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Электронная книга - «Huyendo del destino». Краткое содержание книги:

Dora se había refugiado en la casa de su cuñado Richard para esconderse de la prensa. Y cuando John Gannon se presentó allí en una noche fría y tormentosa, ella no pudo hacer otra cosa salvo dejar que se quedara. No fue sólo su devastador encanto o su sonrisa sensual lo que le hicieron ayudar a un hombre que huía, sino la adorable niña que llevaba en brazos…
Pero, aunque el amigo de su cuñado era parco en explicaciones, Dora creyó su historia lo suficiente como para ayudarlo. Era evidente que, fuera quien fuera, era un padre preocupado y que haría lo que fuera por mantener a Sophie a salvo. Era una lástima que lo único que mantuviera a Dora a salvo de Gannon fuera el malentendido de que ella era la mujer de Richard…
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– No hace falta, inspector. Supongo que yo soy la causa de que estén aquí.

– ¿Señor Gannon? -Gannon estaba agarrado a la puerta de la cocina-. ¿Señor John Gannon? -John asintió y el inspector empezó a leerle los cargos-. Si me acompaña, señor…

– No pueden llevárselo -intervino Dora con indignación-. ¿Es que no ve que está enfermo?

– Déjalo, Dora -dijo él llevándose la mano al pecho al sentir otro ataque de tos-. No te involucres.

– ¡Maldita sea, Gannon! Ya estoy involucrada – se dio la vuelta hacia los policías-. No pueden llevarlo y arrojarlo a una celda. No lo permitiré.

El inspector miró a Gannon con más atención.

– No tiene buen aspecto. ¿Se hirió al aterrizar, señor Gannon?

Como respuesta, Gannon simplemente se deslizó y se desplomó sobre la moqueta todo lo largo que era.

– ¿Lo ve? ¿Qué le estaba diciendo? -Dora se agachó a su lado-. Usted, use la radio y llame a una ambulancia. ¡Ahora mismo!

La joven policía dirigió una mirada a su jefe, pero no discutió, y se descolgó la radio del cuello mientras Dora acunaba la cabeza de Gannon sobre su regazo hasta que llegaron los paramédicos y la apartaron con suavidad para poder examinarle las constantes vitales y conectarle un gotero antes de cargarlo en una camilla.

– ¿Qué diablos…?

Dora alzó la vista para encontrarse a su hermano en el umbral de la puerta.

– ¡Fergus! ¿Qué estás haciendo aquí?

– Me llamó el comisario en jefe. Dijo que podías encontrarte en problemas así que decidí venir a ver en qué tipo de líos te habías metido esta vez.

– ¡Oh, Fergus! -dividida entre las lágrimas y la risa, se levantó para abrazar a su hermano-. ¡Oh, Fergus! Eres una alegría para la vista. No podías haber llegado en mejor momento -se dio la vuelta hacia los de la ambulancia-. ¿A dónde lo llevan?

Le dieron el nombre del hospital más cercano.

– ¿Quiere acompañarlo, señorita?

Por supuesto que quería. No quería perderlo de vista ni un solo instante, ni siquiera con Fergus. Cuando Sophie se despertara y viera que su padre no estaba allí, necesitaría a alguien conocido.

– No puedo irme ahora mismo, pero iré en cuanto pueda. Dígaselo cuando recupere el sentido.

– ¿Quién es? -preguntó Fergus-. ¿Y qué es lo que le pasa?

– Parece una neumonía -dijo uno de los paramédicos-. Estará en pie antes de que se entere.

– Vete con él, Johnson -ordenó el inspector-. El señor Gannon no es el tipo de hombre al que una neumonía tenga postrado mucho tiempo.

– ¿Por qué no le esposan a la camilla? -preguntó Dora con enfado.

– ¡Dora! -la advirtió Fergus pasando el brazo por su hombro mientras la llevaba al salón para servirle un poco de brandy-. ¿Por qué no me cuentas lo que ha estado pasando aquí? -preguntó al ofrecérselo-. Entonces podremos hacer algo al respecto.

– Perdóneme, señor, pero si no le importa, tengo que hacerle algunas preguntas a la señorita. ¿Está la pequeña aquí, señorita Kavanagh?

Pero Fergus intervino por ella.

– Bueno, inspector. Entenderá que mi hermana está conmocionada. Y no contestará a ninguna pregunta hasta que llegue su abogado. Si quiere esperar abajo, estoy seguro de que el portero podrá ofrecerle una taza de té.

– Lo siento, pero tengo que saberlo. ¿Está la niña aquí, señorita Kavanagh?

– Está dormida, inspector. Por favor, no la moleste.

– Tengo que informar a los Servicios Sociales…

– ¡No! -Dora se llevó la mano a la boca-. No puede llevársela. Le prometí a John que la cuidaría.

– Lo siento, señorita, pero…

Dora comprendió que las emociones no iban a servirle de nada.

– El padre de Sophie me ha encargado que la cuide hasta que pueda hacerlo él mismo.

– ¿El padre? Me perdonará, señorita, pero eso tendrá que demostrarlo.

– El padre de Sophie -repitió Dora con paciencia-, acaba de ser trasladado al hospital. Yo soy la única persona que conoce la niña aparte de él y si la apartan de mí se sentirá muy sola y asustada. Le prometí a John Gannon que cuidaría de ella y lo haré.

– Lo haremos, inspector -intervino de nuevo Fergus-. De hecho, lo mejor será que mi hermana y la niña vengan a Marlowe Court conmigo -le pasó al inspector su tarjeta-. Creo que podrá aceptar mi palabra de que mi hermana se presentará mañana a primera hora en la comisaría con su abogado.

El policía miró la tarjeta.

– No soy yo el que puede decidirlo, señor -dijo incómodo.

– No tiene por qué hacerlo -descolgó el teléfono y le pasó el receptor al hombre-. Llame al comisario en jefe. Estoy seguro de que me avalará.

Dora casi sintió lástima por el hombre. Una cosa era tratar con una mujer joven aturdida y otra muy diferente enfrentarse a Fergus Kavanagh en su actitud más dictadora. Sus hermanas podían tomarse libertades con su dignidad, y llamarle Gussie a sus espaldas cuando las reñía, pero para el resto del mundo, él era el presidente de Industrias Kavanagh y malo para el que lo olvidara.

– ¿Quiere ver a Sophie? ¿Asegurarse de que está bien?

El alivio del policía fue palpable.

– Eso sería…

Hizo un gesto que lo decía todo.

Sophie dormía pacífica abrazada a su muñeca.

– Gracias, señorita. Tendré que informar a los Servicios Sociales donde se encuentra, por supuesto. Dejaré que ellos expresen sus objeciones al señor Kavanagh.

Y por un momento, Dora creyó ver un brillo de diversión en sus ojos.

– ¿Cómo lo supieron? -preguntó Dora mientras acompañaba a los policías a la puerta-. ¿Que John se encontraba aquí?

– Ah, fue por la ropa -Dora frunció el ceño-. La ropa que le compró a la niña. Usted le dijo al sargento que era para su sobrina…

– La sobrina de mi hermana, dije.

– Bueno la sobrina de su hermana. Cuando el sargento llevó el informe, el comisario supo que estaba mintiendo porque su mujer había ido a las mismas clases prenatales que la señora Shelton, lo que significaba que… eh la sobrina de su hermana sólo podría tener seis o siete meses. Y la ropa que usted compró era para una niña mucho mayor.

Dora sonrió avergonzada.

– No sería muy buena delincuente, ¿verdad?

– Espero que no, señorita.

A la mañana siguiente, Fergus dio instrucciones al chófer de que parara en el hospital camino a Marlowe Court. Así Dora y Sophie podrían ver a Gannon. Cuando ella había llamado poco antes a preguntar cómo se encontraba, sólo le habían dicho que había pasado la noche bien, pero nada más.

Cuando llegaron al ala indicada, Dora preguntó a la enfermera de recepción.

– Estoy buscando a John Gannon. Lo ingresaron anoche -dijo alzando en brazos a Sophie que jugueteaba nerviosa con sus piernas.

– ¿Cuál es su nombre?

– Dora Kavanagh. Y ésta es Sophie, su hija.

– Lo siento, señorita Kavanagh, pero el señor Gannon ha indicado que no quiere recibir visitas.

Dora miró a la enfermera con el ceño fruncido.

– ¿Perdone?

– Que no quiere recibir visitas.

– Pero… no lo entiendo. Ésta es su hija… debe querer verla.

La enfermera parecía comprensiva pero inamovible.

– Lo siento.

Dora no podía entenderlo. Y entonces pensó que quizá sí. Gannon creía que lo había traicionado, que mientras estaba durmiendo, ella había llamado a la policía. Podía entender que estuviera enfadado y se negara a verla a ella, ¿pero a Sophie?

La niña empezó a agitarse y Dora la acunó y la consoló. Quizá John pensara que un hospital la asustaría. Al menos en eso había acertado.

– ¿Cómo se encuentra? -preguntó con impotencia.

– Ha pasado una buena noche. El doctor le visitará más tarde.

Dora deseaba a agarrarla por el mandil y sacudirla, decirle que tenía que verlo porque lo amaba… que tenía que contarle… Pero la mujer sólo estaba siguiendo las órdenes de John.

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