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El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisión de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La única clave de que dispone la policía es la doctora Catherine Cordell, víctima hace dos años de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior frío y elegante, y una bien ganada reputación como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada está a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisión, los detalles de la propia agonía de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persiguiéndola y acercarse cada vez más…
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Brody la miró con una mueca.

– ¿Soy bueno o no?

– Es él -dijo Rizzoli-. Es el Cirujano.

– Volvamos a la mesa de luz -dijo Moore.

Brody retrocedió a la pantalla completa y movió la flecha hacia el rincón inferior.

– ¿Qué quieres ver?

– Tenemos el reloj que nos indica las dos y veinte. Y luego están esos dos libros bajo el reloj. Vean sus lomos. El libro superior refleja la luz.

– Sí.

– Tiene un forro de plástico que lo protege.

– Sí… -dijo Brody, sin entender del todo a dónde apuntaba Moore.

– Amplía el lomo del libro superior -dijo Moore-. Fíjate si se puede leer el título del libro.

Brody apuntó y le dio un clic.

– Parecen dos palabras -dijo Rizzoli-. Veo la palabra «el».

Brody volvió a ampliar acercando el zoom.

– La segunda palabra comienza con una «g» -dijo Moore-. Y vean esto. -Dio unos golpecitos a la pantalla-. ¿Ven ese cuadradito en la base del lomo?

– ¡Ya sé a dónde quieres llegar! -dijo Rizzoli excitada-. El título. Vamos. Necesitamos el maldito título.

Brody apuntó y marcó un clic más.

Moore miró fijamente la pantalla, a la altura de la segunda palabra del lomo. Luego se volvió rápidamente en busca del teléfono.

– ¿Qué me perdí? -preguntó Crowe.

– El título del libro es El gorrión -dijo Moore, marcando el número de la operadora-. Y ese cuadradito en el lomo, apuesto a que es un número de catálogo.

– Es un libro de biblioteca -dijo Rizzoli.

Una voz apareció en la línea.

– Operadora.

– Habla el detective Moore, del Departamento de Policía de Boston. Necesito un contacto de emergencia con la Biblioteca Pública de Boston.

– Jesuítas en el espacio -dijo Frost desde el asiento de atrás-. De eso trata el libro.

Bajaban por la calle Center, Moore al volante, con las sirenas encendidas. Dos patrulleros iban delante de ellos.

– Mi mujer pertenece a un círculo de lectores, ¿saben? -dijo Frost-. Recuerdo que me habló de El gorrión.

– ¿Así que es ciencia ficción? -preguntó Rizzoli.

– No, es una de esas cosas de religión profunda. ¿Cuál es la naturaleza de Dios? Ese tipo de material.

– Entonces no necesito leerlo -dijo Rizzoli-. Conozco todas las respuestas. Soy católica.

Moore vio la calle que cortaba y dijo:

– Estamos cerca.

La dirección que buscaban era en Jamaica Plain, un barrio al oeste de Boston, situado entre Franklin Park y la zona limítrofe de Brookline. El nombre de la mujer era Nina Peyton. Una semana atrás se había llevado un ejemplar de El gorrión de la sede de Jamaica Plain. De todos los socios del área de Boston que habían sacado ejemplares del libro, Nina Peyton había sido la única en no atender el teléfono a las dos de la mañana.

– Aquí estamos -dijo Moore, mientras el patrullero que tenían delante doblaba por la calle Eliot. Lo siguió una cuadra más y frenó tras él.

Las luces del patrullero lanzaban surrealistas relámpagos azules hacia la noche mientras Moore, Rizzoli y Frost se acercaban a la galería principal de la casa. Una luz mortecina resplandecía dentro.

Moore miró a Frost, que asintió y rodeó la casa hasta la puerta trasera.

Rizzoli golpeó la puerta principal mientras gritaba:

– ¡Policía!

Esperaron unos segundos.

Rizzoli volvió a golpear, esta vez más fuerte.

– Señorita Peyton, es la policía. ¡Abra la puerta!

Se produjo otra pausa de tres segundos. De repente la voz de Frost chilló en sus radios.

– Hay un panel de vidrio roto en esta ventana.

Moore y Rizzoli intercambiaron miradas, y sin decir una palabra tomaron la decisión.

Con la culata de su linterna, Moore rompió el panel de vidrio próximo a la puerta principal, metió el brazo dentro y destrabó el pasador de la puerta. Rizzoli fue la primera en entrar en la casa, moviéndose casi a gatas, el arma trazando un arco. Moore iba tras ella, con la adrenalina al máximo mientras registraba una rápida sucesión de imágenes. Piso de madera. Un ropero abierto. Cocina al frente, living a la derecha. Una sola lámpara brillaba sobre una mesita.

– El dormitorio -dijo Rizzoli.

– Vamos.

Llegaron al pasillo, Rizzoli delante, su cabeza moviéndose a izquierda y derecha mientras pasaban por el baño y un cuarto de huéspedes, ambos vacíos. La puerta al final del pasillo estaba apenas entreabierta; no podían ver más allá, en la oscuridad que había detrás.

Con las manos húmedas sosteniendo el arma y el corazón desbocado, Moore se plantó contra la puerta. Le aplicó una ligera patada con el pie.

El olor de la sangre, caliente y espeso, lo cubrió por completo. Encontró el interruptor de la luz y lo encendió. Antes incluso de que la imagen golpeara sus retinas, supo lo que vería. Sin embargo, no estaba totalmente preparado para el horror.

El abdomen de la mujer estaba completamente abierto. Jirones de visceras sobresalían por la incisión, y colgaban como grotescas guirnaldas a un lado de la cama. La sangre brotaba del cuello abierto y se acumulaba en un charco extenso en el piso.

A Moore le llevó una eternidad procesar lo que estaba viendo. Sólo entonces, mientras registraba todos los detalles, comprendió su significado. La sangre, todavía fresca, continuaba derramándose. La ausencia de rociado arterial en la pared. El charco creciente de sangre oscura, casi negra.

De inmediato cruzó el cuarto hacia el cuerpo, pisando con sus zapatos el centro de la sangre.

– ¡Moore! -gritó Rizzoli-. ¡Estás contaminando la escena!

Apretó sus dedos contra el lado intacto del cuello de la víctima.

El cadáver abrió los ojos.

«Dios santo. Está viva».

Ocho

Catherine se incorporó rígidamente en la cama. El corazón le golpeaba el pecho y cada uno de sus nervios estaba electrizado por el temor. Miró en la oscuridad, luchando por aplacar su pánico.

Alguien golpeaba la puerta del cuarto de guardia.

– ¿Doctora Cordell? -Catherine reconoció la voz de una de las enfermeras de emergencias-. ¿Doctora Cordell?

– ¿Sí? -dijo Catherine.

– Tenemos un caso de traumatismo en camino. Pérdida masiva de sangre, heridas en el cuello y el abdomen. Sé que el doctor Ames la cubría esta noche, pero está retrasado. El doctor Kimball podría necesitar su ayuda.

– Dígale que allí estaré. -Catherine encendió el velador y miró el reloj. Eran las tres menos cuarto de la mañana. Había dormido sólo tres horas. El vestido de seda verde seguía doblado sobre la silla. Se veía como algo extraño, de la vida de otra mujer, no de la suya.

El guardapolvos que había utilizado para dormir estaba húmedo de sudor, pero no tenía tiempo para cambiarse. Recogió su pelo enredado en una colita, y se acercó al lavatorio para arrojarse agua fresca en la cara. La mujer que le devolvía la mirada desde el espejo parecía atravesar el estupor que sigue a una explosión. «Concéntrate. Ya es hora de dejar el miedo atrás. Es hora de trabajar». Deslizó sus pies en las zapatillas que había tomado de su casillero del hospital y con un suspiro profundo salió del cuarto de guardia.

– Tiempo estimado de llegada, dos minutos -anunció el empleado de emergencias-. La ambulancia dice que la sistólica bajó a setenta.

– Doctora Cordell, están preparando la sala de Traumatismo Uno.

– ¿A quiénes tenemos en el equipo?

– Al doctor Kimball y dos residentes. Gracias a Dios que estaba aquí. El doctor Ames tuvo un percance con el auto y no puede llegar…

Catherine empujó las puertas de Traumatismo Uno. De un vistazo advirtió que el equipo estaba preparado para lo peor. Tres unidades de lactato de Ringer colgaban de las varas; las sondas intravenosas estaban enrolladas y listas para su aplicación. Un empleado esperaba cerca para llevar las muestras de sangre al laboratorio. Los dos residentes se habían colocado a ambos lados de la mesa, sosteniendo los catéteres intravenosos, y Ken Kimball, el médico de guardia, ya había desgarrado el envoltorio del paquete de laparotomía.

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