Leyendas de Guatemala
- Автор: Asturias Miguel Angel
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Leyendas de Guatemala». Краткое содержание книги:
CHINCHIBIRÍN. ¡Upa!
GUACAMAYO. Hipa! (No llegan a subir a los árboles.)
HUVARAVIX. (Invisible.) Yo, Huvaravix, Maestro de los Cantos de Vigilia, haré regresar a los pastores que llevan los sombreros hasta las orejas, sombreros de madera en los que han ordeñado la leche de sus cabras, olorosos por dentro a leche y pelo; que calzan lodos viejísimos en las uñas que son como cucharas de comer tierra; y de calzones remendados con verdaderos trozos de paisaje, tan variado en su color y su forma. Este parece que lleva una nube en las nalgas; aquél, una mariposa en la pierna; es otro una flor extraña en la espalda. La Abuela de los Remiendos pinta paisajes en la Ropa…
CHINCHIBIRÍN. ¡Maestro de los Cantos de Vigilia haz regresar a tus pastores, porque mi flecha está que la punta se le quema por saborear la sangre de todos los colores del corazón de este farsante!
GUACAMAYO. Hazlo regresar, pero consúltale, por qué los pastores tienen buenos remedios contra el dolor de dientes, bien que mis dientes ya no sean dientes, sino los maíces que aquellos malditos hijos brujos me pusieron en lugar de mis preciosos huesos bucales.
RALABAL. (Invisible.) Ya se detienen, se vuelven, no les convino este sendero, gracias a ti, Huvaravix, y ahora echemos tierra a nuestros pies siquiera un momento, para seguir la disputa de Gran Saliva y Chinchibirín.
HUVARAVIX. (Invisible.) Yo le daría a Gran Saliva de Espejo, el remedio que usan los pastores para el dolor de muelas, cuando en el destemplado amanecer sienten que les pica y arde en la boca el maíz podrido, y no pueden escupirlo. Yo, Maestro de los Cantos de Vigilia, sé que es un dolor desconsolado.
RALABAL. (Invisible.) Yo, Ralabal, yo, yoo, yooo… traigo el remedio y me haré visible para dárselo a Saliva de Espejo… Es un dolor desconsolado… (Ya visible.) Toma de este guacal de festines lo que necesites para que alivies tu dolor. Has mascado tanta mentira…
GUACAMAYO. ¡Cuác, cuác, cuác!… ¡Cuác, cuác, cuác!… (Después de meter el pico en el guacal de festines y apurar el remedio a grandes tragos.) ¿Dónde estamos?… Se me ha quitado el dolor, eres un encanto, Ralabal… Cuando uno se alivia de un dolor tan fuerte como el que yo tenía, se me alivió como quitado con la mano, se siente en otro mundo y por eso he preguntado ¿dónde estamos? ¿en qué país estoy? Me detestaba con el dolor y ahora, sin el dolor, vuelvo a quererme.
HUVARAVIX. (Invisible.) Ralabal te ha servido el remedio que cura el dolor y pone el corazón de fiesta. Sólo cuando uno está contento cae bien la flecha de la muerte. El que muere alegre, no muere. Yo, si tuviera que morir, le pediría a Ralabal de su guacal de festines.
CHINCHIBIRÍN. Pero vamos, acucuác, quiero ganarte la partida ahora que estás en el guacal de los festines…
GUACAMAYO. (Carcajada tras carcajada.) Cuác, cuíc, cuác, cuíc, cuíc, cuác, cuác, acuacuíc, acucuác, cuicuacuác!
CHINCHIBIRÍN. Sí te gano la partida, mi flecha te dará muerte y antes de que te enfríes por completo, te tomaré como un penacho de plumas de colores para sacudir el polvo de tus palabras engañadoras de los ríos y los lagos que ya no se ven datos como antes.
HUVARAVIX. (Invisible.) Soy todo oídos. Cada una de las hojas de estos árboles es una oreja mía. No perderé una sola palabra.
RALABAL. Ya sabíamos que el Maestra de los Cantos de Vigilia tiene las orejas verdes. Es el pastor de las orejas verdes.
CHINCHIBIRÍN. Dices, acucuác, que el Sol llega hasta el ojo del colibrí blanco y de allí regresa a su punto de partida. Si eso fuera cierto, cómo explicas que mis ojos lo ven caer, no en el lugar donde salió, sino en el sitio más opuesto.
GUACAMAYO. Lo digo y lo sostengo. El Sol sólo llega al ojo del colibrí blanco y de allí regresa. El otro medio arco, el de la tarde, es sólo una ficción en su carrera luminosa (afirmativo, y ronco), es sólo una ficción, acucuác…
HUVARAVIX. (Invisible.) Voy a buscar a la Abuela de los Remiendos, ella traerá hilo y aguja para coser en mis oídos lo que oigo.
RALABAL. Callemos nosotros, ellos que hablen…
CHINCHIBIRÍN, (Con voz tajante.) ¡Lo que se ve se ve y no es una ficción! Yo veo ocultarse el Sol, después de trazar el arco en el Palacio de los Tres Colores, no por donde aparece, y lo que se ve se ve…
GUACAMAYO. ¡Juguemos con las palabras!
CHINCHIBIRÍN. ¡No!
GUACAMAYO. ¿Acuite? Ralabal debía darte del guacal de los festines. El ojo del colibrí blanco es el diente de maíz del Sol.
CHINCHIBIRÍN. Y vas a decir que le duele… que por eso se regresa… que porque le duele un diente no sigue sobre el arco en el camino de la tarde, sino vuelve por el camino de la mañana, baja por donde ha subido.
GUACAMAYO. La tarde es una ficción…
CHINCHIBIRÍN. Ya te veo acorralado. Si el Sol vuelve a su punto de partida, acucuác, quién es el que celebra sus bodas en la noche. La noche se hizo para la mujer. Los senos de las mujeres son como los nidos de los pájaros. A quién le cambian las vestiduras de la tarde por traje y tónica de tiniebla y las sortijas de rubíes por sortijas de piedra de tinieblas. Son tus palabras. Te he dado el juego de palabras para vencerte con tus armas. Y la doncella que es su esposa hasta la aurora…
GUACAMAYO. Se han ido nuestros padrinos. Huvaravix no se oye que esté.
RALABAL. Yo no me he ido, pero no estoy aquí…
GUACAMAYO. Oye, Chinchibirín, la explicación, y guárdala como si la Abuela de los Remiendos hubiera traído la espina y su saliva en forma de hilo de cabello, para pegar estos remiendos a tus creencias.
CHINCHIBIRÍN. ¡Oigo, quiero oírte, eres el Gran Saliva de Espejo Engañador!
GUACAMAYO. (Solemne.) Sale el Sol, llega al ojo del colibrí blanco en la mitad del cielo y de allí regresa, reflejándose en la otra mitad del cielo que es un gran espejo, y por eso me llaman a mí Gran Saliva de Espejo Engañador. Somos los Salivas los que creamos el mundo y si la noche se hizo para la mujer, es sólo una ficción. El Sol no llega a la noche, en persona. Llega su imagen en el espejo. La mujer no recibe más que la ficción de las cosas, Cuculcán no yace con la doncella escogida para su esposa; es su imagen reflejada en el espejo lo que la esposa ama.
CHINCHIBIRÍN. ¡Siempre has de jugar con las palabras! La piedra de mi honda servirá para hacer pedazos ese espejo y que sea Cuculcán, el señor, el Gran Señor, mi Gran Señor, quien ame a la que, por fin, no sea sólo esposa suya hasta la aurora.
GUACAMAYO. (Sorprendido.) ¡Chinchibirín, acuác, Chinchibirín, mátame, pero no uses las hondas, en tu arco está la flecha!
CHINCHIBIRÍN. (Apuntando.) ¡La flecha roja!
GUACAMAYO. ¡No, la flecha que recogiste en el Lugar de la Abundancia!
CHINCHIBIRÍN. (Sorprendido en su secreta.) ¿La flecha amarilla?
GUACAMAYO. ¡Cuác, cuando la recogiste no era flecha!
CHINCHIBIRÍN. Era Flor Amarilla… Yaí…
GUACAMAYO. ¡Flor Amarilla está ofrecida a Cuculcán! ¡Será su esposa hasta la aurora!
CHINCHIBIRÍN. (Aprieta los dientes, retrocede paso a paso, con una mano en la cara y la otra suelta a su propio peso y colgando de ella, de ella, de sus dedos, como algo inútil, el arco y la flecha roja.) ¡YAÍ, flecha amarilla… fle… cha… mi… flecha mía… YAÍ… YAÍ!…
GUACAMAYO. ¡Tú, el arquero! ¡Tú, el arquero! ¡Yaí, la flecha! ¡Yaí, la flecha! Y yo, el arcoiris… cuác cuác cuác cuác… ¡El destino del Sol está jugado!
Primera Cortina Negra
Cortina negra, color de la noche, magia del color negro de la noche. Cuculcán va desvistiéndose. Deja caer la máscara, el carcaj, las calzas y los atavíos rojos. Parecen a sus pies manchas de sangre, salpicaduras de crepúsculo. Manos de mujeres que se agitan con movimiento de llamas, al compás de lejanas melodías de cañas y ocarinas de barro, le visten de negro en medio de una danza de reverencias ligeras. Otras que entran de rodillas, se levantan a pintarle la cara con puntos y líneas, la cara, el pecho, los brazos, las piernas, hasta dejarlo como un bucul tatuado. Y otras de cabellos sueltos, con estrellas en la noche de sus cabelleras, le atavían con brazaletes, sartales y aretes de piedra de tiniebla, calzas de piel oscura y plumajes negros ceñidos a su frente. Cesa la música. Las de los vestidos, las de los atavíos, las de los tatuajes se retiran danzando y pasándose unas a otras las ropas rojas y los rojos objetos que Cuculcán dejó a sus pies. Al desaparecer aquéllas, Cuculcán se tiende junto a la cortina de la noche sobre un lecho de penumbras apaciguadas.