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Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:

La novela finalista del Premio Planeta 2006 Cecilia es la única persona que visita a Silvio, el abuelo de su amiga del alma, un hombre que guarda celosamente el misterio de una vida de leyenda que nunca ha querido compartir con nadie. A través de una caja con fotografías, Silvio va dando a conocer a Cecilia su fascinante historia junto a Zachary West, un extravagante norteamericano cuya llegada a Ribanova cambió el destino de quienes le trataron. Con West descubrirá todo el horror desencadenado por el ascenso del nazismo en Alemania y aprenderá el valor de sacrificar la propia vida por unos ideales. Cecilia, sumida en una profunda crisis personal tras perder a su madre y romper con su pareja, encontrará en Silvio un amigo y un aliado para reconstruir su vida.
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Se levantó y volvió de la cocina con dos vasos de agua. Se bebió el suyo entero antes de seguir hablando.

– ¿Sabes?, es muy duro admitir que dentro de ti vivirá siempre un criminal. Pero también resulta un alivio pensar que sabes cómo controlarlo para que no salga nunca de la jaula. Estoy condenado a seguir tratamiento de por vida, y hay algunas reglas demenciales que debo respetar para no ponerme las cosas más difíciles. Por ejemplo, compré esta casa después de asegurarme de que no había niños viviendo en ella. No soy una persona normal y tengo que vivir en función de esa certeza. Pero, de momento, la batalla la voy ganando yo.

No sabía qué decir. Llevaba más de un año repudiando a una persona que, en realidad, tenía muchos motivos para despertar mi respeto.

– Eres muy valiente.

– Ya lo sé. -Partió el último bombón de la caja y me dio la mitad-. ¿Y tú? ¿Cómo te encuentras?

Fingí darme unos segundos para masticar el chocolate.

– Pues… pensé que estaba bien… pero hoy he perdido los papeles. No ha sido un buen día, la verdad.

– Bueno -Publio parecía concentrado en lo que iba a decir a continuación-, quizá tenía que ocurrir. Quiero decir que a lo mejor te estás exigiendo demasiado. Has pasado unos meses muy difíciles y tienes derecho a derrumbarte.

Nunca hubiese pensado que dejarse vencer por la pena pudiese ser también un acto de justicia con uno mismo. Cuando murió mi madre, hice un esfuerzo sobrehumano para no dejarme arrastrar por todo aquel caudal de tristeza que amenazaba con asolar mi vida. Fue como ir paseando al borde de un precipicio teniendo la certeza de que, si un solo día me asomaba a él, acabaría desbarrancándome y seguramente no sabría salir del agujero. No quería que eso sucediera. El destino me había arrebatado a mi madre, y no iba a permitir que me quitase también el dominio sobre mí misma. Por eso, pocos días después de perderla a ella, volví a mi vida habitual. Dibujé muchísimo, me cité con mis amigos, asistí a fiestas, a presentaciones, a cócteles. Recuerdo que cada vez que pasaba por debajo de los arcos detectores de metales pensaba que era una suerte que aquellos aparatos no fuesen capaces de observar lo que tenía por dentro. Porque, al escrutar mi interior, hubiesen encontrado sólo un profundo vacío, un desolador agujero negro horadado por toda la tristeza con la que había tenido que luchar, a diario, desde la muerte de mi madre. Quizá, como decía Publio, me exigí demasiado pretendiendo que mi vida siguiera al mismo ritmo, imponiéndome como obligación el aparecer en público como si nada hubiera pasado, acotando de un modo poco racional todo lo que estaba sintiendo. Me habían quedado dentro muchas lágrimas. Y las lágrimas tienen que salir si no queremos que lo desborden todo, incluso aquello que creíamos estar preservando de la desesperación. La serenidad verdadera llegaría después de llorar, y pensando en ello volví a hacerlo. Publio abandonó su sitio en el sillón y se sentó a mi lado, abrazándome y pasándome de vez en cuando la mano por el pelo. Así transcurrieron dos horas: yo llorando el llanto atrasado y el bueno de Publio dejándome llorar en silencio, con la paciencia y la mansedumbre del que también ha tenido que aprender a llorar.

Como aquella primera noche que pasamos juntos, era casi de día cuando Publio y yo nos despedimos, sólo que aquella vez yo tenía la convicción de que no tardaríamos mucho en volver a vernos. Me besó en la frente cuando llegamos a la puerta.

– Mucha suerte -me dijo-. Y haz las paces con el viejo, o te sentirás como la misma mierda.

Estaba a punto de darme la vuelta cuando recordé algo.

– Publio… ¿recuerdas aquella noche, cuando me contaste tu… bueno, tu secreto? Dijiste que sólo había otras dos personas que lo sabían. Una es tu psiquiatra… y la otra…

Publio me miró como pidiendo perdón.

– La otra es mi madre.

Le dirigí una sonrisa.

– Me alegro mucho por ti.

Muy a mi pesar, estuve más de una semana sin ver a Silvio. La Feria del Libro de Frankfurt había organizado un encuentro entre ilustradores, y alguien de mi editorial consiguió que me invitaran. Había tomado con cierta desgana aquel viaje, diciéndome que sólo lo emprendía por pura conveniencia profesional, pero el día antes de coger el vuelo a Alemania, mientras ordenaba mi maleta y revisaba los papeles que tenía que llevar conmigo, experimenté una sensación parecida a la dicha que sentía de niña antes de emprender un viaje con el colegio, cuando el acto de preparar la mochila con la comida a base de bocadillos era tan trascendente como seleccionar el contenido de una valija diplomática. Recuerdo aquellas excursiones que no duraban más allá de un día: salíamos en autobús de delante del colegio, y allí nos despedían las madres hasta nuestro regreso, cuando caía la tarde. Nunca entendí por qué todas nos abrazaban y nos besaban con tanto ímpetu, si después de todo sólo pasarían unas horas hasta que volviesen a vernos. Ahora entiendo que estaban secretamente asustadas al ver marchar a todas aquellas niñas, sus hijas, que tenían siete, ocho, nueve años, que empezaban a volar solas y no disimulaban la felicidad proporcionada por aquellas pocas horas de independencia. Sabían que aquellas excursiones eran como pequeños ensayos de libertad hasta que decidiésemos levantar el vuelo definitivo en dirección a nuestras vidas.

Un día después de volver de Frankfurt me presenté en casa de Silvio. Lucinda abrió la puerta con la misma expresión asustada de siempre. Me costaba acostumbrarme a los ojos húmedos de aquella mujer que parecía tener miedo a todo, y especialmente miedo a mí, lo cual no contribuía a mejorar la situación. Estaba segura de que cualquier cosa que yo hiciese o dijera podría acentuar el pánico en sus pupilas amarillas, y eso condicionaba mi relación con ella, reduciéndola al mínimo indispensable.

– Señorita Cecilia -me dijo, y su voz era un susurro-, menos mal que ha venido. El señor Silvio estaba preocupado. Dice que el otro día se marchó usted enfadada, y anda triste desde aquella tarde. Se va a contentar cuando vea que ha vuelto. Yo creo que pensaba que ya no la iba a ver más nunca.

Era un discurso demasiado largo para Lucinda, que acabó su parlamento bajando la cabeza y ruborizándose bajo la piel cetrina. Me deprimía pensar que era yo quien despertaba sus temores, quien azuzaba su aire medroso. Y aquella tarde, precisamente, decidí empezar a poner remiendos a una situación que no nos ayudaba a ninguna de las dos.

– ¿De dónde es usted, Lucinda? -le pregunté.

– De Bolivia. -La pregunta la había cogido por sorpresa.

– ¿De La Paz? -insistí.

– Quite de ahí, soy de una aldea chiquita. Palomares se llama. -Me miró arrugando los ojos, que eran pequeños y oscuros-. ¿Viene a ver al señor Silvio, verdad?

La pobre mujer debía de estar horrorizada ante la perspectiva de que mi intención fuese tener una charla con ella en mitad del vestíbulo.

– Sí, claro… pero es que al oírla hablar… yo tuve un compañero de clase boliviano -era mentira, por supuesto- y su acento me recuerda al suyo. Él era de La Paz. Se llamaba José Andrés Cifuentes. Muy buen chico, y muy listo.

Al escuchar el nombre que acababa de inventarme, Lucinda me miró con una expresión reconcentrada.

– Pues no me suena, señorita Cecilia. Pero es que Bolivia es muy grande. -Meneó la cabeza-. Ande adentro, que el señor Silvio acaba de despertarse de la siesta.

Pasé a la sala. El abuelo estaba allí, solo, mirando por la ventana. No parecía haber oído el timbre de la puerta ni mi conversación con Lucinda. Como mi primera tarde en aquella casa, pude mirarle sin que él me viera: el perfil limpio recortado en la tarde de otoño, el cabello blanco, las manos nudosas y los ojos fijos en quién sabe qué, como si estuviese esperando algo. O quizá como si pensase que no había nada que esperar, puesto que todas las cosas ya habían sucedido. Así que esto es la vejez, pensé.

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