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Электронная книга - «Segunda Oportunidad». Краткое содержание книги:

Nell Calder era una mujer tímida y amable, una esposa que intentaba contentar a su ambicioso marido, una madre que amaba a su hijita con pasión. En suma, no era el tipo de mujer capaz de inspirar envidia, deseo ni pasiones asesinas.
¿Quién iba a querer hacerle daño?
Pero ocurrió una tragedia: una noche, en una exótica isla del mar Egeo durante una elegante reunión en la que su marido esperaba culminar su fulgurante carrera en el mundo de las finanzas, y que fue interrumpida por el estruendo de los disparos y la afilada hoja de un cuchillo.
El ataque fue despiadado. La niña murió, y ella quedó terriblemente desfigurada.
Sin embargo, la pesadilla convierte a Nell en una mujer distinta. La mejor cirugía le de un rostro de exquisita hermosura; la posterior rehabilitación, un cuerpo ágil y esbelto. Y Nicholas Tanek, el misterioso desconocido que suscita en ella temor y fascinación, le da una razón para seguir viviendo: la venganza.
Preparar su venganza s lo único que la mantiene viva. El asesino de su hija no puede seguir viviendo. Ella le dará muerte… con sus propias manos.
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Nell vaciló y luego asintió lentamente.

– No quería hacerlo. Pero no he tenido otra opción.

– Supongo que no me explicarás lo que has averiguado, ¿no?

– No, sólo conseguiría dividir tus lealtades. Tú sigues siendo amiga de Nicholas.

Tania la miró con dureza.

– ¿Y?

– Mía. También eres mi amiga. -Nell sonrió-. Aunque no se por que.

– Si no lo sabes, he malgastado el último cuarto de hora y una bonita cantidad de palabras. -Tania le tendió la mano-. Pero un poco de humildad no hace daño. Mi amistad no tiene precio ni comparación.

Nell sintió un estremecimiento de intranquilidad ante la mano que Tania le tendía. Amistad. Amistad significa com-promiso. Paso a paso, la sacaban de aquel vacío que, por otra parte, ella podría necesitar para hacer lo que tenía que hacer.

La sonrisa de Tania se desvaneció. Dijo, titubeante:

– Pedir no es fácil para mí. Necesito a alguien que, sim-plemente, sepa.

Lentamente, Nell tomó su mano y la estrechó con fuerza.

* * *

Tania estuvo una hora más con ella. Después, Nell tuvo que comer lo que Phil le trajo, antes de, finalmente, leer aquellos documentos impresos.

Media hora más tarde, dejó caer la última página.

Ni juicios, ni detenciones, ni arrestos. Y ninguna men-ción sobre actividades criminales.

El artículo de New York Times únicamente hablaba de la llegada de Philippe Gardeaux a Nueva York con relación a una subasta para la ayuda a la lucha contra el SIDA en la que él hacía donación de un Picasso. Se referían a Gardeaux como un hombre de negocios europeo y un filántropo.

El artículo de la revista Time era más elocuente. Trataba sobre los viticultores franceses y su batalla por mantener los aranceles altos. Había dos párrafos sobre Gardeaux y su mansión y viñedos en Bellevigne. Tenía cuarenta y seis años, casado, con dos hijos, y era descrito como uno de los viticultores más influyentes. Era uno de los de la nueva hor-nada, que habían ganado dinero mediante inversiones en China y Taiwán, y que hacía sólo cinco años se había con-vertido en cultivador.

La historia del Sport Illustrated no tenía nada que ver con los viñedos pero sí con el castillo de Bellevigne. Se refe-ría al torneo anual de esgrima que había tenido lugar en Bellevigne durante la semana anterior a la de Navidad y que culminó la víspera de Año Nuevo. Un salto hacia atrás, a épocas pasadas, para el que se pidió a los invitados que vis-tieran ropas renacentistas durante toda la semana. El torneo no era sólo un evento social muy importante en la Riviera, sino también una meca para los aficionados al arte de la es-pada y para los campeones de esgrima. Además, los benefi-cios fueron distribuidos entre diversas obras de caridad. A final del artículo había una breve mención sobre la colec-ción de espadas antiguas de Gardeaux, de valor incalculable.

Filántropo, hombre de negocios influyente, coleccio-nista, deportista.

Ni una palabra sobre asesinatos, drogas o delincuencia. Ni un solo indicio que pudiera llevar a pensar que ese tal Gardeaux pagara a un hombre como Maritz y lo enviara para matarla.

¿Era, quizás, otro Gardeaux el hombre que aparecía en aquellos artículos?

Hizo su fortuna en China y Taiman.

Tanek había crecido en Hong Kong. Todo lo que tenía era esa frágil conexión.

Guardó de nuevo los artículos en el bolso. No era sufi-ciente. Debía asegurarse. Necesitaba a Tanek.

* * *

Un minuto más.

Pisaba con ímpetu la cinta caminadora, respirando por la boca como Phil le había enseñado. Había descubierto que, si se marcaba las metas sólo de minuto a minuto, le quedaban fuerzas para ir un poco más allá cuando llegaba al límite. Su corazón bombeaba con fuerza, y el sudor le res-balaba por la cara.

Un minuto más.

– Si pudiera dedicarme un momento, me gustaría hablar con usted.

Miró al hombre que estaba de pie junto a la puerta del gimnasio. No era ni un enfermero ni un médico, pensó. Era menudo, rechoncho, con el pelo rizado y grisáceo, aunque se adivinaba que, antaño, había sido moreno. Vestía un tra-je gris, camisa a rayas y mocasines. Probablemente, alguien del departamento de administración, comprobando facturas y pagos ahora que ella casi estaba bien.

– ¿Puede esperar? Casi he terminado.

– La he estado contemplando los últimos quince minu-tos. Yo diría que debería haber acabado ya.

Quizá sí fuera un médico. No quería que pudiera ir a quejarse a Joel porque se estaba excediendo.

– Es cierto. -Sonrió y salió de la máquina-. Pero si quie-re hablar, tendrá que pasear conmigo. Phil dice que no debo parar hasta que me haya enfriado un poco.

– Ah, sí, Phil Johnson. Creo que lo he visto en el vestí-bulo. -Hizo una mueca-. Por desgracia, él también me ha visto. Así que no tendré demasiado tiempo para hablar con usted.

– Oh, ya no son tan estrictos con las visitas como antes. -Empezó a caminar a paso ligero-. Ya casi estoy bien.

– Estupendamente bien. -Él la siguió a su mismo ritmo-. Lieber ha hecho un trabajo fantástico. Nunca la hubiera re-conocido por su foto.

– ¿Joel le ha enseñado mi foto?

– No exactamente.

Nell sintió una punzada de incomodidad. Aminoró la marcha y le miró.

– ¿Puedo saber quién es usted?

– La pregunta es, ¿quién es usted?

– Nell Calder -contestó con impaciencia-. Si ha visto mi foto o mi expediente, debería saberlo.

– No, no lo sabía, pero lo sospechaba. Por eso me he aventurado en el territorio sagrado de Lieber. -Echó un vis-tazo al gimnasio-. Vaya sitio. ¿Y es cierto que la esposa del presidente vino a que le quitaran las arrugas aquí?

– No tengo ni idea. Y me trae sin cuidado. ¿Quién es usted?

El sonrió, encantador.

– Joe Kabler, de la DEA. -Nell no dijo nada-. ¿Tanek nunca le ha hablado de mí?

– No tenemos una relación de confianza. ¿Es amigo suyo?

– Nos profesamos mutuo respeto y compartimos algunos objetivos -comentó-. Pero no considero que ningún criminal sea amigo mío.

Nell se detuvo en seco.

– ¿Criminal?

– Vaya, vaya, veo que la ha mantenido en la ignorancia. ¿Qué le ha contado sobre él mismo?

– Que está retirado. Que tenía diversos negocios.

Kabler soltó una risita.

– Oh, sí, eso es cierto. Con todo tipo de mercancías. Do-cumentos oficiales, informaciones, objetos de arte. Lideraba una red de criminales que fue muy problemática para las au-toridades de Hong Kong durante bastantes años. -Se enco-gió de hombros-. Nunca traficó con drogas, así que no tu-vimos que enfrentarnos el uno con el otro. Por cierto, ¿dónde está?

– No tengo ni idea.

Él estudió su cara.

– Creo que me está diciendo la verdad.

– ¿Por qué iba a mentir? Tiene un rancho en Idaho, qui-zá debería buscarlo por allí.

– Lo visité hace seis meses. Entrar en esta clínica es pan comido en comparación con llegar hasta aquel lugar remoto -y añadió-: además, no es un asunto urgente, ahora que sé que Tanek no la ha asesinado.

Su tono era impertérrito. Nell quedó totalmente impac-tada.

– ¿De verdad creía que él me había matado?

– Lo dudaba, pero Tanek siempre es imprevisible -son-rió-. Por eso decidí venir y ver qué pasaba. Pero es obvio que está usted la mar de bien.

– Sí, muy bien -asintió Nell, ausente-. ¿Y por qué había sospechado eso?

– Porque es Nicholas Tanek y estaba en Medas cuando no tenía nada que hacer allí. Después, oí que se la había lle-vado a toda prisa y que no me iba a dejar hablar con usted.

Nell repuso:

– No sabía que quería hablar conmigo. -Vaciló-. ¿Qué sabe usted de Philippe Gardeaux?

– Ésa era la pregunta que yo iba a hacerle a usted.

– Nada. Excepto que Tanek me dijo que fue él quien or-denó el ataque de Medas, y que sus hombres asesinaron a mi hija y a mi marido.

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