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La Dama del Lago

Электронная книга - «La Dama del Lago». Краткое содержание книги:

Fin de la saga. La guerra resuena aún con fuerza sus tambores, y parece que con más virulencia después de un cambio inesperado en el acostumbrado dominio bélico de Nilfgaard. Las tramas políticas y las venganzas personales se cruzan y suceden por las páginas, y permean nuestra historia. Sin embargo, parte de la excepcionalidad del mundo de Rivia está en que su lucha, siendo aún más transcendental que aquella política, aunque menos evidente, acontece no en los campos de batalla y las trincheras, si no en la multidimensionalidad del espacio y el tiempo.
La incerteza está en su mayor apogeo tanto en la trama como entre nuestros tres personales principales. Yennefer, Geralt y Ciri se mantienen distantes e ignorantes el uno respecto a los demás. Los tres pivotan de forma independiente, con su propio círculo de perfectos personajes secundarios y dentro de sus propias tramas, en historias con entidad propia. Sin embargo, este es el tomo en el que se percibe más claramente la mutua necesidad… y lo inevitable de su reencuentro. Se refuerzan los lazos alrededor del esquema familiar. Geralt y Ciri ganan todavía más peso e identidad, quizás de forma algo redundante en un Geralt bastante consolidado, pero no así en el caso de una Ciri en pleno proceso de madurez y autonomía personales.
Sapkowski destila en La dama del lago una imaginación desbordante. Construye reflexiones de calado en la distancia de una frase. Yergue ideas con la velocidad de una imagen. Deja en el lector un sentimiento de amor y cariño por los demás, si bien bañado con el pesimismo de quién, habiendo visto con sus propios ojos lo ilimitado de la crueldad y la estupidez humanas, desconfía de la capacidad de reacción de aquellos capaces de albergar y desplegar tanto mal.
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– Necesitamos tres caballos. Para mí, Cahir y Angouléme. Y dos de refresco. En conjunto tres buenos alazanes más dos de carga. De carga, bueno, pueden ser mejor muías, cargadas con provisiones y heno. Imagino que tu condesa te valorará hasta ese punto, ¿no? ¿La habrás servido lo suficiente, espero?

– No habrá en ello problema alguno. -Jaskier, sin mirar a Geralt, se puso a afinar el laúd-. Sólo me asombran tus prisas. Diría que me asombran hasta el mismo nivel que tu sarcasmo.

– ¿Te asombran las prisas?

– Para que lo sepas. Se acaba octubre y el tiempo está empeorando visiblemente. Un día de éstos nevará en los puertos.

– Y te asombras de las prisas. -El brujo meneó la cabeza-. Pero bien que me lo hayas recordado. Consigúeme también ropa de abrigo. De piel.

– Pensaba -dijo despacio Jaskier- que íbamos a pasar aquí el invierno. Que nos quedaríamos aquí…

– Si quieres -lanzó Geralt sin pensárselo-, te quedas.

– Quiero. -Jaskier se levantó de pronto, depositó el laúd a un lado-. Y me quedo.

El brujo aspiró sonoramente. Guardó silencio. Miró el gobelino en el que se representaba la lucha de un titán con un dragón. El titán, firmemente de pie sobre dos pies izquierdos, intentaba quebrarle la mandíbula al dragón, pero el dragón no parecía muy entusiasmado.

– Me quedo -repitió Jaskier-. Amo a Anarietta. Y ella me ama.

Geralt seguía callado.

– Tendréis vuestros caballos -siguió el poeta-. Mandaré preparar para ti una yegua de raza llamada Sardinilla, se entiende. Se os equipará, aprovisionará y se os vestirá abrigadamente. Pero yo os aconsejo sinceramente que esperéis hasta la primavera. Anarietta…

– ¿Estoy oyendo bien? -El brujo recuperó por fin la voz-. ¿No me engaña el oído?

– La razón -bufó el trovador- la tienes sin duda embotada. En lo que se refiere a otros sentidos, no lo sé. Repito: nos amamos, Anarietta y yo. Me quedaré en Toussaint. Con ella.

– ¿Como qué? ¿Amante? ¿Favorito? ¿O puede que conde consorte?

– El estatus jurídico formal me es del todo igual -reconoció Jaskier con sinceridad-. Pero no se puede excluir nada. El matrimonio tampoco.

Geralt calló de nuevo, contemplando la lucha del titán con el dragón.

– Jaskier -dijo al fin-. Si has bebido, desembriágate. Si no has bebido, entonces bebe. Entonces hablaremos.

– No entiendo -Jaskier frunció el ceño- por qué hablas así.

– Piensa un poco.

– ¿En qué? ¿Tanto te ha enfurecido mi relación con Anarietta? ¿Quieres, puede ser, apelar a mi razón? Ahórratelo. Yo ya he reflexionado sobre ello. Anarietta me ama…

– ¿Conoces el refrán que dice: el favor de la princesa monta a caballo? Incluso si esa tu Anarietta no es una frivola, y frivola, perdona mi sinceridad, ella me parece, entonces…

– ¿Entonces qué?

– Que sólo en los cuentos las condesas se casan con los músicos.

– En primer lugar -Jaskier se infló- hasta un patán como tú debe haber oído hablar de los matrimonios morganáticos. ¿Tengo que sacarte ejemplos de la historia antigua y moderna? En segundo lugar, puede que esto te asombre, yo para nada soy de los de más abajo. Mi familia, los Lettenhove, proceden de…

– Te estoy oyendo -Geralt le interrumpió de nuevo, enfadándose- y me embarga el asombro. ¿Si es de verdad mi amigo Jaskier quien habla tales chorradas? ¿Si ciertamente mi amigo Jaskier ha perdido toda pizca de razón? ¿Si es Jaskier, al que conocía como realista, quien ahora, sin venir a cuento, comienza a vivir en la esfera de las ilusiones? Te voy a abrir los ojos, cretino.

– Ajá -dijo Jaskier lentamente, apretando los labios-. Qué curiosa inversión de papeles. Yo estoy ciego, tú por tu parte te has convertido en atento y vigilante observador. Por lo común era al contrario. ¿Y cuál de las cosas, por curiosidad, que son visibles para ti soy incapaz de ver? ¿Eh? ¿A qué tengo, en tu opinión, que abrir los ojos?

– Aunque no fuera más que a que tu condesa -el brujo arrastró las palabras- es una niña malcriada, de la que ha surgido una mujer malcriada, arrogante y ridícula. A que te regaló con suspiros fascinada por la novedad y te mandará al garete en cuanto que aparezca un nuevo músico con un repertorio más nuevo y fascinante.

– Bajo y vulgar es lo que dices. ¿Eres consciente de ello, espero?

– Soy consciente de tu falta de consciencia. Estás loco, Jaskier.

El poeta guardó silencio, acariciando el mango de su laúd. Tardó un tiempo en hablar.

– Nos fuimos de Brokilón -comenzó lentamente- en una misión de locos. Aceptando un riesgo irracional, nos lanzamos a la búsqueda loca y sin la más mínima posibilidad de éxito de un espejismo. Una quimera, una alucinación, un sueño loco, un ideal absolutamente inalcanzable. Nos lanzamos en persecución como locos, como tontos. Pero yo, Geralt, no dije ni una sola palabra de queja. No te llamé loco, ni me burlé. Porque dentro de ti había esperanza y amor. Ellos te conducían en esa misión de locos. A mí al fin y al cabo también. Pero yo ya alcancé mi espejismo, y tuve tanta suerte que mi fantasía se hizo realidad y mi sueño se cumplió. Mi misión se ha terminado. Encontré lo que es difícil encontrar. Y tengo intención de conservarlo. ¿Y esto es locura? Locura sería si lo abandonara y lo soltara de mis manos.

Geralt guardó silencio tanto tiempo como lo había guardado Jaskier antes que él.

– Verdadera poesía -dijo por fin-. Y en ella es difícil ganarte. Así que no diré ya ni palabra. Has derribado todos mis argumentos. Con la ayuda, lo reconozco, de argumentos en verdad certeros. Adiós, Jaskier.

– Adiós, Geralt.

*****

La biblioteca del palacio era ciertamente enorme. La sala en la que se albergaba superaba por lo menos dos veces en tamaño a la sala del homenaje. Y tenía un techo de cristal. Gracias a ello estaba bien iluminada. Geralt se imaginó sin embargo que en verano debía de hacer allí un calor de todos los demonios.

Los pasos entre las estanterías y los anaqueles eran estrechos y angostos, anduvo con cuidado, para no tirar los libros. Tenía también que saltar por encima de los volúmenes que estaban colocados en el suelo.

– Estoy aquí -escuchó.

El centro de la biblioteca desaparecía entre los libros, colocados en montones y pilas. Muchos de ellos yacían completamente desordenados, de uno en uno o en cúmulos pintorescos.

– Aquí, Geralt.

Se introdujo en los librescos cañones y gargantas. Y la halló. Estaba de rodillas entre unos incunables arrojados al suelo, hojeándolos y ordenándolos. Vestía un sencillo vestido gris, subido un tanto para estar más cómoda. Geralt pensó que se trataba de una vista extremadamente atractiva.

– No te molestes por este desorden -dijo, al tiempo que se limpiaba la frente con una manga, porque en las manos llevaba puestos unos finos guantes de seda muy sucios por el polvo-. Están haciendo inventario y catalogando. Pero a petición mía interrumpieron los trabajos, para que pudiera estar sola en la biblioteca. Cuando trabajo no soporto tener una mirada extraña en la nuca.

– Lo siento. ¿Tengo que irme?

– Tú no eres un extraño. -Frunció un tanto sus ojos verdes-. Tu mirada… me produce placer. No te quedes así. Siéntate aquí, sobre estos libros.

Se sentó sobre La descripción del mundo, editado in folio.

– Este galimatías -con un ambiguo gesto señaló a su alrededor- me ha facilitado inesperadamente el trabajo. Pude llegar a algunos tomos que normalmente están allá en el fondo, bajo una roca inamovible. Las bibliotecarias de la condesa movieron los montones con un gigantesco esfuerzo, gracias al cual vieron la luz del día algunas joyas de la literatura, verdaderos mirlos blancos. Mira. ¿Habías visto alguna vez algo así?

– ¿Speculum aureum? Lo he visto.

– Lo olvidé, perdona. Tú has visto mucho. Esto era un cumplido, no un sarcasmo. Pero echa un vistazo a esto, oh. Es la Gesta regum. Comenzaremos por esto para que entiendas quién es de verdad tu Ciri, qué sangre fluye por sus venas… Tienes la cara más enfadada que de costumbre, ¿sabes? ¿Cuál es la razón?

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