Crónica del rey pasmado
- Автор: Ballester Gonzalo Torrente
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Crónica del rey pasmado». Краткое содержание книги:
El revuelo que ello provoca en Palacio no es poco, aun siendo la reina quién es, o lo que es lo mismo, su propia esposa, pues que los reyes en su lecho quieran verse desnudos, o en pelota picada, no es que no sea asunto privado, es que no lo es, y además, es asunto de Estado.
El reino entero se pone en vilo y el Santo Tribunal de la Santa Inquisición convoca urgente reunión para decidir qué es lo que se debe hacer al respecto, si permitir que semejante disparate (pecado mortal) se lleve a cabo o no, pues sabido es por todos que los pecados del rey los paga el pueblo entero y teniendo en cuenta los avatares históricos que por el momento azuzan España, a saber, el posible desembarco de oro en Cádiz para pagar deudas con los genoveses y la inminente batalla en Flandes que hace peligrar la supremacía del reino español en el mundo… digamos que el horno no estaba para magdalenas.
El suceso es digno de ser recordado, para tal efecto se escribe la crónica de todo cuanto sucede aquellos días en Palacio y en la Corte, sin pasar por alto ni el más mínimo detalle ni cuanto personaje aporte, aun siendo poco, vida a esta historia.
Delirante trama que Torrente Ballester nos regala en esta?Crónica del rey pasmado?, tan ingeniosa y divertida que dos años más tarde de ser publicado el libro, en 1991, el cineasta Imanol Uribe decide llevarla a la gran pantalla.
Un libro divertido, asombroso, descripción tremenda de aquella España del siglo XVII, España de Inquisiciones, comedias, glorias, poetas, de moralistas de medio pelo y fanáticos de tres al cuarto.
– ¿Para qué, si no, han venido Vuestras Majestades a este lugar tan incómodo? ¿Y no era eso lo que Vuestra Majestad pretendía?
– Lo sabe demasiada gente.
– Lo sabe todo el mundo, hasta yo.
Marfisa no se había movido y mantenía la cabeza baja.
– Me gustaría saber cuándo hablas por ti misma y cuándo dices lo que te ordenaron.
– Van mezclados, señor, los dictados.
– ¿Puedo verte la cara?
– Lo prohíbe la regla.
– Pero yo soy el Rey.
– Sí, Majestad, pero la regla es cosa de Dios.
El Rey apartó la mano que encaminaba al velo.
– Eso dicen… -Volvió a escuchar, el Rey, a través de la puerta-. Ya debe de haber terminado, ¿no crees?
– En ese caso, señor, va mi último consejo: sea cariñoso y lento, y no olvide que quien le acompaña en el lecho es un ser de carne y hueso, pero, sobre todo, de carne.
– ¿Y quién te dijo esas cosas?
– Un pajarito, Majestad.
Marfisa empujó al Rey suavemente hacia la puerta.
– Dé tres golpes con los nudillos. Le abrirán… Que haya suerte.
Se apartó y corrió por el claustro hasta perderse. El Rey la vio marchar, y juraría haber descubierto, entre el vuelo de la falda, unos zapatos de hebilla y unas medias granate, y sólo después de que ella hubo desaparecido, llamó a la puerta de la celda.
– Entra.
9.Dieron las doce en algún reloj cercano. El padre Almeida atravesó la puerta del palacio de la Santa. «Su Excelencia le espera», le dijo el portero al abrirle. Recorrió pasillos y claustros con la teja en la mano. El fámulo que le precedía se detuvo. «Es aquí», y abrió sin llamar. El padre Almeida se halló en una antesala donde dos criados que esperaban se pusieron de pie.
– Por aquí, padre, haga Su Merced el favor.
Atravesó la puerta. El Gran Inquisidor le esperaba ante su ración de clarete frío, mediada ya la copa etrusca.
– Es usted puntual, padre.
– Su Excelencia me dijo que a las doce.
– Y las doce son. Venga conmigo.
Lo llevó a una habitación vecina, donde la mesa se había puesto como para la comida de dos Reyes; tales eran los relumbres del cristal y de la plata: por el zócalo de Talavera corrían monstruos azules sobre fondo amarillo, dragones de lengua florida y colas arbóreas, enlazadas unas a otras en una repetición avocada a lo infinito. El Gran Inquisidor señaló al jesuita un asiento.
– Obedezco, Excelencia -y se sentó.
El Gran Inquisidor lo hizo inmediatamente después.
– ¡Vaya tiempo que se nos ha echado encima!
– Sí, Excelencia. Tenemos ya ahí el invierno.
– Y Su Paternidad, ¿cuándo piensa marcharse?
– Mejor hoy que mañana.
– Va a encontrarse las lluvias, nada más pasado el Pirineo.
– También cuento con la nieve.
– ¿Y el peligro?
– Ése, Excelencia, es el compañero de mi misión.
– Sin embargo, en algún lugar se encontraría usted a cubierto. ¿Qué le parece Roma?
– No me atrae. Prefiero las brumas y los peligros de Londres.
– Aquí no hay brumas, pero, peligros, no faltan.
– Ya lo sé.
El Gran Inquisidor hizo una seña al criado que esperaba, y en seguida trajeron una sopera humeante, repleta de olorosa menestra.
Uno y otro se sirvieron comedidamente.
– ¿No es poca esa comida, para un cuerpo tan joven?
– Mi cuerpo está disciplinado, aunque no lo suficiente.
– ¿Le quedan, por ventura, algunos de esos deseos que atormentan a los eclesiásticos jóvenes, y que tanto dan que hacer a los que tenemos mando?
– Me quedan, Excelencia, conatos de violencia, ganas de desbaratarlo todo a trastazos cuando veo una injusticia.
– Mala cosa ésa, puede creerme. La señal indudable de que se ha alcanzado la debida madurez es la comprensión de que siempre habrá injusticias y violencias.
– Pero no siempre las mismas.
– En eso tiene razón.
El Gran Inquisidor comenzó a comer, el jesuita le siguió, lo hicieron en silencio y rápidamente. Habían pasado sólo unos minutos cuando el criado retiró los platos y puso otros limpios, de la misma finura, de la misma elegancia. El jesuita miró el suyo y lo remiró.
– No son portugueses, padre. Bien sé que en Portugal fabrican unas lindas vajillas, pero esta en que comemos la heredé de mi antecesor, cuyo refinamiento iba por otros rumbos.
Había vuelto el criado con la fuente de la carne. Se acercó al Gran Inquisidor, pero éste le indicó que sirviera primero al jesuita.
El padre Almeida lo hizo con discreción, ni poco ni demasiado.
– Es el lomo de cerdo prometido, padre.
– ¡Y qué bien huele!
Esperó a que el prelado se sirviese y empezase a comerlo. Lo hizo también, con calma, recreándose en los bocados.
– Está bueno, ¿verdad?
– Sí, Excelencia. Está realmente bueno. Compadezco a los judíos, que lo tienen prohibido.
– Pero, si son conversos…
– Incluso a los conversos, Excelencia, les da cierto repeluz.
A él, evidentemente, no se lo daba. El vino era del mismo clarete frío al que el Gran Inquisidor era tan aficionado: lo bebía en su copa etrusca, pero la del padre Almeida no le bajaba en méritos, aunque fuese moderna. Y al vino no le hacía ascos el jesuita.
Pusieron de postre un plato de naranjas recientes y algunas frutas más de temporada. El padre Almeida prefirió melón. Y cuando terminaron, el Gran Inquisidor señaló un asiento en la mesa camilla, en la que había apercibidas copas de licor y dos o tres botellas: aguardiente de Chinchón, un orujo andaluz y una botella de Oporto dulce. Fue de ella de la que bebió el Gran Inquisidor. El jesuita se sirvió del orujo, y, mientras bebían, hablaban de naderías, y el jesuita esperaba que todas aquellas frivolidades acabasen de una vez, y que surgiera la conversación seria. Y ésta fue inevitable cuando el prelado, despachado ya el Oporto, sacó del pecho un papel doblado.
– Eche un vistazo a eso, padre.
Desplegado, el padre Almeida pudo leer un largo requilorio en el que varios frailes, encabezados por el padre Villaescusa, pedían la detención del padre Almeida y su sumisión a un largo interrogatorio encomendado a peritos, en el que fuese examinado de doctrina. Leído el papel, lo plegó y se lo devolvió al prelado.
– ¿Qué le parece, padre?
– Después de lo de ayer, no me sorprende.
– No sé si habrá leído usted que también piden la celebración urgente de un gran auto de fe, en que se quemen sin dilación todos los judaizantes, moriscos, herejes y brujos que puedan hallarse a mano.
– Sí, es la segunda parte del escrito.
– ¿Y usted qué opina?
– Yo soy contrario a esas luminarias.
– Yo, también; pero a la gente de este país, o, al menos de este pueblo, le gusta el olor a chamusquina. No sé si incluso lo prefieren a la lidia de toros bravos.
– Yo no conozco a este pueblo… Soy un súbdito del rey de Portugal que ha vivido muchos años en Brasil. Allí no quemábamos a nadie, ni a nadie se le ocurría que se pudiera quemar a un semejante.
– Son tierras nuevas aquéllas, padre; allí está naciendo otro mundo, que, a lo mejor, llega a valer más que éste. Pero el caso es que esa docena y media de distinguidos teólogos me piden su detención y una fiesta de fuego. Tengo que detenerle a usted. Para lo de la quema hay que contar con el brazo secular, porque, como usted debe saber, nosotros no quemamos.
– Sí, ya lo sé. Los teólogos han inventado un subterfugio irreprochable. Ellos no queman, queman los verdugos del Estado.
– ¿Y a usted le parece mal?
– A mí no se me oculta, como a Vuestra Excelencia, quiénes son los responsables. ¿Qué más da quién enciende la pira?
– ¿Lo encuentra injusto?
– Lo encuentro criminal.
– A usted no se le oculta que la justicia y el crimen obedecen a criterios humanos.
El jesuita no respondió. El Gran Inquisidor medió la copa de Oporto, bebió un sorbo y lo paladeó. Creyó oír que el jesuita, en voz baja, recitaba: «Buscad el Reino de Dios y Su Justicia, y lo demás se os dará de añadidura.» Dejó la copa en la mesa y miró fijamente a su invitado.
– Debe usted saber, padre, porque le conviene, que lo que aquí se busca es precisamente la añadidura.
– Ya lo voy comprendiendo.
Hubo una pausa. El jesuita temió que después de ella, el prelado lo despidiese, acaso con el pretexto de una siesta, excelente representación de la añadidura en aquel preciso momento. Por eso se apresuró a decir:
– Antes de retirarme, y por si Vuestra Excelencia no tiene ocasión de volverme a oír, quisiera hacerle una confesión.
– Me parece bien, padre, pero tenga en cuenta que, hasta las tres de la tarde, no escribiré la orden de detención. Como las cosas van tan despacio, no creo que mis esbirros lleguen al convento de la Compañía antes de las cuatro. La calle de Toledo queda lejos.
– Aunque así sea, y le agradezco la advertencia, necesito que usted sepa que, a estas horas, el Rey y la Reina, Nuestros Señores, se encuentran juntos y sin vigilancia en un lugar de la corte. Espero que por fin se hayan visto desnudos.
– ¿Y cuál es el lugar de esas tan deseadas nupcias?
– Una celda del monasterio de San Plácido.
El Gran Inquisidor meneó la cabeza.