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Электронная книга - «El Cielo De Los Leones». Краткое содержание книги:

Hay en este libro el deseo repetido de contar el mundo para bendecirlo. Todo lo que sucede alrededor de quien lo escribe la sorprende y abisma en un canto que no transige con la desdicha como algo insondable. Andar en la vida es irse de parranda en busca de sus mejores instantes y de cada instante como el atisbo de un milagro. Extra?a correspondencia la que existe entre los deseos y la seducci?n, entre lo inveros?mil y catedral, entre la riqueza y la casualidad, ente el mar y los volcanes, entre la valent?a y el desafuero, entre las aventuras y la ventura. Cada uno de los textos que re?ne este libro acude en busca de semejante correspondencia, y la encuentra como parte de un ensalmo tenaz a cuyo encanto se rinde. La evocaci?n y los sue?os son del culto preciso y continuo que cruza estas p?ginas, cuyo empe?o es persuadirnos de cu?n prodigiosa y arrebatada es la vida, de cu?ntos motivos diarios tiene para hacer que la veneremos. La autora de este libro cree en el sensato h?bito de la locura, en el desaf?o diario que es mirar a otros vivir como quien delira: cielo hay para todos, dice, hasta para los leones debe haber un cielo. Por eso nos atrapa la seducci?n. ?Qu? es la bendita seducci?n, sino el sue?o de que hay tal cosa como el cielo?
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La dejamos llorar varios días. Desde el amanecer y hasta la noche. Una semana detrás de la otra hasta que estuvo perfectamente claro que Juan no pensaba volver y que todo aquel llanto era por eso.

"Me quería llevar nomás así -dijo por fin Márgara una mañana-. Sin casamiento, sin iglesia, sin ley y sin nada. Nomás así."

Mi madre dijo y pensó que Márgara había hecho bien en no aceptar. Tras ella, a todo el mundo le pareció correcto y encomiable el valor con que Márgara se había negado a irse con Juan "nomás así". Enamorada desde los pies hasta la frente clara, desde el delantal hasta las trenzas brillantes y los labios incendiados, no quiso irse con él. Sujeto su corazón y sus deseos a la ciega obediencia de unas leyes cuyo respeto le hubiera parecido la prueba más palpable (¿la única prueba?) de que tanto abrazarla y tan intenso besarla quería decir que sólo a ella quería Juan y sólo en ella pensaba mirarse el resto de la vida.

No quiso irse con él, se sintió traicionada cuando lo oyó decir que no se casarían, que con arrejuntarse estaba bien, que con qué dinero tanta fiesta, que para qué un jolgorio entre ellos que no fuera la prolongación de ese que ya traían de tanto tiempo.

Nada jamás le devolvió a Márgara ni el aire ni las luces con que había ido por la vida. Se volvió ensimismada y brusca. Trabajaba con la misma eficacia, pero sin entusiasmo. Iba al pan como autómata. Una tarde, mi hermano menor se le escapó ya desvestido frente a la tina en que lo bañaría y corrió huyendo del agua y quizás de la pena que la embargaba. Cuando ella volvió en sí alcanzó la desnudez del niño en mitad de la calle, para escándalo y comidilla del vecindario. Márgara ya no era Márgara, por más que se empeñó en disimularlo, en no mentar a Juan ni para maldecirlo, en reírse más fuerte que nunca, en cantar alto "Diciembre me gustó pa'que te vayas", cada vez que una Navidad se cerraba de nuevo sobre su desesperanza.

Todavía años después, recuerdo que una tarde volví a verla llorar mientras trapeaba la cocina.

Pasó el tiempo. Yo cumplí los dieciséis que ella tenía cuando llegó, y cumplí dos más, y cuando yo tenía dieciocho y ella casi veintisiete, al volver de una de aquellas tardes que mi amiga de siempre y yo gastábamos soñando con encontrar un alma como la nuestra, la vi dentro de un taxi estacionado a unas dos cuadras de mi casa, besándose como un remolino con un hombre que yo encontré gordo, viejo y feo.

Márgara la del recuerdo incólume, besándose con un espanto de señor, cuyo único mérito era tener un taxi. Márgara entrando a las diez de la noche retobona y escurridiza. Márgara entre enojada y desafiante yéndose de buenas a primeras, así sin más, con un hombre que encima de feo resultó casado. ¿Quién me lo iba a decir? Y todo eso regida por la única ley que acató tras perder a Juan. La más cruel, endemoniada y duradera de las leyes: la ley del desencanto.

No he podido nunca recordarla sin un dejo de tristeza y agradecimiento. Pensando en la sonrisa que se dejó una noche entre el árbol y la puerta de mi casa, me hice de la certeza, quizás tardía, pero crucial, de que hay que irse nomás así, desde la primera vez y siempre que la vida nos lo proponga. Porque no hay ley, ni mandamiento que valga el abandono de un deseo como aquel.

UNA PASIÓN ASOMBRADA

Cuando conocí a Edith Wharton, supe que había encontrado una amiga de índole intensa y vocación insaciable, como es insaciable el afán de absoluto. Por eso me alegró tanto conocerla. A Edith Wharton me la presentó, con su generosidad de siempre, Antonio Hass.

Yo no la conocía antes de mil novecientos ochenta y seis. Mi descubrimiento de la más reciente escritura en español me entretuvo buena parte de la primera juventud. Pero esto último no debería decirlo ahora si quiero aprender alguna vez a seguir uno de los muchos buenos consejos que he recibido de Edith Wharton: uno puede hacer en la vida lo que quiera, siempre y cuando no intente justificarlo. Entonces diré sólo que lamento haber tardado en conocer a esta amiga cercanísima a pesar de que nació en el remoto mil ochocientos sesenta y dos, en Nueva York, y murió en mil novecientos treinta y ocho, doce años antes de que yo naciera.

Nunca pude abrazarla y, sin embargo, ella me abraza a cada tanto. A veces de repente, en mitad de una calle cualquiera, mientras ando perdida entre las casas del viejo Nueva York o me entretengo mirando cómo se mueven las dóciles hojas de un árbol que señorea en Central Park, como debió señorear la abuela Mingott en su inmensa y extravagante mansión en mitad del ningún lado que era entonces aquel rumbo. Edith Wharton también me abraza cuando se lo pido. Y se lo pido con frecuencia. Siempre que enfrento de cerca o de lejos la pesadumbre de un amor imposible, la terquedad de unas costumbres aún necias, mi urgencia de ironizar al verlas, la esperanza y la curiosidad por un mundo que siempre nos da sorpresas y mil veces nos deslumbra con lo inesperado.

Amores imposibles. Los de Edith Wharton: todos. El de Ethan Frome por la mujer encendida y jubilosa que irrumpió en su vivir de tedio, el de Charity Royal por un hombre elegante y olvidadizo que representaba y le dio por unos meses, para luego quitárselo de pronto, todo lo que ella no podría tener y todo lo que le hubiera gustado ser, el de Susana Lansing por un sueño, el de la hermosa y ávida joven que vivió su primera vida en La casa de los mirtos, en medio de unas parientes al final idiotas y crueles como era previsible que lo fueran, y murió ambicionando que el mundo resultara menos estrecho y que ella pudiera ser más apta, libre y rica o menos equívoca y más valiente de lo que pudo ser. No se diga la pasión entre el conservador y trémulo Newland Archer y el aplomo, la belleza, la inteligencia estremecida y bravía de Ellen, la condesa Olenska, para su casi perfecta desdicha.

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