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El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día

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Músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, héroe y asesino. Kvothe es un personaje legendario, el héroe o el villano de miles de historias que circulan entre la gente. Todos le dan por muerto, cuando en realidad se ha ocultado con un nombre falso en una aldea perdida. Allí simplemente es el taciturno dueño de Roca de Guía, una posada en el camino. Hasta que hace un día un viajero llamado Cronista le reconoció y le suplicó que le revelase su historia, la auténtica, la que deshacía leyendas y rompía mitos, la que mostraba una verdad que sólo Kvothe conocía. A lo que finalmente Kvothe accedió, con una condición: había mucho que contar, y le llevaría tres días. Es la mañana del segundo día, y tres hombres se sientan a una mesa de Roca de Guía: un posadero de cabello rojo como una llama, su pupilo Bast y Cronista, que moja la pluma en el tintero y se prepara a transcribir…
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
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Recitar el aitas completo me llevó casi una hora, y los Adem escucharon en medio de un silencio sobrecogedor. Cuando terminé, Magwyn me ofreció su mano y me ayudó a bajar de la piedra, como si ayudara a una dama a apearse de un carruaje. Entonces señaló el cerro que se erguía ante nosotros.

Me sequé el sudor de la mano y así el puño de madera de mi espada de entrenamiento al mismo tiempo que enfilaba el sendero. Carceret llevaba la camisa roja fuertemente ceñida a los brazos y los anchos hombros. Las correas de piel que utilizaba eran más anchas y más gruesas que las de Tempi. Además parecían de un rojo más intenso; quizá las hubiera teñido especialmente para aquella ocasión. Al acercarme, vi en su cara los vestigios de un ojo morado.

En cuanto se dio cuenta de que la miraba, Carceret tiró su espada de madera al suelo con un movimiento lento y exagerado. Hizo el signo de desdén, lo bastante amplio para que pudieran verlo todos, hasta los que estaban al fondo.

Un murmullo recorrió la multitud, y paré de andar sin saber muy bien qué hacer. Pensé un momento, dejé mi espada de entrenamiento en el suelo y seguí caminando.

Carceret me estaba esperando en el centro de un círculo de terreno llano, cubierto de hierba, de unos diez metros de diámetro. El suelo era blando, y en circunstancias normales no me habría preocupado que me derribaran. En circunstancias normales. Vashet me había enseñado la diferencia entre tirar a alguien al suelo y tirar a alguien contra el suelo. Lo primero era lo que hacías durante un combate civilizado. Lo segundo era lo que hacías durante una pelea de verdad, donde la intención era mutilar o matar a tu oponente.

Antes de acercarme demasiado, adopté la postura de combate con que ya me estaba familiarizando. Levanté las manos, doblé las rodillas y contuve el impulso de ponerme de puntillas, pues sabía que me sentiría más rápido y reduciría mi equilibrio. Inspiré hondo y avancé poco a poco hacia Carceret.

Carceret adoptó una postura similar, y cuando me estaba aproximando a los límites de su alcance, hizo un amago hacia mí. No fue más que una leve sacudida de la mano y el hombro, pero con lo nervioso que estaba, mordí el anzuelo y me aparté corriendo, como un conejo asustado.

Carceret bajó las manos y se irguió, abandonando la postura de lucha. Hizo un amplio signo de diversión, y luego el de invitación. Entonces me hizo señas con ambas manos para que me acercara. Oí risas entre el público.

Pese a que la actitud de Carceret era humillante, quise aprovecharme de que hubiera bajado la guardia. Avancé e hice un prudente intento de Manos como Cuchillos. Demasiado prudente, porque Carceret lo esquivó sin necesidad de levantar siquiera las manos.

Sabía que Carceret me aventajaba mucho como luchadora. Eso significaba que mi única esperanza era sacar partido de sus exaltadas emociones. Si conseguía enfurecerla, quizá cometiera algún error. Si cometía algún error, quizá pudiera vencerla.

– El primero fue Chael -dije, y le dediqué mi sonrisa más amplia y más bárbara.

Carceret dio medio paso adelante.

– Voy a destrozarte esas bonitas manos -susurró en un atur impecable. Mientras hablaba, estiró un brazo e hizo ademán de agarrarme con saña.

Estaba intentando asustarme, hacerme retroceder y perder el equilibrio. Y sinceramente, el veneno de su voz me incitó a hacer precisamente eso.

Pero estaba preparado. Resistí mi reflejo de dar un paso atrás. Y al hacerlo, me quedé quieto un momento, sin avanzar ni retirarme.

Evidentemente, eso era lo que Carceret esperaba en realidad: un momento de vacilación por mi parte, al contener el impulso de huir. Con un solo paso, se me acercó y me agarró por la muñeca con una mano dura como una abrazadera de hierro.

Sin pensar, hice aquella extraña versión a dos manos de Romper León que me había enseñado Celean. Era un movimiento perfecto para una niña pequeña que peleara contra un adulto, o para un músico en desventaja que tratara de escapar de un mercenario Adem.

Recuperé el control de mi mano, y aquel movimiento tan poco ortodoxo sorprendió ligeramente a Carceret. Me aproveché y arremetí rápidamente contra ella con Sembrar Cebada, y mis nudillos golpearon con fuerza la parte interna de su bíceps.

No imprimí mucha fuerza al puñetazo; estábamos demasiado cerca para eso. Pero si conseguía golpear adecuadamente en el nervio, el golpe le dejaría la mano dormida. Con eso, no solo se le debilitaría el lado izquierdo del cuerpo, sino que dificultaría todos sus movimientos a dos manos del Ketan. Era una ventaja considerable.

Como todavía estaba muy cerca de Carceret, después de Sembrar Cebada me apresuré a hacer Rueda de Molino y le di un breve pero firme empujón con objeto de hacerle perder el equilibrio. Conseguí ponerle ambas manos encima, y hasta le hice retroceder quizá diez centímetros, pero Carceret mantuvo el equilibrio sin dificultad.

Entonces le vi los ojos. Cuando habíamos empezado a pelear, me había parecido que estaba enfadada, pero eso no era nada con cómo estaba ahora. Había conseguido golpearla, y no una sola vez, sino dos. Un bárbaro con menos de dos meses de instrucción la había golpeado dos veces ante toda la escuela.

No puedo describir la expresión de Carceret. Y aunque pudiera, no conseguiría transmitir la realidad, pues su cara era casi absolutamente inexpresiva. Pero os aseguro una cosa: jamás había visto a nadie tan furioso. Ni a Ambrose. Ni a Hemme. Ni a Denna cuando critiqué su canción, ni al maer cuando lo desafié. Esas iras eran pálidas velas comparadas con la fragua que ardía en los ojos de Carceret.

Sin embargo, incluso en pleno arrebato de ira, Carceret se controlaba a la perfección. No me golpeó a la desesperada, ni me gruñó. Se guardaba las palabras dentro, donde ardían como combustible.

Yo no podía ganar aquella pelea. Pero mis manos se movían automáticamente, adiestradas durante cientos de horas de instrucción para sacar provecho de la proximidad de mi oponente. Di un paso adelante e intenté agarrar a Carceret con Trueno hacia Arriba. Dio sendas sacudidas con las manos y se libró de mi ataque. Entonces me golpeó con Barquero en el Muelle.

Creo que Carceret no esperaba darme. Un contrincante más competente habría esquivado el golpe o lo habría parado. Pero me pilló un poco a contrapié, y por lo tanto en equilibrio precario, y por lo tanto reaccioné despacio, y por lo tanto su pie me dio en el estómago y me empujó.

Barquero en el Muelle no es una patada rápida pensada para romper los huesos. Es una patada que empuja al oponente y le hace perder el equilibrio. Como mi equilibrio ya era precario, lo que hizo fue derribarme. Me caí de espaldas, aparatosamente; rodé sobre mí mismo y me paré en medio de un amasijo de brazos y piernas.

Debió de haber quien pensara que había caído mal y estaba demasiado aturdido para ponerme en pie deprisa y seguir peleando. Otros quizá creyeran que, pese a haber sido una caída aparatosa, no había sido tan dura, y que sin duda había podido levantarme después de caídas peores.

Personalmente, creo que la línea que separa el aturdimiento de una sabia prudencia es a veces muy fina. Y creo que dejaré que decidáis cuán fina vosotros mismos.

Capítulo 127

Ira

¿En qué estabas pensando? -me preguntó Tempi. Desilusión. Severa reprimenda-. ¿Qué loco deja su espada en el suelo?

– ¡Ella ha tirado la espada primero! -protesté.

– Solo para engañarte -repuso Tempi-. Solo era una trampa.

Estaba abrochándome la vaina de Cesura de modo que el puño sobresaliera por encima del hombro. Después del combate no había habido ninguna ceremonia especial. Magwyn se había limitado a devolverme la espada y me había sonreído al mismo tiempo que me daba unas palmaditas en la mano para reconfortarme.

Miré a la multitud, que poco a poco se dispersaba, y le hice el signo de educada incredulidad a Tempi.

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