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Электронная книга - «Legalmente Suya». Краткое содержание книги:

COMO PERDER A UN NOVIO EN TRES MESES
Cuando el guapo Will McCaffrey preparó un contrato matrimonial entre Jane Singleton y él, ella supuso que sólo estaba bromeando. Pero no pensó lo mismo cuando seis años más tarde Will se presentó en su puerta para formalizarlo. ¿Qué podía hacer ella para desanimarlo? Primer paso: irse a vivir con él. Jane exigió un anillo de bodas. Pero Will la recibió con brazos abiertos no sólo en su casa, sino también en su cama… ¡y le compró además un diamante!
Segundo paso: prepararle hígado para cenar. Ni siquiera el perro podría tragarse las cenas de Jane; aun así, Will se lo comía todo sin protestar, ¡y además la quería a ella como postre! Tercer paso: redecorar la casa en color rosa. Ni las toallas rosas, ni los cojines rosas ni las cortinas rosas desconcertaron a Will.
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– Estupendo -dijo Jane.

– Sí -asintió Lisa-. ¿Pero por qué quieres irte de Chicago? ¿No echarás de menos…? -vio que los dos la miraban-. Voy a terminar en el dormitorio.

– O sea que has conseguido todo lo que querías -murmuró Jane.

Will se apoyó en la pared del pasillo.

– Casi todo.

– Yo también estoy pensando en mudarme -anunció ella.

– ¿Sí?

– Es difícil aguantar un negocio como el nuestro con este clima, así que debería irme a un lugar cálido, Florida o California. Aunque allí las plantas serán diferentes y habrá otros insectos y… -se interrumpió.

– Los dos nos movemos -dijo él-.

Eso está bien.

– Muy bien.

– ¿Dónde te alojas ahora? -¿Por qué?

– Por nada, por si te dejas algo y necesito contactar contigo.

– Estoy en casa de Roy y Lisa, en Wicker Park -buscó algo más que decir, pero no se le ocurrió-. Bueno, creo que debo irme.

Will le tomó una mano.

– Me alegro de verte. Es agradable tenerte de nuevo aquí aunque sólo sea un rato.

Jane asintió con la cabeza y volvió al dormitorio. Antes de entrar, miró hacia atrás, pero Will había desaparecido ya escaleras abajo.

– ¿Y bien? -susurró Lisa-. ¿Qué tal?

– Guarda las plantas y vámonos -musitó Jane con voz temblorosa-. Ha dicho que me enviará el resto de las cosas.

Tomó una de ellas y avanzó hacia las escaleras. Esperó a Lisa en la acera, envuelta en una nube de emociones distintas e impaciente por alejarse de allí. Cuando vio salir a su amiga, corrió hacia la camioneta.

– ¡Espera! -gritó Lisa.

– ¿Has visto eso? Está frío y distante. Y anoche se acostó tarde. ¿Qué crees que significa eso?

– No sé. ¿Qué?

Que estuvo con una mujer. ¿No te has dado cuenta de lo satisfecho que parecía?

– Parecía dormido, como si acabara de salir de la cama.

– Exacto -Jane movió la cabeza-. Es evidente que ya ha olvidado todo lo que tuvimos juntos y seguido adelante.

– Eso no lo sabes. A lo mejor estuvo trabajando o viendo una película.

– ¿Por qué lo defiendes?

Lisa levantó las manos en un acto de rendición.

– No lo defiendo. Sólo digo que no debes sacar conclusiones precipitadas. He visto cómo te ha mirado.

– ¿Y cómo me ha mirado?

– No te quitaba los ojos de encima, Jane. Te mira como un hombre enamorado.

Jane se volvió y siguió andando por la acera.

– No digas eso, no puedo dejarme llevar otra vez por esa fantasía. Tengo que seguir con mi vida y él tiene que seguir con la suya.

– ¡Eh! ¿Adónde vas? El coche está aquí.

Jane se detuvo y volvió hacia el coche de su amiga.

– No quiero oír nada más, ¿entendido?

Se hizo la firma promesa de dejar de pensar en Will en aquel mismo momento.

– ¿Te vas a pasar el resto de tu vida en ese sofá? -preguntó Lisa.

Jane levantó la vista.

– No. Sólo un mes o dos más más, hasta que se anime el trabajo.

Llevaba ya dos meses viviendo en casa de su amiga y durmiendo en el sofá. Los fines de semana iba a casa de sus padres para dejar intimidad a Roy y Lisa, pero no podía soportar más de dos noches con su madre y solía a acabar de nuevo en el sofá el lunes por la noche.

– Si se anima -Lisa se dejó caer en un sillón y puso los pies en la mesa de café-. Tenemos, que hablar de eso.

Jane se incor¢oró en el sofá.

– Lo sé. Empiezo a pensar que un negocio como el nuestro no puede sobrevivir sin trabajo de invierno.

– Supongo que podríamos colocarnos de dependientas -dijo su amiga-. O yo puedo trabajar en la empresa de Roy.

– ¿Qué?

– La administrativa acaba de irse y Roy me ha pedido que ocupe su puesto. El sueldo no está mal -Lisa se mordió el labio inferior-. Pero si no quieres, no aceptaré. Windy City Gardens era nuestro sueño y no quiero dejarlo hasta que no lo dejes tú.

– No -Jane apretó la mano a su amiga-. Ya es hora. Además, yo estaba pensando en irme hacia el sur a empezar de nuevo, buscar un sitio donde las plantas crezcan doce meses al año.

– ¿Y Will? -preguntó Lisa.

– ¿Qué pasa con él?

– Todavía lo quieres. Creo que siempre lo has querido.

– Eso no significa que tenga que seguir queriéndolo.

Lisa miró su reloj.

– ¿Llegas tarde a algún sitio? -preguntó Jane.

– No, es sólo…

Sonó el timbre de la puerta y Lisa se puso en pie.

– Creo que debes peinarte y sacudirte esas migas del pijama -dijo.

– ¿Por qué?

– Porque Will está aquí.

– ¿Qué?

– No te enfades. Llamó el otro día para decir que quería devolverte unas cosas y yo le dije que podía pasarse.

El timbre de la puerta volvió a sonar y Jane se puso en pie de un salto.

– No le dejes entrar.

– Yo creo que está enamorado de ti – dijo Lisa-. Y sé que a ti te pasa lo mismo, pero los dos sois demasiado testarudos como para admitirlo.

– Tú lo conoces tan bien como yo y sabes que no es capaz de amar.

– ¿Cómo lo sabes? Tú viviste un mes con él. ¿Se iba con otras mujeres o se quedaba toda la noche por ahí con sus amigos? ¿Te hizo sentir alguna vez que no podías confiar en él?

– No, pero eso no significa…

– ¿Qué? Porque yo veo a un hombre que ha madurado mucho en seis años y puede estar preparado para aceptar un compromiso. Sugiero que entres al baño a peinarte y pintarte los labios mientras le abro.

Jane soltó un grito y sacó unos vaqueros y un jersey de la maleta que había en un rincón. Entró en el cuarto de baño, donde se lavó la cara y pasó los dedos por el pelo revuelto.

El corazón le latía con violencia, pero se esforzó por mantener la compostura. Hacía casi un mes que no veía a Will, pero eso no le había impedido pensar en él.

Se vistió y se puso perfume en el cuello y las muñecas. Se sentó un momento en el borde de la bañera para tranquilizarse.

Lisa llamó a la puerta con los nudillos y entró.

– ¿Te vas a quedar aquí toda la noche?

– ¿Qué aspecto tiene? ¿Parece con ganas de pelear o parece contento?

– Está muy guapo -declaró su amiga-. Si yo no estuviera casada, intentaría algo con él. Y parece ansioso por verte, así que sal ahí y habla con él. Y procura ser amable -Lisa la empujó hacia la puerta.

Jane respiró hondo y entró en la sala de estar. Will estaba cerca del sofá, de espaldas a ella.

– Hola.

Él se volvió al oírla. -Hola.

Ella cruzó la estancia hasta el sofá, donde se sentaron los dos en silencio. -¿Cómo estás? -preguntó Jane.

Will estiró el brazo y le tomó la mano. -Bien, ocupado con el trabajo. -Yo también. Muy ocupada. Will respiró hondo.

– Te echo de menos, Jane. Creo que me acostumbré a tenerte en casa.

– ¿Por mis maravillosas comidas y mi gran gusto para la decoración?

– Claro -declaró él-. Por eso y muchas más cosas. Y Thurgood también te echa de menos -le soltó la mano y tomó una bolsa que había dejado en la mesa de café-. Te he traído esto. Es tu cinta de Desayuno con diamantes. Estaba dentro del vídeo.

– Gracias. No la había echado de menos.

– Tengo algo más -dijo él-. Una especie de regalo de Navidad retrasado, aunque, como casi estamos en San Valentín, también puede ser por eso -le pasó la bolsa.

Jane miró en su interior, donde había un DVD de Desayuno con diamantes, otro de Vacaciones en Roma y otro de Sabrina.

– Recuerdo que te gustaban mucho las películas de Audrey Hepburn -dijo él-. También te he comprado un reproductor de DVD, está en el coche.

Jane le dio un beso en la mejilla.

– Gracias. Audrey Hepburn es mi favorita.

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