El Sabor de la Tentación
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
Por fortuna, las gemelas resultaron adorables. Como tenían un aspecto angelical, la mayoría de la gente no les hacía más que cumplidos cariñosos, lo que hizo que las dos niñas siguieran portándose bien y se mostraran inusualmente dóciles cuando Em las guió entre los numerosos feligreses. La gente se había desplazado desde las granjas más distantes para asistir a les servicios dominicales. Y muchos de ellos la habían detenido para felicitarla por el éxito de la posada.
Al final, su familia y ella estuvieron medía hora charlando animadamente bajo el sol. Cuando Em reparó en que el señor Filing e Issy habían vuelto a entablar una profunda conversación, se retiró bajo la sombra de un árbol en el límite del cementerio con Henry y las gemelas para esperar a su hermana.
– ¿No podemos avisarla y marcharnos? -preguntó Gert-. Han hecho un capón delicioso para el almuerzo y podría estar enfriándose.
– O recociéndose -añadió Bea con los ojos clavados en Issy.
– Vamos a darle unos minutos más. -Em deslizó la mirada por la pareja que charlaba ante los escalones de la iglesia y pensó que parecían encantadores. Issy tenía la cabeza baja y Filing le hablaba quedamente-. Issy ha trabajado mucho durante toda la semana y ha dedicado todo su tiempo a vuestras lecciones, así que si quiere pasar unos minutos charlando con el señor Filing, me parece justo que la esperemos.
Su sugerencia sólo obtuvo el silencio como respuesta. Em se dio cuenta de que las gemelas miraban fijamente a Issy y al señor Filing.
Así que no se sorprendió demasiado cuando Gert preguntó finalmente:
– ¿Issy está enamorada del señor Filing?
– Y lo que es más importante aún -añadió Bea, demostrando una gran perspicacia acerca de los matices de la vida-. ¿Está el señor Filing enamorado de ella?
Durante un breve instante, Em se preguntó qué debería contestar a eso, decidiendo que lo mejor sería responder la verdad.
– Creo que ambas cosas son muy probables, ¿y vosotras?
Las gemelas menearon las cabezas al unísono, indicando que no estaban muy seguras de eso, pero que, de cualquier modo, pensaban esperar a su hermana sin protestar más.
Em, feliz de estar bajo la sombra del árbol, dejó vagar sus pensamientos.
Cuando Jonas Tallent se materializó junto a ella, tardó un memento en darse cuenta de que él realmente estaba allí y que las sensaciones que provocaba en ella no eran producto de una memoria hiperactiva.
Se volvió hacia él.
– Señor Tallent, hace una mañana preciosa, ¿no le parece?
– En efecto, señorita Beauregard. -Buscó sus ojos con una mirada inquisitiva-. Parece absorta en sus pensamientos. ¿Ideando nuevos menús, tal vez?
En respuesta, entrecerró los ojos y le fulminó con la mirada -eso le pasaba por mostrarse cortés, olvidar su resolución de evitarle a toda costa y bajar la guardia-, pero él ya había apartado la vista de ella y ahora prestaba atención a las gemelas.
Al observar a sus hermanas, se dio cuenta de que estaban fascinadas con Jonas. No era de extrañar, considerando que el señor Jonas Tallent era el hombre más guapo de los alrededores. No era sólo el corte de sus ropas londinenses lo que lo distinguía de los demás caballeros, sino esa especie de aura que poseía…, como si estuviera a salvo de todo, aunque no fuera necesariamente cierto.
Supuso que él también las estaba estudiando a ellas cuando le comentó:
– Así que éstas son sus angelitos diabólicos, ¿no?
– En efecto. -Em se apresuró a hacer las presentaciones, sin estar segura del todo de cómo responderían las gemelas a ese comentario.
Pero después de hacer una correcta reverencia, fue Bea quien tomó la palabra.
– Por el momento somos muy buenas.
Gert asintió solemnemente con la cabeza.
– Unos angelitos. -Clavó sus ojos azules en la cara de Jonas-. Usted es quien llevó a Em de paseo en coche a algún sitio… con aquellos caballos preciosos.
– Unos castaños que no dejaban de brincar -añadió Bea. Sin apartar la mirada, se acercó y le tendió una mano mucho más pequeña que la de él-. El carruaje también era precioso.
Sabiendo demasiado bien adonde querían llegar sus adorables hermanas, Em estaba a punto de interrumpirlas cuando se le ocurrió una idea. Muy pocos caballeros podían hacer frente a dos atrevidas niñas de diez años.
Con descaro, arqueó las cejas y se volvió hacia Henry.
– ¿Qué es eso?
Su hermano le lanzó una mirada desconcertada, pero no dijo nada cuando ella se lo llevó consigo, dejando a Jonas Tallent a la tierna merced de sus hermanitas.
Jonas supo muy bien lo que ella tramaba, pero aunque la perspectiva de tratar con las rubias gemelas le hizo estremecerse por dentro, no era de los que se amilanaban con facilidad.
Colocó a Bea al lado de Gert y les lanzó una mirada directa a las dos.
– Sí, tengo unos caballos increíbles y un carruaje precioso, que por cierto se llama cabriolé, y si las dos sois buenas y os comportáis bien mientras estéis conmigo, os llevaré a dar un paseo muy pronto. Quizá dentro de tres semanas.
Por experiencia con sus sobrinos, Jonas sabía que los niños tenían una idea muy relativa del paso del tiempo, y aunque tres semanas parecían poco tiempo, eran más que suficiente para que las gemelas se olvidaran de cualquier cosa que les hubiera prometido. Aunque sus sobrinos eran un poco más pequeños, sabía que las niñas también olvidarían lo que él había dicho.
Las gemelas abrieron mucho sus ojos azules y se miraron entre sí.
Al tener una hermana gemela. Jonas sabía exactamente lo que aquella mirada significaba.
– ¿Tenemos un trato, señoritas?
Bea, la más habladora y que parecía llevar la voz cantante entrecerró los ojos.
– ¿Cómo sabremos si nos estamos portando lo suficientemente bien? No podemos ser buenas todo el tiempo.
El luchó por mantener los labios rectos e inclinó la cabeza como si estuviera meditando la cuestión.
– Muy cierto. Sabréis que estáis portándoos lo suficientemente bien si no os miro con el ceño fruncido.
Ellas se miraron a la cara, comunicándose en silencio. Luego se volvieron hacia él y asintieron con la cabeza.
– Hecho -dijo Gert-. Dentro de tres semanas…, después de la misa.
– Bien. -Jonas echó un vistazo alrededor y vio que Issy se acercaba-. En ese caso os acompañaré de regreso a la posada.
Em, que se reincorporaba al grupo, ovó la proposición y miró a las gemelas con evidente sorpresa.
Antes de que pudiera decir nada, Jonas la tomó del brazo.
– Vamos, posadera… deje que la acompañe a casa.
Issy sólo sonrió y tomó el brazo de Henry. Se pusieron en marcha y siguieron a las gemelas, que se habían adelantado pensando sin duda en el capón.
Con el brazo entrelazado con el de Jonas, a Em no le quedó más opción que dejar que la guiara tras los pasos de su familia. Fueron casi los últimos en abandonar el cementerio; la mayoría de los fieles ya habían bajado el camino de la iglesia.
Desconcertada, Em observó a las gemelas. ¿Qué habría hecho él? Tratándose de las gemelas, no tenía más remedio que tratar de averiguarlo.
– ¿Qué les ha dicho?
Él se rio entre dientes, un sonido cálido y seductor.
– Las he sobornado, por supuesto.
– ¿Con que, por el amor de Dios?
– Con un paseo en mi cabriolé.
Ella consideró la cuestión durante un buen rato antes de decir:
– ¿Se da cuenta de que querrán llevar las riendas?
– Será sobre mi cadáver.
– Pues le sugiero que no les diga esas palabras.
CAPÍTULO 06
Em había logrado evitar a Jonas Tallent durante tres días seguidos, pero en un solo momento de debilidad, había permitido que hiciera amistad con las gemelas y que ganara méritos con Issy y Henry por ser todo un caballero y ofrecerse a acompañarlos a casa desde la iglesia.