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Las puertas del infierno

Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:

Otoño de 1884. Una celda lúgubre. Dentro se encuentra un hombre inerte. ¿Estará muerto? Bajo su lengua hay una moneda, es el óbolo de Caronte, el precio que hay que pagar al barquero del reino de los muertos.
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
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Mayfair, Londres, 27 de septiembre de 1884

– ¿Cómo se encuentra?

Sarah se sobresaltó. Sentada en el amplio sillón de piel que ocupaba el centro de la pequeña biblioteca de Jeffrey Hull, dedicada básicamente a obras de Derecho, Sarah estaba profundamente absorta en la lectura.

– ¡Sir Jeffrey! -exclamó-. No lo he oído llegar…

– No me extraña -comentó el consejero real sonriendo con dulzura-. Cuando he entrado, tenía usted los ojos cerrados.

– ¿Los ojos cerrados? ¿No me diga? -La sorpresa de Sarah era sincera. Si realmente había echado una cabezada durante unos minutos, no se había dado cuenta…

– ¿Cuánto ha dormido esta noche?

– Ni siquiera una hora -reconoció Sarah, cansada.

– Comprendo -asintió sir Jeffrey-. Pero se alegrará de oír que hay buenas noticias.

– ¿De verdad?

– Acabo de llegar de la Corte Suprema -informó el consejero real-. Con motivo de los recientes acontecimientos he conseguido la suspensión temporal del juicio. Luego presentaré en Newgate una solicitud de puesta en libertad transitoria. Seguramente se empeñarán en continuar controlando a Kamal, pero entonces les propondré albergarlo aquí, en mi casa, y la palabra de un barrister [2]tiene cierto peso. De ese modo, Kamal estaría con nosotros y usted podría tenerlo a su lado.

– Eso sería maravilloso -contestó Sarah-. Le agradezco sus esfuerzos, sir Jeffrey.

– ¿Eso es todo?

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Me permite que le sea sincero, amiga mía?

– Por favor -asintió Sarah.

– Francamente, esperaba que se alegraría un poco más -admitió sir Jeffrey-. Y, en vez de eso, la encuentro agotada en mi biblioteca. ¿A qué se debe, Sarah? ¿Qué lectura puede ser tan importante que le impida irse a la cama y disfrutar de las horas de sueño que tanto necesi…?

Se interrumpió cuando Sarah levantó el libro encuadernado en piel para que pudiera leer el título escrito en letras doradas.

– El Antiguo Testamento. Los libros de Moisés -leyó sir Jeffrey con cierta perplejidad.

– ¿Le sorprende?

– Un poco -reconoció el consejero real-. ¿Ha llegado usted a la conclusión de que solo el Todopoderoso puede salvar a Kamal?

– A esa conclusión, mi querido amigo, he llegado hace rato -contestó Sarah con una sonrisa apagada-. Sin embargo, en este caso se trata de un posible indicio que podría hallarse oculto entre estas líneas.

– ¿Un indicio? ¿De parte de quién? -preguntó el consejero real, y por el tono de desconfianza de su voz podía deducirse que intuía la respuesta.

– De Laydon -respondió Sarah.

– Laydon -repitió sir Jeffrey sin el menor entusiasmo-. Sarah, a pesar de todo lo que ese hombre le ha hecho, ¿aún no ha comprendido lo peligroso que es? ¿Y que ha perdido por completo la razón? ¿Que no dejará pasar la más mínima oportunidad para vengarse de usted y causarle daño?

– Soy plenamente consciente de ello -aseguró Sarah-. La cuestión es que durante gran parte de nuestra entrevista no tuve la sensación de estar frente a un hombre perturbado. La mayor parte del tiempo, Laydon tuvo la mente clara.

– ¿Y le recomendó estudiar la Biblia?

– Efectivamente.

– ¿Para qué?

– Para buscar una cura para Kamal -contestó simplemente Sarah.

– ¿Habla en serio? -La perplejidad de sir Jeffrey se había transformado en indignación-. Después de haber consultado con algunos de los médicos más versados del imperio, ¿va a confiar precisamente en el dictamen de un asesino que ha sido declarado culpable?

– Sé que le sonará extraño, pero…

– No, Sarah -señaló Hull con severidad-, «extraño» no es ni de lejos la expresión adecuada. Laydon mató a su padre y asesinó brutalmente a varias mujeres, lo cual seguramente no lo capacita como galeno milagroso. Sin embargo, usted parece otorgar mayor importancia a su opinión que a la de los médicos que le llevé y que, por su amistad conmigo, no dudaron un momento en ayudarnos.

– Lo sé, sir Jeffrey, y créame si le digo que se lo agradezco de todo corazón -afirmó Sarah-. Pero se trata de algo que me es imposible explicar con palabras. Es una sensación, ¿comprende?

– Me resulta muy difícil, querida, me resulta muy difícil -musitó sir Jeffrey, a quien únicamente su conciencia de caballero impedía reprender a gritos a Sarah-. La previne expresamente contra esa entrevista, puesto que tenía muy claro que Laydon aprovecharía la ocasión para contaminarle la mente.

– Aprecio su preocupación -aseguró Sarah-. Pero no tenía alternativa, debía entrevistarme con él.

– ¿Fue ese el motivo por el que ayer por la noche se fue de Newgate sin pronunciar palabra, sin despedirse del director Sykes, del doctor Cranston ni tampoco de mí? -En la voz del consejero real se hacía patente el agravio.

– Le ruego que acepte mis disculpas, sir Jeffrey. No quise parecer maleducada ni cuestionar su valía ni la de los demás caballeros. Pero tenía que poner en claro algunas cosas antes de poder hablar de ello con otras personas.

– ¿De verdad? Y, si me permite la pregunta, ¿de qué cosas se trataba?

Sarah sostuvo la mirada escrutadora de sir Jeffrey. Sabía que él solo pretendía ayudarla, tanto en calidad de persona como de jurista. Pero había secretos que no quería confiarle sin más, precisamente porque temía que dudara de su cordura…

Sir Jeffrey notó sus vacilaciones y formuló la pregunta de nuevo, esta vez en un tono más comprensivo y suave.

– Sarah -dijo en voz baja-, no puedo obligarla a que confíe en mí. Pero puedo asegurarle que su padre sí lo hacía y…

– Mi padre, ¿verdad? -Sarah sonrió débilmente.

– …y que haré todo lo humanamente posible para ayudarla -prosiguió, sin reaccionar al comentario de la joven-. Pero solo puedo hacerlo si me explica qué ocurrió entre usted y Laydon. ¿Qué le dijo aquel canalla para que yo la encuentre estudiando la Biblia después de una noche en vela, pálida como la cera y con profundas ojeras? Me preocupo por usted, Sarah, y no solo como abogado, sino también como amigo.

– Es usted muy amable, sir Jeffrey. Y le aseguro que ni he perdido la razón ni estoy tan agotada, que no sé lo que me hago.

– Entonces, le pido que me cuente qué ocurre. ¿Por qué cree que precisamente Laydon sabe cómo se puede salvar a Kamal?

– La respuesta es muy simple, sir Jeffrey -contestó Sarah con voz queda y velada-. Porque Laydon también me curó a mí.

– ¿Qué… qué quiere decir?

– ¿Oyó alguna vez a mi padre usar la expresión témpora atra?

– ¿Témpora atra? -La frente surcada de arrugas del consejero real se frunció aún más-. No que yo recuerde…

– ¿Sabía que yo estuve enferma de niña? ¿Qué sufrí una fiebre misteriosa y estuve mucho tiempo inconsciente?

– No, Sarah, no lo sabía -aseguró sir Jeffrey, cuyo enojo se estaba transformando en franca consternación-. Después de Oxford, perdí de vista a Gardiner durante un tiempo.

Sarah asintió. Aunque le costaba un esfuerzo enorme, había decidido revelar a Jeffrey Hull su secreto, movida por la esperanza de poder ayudar con ello a Kamal…

– Según me explicaron -prosiguió en voz baja-, aquella fiebre apareció de un día para otro. Los médicos no sabían qué hacer y a mi padre no le quedó más remedio que permanecer día y noche junto a mi cama, rezando por un milagro. Finalmente sucedió… en la figura de Mortimer Laydon.

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