En el camino
- Автор: Керуак Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «En el camino». Краткое содержание книги:
El amor a los viajes, mejor cuanto más locos e imprevisibles, que su autor compartía con gran parte de sus contemporáneos, queda perfectamente definido en las narraciones que contiene. De esta forma resulta lógico el hecho de que no se conceda una especial atención al camino seguido en los viajes, ya que lo realmente importante es la forma en que suceden y las experiencias que aportan al viajero.
Toda una generación, llamada Beat Generation, tuvo en el libro su Biblia y en el viaje su camino. La Ruta 66 jugó un papel importante en este planteamiento, llenándose de hipsters, como eran conocidos los jóvenes de la época, haciendo autostop o conduciendo enloquecidamente en coches destartalados.
Algunos años después, esta generación que llamaron Beat (perdida) y muchos de sus miembros, evolucionaría hasta lo que ahora conocemos como Epoca Hippie.
Sin embargo, esa pasión por viajar que reflejó On The Road queda mejor expresada en el primero de los viajes, que condujo a Kerouac desde Nueva York hasta San Francisco, y de allí a Los Angeles, siguiendo la Ruta 6 llamada Ruta del Noroeste, en verano de 1947.
Después de haber estado varios meses planeando su descubrimiento del Oeste, Kerouac decidió hacer gran parte del viaje en autostop para charlar con el país además de verlo.
En Chicago extrajo una primera conclusión de su viaje, al darse cuenta de que la ciudad era en esencia igual que cualquier otra que ya conociera: comprendió que estaba buscando algo, lo que fuera, del mismo modo que otros muchos miembros de su generación.
Al despertar en un sucio hotel de Iowa se descubrió diferente, nuevo, y tomó conciencia de la misión de su futura obra literaria: descubrir quién era aquel nuevo Jack Kerouac, buscador de América y de su propia identidad.
Todo el viaje supuso para Kerouac un aprendizaje continuo, un observarlo todo y extasiarse ante pequeños detalles, donde encontraba el verdadero significado de las cosas y de las personas. El aspecto de un vaquero, la risa de un hombre en un bar, las historias de los vagabundos con los que compartía en autostop la caja de algún camión.
Estudiando la naturaleza de su país, de las diferencias y los parecidos que unían a sus pobladores, avanzó, casi siempre solo y combinando el autostop con trayectos en autobús, por Nebraska y Wyoming hasta Denver, donde pasó diez días con varios de sus amigos.
Continuó en autobús hasta San Francisco donde trabajó como guarda de seguridad una temporada y luego continuó viaje hacia Los Angeles, primero en autostop y luego en autobús. Pasó dos semanas con una joven mexicana a la que conoció en la estación, y con la que incluso planeó regresar por la ruta 66. Pero al final regresó solo.
Después de pasar por Hollywood, Jack preparó diez bocadillos de salami en un aparcamiento y tomó un autobús que seguía la Ruta 66. A lo largo de todo el sudoeste, continuó su contemplación de la vida americana y los cambios de su continente. Llegó a Pensilvania con veinticinco centavos y continuó en autostop de regreso a Nueva York.
– ¿Adónde vamos ahora, tío?
– En busca de un granjero que tiene algo de estiércol. Mañana volveremos con el camión y lo recogeremos. Haremos una pila de dinero. No te preocupes de nada.
– Estamos todos en el negocio -aulló Ponzo. Comprendí que así era… fuéramos adónde fuéramos todos estábamos en el negocio. Cruzamos a toda pastilla las locas calles de Fresno, y subimos valle arriba para visitar a algunos granjeros por caminos apartados. Ponzo bajaba del coche y mantenía confusas conversaciones con los viejos granjeros mexicanos; claro, que no sacaba nada en limpio.
– ¡Lo que necesitamos es un trago! -aulló Rickey, y bajamos del coche entrando en un saloon que había en un cruce. Los americanos siempre beben en los saloones de los cruces los domingos por la tarde; van con sus hijos; discuten y se pelean sobre qué cerveza es mejor; todo marcha bien. Llega la noche, los niños empiezan a llorar y sus padres están borrachos. Vuelven haciendo eses a casa. He estado bebiendo con familias enteras en saloones de los cruces de carreteras de todas las partes de América. Los niños comen palomitas y patatas fritas y juegan en la parte de atrás. Y eso hicimos. Rickey y yo y Ponzo y Terry nos sentamos y bebimos y alborotamos con la música; el pequeño Johnny jugó con otros niños alrededor de la máquina de discos. El sol empezó a ponerse rojo. No habíamos conseguido nada en concreto. Pero, ¿es que había algo que conseguir?
-Mañana * -dijo Rickey-. Mañana*, tío, lo haremos; toma otra cerveza, tío, vamos allá, ¡allá vamos!
Salimos dando tumbos y subimos al coche; fuimos a un bar de la autopista. Ponzo era un tipo enorme, ruidoso, que conocía a todo el mundo en el valle de San Joaquín. Desde el bar de la autopista fui en el coche solo con él a ver a un granjero; en vez de eso, nos quedamos atascados en el barrio mexicano de Madera, mirando a las chicas y tratando de ligarnos un par de ellas para Rickey y él. Y después, cuando el polvo púrpura descendía sobre los viñedos, me encontré sentado estúpidamente en el coche mientras él discutía con un mexicano bastante viejo a la puerta de una cocina sobre el precio de una sandía de las que el viejo cultivaba en la huerta de la parte trasera de su casa. Conseguimos la sandía; la comimos allí mismo y tiramos las cortezas a la sucia acera del viejo. Todo tipo de chicas preciosas pasaban por la calle que se iba oscureciendo.
– ¿Dónde coño estamos? -dije.
– No te preocupes, tío -respondió el enorme Ponzo-. Mañana haremos una pila de dinero; esta noche no hay que preocuparse de nada.
Regresamos y recogimos a Terry y a su hermano y al niño y rodamos hasta Fresno bajo las luces nocturnas de la autopista. Todos teníamos mucha hambre. En Fresno saltamos por encima de las vías del tren y llegamos a las ruidosas calles del barrio mexicano. Chinos extraños se asomaban a la ventana contemplando las calles nocturnas del domingo; grupos de chicas mexicanas pasaban contoneándose con sus pantalones; los mambos estallaban desde las máquinas de discos. Había guirnaldas de luces como en la víspera de todos los santos. Entramos en un restaurante mexicano y comimos tacos y tortilla de judías pintas; todo estaba delicioso. Saqué el último billete de cinco dólares que quedaba entre mí y Nueva Jersey y pagué la comida de Terry y la mía. Ahora tenía cuatro dólares. Terry y yo nos miramos.
– ¿Dónde vamos a dormir esta noche, guapa?
– No lo sé.
Rickey estaba borracho; todo lo que decía era:
– ¡Allá vamos, tío! ¡Allá vamos! -con voz tierna y cansada.
Había sido un día muy largo. Ninguno de nosotros sabía qué iba a pasar, o qué nos había dispuesto el Señor. El pobre Johnny se quedó dormido en mis brazos. Volvimos a Sabinal. En el camino paramos en seco ante un parador de la autopista 99. Rickey quería la última cerveza. En la parte trasera del parador había remolques y tiendas de campaña y unas cuantas destartaladas habitaciones tipo motel. Pregunté el precio y costaban dos dólares. Consulté a Terry al respecto y dijo que sí porque ahora tenía a su hijo con ella y el niño debía estar cómodo. Así que tras unas cuantas cervezas en el saloon, donde unos tétricos okies seguían con el pie la música de una orquesta vaquera, Terry y yo y Johnny fuimos a una habitación y nos dispusimos a meternos en el sobre. Ponzo andaba atravesado por allí; no tenía dónde dormir. Rickey dormiría en casa de su padre, en la casucha de los viñedos.
– ¿Y tú dónde vives, Ponzo? -le pregunté.
– En ninguna parte, tío. Debería vivir con Big Rosey, pero anoche me echó. Iré a mi camión y dormiré allí.
Se oían guitarras. Terry y yo miramos las estrellas y nos besamos.
-Mañana * -dijo ella-. Todo se arreglará mañana, ¿verdad que sí, Sal querido?
– Seguro que sí, guapa, mañana* -y siempre era mañana*. Durante la semana siguiente no oí otra cosa… mañana*, una palabra hermosa que probablemente quiera decir cielo.
El pequeño Johnny saltó a la cama vestido y se quedó dormido; de sus zapatos salió arena, arena de Madera. Terry y yo tuvimos que levantarnos en mitad de la noche para limpiar las sábanas de arena. Por la mañana me levanté, me lavé, y di una vuelta por aquel sitio. Estábamos a ocho kilómetros de Sabinal entre campos de algodón y viñedos. Pregunté a la enorme y gordísima dueña del campamento si quedaba alguna tienda libre. La más barata, un dólar diario, estaba libre. Le di el dólar y nos trasladamos a ella. Había una cama, un hornillo, y un espejo roto colgado de un poste; era delicioso. Tuve que agacharme para entrar, y cuando lo hice allí estaba mi novia y el hijo de mi novia. Esperamos a que Rickey y Ponzo llegaran con el camión. Llegaron con botellas de cerveza y empezaron a emborracharse dentro de la tienda.
– ¿Qué hay del estiércol?
– Hoy ya es demasiado tarde. Mañana, tío, mañana haremos una pila de dinero; hoy tomaremos unas cuantas cervezas. ¿Qué te parece una cerveza? -yo no necesitaba que me tentaran mucho-. ¡Vamos allá! ¡Vamos allá! -gritó Rickey, y empecé a comprender que nuestros planes de hacernos ricos con el camión de estiércol nunca se materializarían. El camión estaba aparcado a la puerta de la tienda. Olía como Ponzo.
Esa noche Terry y yo nos acostamos y respiramos el suave aire de la noche bajo nuestra tienda cubierta de rocío. Me disponía a dormir cuando ella dijo:
– ¿No quieres hacer el amor ahora?
– ¿Y qué pasará con Johnny? -le respondí.
– No te preocupes. Está dormido -pero Johnny no estaba dormido y no dijo nada.
Los otros dos volvieron al día siguiente con el camión de estiércol y se fueron en seguida a buscar whisky; volvieron y pasamos un buen rato en la tienda. Esa noche Ponzo dijo que hacía demasiado frío y durmió en el suelo de nuestra tienda, envuelto en una lona que olía a mierda de vaca. Terry le detestaba; dijo que siempre andaba con su hermano para estar cerca de ella.
No iba a pasarnos nada a Terry y a mí, excepto morirnos de hambre, así que por la mañana me dirigí al campo buscando un trabajo de recogedor de algodón. Todos me dijeron que fuera a la granja del otro lado de la autopista. Fui allí, y el granjero estaba en la cocina con su mujer. Salió, oyó lo que le contaba, y me avisó de que sólo pagaba tres dólares por cada cuarenta kilos de algodón recogido. Me imaginé que por lo menos recogería cien kilos diarios y acepté el trabajo. Sacó varios sacos enormes del granero y me dijo que la recolección se iniciaba al amanecer. Corrí a ver a Terry muy contento. En el camino un camión cargado de uva dio un salto debido a un bache y dejó caer tres grandes racimos sobre el ardiente alquitrán. Terry estaba contenta.
* Así en el original (N. del T.)
* Así en el original (N. del T.)