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El médico de Nueva York

Электронная книга - «El médico de Nueva York». Краткое содержание книги:

Varias mujeres mueren decapitadas. Una de las víctimas es el ama de llaves de John Tonneman, un joven médico neoyorquino que en 1775 regresa a su ciudad para ocuparse de la consulta de su padre, recién fallecido. Para John, la mujer asesinada era más una madre que una criada, y dolido por su pérdida se vuelca con implacable determinación en la búsqueda de! criminal. Al revuelo ocasionado por las atrocidades del psicópata, se une la violencia social de un país al borde de una guerra por la independencia. En medio de ese caos, John hallará consuelo en el amor de una hermosa muchacha.
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– ¿Es Cross Keys?

– Sí. Estuve aquí el año pasado.

Goldsmith salió del campo para tomar de nuevo el camino.

Empezó a nevar con más intensidad. Caían gruesos copos, como arrojados por alguien desde el cielo.

– Dejemos los caballos en este establo -propuso Tonneman.

Un chico negro, muy parecido al criado de Abigail, salvo por las ropas harapientas que llevaba, salió presuroso del establo.

– ¡Cuidado con el agujero! -exclamó.

Tonneman tiró de las riendas y consiguió rodear el agujero.

– Es para la hoguera -informó el muchacho con más calma mientras abría la puerta del establo.

– Pues enciende el fuego o pon piedras alrededor -replicó Goldsmith malhumorado.

– Sí, señor.

– Seca los animales y dales algo de comer -ordenó Tonneman al tiempo que le entregaba un penique.

El chico condujo los caballos hasta los pesebres mientras Tonneman y Goldsmith cruzaban el camino en dirección al edificio de piedra. La nieve quedaba adherida a sus ropas; parecían muñecos de nieve andantes. Delante de la taberna sólo había un caballo atado a la baranda. La nieve cubría todo, incluso a la pobre bestia.

La ancha sala de la taberna Cross Keys albergaba reservados, mesas pequeñas, una enorme chimenea de ladrillo y una barra.

El encargado del bar y un viajero, un hombre con un sombrero de piel de zorro que estaba apoyado contra la barra, dejaron de hablar cuando Tonneman y Goldsmith entraron y se sentaron a una de las ocho mesas libres.

– Buenos días -saludó el encargado con cordialidad. Era corpulento, de cabello oscuro y rizado y cejas grises-. ¿Qué tomarán?

– ¿Tienes sopa? -preguntó Goldsmith mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba en el respaldo de una silla vacía para que se secara.

– Sólo tengo ternera fría y pollo.

– Pues sírvanos pollo -indicó Tonneman. Su compañero asintió-. ¿Cerveza caliente con especias? -El alguacil asintió de nuevo-. Y dos jarras de cerveza caliente con especias. -Tonneman se levantó y permaneció unos minutos delante de la chimenea. Tras desprenderse del abrigo empapado, regresó a la mesa y lo dejó en el respaldo de una silla para que se secara-. Es usted el señor Wares, ¿verdad?

– No; yo soy Alfred Abbott, el encargado del bar. David Wares bajará dentro de una hora.

El otro viajero se cubrió con la capa y recogió las alforjas.

– ¿Venís de Albany? -preguntó a Tonneman.

– No, de Nueva York.

El viajero se dirigió a la puerta sin añadir nada más. La abrió, maldijo la nieve y salió.

– Se llama Godspeed -comentó el encargado del bar cuando el hombre se hubo marchado. A continuación cogió un tronco, lo arrojó al fuego y removió la lumbre con el atizador-. Menudo tiempo para viajar. No envidio su viaje a Albany. -Abbott echó a reír, mostrando tres dientes marrones, dos arriba y uno abajo-. Pero el correo tiene que llegar a la fuerza. -Riendo de nuevo, se dirigió hacia la barra-. Ahora mismo les sirvo la cerveza y el pollo.

Tonneman dejó unas monedas en la mesa.

– Eres el invitado del juez de paz, alguacil; esperemos que el juez sea el invitado de la ciudad.

El encargado del bar los observó unos segundos antes de ir a buscar la cerveza y el pollo. Se acercó a la chimenea para calentar la bebida.

– ¿Qué trae a un juez de paz y un magistrado a Kingsbridge? -preguntó en voz alta, con los ojos rebosantes de curiosidad.

– ¿Magistrado? -inquirió Tonneman, sorprendido-. Querrás decir alguacil.

– Eso. ¿Qué les trae por aquí? -repitió, sonriendo con satisfacción.

– Un asunto relacionado con la ciudad de Nueva York -respondió Goldsmith mientras arrancaba un muslo al pollo.

Comer con no judíos empezaba a ser una costumbre para Goldsmith; primero la sopa, luego el jamón y ahora ese sabroso pollo. Si su esposa, Deborah, y la madre de ésta, la muy honrada Esther, se enteraran de que no comía lo adecuado, se lo reprocharían el resto de sus días.

– ¿Qué tal van las cosas en Nueva York? ¿El gobernador todavía se esconde en el barco del rey?

– Sí -contestó Goldsmith secamente.

Tonneman sacó el cuchillo que llevaba en el cinturón y cortó el pollo por la mitad. Acto seguido ofreció una moneda a Abbott.

– ¿Conoces a Jane McCreddie?

Abbott se apresuró a recoger el chelín.

– Con esto están pagados la cerveza y el pollo.

– No hablarás en serio -repuso Goldsmith-. En Nueva York con un chelín puede comprarse un pollo entero.

– Pues haberlo hecho -replicó Abbott-. Son tiempos difíciles. Estamos en guerra, no sé si lo sabe.

– Todavía no se ha declarado la guerra -señaló Tonneman.

– Sin embargo, la guerra está aquí -declaró el encargado-, aunque algunos aún no se han enterado.

Tonneman le tendió otra moneda.

– Jane McCreddie.

– Ya sabrá que estaba empleada aquí y que se fugó, porque si no, no lo preguntaría. ¿Esta información merece un chelín? -preguntó Abbott, acercando la mano a la moneda sin atreverse a tocarla.

– Me temo que no -contestó Tonneman, retirándola.

Naturalmente, Abbott estaba ansioso por conseguir ese chelín.

– ¿Saben que ésta es la taberna favorita del general Washington? Siempre que pasa por aquí, se hospeda en Cross Keys.

– Muy interesante -comentó Tonneman.

– De hecho -continuó Abbott-, él y sus hombres se dejan ver poco. Les dejo la comida y la bebida ante la puerta. Son bastante antipáticos.

– La chica -insistió Tonneman.

– El señor Wares lamentó mucho perderla. Le había costado bastante dinero y hacía muy bien su trabajo. Los hombres venían aquí sólo para verla.

– Nombres -dijo Tonneman-. ¿Quién venía a verla?

– Los soldados, claro; ¿quién si no?

– Te daré dos monedas por cada nombre que me des.

– Y yo te daré dos patadas en el culo cada vez que abras la boca -gruñó una voz.

Los tres hombres se volvieron hacia las escaleras, estupefactos. Descubrieron a un individuo de mediana edad y gran tamaño, con el cabello largo hasta los hombros y la coronilla calva.

– Me llamo David Wares. Soy el propietario de este establecimiento, y este establecimiento pertenece a un patriota. Me importa un comino que sean el juez de paz y el alguacil de Nueva York; como si son el ilustrísimo alcalde de Londres, malditos tories. Si quieren saber algo, pregúntenme a mí.

Goldsmith se puso de pie, ofendido.

– Soy un patriota, señor.

– ¿Y usted, señor? -preguntó, incisivo, a Tonneman-. Tiene que manifestarse.

– No estoy de parte de nadie -respondió Tonneman-. Soy médico. Soy neutral.

Wares echó a reír, socarrón.

– ¿Neutral? Nadie puede ser neutral en esto.

Goldsmith, temiendo que se enzarzaran en una discusión política, decidió abordar el tema que les había llevado allí.

– Con rey o sin él, señor, Jane McCreddie está muerta, y nosotros investigamos su muerte.

El beligerante Wares se tambaleó como si le hubiera alcanzado un rayo.

– ¿Muerta? ¡Oh, Dios! -exclamó, asiéndose al pasamanos.

Tonneman y Abbott acudieron junto a Wares para que no se cayera y le proporcionaron una silla.

– Un poco de ron -ordenó Tonneman mientras le aflojaba las ropas.

Dado que Abbott no hizo ademán de apartarse de su amo, Goldsmith se dirigió a la barra, cogió la botella de ron y llenó un vaso, que colocó delante de Wares. Tonneman le obligó a beber.

Wares tragó el licor con avidez.

– Estoy bien. Deben saber que el dinero no significa nada para mí. Dios sabe que, aunque era mi sirvienta, deseaba casarme con ella.

– ¿Le regaló usted la ropa interior de seda? -preguntó Tonneman.

Wares asintió con la cabeza antes de cubrirse el rostro con las manos.

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