Электронная книга - «Entrevista con el vampiro [=Cofesiones de un vampiro / Interview with the Vampire - es]». Краткое содержание книги:
»—Haz lo que te ordena tu naturaleza. Esto sólo es una muestra. Haz lo que te pide tu naturaleza.
»Y el momento desapareció. Me quedé como la muchacha en la sala del hotel, mareado y listo para la menor sugerencia. Asentía con la cabeza a cuanto Lestat me aseguraba.
»—El dolor es terrible para ti —dijo—. Lo sientes como ninguna otra criatura porque eres un vampiro. No quieres que continúe.
»—No —le contesté—, me siento como capturado por él, entrelazado con él y sin peso, atrapado como en una danza.
»—Eso y más. —Su mano apretó la mía—. No lo evites; ven conmigo.
»Me llevó rápidamente por la calle. Dándose vuelta cada vez que yo vacilaba, extendía su mano, con una sonrisa en sus labios, y su presencia era tan maravillosa como en la noche que se me había aparecido en mi vida mortal y me dijo que seríamos vampiros.
»—El mal es un punto de vista —me susurró ahora—. Somos inmortales. Y lo que tenemos ante nosotros son las fiestas suntuosas que la conciencia no puede apreciar y que los seres humanos no pueden conocer sin arrepentirse. Dios asesina y nosotros también; indiscriminadamente. El arrasa a ricos y pobres y nosotros hacemos lo mismo; porque ninguna criatura es igual a nosotros, ninguna tan parecida a Él como nosotros, ángeles oscuros no confiados a los límites hediondos del infierno sino paseando por Su tierra y todos Sus reinos. Esta noche quiero un niño. Yo soy como una madre… ¡Quiero un niño!
»Tendría que haber sabido lo que deseaba. No lo sabía. Me tenía hipnotizado, encantado. Jugaba conmigo como lo había hecho cuando yo era un mortal; me guiaba. Me decía:
»—Tu dolor terminará.
»Habíamos llegado a una calle de ventanas iluminadas. Era un lugar de pensiones de marineros y de portuarios. Entramos por una puerta angosta; y entonces, en el pasillo de piedra en el que podía oír mi propia respiración como el viento, avanzó pegado a la pared hasta que su sombra se superpuso a la sombra de otro hombre, sus cabezas gachas y juntas, sus susurros como el crujido de las hojas secas.
»—¿Qué es?
»Me acerqué a él cuando volvió, temeroso de que la excitación que sentía en mí desapareciese. Y vi nuevamente el paisaje de pesadilla que había visto cuando hablé con Babette; sentí el frío de la soledad, el frío de la culpabilidad.
»—¡Ella está aquí! —dijo él—. La herida. ¡Tu hija!
»—¿De qué hablas? ¿Qué estás diciendo?
»—La has salvado —me susurró—. Yo lo sabía. Dejaste frente a la ventana abierta a ella y a su madre muerta, y la gente que pasaba por la calle la trajo aquí.
»—La niña…, ¡la pequeña! —dije. Pero él ya me llevaba por la puerta hasta el final de la larga hilera de camas de madera, cada una con un niño bajo una angosta sábana blanca; había un candil al fondo de la sala, donde una enfermera estaba inclinada sobre un escritorio. Caminamos por el pasillo entre las hileras.
»—Niños muertos de hambre, huérfanos —dijo Lestat—. Hijos de la plaga y de la fiebre.
»Se detuvo. Yo vi a la pequeña en una cama. Y luego vino el hombre y habló con Lestat; ¡qué cuidado por la pequeña dormida! Alguien lloraba en la habitación. La enfermera se puso de pie y se apresuró.
»Y entonces el médico se agachó y arropó a la niña con la manta. Lestat había sacado dinero del bolsillo y lo puso sobre el pie de la cama. El médico dijo lo contento que estaba por el hecho de que nosotros hubiéramos ido a buscarla. Explicó que la mayoría de ellos eran huérfanos; venían en los barcos; a veces huérfanos demasiado pequeños para decir qué cadáver era el de su madre. Pensaba que Lestat era el padre.
»Y, en unos pocos instantes, Lestat corría por las calles con ella; la blancura de la manta brillaba contra su capa negra; e incluso para mi visión experta, mientras corría detrás de él, a veces parecía como si la manta flotara en medio de la noche sin que nadie la sostuviera, una forma movediza volando en el viento como una hoja vertical y enviada por un pasaje, tratando de encontrar el viento y al mismo tiempo volando.
»Finalmente conseguí alcanzarlo cuando llegamos a las lámparas cerca de la Place d’Armes. La niña descansaba pálida sobre su hombro; sus mejillas aún llenas como cerezas, aunque estaba desangrada y próxima a la muerte. Abrió los ojos, o más bien sus párpados se corrieron hacia atrás, y bajo las largas cejas vi unas rayas blancas.
»—Lestat, ¿qué estás haciendo? ¿A dónde la llevas? —le pregunté.
»Pero yo lo sabía. Se encaminaba al hotel y pretendía llevarla a nuestra habitación.
»Los cadáveres estaban tal cual los habíamos dejado; uno meticulosamente echado en el ataúd como si un sepulturero se hubiera ocupado de la víctima; el otro en la silla, delante de la mesa. Lestat pasó a su lado como si no los viese, mientras que yo los contemplé con fascinación. Todas las velas se habían consumido y la única luz venía de la luna y de la calle. Pude ver su perfil helado y resplandeciente cuando puso a la niña sobre la almohada.
»—Ven aquí, Louis; tú no te has alimentado lo suficiente. Lo sé —dijo con la misma voz calma y serena que había usado toda la noche con tanta habilidad; me tomó de la mano, y la suya estaba cálida y punzante—. ¿La ves, Louis, cuan dulce y saludable parece, como si la muerte no le hubiera arrancado la frescura? ¡La voluntad de vivir es tan poderosa! ¿Recuerdas cómo la querías tener cuando la viste en esa habitación?
»Me resistí. No quería matarla. No había querido hacerlo la noche anterior. Y entonces, de improviso, recordé dos cosas conflictivas y me sentí golpeado por el dolor: recordé el poderoso palpitar de su corazón contra el mío y tuve deseos de poseerlo; unos deseos tan fuertes que di la espalda a la cama y hubiese salido corriendo de la habitación si Lestat no me hubiera agarrado; y recordé el rostro de su madre y ese momento de horror cuando dejé caer a la criatura y él entró en la habitación. Pero ahora no se estaba burlando de mí; me estaba confundiendo.
»—Tú la quieres, Louis. ¿No ves que una vez que la has poseído, entonces puedes poseer a quien quieras? Anoche la deseaste, pero no tuviste el valor suficiente, y por eso ahora ella está viva.
»Pude sentir que lo que él decía era verdad. Pude volver a sentir el éxtasis de tener su pequeño corazón latiendo.
»—Es demasiado fuerte para mí… su corazón; no cede —le dije.
»—¿Es tan fuerte? —dijo, y sonrió; me acercó a la niña—. Cógela, Louis —me instó—. Yo sé que tú la deseas.
»Y lo hice. Me acerqué a la cama y la observé. El pecho apenas se le movía y una de sus manitas estaba enredada en su cabello largo y rubio. No pude soportarlo, mirándola, queriendo que no muriera y deseándola al mismo tiempo; y, cuanto más la miraba, más podía saborear su piel, sentir mi brazo cayendo por debajo de su espalda y atrayéndola hacia mí, sentir su cuello suave. Suave, suave, eso era lo que era, suave. Traté de decirme que era mejor que muriera —¿en qué se iba a convertir?—, pero ésas fueron ideas mentirosas. ¡Yo la deseaba! Y, por lo tanto, la tomé en mis brazos y puse su mejilla ardiente contra la mía, su cabello cayendo encima de mis muñecas y acariciando mis cejas; el dulce aroma de una niña, poderoso y pulsante pese a la enfermedad y la muerte. Gimió entonces, se sacudió en su sueño y eso fue superior a lo que podía soportar. La mataría antes de permitirle despertar, y yo lo sabía. Busqué su cabello y oí que Lestat me decía extrañamente: