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Mañana, Tarde Y Noche

Электронная книга - «Mañana, Tarde Y Noche». Краткое содержание книги:

La misteriosa muerte de Harry Stanford, uno de los hombres más ricos del mundo, tiene múltiples repercusiones. La familia se reúne para el funeral, en Boston. Y, de pronto, aparece una hermosa mujer que dice ser hija de Harry Stanford y heredera, por tanto, de una parte de su cuantiosa fortuna. ¿Se trata acaso de una impostora? Los Stanford son gente respetuosa y con poder, pero detrás de la impecable fachada se oculta una madeja de extorsiones, drogas y muerte. Con la habilidad que lo distingue, Sidney Sheldon delinea una historia intrincada y ágil donde el final es verdaderamente sorprendente.
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Kendall lo interrumpió.

– Esto es una gran sorpresa para todos nosotros, como puede imaginar. Si lo que dice es verdad, entonces es… hermanastra nuestra.

Julia asintió.

– Usted es Kendall. -Miró a 1Yler-. y usted, 1Yler. -Miró a Woody-. y usted, Woodrow. Lo llaman Woody.

– Como la revista People puede haberle informado -dijo

Woody en tono sarcástico.

– Estoy seguro de que entiende nuestra posición, señorita… -dijo 1Yler-. Sin una prueba positiva, no podemos de ninguna manera aceptar…

– Lo entiendo -dijo ella mirándolos con nerviosismo-. No sé por qué he venido.

– Yo, en cambio, creo que lo sabe muy bien -dijo Woody-. Se llama dinero.

– El dinero no me interesa -dijo ella, indignada-. Lo cierto es que vine aquí con la esperanza de conocer a mi familia. Kendall la observaba con atención.

– ¿Dónde está su madre?

– Falleció. Y cuando leí que nuestro padre había muerto… -Decidió buscamos -dijo Woody con tono de burla. -Dice que no tiene ninguna prueba legal de su identidad -dijo Tyler.

– ¿Legal? Supongo que no. Ni siquiera lo pensé. Pero hay cosas que no podría saber a menos que me las hubiera contado mi madre.

– ¿Por ejemplo? -preguntó Marc.

Ella se detuvo a pensar.

– Recuerdo que mi madre solía hablar del invernadero que había en la parte de atrás. Le encantaban las plantas y las flores y pasaba allí horas…

– Han salido fotografías de ese invernadero en muchas revistas -dijo Woody.

– ¿Qué más le contó su madre? -preguntó Tyler.

– ¡Tantas cosas! Le gustaba hablar de todos ustedes y de los buenos ratos que pasaban juntos. -Pensó un momento-. Por ejemplo, el día en que los llevó a remar en botes con forma de cisnes cuando eran muy pequeños. Uno de ustedes casi cayó por la borda. No recuerdo cuál.

Woody y Kendall miraron a Tyler.

– Ése fui yo -dijo.

– Los llevó de compras a Faneuil Hall. Uno se perdió y cundió el pánico entre todos.

– Yo me perdí aquel día -dijo Kendall en voz baja.

– ¿Sí? ¿Qué más? -preguntó Tyler.

– Los llevó al Union Oyster House; allí probaron sus primeras ostras y les sentaron mal.

– Lo recuerdo.

Todos se miraron en silencio.

Julia miró a Woody.

– Mamá y usted fueron al Charlestown Navy Yard para ver el U.S.S. Constitution, y usted no quería bajarse. Ella tuvo que sacarlo a rastras. -Miró a Kendall-. Y otro día, en el jardín botánico, usted cortó algunas flores y estuvieron a punto de detenerla.

Kendall tragó saliva con fuerza.

– Así es.

Ahora todos la escuchaban atentos y fascinados.

– Y, un día, mamá los llevó a todos al Museo de Brujas de Salem, y salieron aterrorizados.

– Ninguno de nosotros pudo dormir esa noche -dijo Kendall muy despacio.

Julia miró a Woody.

– En una Navidad, ella lo llevó a patinar al Jardín Público.

Usted se cayó y se rompió un diente. Y cuando tenía siete años, se cayó de un árbol y tuvieron que darle puntos en la pierna. Le quedó una cicatriz.

– Todavía la tengo -dijo Woody de mala gana.

Julia miró a los otros.

– A uno de ustedes le mordió un perro, pero no recuerdo a cuál. Mi madre lo llevó corriendo a la sala de urgencias del hospital de Boston.

Tyler asintió.

– Me tuvieron que dar suero antirrábico.

Ahora, las palabras brotaban a borbotones de la boca de Julia.

– Woody, cuando tenía ocho años, se escapó de casa. Pensaba ir a Hollywood para convertirse en actor. Su padre se puso furioso. Como castigo, le ordenó quedarse en su cuarto sin cenar, pero mamá consiguió llevarle a escondidas un poco de comida a su habitación.

Woody asintió en silencio.

– Bueno, no sé qué más puedo decides. Yo… -De pronto recordó algo-. En la cartera tengo una fotografía. -La abrió, la sacó y se la entregó a Kendall.

Todos se agolparon para verla. Era una foto de los tres cuando eran pequeños junto a una joven y atractiva mujer con uniforme de institutriz.

– Mamá me la dio.

– ¿Le dejó alguna otra cosa? -preguntó Tyler.

Ella negó con la cabeza.

– No. Lo siento. No quería tener cerca nada que le recordara a Harry Stanford.

– Salvo usted, por supuesto -dijo Woody.

Ella lo miró, desafiante.

– No me importa que me crea o no me crea. Usted no entiende… yo esperaba tanto que… -No pudo seguir hablando.

– Como dijo mi hermana -añadió Tyler-, su repentina aparición ha sido un golpe para nosotros. Quiero decir… alguien que aparece de la nada y asegura ser miembro de la familia. Supongo que entiende nuestro problema. Creo que necesitamos un poco de tiempo para cambiar ideas.

– Desde luego que lo entiendo.

– ¿Dónde se hospeda?

– En el Tremont House.

– ¿Por qué no regresa al hotel? Haré que un coche la lleve. y en poco tiempo nos comunicaremos con usted.

Ella asintió.

– Está bien. -Miró a cada uno un momento y luego dijo, con afecto-: No importa lo que piensen… ustedes son mi familia. -La acompañaré a la puerta -dijo Kendall.

Ella sonrió.

– No se moleste. Encontraré el camino. Conozco cada centímetro de esta casa.

La vieron darse media vuelta y abandonar la habitación. -¡Bueno! -dijo Kendall-. Parece que tenemos una hermana.

– Yo no lo creo -dijo Woody.

– A mí me parece que… -comenzó a decir Marc.

Todos hablaban al mismo tiempo. Tyler levantó una mano.

– Esto no nos llevará a ninguna parte. Mirémoslo con lógica. En cierto sentido, esa persona está sometida a un juicio y nosotros somos los jurados. Depende de nosotros determinar su inocencia o su culpabilidad. En un juicio con jurado, la decisión debe ser unánime. Debemos estar todos de acuerdo.

– Me parece bien -dijo Woody y asintió.

– Entonces -dijo Tyler-, me gustaría dar el primer voto. Creo que esa mujer es una impostora.

– ¿Una impostora? ¿Cómo es posible? -preguntó Kendall-. No podría saber tantos detalles íntimos sobre nosotros si no fuera la verdadera Julia.

Tyler la miró.

– Kendall, ¿cuántas criadas trabajaron en esta casa cuando éramos pequeños?

Kendall lo miró, intrigada.

– ¿Por qué?

– Decenas, ¿verdad? Y algunas de ellas podrían saber todo lo que esa joven nos contó. A lo largo de los años, en casa ha habido doncellas, conductores, mayordomos, cocineros… cualquiera podía saber todas esas cosas. Cualquiera pudo haberle dado esa fotografía.

– ¿Lo que quieres decir es que podría estar actuando en complicidad con otra persona?

– Una o más -dijo Tyler-. No olvidemos que está en juego una cantidad enorme de dinero.

– Pero ella dice que no quiere el dinero -les recordó Marc. Woody asintió.

– Sí, claro, eso es lo que dice. -Miró a Tyler-. Pero, ¿cómo hacemos para probar que es una impostora? No hay ninguna manera…

– Hay una manera -dijo Tyler.

Todos lo miraron.

– ¿Cuál?

– Mañana os daré la respuesta.

Simon Fitzgerald dijo, muy despacio:

– ¿Me está diciendo que Julia Stanford ha aparecido, después de todos estos años?

– Ha aparecido una mujer que alega ser Julia Stanford -lo corrigió Tyler.

– ¿Y usted no la cree? -preguntó Steve.

– Decididamente, no. La única prueba que nos ofreció de su identidad fueron algunas anécdotas de nuestra juventud que por lo menos una docena de personas podrían conocer, y una vieja fotografía que en realidad no demuestra nada. Ella podría estar en complicidad con cualquiera de esas personas. Me propongo probar que es una impostora.

Steve frunció el entrecejo.

– ¿Y cómo se propone hacerlo?

– Muy sencillo. Quiero que le hagan la prueba del ADN. Steve Sloane se mostró sorprendido.

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