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La Marca del Asesino

Электронная книга - «La Marca del Asesino». Краткое содержание книги:

El sexto caso de Sano Ichiro, el «muy honorable investigador de sucesos, situaciones y personas»
Por primera vez desde que trabajan juntos en la resolución de los crímenes más variopintos, la singular pareja formada por Sano Ichiro y su combativa esposa Reiko se ve abocada a dos casos independientes. En efecto, una oleada de muertes inexplicables se abate sobre los más altos funcionarios imperiales y, cuando le toca el turno a Ejima Senzaemon, jefe del servicio de espionaje del sogún -asesinado misteriosamente durante una carrera de caballos en el castillo de Edo-, Sano recibe la orden de hacerse cargo. Entretanto, a petición de su padre, el juez Ueda, Reiko ha de investigar una turbia trama secreta con el fin de demostrar la inocencia de Yugao, una hermosa joven que se ha declarado culpable de cometer un espantoso crimen. Cuando en el transcurso de sus respectivas pesquisas Sano y Reiko descubren estupefactos que el hombre que él intenta atrapar y la mujer que ella intenta salvar están relacionados de algún modo, y que detrás de todo ello puede haber un movimiento clandestino para derrocar al sogún, enseguida comprenden que no sólo hay en juego vidas inocentes, sino la estabilidad del país. Ahora, todo dependerá de su acierto en desentrañar un laberíntico caso de ramificaciones y consecuencias imprevisibles.
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Reiko empezaba a pensar que Kanai tenía razón. El aumento de la temperatura exacerbaba el hedor; estaba más que tentada de rendirse. La insolente Yugao a duras penas le parecía merecedora de ese esfuerzo. Con todo, dijo:

– Todavía no he terminado.

Avanzaron por las callejuelas, sorteando el agua que rebosaba de las alcantarillas alimentada por el goteo de las astrosas prendas puestas a tender, hasta la casucha situada detrás de la de Yugao. Un patio lleno de tinas, herramientas rotas y otros trastos separaba las dos viviendas. El paria que vivía en la choza era un anciano que estaba sentado a su entrada fabricando unas sandalias con paja y cordel. Cuando Reiko le preguntó si había visto a alguien en casa de Yugao aparte de su familia la noche del asesinato, él respondió:

– Estaba el alcaide.

– ¿El de la cárcel de Edo? -inquirió Reiko.

El viejo zapatero asintió; alisó la paja con manos nudosas y expertas y añadió:

– Era el jefe de Taruya.

– Es un antiguo mañoso -explicó el jefe del poblado-. Lo degradaron por extorsionar a los comerciantes del mercado de verduras y darles palizas cuando no pagaban.

– ¿Cuándo lo viste? -preguntó Reiko, emocionada por haber descubierto un nuevo sospechoso, y además propenso a la violencia.

– No lo vi -aclaró el zapatero-, pero oí su voz. Estaba discutiendo con Taruya. Fue justo al ponerse el sol.

– ¿Cuándo se fue?

– Los gritos pararon un poco más tarde. Debía de haberse ido.

Reiko se llevó un leve chasco, porque el momento de la visita no coincidía con el crimen. Aun así, quizá el alcaide había regresado más tarde para ajustar cuentas.

– ¿Dónde puedo encontrar al alcaide? -preguntó.

– Por donde al final acaban pasando todos los de aquí. -La expresión de Kanai indicaba que estaba perdiendo la paciencia con ella, pero dijo-: Acompañadme; os llevaré.

Reemprendieron la marcha por el poblado. Reiko abordó a los transeúntes y los habitantes de las casuchas que se iba encontrando, sin resultados. Sus escoltas parecían aburridos y cabizbajos. Apareció un aguador, cargado de cubos suspendidos de una gruesa vara que llevaba sobre los hombros; Reiko tenía sed, pero no soportaba la idea de beber agua de ese lugar inmundo. Se secó la cara con la manga y alzó la vista bizqueando hacia el sol que lucía alto y brillante a través del humo. Contra el cielo se recortaba la esquelética estructura de madera de una torre de incendios. Sobre la plataforma, debajo de la campana que colgaba de la punta, había un muchacho.

Reiko lo llamó.

– Eh, chico, ¿estabas de servicio la noche en que asesinaron a la familia Taruya?

El muchacho bajo la vista hacia ella y asintió.

– ¿Puedes bajar un momento?

El muchacho se deslizó escalerilla abajo, ágil como un mono. Tenía unos doce años, cara de muñeco y cuerpo huesudo. Reiko pidió que le describiera lo que recordara de esa noche.

– Oí gritos -explicó él-. Vi salir corriendo a Ihei de la casa.

– ¿Quién es Ihei? -preguntó Reiko. El interés reavivó sus energías.

– Vive cerca del río. Solía visitar a Umeko.

– Fue ladrón en su existencia previa -explicó Kanai-. Ahora es barrendero.

Reiko alzó la vista hacia la atalaya, calculó la distancia hasta la casa de Yugao e imaginó el aspecto que debía de tener el poblado a medianoche.

– ¿Cómo lo reconociste? -le preguntó al niño-. ¿No estaba oscuro?

– Había rayos. Además, Ihei camina así. -Encorvó la espalda y arrastró los pies.

Reiko no sabía si alegrarse o lamentar que ya tenía dos sospechosos situados en el escenario del crimen además de Yugao. Le dio las gracias al muchacho, que le hizo una reverencia y salió disparado entre los guardias.

Kanai gritó:

– ¡Espera un momento! -Salió corriendo en pos del chico y lo agarró del cuello de la camisa-. Devuélvelo.

El muchacho se sacó a regañadientes del bolsillo una bolsita de cuero cerrada a cordón. Era de las que usaban los hombres para llevar dinero, medicinas, artículos religiosos y otros pequeños objetos valiosos.

– Oye, eso es mío -dijo el teniente Asukai, palpando el vacío donde antes le había colgado la bolsa de la faja. Se la arrebató al chico.

– Tenéis que ir con cuidado cerca de él, sus padres, sus hermanos y sus hermanas -dijo Kanai-. Son rateros expertos, todos y cada uno de ellos. -Soltó al chico y le dio un azote en el trasero-. Pórtate bien, o haré que añadan otro año a vuestras condenas.

Al poco, Reiko y sus acompañantes llegaron a su destino: un salón de té instalado en una cabana grande, cerrada por un techo de juncos y paredes de tablones, a la orilla del río. Tenía las puertas de delante y detrás abiertas para que la corriente refrescara a los hombres repantigados en el suelo elevado. El dueño servía licor de toscas jarras de cerámica. El local parecía el centro social del mundo de los parias. Río abajo había embarcaciones que albergaban burdeles y teterías para ciudadanos ordinarios; unos puentes cruzaban hacia los barrios de la orilla opuesta.

El jefe llamó a uno de los parroquianos:

– ¿Qué haces aquí tan temprano, alcaide? ¿Han cerrado la cárcel de Edo, o es que te has tomado el día libre?

– ¿Y a ti que más te da si me lo he tomado? -repuso el alcaide. Era un hombre bajo y musculoso, de unos cuarenta años. Llevaba la cabeza rapada y ceñida por una sucia cinta de algodón blanco. Tenía las cejas pobladas y morenas, sombra de barba y la tez maltratada por marcas, poros hinchados y viejas cicatrices. Llevaba los brazos cubiertos de tatuajes.

El jefe de la aldea hizo caso omiso de sus malos modos.

– Esta dama es la hija del magistrado Ueda. La ha mandado a investigar el asesinato de Taruya y su familia. Quiere hablar contigo.

El alcaide miró hacia Reiko sin parpadear. Los puntitos de luz reflejados en ellos parecían anormalmente brillantes.

– Sé quién es vuestro padre. -Su sonrisilla mostró unos dientes medio podridos-. No es que hayamos coincidido nunca, pero trabajo para él.

Reiko se fijó en las manchas de su quimono azul y sus sandalias de paja y en la mugre que tenía bajo las uñas. ¿Sería sangre de los criminales a los que había torturado en la prisión? La recorrió un escalofrío. Esa investigación le estaba mostrando el lado oscuro del trabajo de su padre, además de los bajos fondos de Edo.

– ¿Fuiste a visitar a Taruya esa noche? -preguntó.

– ¿Y qué si fui?

– ¿Para qué?

– Tenía negocios con él. -El alcaide repasó a Reiko con la mirada y se relamió.

– ¿Qué clase de negocios? -preguntó ella, tratando de no encogerse.

– Taruya había puesto en marcha una red de juego en la cárcel. Estafaba a los que trabajaban allí. -La ira de su voz dejaba claro que él mismo había sido una víctima de Taruya-. Fui a ordenarle que devolviera el dinero que había robado. Me dijo que lo había ganado honradamente y que ya se lo había gastado. Nos enzarzamos en una pelea. Lo molí a palos hasta que su mujer empezó a pegarme con una sartén de hierro y me echó a empujones.

Esbozó una mueca de asco y luego se sonrió.

– Pero ahora Taruya está muerto. Ya no timará a nadie más. Su hija le hizo un favor al mundo cuando lo acuchilló.

Su hija no era la única persona con motivos para matarlo, pensó Reiko.

– ¿Dónde fuiste al salir de la casa?

– A ver a mi amiga.

– Es una fulana -aclaró el jefe.

Los puntitos brillantes de los ojos del alcaide se encogieron de lascivia.

– Si por casualidad el magistrado Ueda está pensando en endosarme los asesinatos en lugar de a Yugao, decidle que yo no fui. No hubiese podido. Pasé toda la noche con mi señorita. Ella puede jurarlo.

Aun así, Reiko sabía que un hombre que había extorsionado y apaleado a mercaderes por dinero no tendría reparos en asesinar, y le parecía capaz de intimidar a una mujer para que mintiera por él.

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