novel.
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Maou se esmeraba en hablarle con el lenguaje de la mímica. Se acordaba vagamente de ciertas señas. Cuando era niña, en Fiésole, solía cruzarse con los niños sordomudos de un hospicio, los miraba con fascinación. Para decir mujer, señalaba los cabellos, para hombre el mentón. Para niño, hacía un gesto con la mano sobre la imaginaria cabeza de un crío muy pequeño. Otras señas las inventaba. Para decir río, imitaba el movimiento de la corriente; para selva, separaba los dedos delante de la cara. Oya al principio la miraba con indiferencia. Luego ella también empezó a hablar. Era un juego que duraba horas. En los peldaños de la escalera, por la tarde, antes de que lloviera, era un placer. Oya enseñó a Maou toda clase de gestos, para significar alegría, miedo, para interrogar. Se le animaba entonces la cara, le brillaban los ojos. Hacía unas muecas muy divertidas, parodiaba a la gente, sus andares, sus gestos típicos. Se burlaba de Elijah porque siendo su mujer tan joven, él era viejo. Se reían las dos juntas. Oya tenía un modo particular de reír sin ruido, con la boca dejando al descubierto sus blanquísimos dientes y los ojos contraídos como dos ranuras. O bien, cuando estaba triste, se le empañaban los ojos, se ovillaba, inclinando la cabeza, con las manos en la nuca.

Ahora Maou comprendía casi todo, podía hablar con Oya. Qué extraordinarios momentos, por la tarde, antes de que lloviera; Maou tenía la impresión de penetrar en otro mundo. Pero Oya recelaba de la gente. Cuando llegaba Fintan, volvía la cabeza, no tenía nada más que decir. Elijah no la veía con buenos ojos. Decía que era mala, que aojaba. Cuando Maou se enteró de que vivía en casa de Sabine Rodes, en casa de ese hombre al que detestaba, lo intentó todo para sacar a Oya de allí. Lo habló con la madre superiora del convento, una irlandesa de enérgico carácter. Pero Sabine Rodes estaba por encima de la moral y las buenas costumbres. Todo lo que Maou sacó en limpio fue el acérrimo rencor de aquel hombre. Maou llegó a la conclusión de que más valía olvidar, no volver a ver a Oya. Le dolía, era extraño, en la vida había experimentado algo semejante. Oya iba a diario, o casi. Llegaba sin ruido, se sentaba en los escalones, acariciaba a Mollie, aguardaba con su terso rostro ofrecido a la luz. Parecía una niña.

Lo que seducía a Maou era aquella sensación de libertad.

Oya no conocía trabas, veía el mundo tal como era, con la mirada franca de las aves o los niños muy pequeños. Esa mirada le aceleraba el pulso a Maou, la turbaba.

En ocasiones, cuando estaba harta de hablar con la gente, Oya dejaba descansar su cabeza en el hombro de Maou. Lentamente, sus dedos empezaban a acariciar la piel del brazo de Maou, se entretenían en ponerle carne de gallina. Maou al principio mostraba su desagrado poniéndose rígida, como si fuera a verlas alguien e ir contando cosas por ahí, pero acabó por habituarse a las caricias. Al final de la tarde, antes de romper a llover, reinaba tal silencio en Ibusun, la luz era tan suave, tan cálida. Un sueño, podría decirse; Maou rememoraba recuerdos muy antiguos, de cuando era niña: el verano en Fiésole, el calor de la hierba y los chirridos de los insectos, los delicadísimos dedos de su amiga Elena, que le acariciaba sus hombros desnudos, el perfume de su piel, de su sudor. La turbaba el olor de Oya y, al volverse hacia ella, el resplandor de sus ojos en la negrura de su rostro, joyas rebosantes de vida.

Un buen día, con total naturalidad, Oya le hizo sentir el niño que llevaba en su vientre, guió la mano de Maou por el escote de su vestido hasta el lugar en que, apenas perceptible, palpitaba el feto, leve como un nervio que temblara bajo la piel. Maou posó largo rato su mano en el vientre, sin atreverse al menor movimiento. Oya era dulce y cálida, se recostó sobre ella, dio la impresión de quedarse dormida. Al cabo de un instante, sin razón aparente, pegó un brinco y desapareció corriendo por la polvorienta carretera.

Tal vez gracias a Oya aprendió Maou a amar la lluvia. Con las manos abiertas delante de la cara, como si ella misma abriera las compuertas del cielo. Ozoo, la lluvia que bajaba desde la parte alta del río a la velocidad del viento y cubría la agrietada tierra con su sombra bienhechora.

Cada atardecer, tras la marcha de Oya, solía mirar la llegada de la lluvia, toda una representación. Desde las altiplanicies, donde el cielo tomaba un baño de tinta negra, llegaba el sonido amortiguado de los truenos. Ya no tenían necesidad de contar los segundos. Fintan se sentaba a su lado, en el suelo de la veranda. Ella observaba su cara abrasada, sus enmarañados cabellos. Tenía la misma frente que ella, la misma tupida cabellera, cortada «a tazón»; le daba el aspecto de un indio americano. No tenía nada que ver con el niño introvertido y frágil que un día desembarcó en los muelles de Port Harcourt. Las facciones y el cuerpo se le habían endurecido, los pies, ensanchado y fortalecido como los de los niños de Onitsha. Pero sobre todo, su fisonomía reflejaba algún cambio, en la mirada, los gestos, que delataba el comienzo de la mayor aventura de la vida, el paso a la edad adulta. Era espantoso, Maou no quería ni pensarlo. De repente estrechaba a Fintan entre sus brazos, con todas sus fuerzas, como jugando. El forcejeaba, se reía. Por unos instantes seguía siendo un niño.

«Tienes todas las piernas arañadas, mira, ¿dónde has ido a correr?»

«Por allí, hacia Omerun.»

«¿Sigues yendo con Josip, quiero decir, Bony?»

Él miraba para otro lado. Sabía que Maou estaba intranquila cuando se iba con Bony.

«No te alejes demasiado, es peligroso, sabes que tu padre tiene ya bastantes preocupaciones.»

«¿Ése? Ni se entera.»

«No digas eso, sabes que te quiere.»

«Es malo, a ese hombre lo detesto.»

Le enseñaba el brazo, bajo el hombro; un moratón.

«Mira, me lo hizo él, con su vara.»

«Tienes que ser obediente, no le gusta que andes por ahí cuando anochece.»

Fintan alimentaba su rencor.

«Pero le he roto la vara, tendrá que hacerse otra.»

«¿Y si te muerde una serpiente?»

«No me asustan las serpientes. Bony sabe hablar con ellas. Dice que conoce su chi. Conoce los secretos.»

«Y esos secretos ¿cuáles son?»

«No puedo decírtelo.»

La lluvia se precipitaba sobre las chapas provocando un estruendo metálico. Al poco llegaba el frío, un soplo de aire venido del fondo del río. Era tal el estrépito que para entenderse se imponía gritar. La tierra era surcada por regueros rojizos.

Al anochecer Maou cogía los cuadernos y los libros, con la idea de hacer trabajar a Fintan. Era la hora de las matemáticas, la geografía, la gramática inglesa, el francés. Se sentaba en el sillón de bejuco y Fintan se acomodaba en el suelo de la veranda. Hasta cuando la lluvia amainaba era difícil trabajar. Fintan miraba la cortina de lluvia, escuchaba la crepitación de las gotas y el agua que caía en cascada en los bastidores cubiertos de tela. Cuando terminaba sus tareas, iba por el libro que más le gustaba. Era un librito antiguo que había descubierto en la biblioteca de Geoffroy. Se llamaba The Child's Guide to Knowledge. Era un libro compuesto únicamente de preguntas y respuestas. Fintan se lo daba a Maou para que le leyera pasajes traduciéndolos. Encerraba respuestas a todas las preguntas, por ejemplo:

«¿Qué es un telescopio?

– Es un instrumento óptico provisto de varias lentes que nos acerca a la vista los objetos lejanos.

¿Quién lo inventó?

– Zacarías Jansen, un holandés de Middleburgh, en Zelanda, de profesión fabricante de gafas.

¿Cómo lo inventó Jansen?

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