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El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día

Электронная книга - «El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día». Краткое содержание книги:

Músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, héroe y asesino. Kvothe es un personaje legendario, el héroe o el villano de miles de historias que circulan entre la gente. Todos le dan por muerto, cuando en realidad se ha ocultado con un nombre falso en una aldea perdida. Allí simplemente es el taciturno dueño de Roca de Guía, una posada en el camino. Hasta que hace un día un viajero llamado Cronista le reconoció y le suplicó que le revelase su historia, la auténtica, la que deshacía leyendas y rompía mitos, la que mostraba una verdad que sólo Kvothe conocía. A lo que finalmente Kvothe accedió, con una condición: había mucho que contar, y le llevaría tres días. Es la mañana del segundo día, y tres hombres se sientan a una mesa de Roca de Guía: un posadero de cabello rojo como una llama, su pupilo Bast y Cronista, que moja la pluma en el tintero y se prepara a transcribir…
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
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Los primeros fueron dos hombres de unos veinte años, ambos con barba desaliñada.

– Fren y Josh son nuestros mejores cantantes, sin contarme a mí, por supuesto. -Les estreché la mano.

A continuación saludé a los dos hombres que tocaban instrumentos junto al fuego.

– Gaskin toca el laúd. Laren, el caramillo y el tamboril.

Ambos me sonrieron. Laren golpeó el tamboril con el dedo pulgar, y el tambor produjo un tenue «tum».

– Aquel es Tim. -Alleg señaló al otro lado de la hoguera, donde un hombre alto y de rostro adusto aceitaba una espada-. Y a Otto ya lo has conocido. Ellos nos protegen de los peligros del camino.

Tim me saludó con una inclinación de cabeza, apartando la vista solo un momento de su espada.

– Esta es Anne. -Alleg señaló a una mujer mayor, con cara de pocos amigos y el pelo canoso recogido en un moño-. Ella nos alimenta y hace de madre para todos.

Anne siguió cortando zanahorias sin prestarnos atención.

– Y por último, pero no por eso menos importante, está Kete, que guarda la llave de todos nuestros corazones.

Kete tenía una mirada dura, y sus labios dibujaban una línea fina; pero su expresión se suavizó un tanto cuando le besé la mano.

– Y eso es todo -dijo Alleg dedicándome una sonrisa y una pequeña reverencia-. Y tú, ¿cómo te llamas?

– Kvothe.

– Bienvenido, Kvothe. Ponte cómodo y descansa. ¿Necesitas algo?

– ¿Un poco de ese vino que has mencionado antes? -dije sonriendo.

Se tocó la frente con el pulpejo de la mano.

– ¡Claro! ¿O prefieres cerveza?

Asentí con la cabeza y Alleg fue a buscar una jarra.

– Excelente -dije tras probarla, y me senté en un tocón.

Alleg hizo como si se tocara el ala de un sombrero imaginario.

– Gracias. Tuvimos la suerte de afanarla hace un par de días, cuando pasábamos por Levinshir. Y a ti, ¿cómo te ha tratado el camino últimamente?

Estiré la espalda arqueándome hacia atrás y suspiré.

– Para ser un trovador solitario, no demasiado mal. -Encogí los hombros-. Aprovecho todas las oportunidades que se me presentan. Tengo que andarme con cuidado, porque voy solo.

Alleg asintió con la cabeza.

– La única protección con que contamos nosotros es nuestra superioridad numérica -admitió; luego apuntó con la barbilla a mi laúd y añadió-: ¿Podrías cantarnos algo mientras esperamos a que Anne termine de preparar la cena?

– Desde luego -contesté, y dejé la jarra-. ¿Qué os gustaría oír?

– ¿Sabes tocar «Vete de la ciudad, calderero»?

– ¿Que si sé tocarla? A ver qué te parece. -Saqué el laúd del estuche y me puse a tocar. Cuando llegué al estribillo, ya todos habían dejado lo que estaban haciendo para escucharme. Hasta vi a Otto cerca de la linde del bosque; había abandonado su puesto de observación y miraba hacia la hoguera.

Cuando terminé la canción, todos aplaudieron con entusiasmo.

– Sí, sabes tocarla -dijo Alleg riendo. Entonces se puso serio y, golpeándose los labios con la yema de un dedo, me preguntó-: ¿Te gustaría viajar con nosotros un tiempo? No nos vendría mal otro músico.

Me lo pensé unos instantes.

– ¿Hacia dónde vais?

– Hacia el este.

– Yo voy a Severen -dije.

– Podemos pasar por Severen -repuso Alleg encogiendo los hombros-. Siempre que no te importe ir por el camino más largo.

– Llevo mucho tiempo lejos de la familia -admití barriendo con la mirada aquella escena junto al fuego que yo conocía muy bien.

– Un Edena no debe viajar solo -agregó Alleg pausadamente mientras deslizaba un dedo por el borde de su negra barba.

Dejé escapar un suspiro y dije:

– Vuelve a preguntármelo por la mañana.

Alleg sonrió y me dio una palmada en la rodilla.

– ¡Estupendo! Eso significa que tenemos toda la noche para convencerte.

Guardé mi laúd y me disculpé para ir a atender una necesidad. Al regresar, me arrodillé junto a Anne, que estaba sentada cerca del fuego.

– ¿Qué nos está preparando, madre? -le pregunté.

– Estofado -me contestó con tono cortante.

– Y ¿qué lleva? -pregunté con una sonrisa.

Anne me miró con los ojos entornados.

– Cordero -dijo como desafiándome a negarlo.

– Hace mucho tiempo que no como cordero, madre. ¿Me deja probarlo?

– Tendrás que esperar, igual que los demás -me espetó.

– ¿Ni siquiera un poquito? -la camelé dedicándole mi sonrisa más obsequiosa.

La anciana inspiró y, encogiendo los hombros, cedió.

– Está bien. Pero si empieza a dolerte el estómago, no será culpa mía.

Me reí.

– No, madre. No será culpa suya. -Cogí la cuchara de madera, de mango largo, y me la acerqué a los labios. Tras soplar en ella, probé el estofado-. ¡Madre! -exclamé-. Es el guiso más delicioso que he probado en un año.

– Bah -repuso ella mirándome con recelo.

– Se lo digo sinceramente, madre -insistí-. En mi opinión, el que no sepa apreciar este delicioso estofado no es un verdadero Ruh.

Anne se volvió, siguió removiendo el contenido de la olla y me ahuyentó con un ademán, pero su expresión ya no era tan hostil como antes.

Después de pasar por el barril para llenarme otra vez la jarra, volví a mi asiento. Gaskin se inclinó hacia delante.

– Nos has regalado una canción. ¿Te apetece oír algo?

– ¿«El caramillero ingenioso», por ejemplo? -propuse.

– Esa no la conozco -dijo Gaskin arrugando la frente.

– Es sobre un Ruh muy astuto que se burla de un granjero.

– Pues no -dijo Gaskin sacudiendo la cabeza.

Me agaché para coger mi laúd.

– Os la tocaré. Es una canción que todos nosotros deberíamos saber.

– Escoge otra -protestó Laren-. Voy a tocarte algo con el caramillo. Tú ya has cantado para nosotros una vez esta noche.

– Se me había olvidado que tocabas el caramillo -dije sonriéndole-. Esta te gustará -le aseguré-. El caramillero es el héroe. Además, vosotros vais a llenarme la barriga, de modo que es justo que yo os llene los oídos. -Antes de que pudieran presentar más objeciones, me puse a tocar, rápido y ligero.

Rieron durante toda la canción. Desde el principio, cuando el caramillero mata al granjero, hasta el final, cuando seduce a la esposa y a la hija de la víctima. No canté las dos últimas estrofas, donde los aldeanos matan al caramillero.

Cuando terminé, Laren se secó las lágrimas.

– Eh, tienes razón, Kvothe. Me convenía saber esa canción. Además… -le lanzó una mirada a Kete, que estaba sentada al otro lado de la hoguera- es una canción verídica. Las mujeres se pirran por los caramilleros.

Kete dio un resoplido de desdén y puso los ojos en blanco.

Charlamos de cosas sin importancia hasta que Anne anunció que el estofado ya estaba listo. Todos lo atacamos con ganas, y solo se interrumpía el silencio para felicitar a Anne.

– Dime la verdad, Anne -dijo Alleg después del segundo cuenco-. ¿Birlaste pimienta en Levinshir?

– Todos tenemos nuestros secretos, querido -respondió Anne, petulante-. No se debe presionar a una dama.

– ¿Os han ido bien últimamente las cosas a ti y a los tuyos? -pregunté a Alleg.

– Sí, ya lo creo -me contestó entre dos bocados-. En Levinshir, hace un par de días, nos fueron especialmente bien. -Guiñó un ojo-. Ya lo verás más tarde.

– Me alegro de oírlo.

– De hecho -se inclinó hacia delante y adoptó un tono de complicidad- las cosas nos han ido tan bien que me siento generoso. Lo bastante generoso para ofrecerte cualquier cosa que me pidas. Cualquier cosa. Pídeme y será tuyo. -Se inclinó un poco más y añadió con un susurro teatral-: Quiero que sepas que esto es un intento flagrante de sobornarte para que te quedes con nosotros. Con esa hermosa voz tuya podríamos llenar nuestras bolsas.

– Por no mencionar las canciones que podría enseñarnos -terció Gaskin.

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