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Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
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Tenían toda la pinta de ser rumores que pasaba de boca en boca, de una aldeana charlatana a otra, hasta llegar a oídos de los informadores de Elayne.

Mat terminó de leer la hoja y luego, sin pensar en ello, se dio cuenta de que había sacado la carta de Verin del bolsillo. La carta, aún lacrada, estaba cada vez más arrugada y sucia, pero no la había abierto. Resistirse a la tentación de abrirla le parecía que era lo más difícil que había hecho jamás.

—Vaya, qué estampa tan extraña —dijo una voz de mujer.

Mat levantó la vista y vio que Setalle se dirigía hacia él. Llevaba un vestido marrón con lazadas a través del generoso busto. Pero él no se lo miró ni una sola vez, qué va.

—¿Os gusta mi cubil? —preguntó Mat.

Dejó a un lado la carta y puso el último informe de los espías encima de uno de los montones, al lado de una serie de bocetos para un nuevo tipo de ballesta que había estado dibujando basándose en las que había comprado Talmanes. El viento amagó con hacer volar los papeles y, como no tenía más piedras para ese montón, se quitó una de las botas y la puso encima.

—¿Vuestro cubil? —respondió Setalle con un dejo divertido.

—Por supuesto —contestó Mat, rascándose la planta del pie por encima del calcetín—. Si deseáis reuniros conmigo, tendréis que acordar una cita con mi mayordomo.

—¿Mayordomo?

—Sí, ese tocón que hay ahí. —Mat señaló con la cabeza—. El pequeño no. El grande, al que le crece musgo encima.

La mujer enarcó una ceja.

—Es bastante competente —añadió Mat—. Casi nunca deja pasar a nadie a quien yo no quiera ver.

—Sois un personaje interesante, Matrim Cauthon —dijo Setalle al tiempo que se sentaba sobre el tocón más grande.

Su vestido era de corte ebudariano: la falda recogida a un lado con puntadas para mostrar unas enaguas de colores tan vivos que hasta asustarían a un gitano.

—¿Queríais algo en concreto? —preguntó Mat—. ¿O sólo os habéis dejado caer por aquí para sentaros en la cabeza de mi mayordomo?

—He oído que hoy habéis ido de nuevo a palacio. ¿Es verdad que conocéis a la reina?

Mat se encogió de hombros.

—Elayne es una chica bastante bonita. Sí que lo es, de eso no hay duda.

—Ya no me escandalizáis, Matrim Cauthon —apuntó Setalle—. Me he dado cuenta de que buscáis provocar esa reacción con las cosas que decís.

¿Sería cierto?

—Digo lo que pienso, señora Anan. ¿Por qué os interesa si conozco a la reina o no?

—Sería una pieza más del rompecabezas que sois —respondió Setalle—. Hoy recibí una carta de Joline.

—¿Y qué quería de vos?

—No gran cosa. Sólo quería avisar que habían llegado a salvo a Tar Valon.

—Debéis de haber leído mal.

Setalle entrecerró los ojos y le lanzó una mirada de reproche.

—Joline Sedai os respeta, maese Cauthon. Suele hablar bien de vos y de cómo la rescatasteis, y no sólo a ella, sino también a las otras dos. Además, pregunta por vos en la carta.

Mat parpadeó sorprendido.

—¿De verdad? ¿Y dijo ese tipo de cosas?

Setalle asintió.

—Así me abrase —maldijo Mat—. Casi me arrepiento de haberle teñido la boca de azul. Quién habría imaginado que pensaba de ese modo si tenemos en cuenta cómo me trataba.

—Si se le dicen ese tipo de cosas a un hombre, se infla la opinión que tiene de sí mismo. Y, en cuanto a la forma en que os trataba, cualquiera se habría dado cuenta de que os respetaba.

—Esa mujer es una Aes Sedai —murmuró Mat—. Trata a todo el mundo como si fuera poco más que barro pegado a las botas. Barro que hay que quitar para que no las estropee.

Setalle le asestó una mirada feroz. Tenía un aire señorial, en parte por ser abuela, en parte por haber sido una cortesana y en parte por ser una posadera que no toleraba ningún tipo de tonterías.

—Lo siento —se disculpó Mat—. Algunas Aes Sedai no son tan malas como otras. No pretendía ofenderos.

—Tomaré vuestras palabras como un cumplido —aceptó Setalle—. Aunque yo no soy una Aes Sedai.

Mat se encogió de hombros; encontró una bonita y pequeña piedra a sus pies y la utilizó para reemplazar la bota encima del montón de papeles. Las lluvias de los últimos días ya habían pasado y habían dejado un ambiente más fresco.

—Sé que dijisteis que no os dolió pero… —empezó Mat—, ¿qué se siente al perder eso?

La mujer frunció los labios.

—¿Cuál es la comida más deliciosa que habéis probado, maese Cauthon? Lo que comeríais por encima de cualquier otra cosa.

—Las tartas de mi madre —respondió de inmediato Mat.

—Bueno, pues, es algo así —dijo Setalle—. Es saber que solíais disfrutar de esas tartas todos los días y que ahora ya no las habrá para vos. Vuestros amigos pueden comer tantas como quieran. Os duele y los envidiáis pero, a la vez, estáis contento. Al menos alguien puede disfrutar de lo que vos no podéis.

Mat asintió despacio con la cabeza.

—¿Por qué odiáis tanto a las Aes Sedai, maese Cauthon? —le preguntó la mujer.

—No las odio —contestó Mat—. Así me abrase, pero no las odio. No obstante, a veces parece imposible que un hombre haga dos cosas sin que una mujer quiera que haga una de ellas de forma diferente, y que se olvide por completo de la otra.

—Nadie os obliga a acatar sus consejos, e incluso os aseguro que la mayoría de las veces vos mismo admitiríais que es una buena recomendación.

Mat se encogió de hombros otra vez.

—A veces un hombre sólo quiere hacer lo que quiere sin que nadie le diga por qué está mal hacerlo o cuál es su problema. Nada más.

—¿Y eso tampoco tiene nada que ver con vuestro… peculiar punto de vista respecto a los nobles? A fin de cuentas, la mayoría de las Aes Sedai se desenvuelven como si lo fueran.

—No tengo nada en contra de los nobles. —Mat le dio unos tirones a la chaqueta para ponérsela bien—. Lo que pasa es que no me gusta ser uno de ellos.

—¿Y a qué se debe ese rechazo?

Mat se quedó pensativo durante un momento. ¿A qué se debía? Se miró el pie descalzo y se puso la bota.

—Por las botas.

—¿Las botas? —inquirió Setalle, desconcertada.

—Sí, las botas —repitió Mat, asintiendo con la cabeza a la par que se ataba los cordones—. Todo se resume en las botas.

—Pero…

Mat tiró de los cordones para apretarlos y continuó:

—Veréis, un gran número de hombres no tiene que preguntarse qué botas se va a poner. Son los hombres más pobres que hay. Si le preguntáis a uno de esos: «Eh, Mop, ¿qué botas vas a llevar hoy?»; su respuesta es sencilla: «Bueno, Mat, sólo tengo un par, así que supongo que será ése». —Mat vaciló un momento antes de seguir—. Bueno, imagino que eso no os lo dirían a vos, ya que no sois yo y todo eso. Ya sabéis, que no os llamarían Mat.

—Comprendo —respondió Setalle, de nuevo con un dejo divertido.

—Bueno, es igual. A lo que iba. Para la gente que tiene un poco de dinero, la pregunta sobre qué botas llevará se vuelve un poco más complicada. Veréis, la gente normal, hombres como yo… —Mat miró a la mujer—. Porque yo soy un hombre de tipo medio, no os confundáis.

—Por supuesto que lo sois.

—Claro que sí, puñetas —dijo Mat que terminó de atarse la bota y se sentó derecho—. Un hombre de tipo medio puede que tenga tres pares de botas. El tercer mejor par lo utiliza para cuando trabaja en algo desagradable. A lo mejor le rozan un poco después de dar unos cuantos pasos, o quizá tienen algún agujero, pero todavía le sirven para ir de aquí para allá. Y no le importa si se pringan de estiércol cuando anda por el establo.

—Sí, entiendo.

—Luego viene el segundo mejor par de botas —continuó Mat—. Ésas son las de todos los días. Las que uno lleva cuando va a cenar con los vecinos. En mi caso, son las botas con las que entraría en batalla. Son unas buenas botas con las que se camina seguro y no importa que la gente lo vea cuando las lleva puestas ni nada por el estilo.

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