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La Lozana andaluza

Электронная книга - «La Lozana andaluza». Краткое содержание книги:

La lozana andaluza narra las aventuras de una cortesana española en Roma, recreando el ambiente romano del primer cuarto de siglo XVI. Es una novela picaresca dialogada de tipo erótico, en la que adquiere especial valor el uso realista que hace de la lengua, que recoge la jerga italo-española usada en Roma por las clases populares.
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LOZANA.- ¿Y de cuándo acá no os quiere ver? Que no dice ella eso, que si eso fuera, no me rogara ella a mí que fuese con ella disimulada a dar de chapinazos a la otra con quien os habéis envuelto, mas no con mi consejo, que para eso no me llama vuestra merced a mí, porque hay diferencia de ella a la señora Virgilia. Y mirá, señor, esa es puta salida, que en toda su casa no hay alhaja que no pueda decir por esta gracia de Dios, que todo está empeñado y se lo come la usura, que Trigo me lo dijo. Quiere vuestra merced poner una alcatraza con aquélla, que su gracia y su reposo y su casa llena y su saber basta para hacer tornar locos a los sabios. Y si vuestra merced dará la devisa a mi mozo, será menester que yo me empeñe para darle jubón de la misma devisa.

SUSTITUTO.- Andá, señora Lozana, que no suelo yo dar devisa que no dé todo. En esto verá que no la tengo olvidada a mi señora Virgilia, que voto a Dios que mejor sé lo que tengo en ella que no lo que tengo en mi caja. Veis, aquí viene el malogrado de vuestro criado con capa; parece al superbio de Perusa, que a nadie estima. Quédese él aquí, y vaya vuestra merced buen viaje.

LOZANA.- ¡Cuántas maneras hay en vosotros los hombres por sujetar a las sujetas, y matar a quien muere! Allá esperaré al señor mi criado, por ver cómo le dice la librea de la señora Virgilia.

Mamotreto XXXVI

Cómo un caballero iba con un embajador napolitano, travestidos, y vieron de lejos a la Lozana, y se la dio a conocer el caballero al embajador

[CABALLERO.-] Monseñor, ¿ve vuestra señoría aquella mujer que llama allí?

EMBAJADOR.- Sí.

CABALLERO.- Corramos y tomémosla en medio, y gozará vuestra señoría de la más excelente mujer que jamás vio, para que tenga vuestra señoría qué contar; si la goza por entero y si toma conociencia con ella, no habrá menester otro solacio, ni quien le diga mejor cuántas hermosas hay, y cada una en qué es hermosa. Que tiene el mejor ver y judicar que jamás se vio, porque bebió y pasó el río de Nilo, y conoce sin espejo, porque ella lo es, y como las tiene en plática, sabe cada una en qué puede ser loada. Y es muy universal en todas las otras cosas que para esto de amores se requiere, y mírela en tal ojo que para la condición de vuestra señoría es una perla. De ésta se puede muy bien decir «mulier que fuit in urbe habens septem mecanicas artes». Pues, a las liberales jamás le faltó retórica ni lógica para responder a quien las estudió. El mirable ingenio que tiene da que hacer a los que la oyen. Monseñor, vamos de esta parte. Esperemos a ver si me conoce.

EMBAJADOR.- ¡Al cuerpo de mí, esta dona yo la vi en Bancos, que parlaba, muy dulce y con audacia, que parecía un Séneca!

CABALLERO.- Es parienta del Ropero, conterránea de Séneca, Lucano, Marcial y Avicena. La tierra lo lleva, está in agibilibus, no hay su par, y tiene otra excelencia, que lustravit provincias.

EMBAJADOR.- ¿Es posible? Como reguarda in qua.

LOZANA.- ¡Ya, ya conocido es vuestra merced, por mi vida, que, aunque se cubra, que no aprovecha, que ya sé que es mi señor! ¡Por mi vida, tantico la cara, que ya sé que es de ver y de gozar! Este señor no lo conozco, mas bien veo que debe ser gran señor. A seguridad le suplico que me perdone, que yo lo quiero forzar, por mi vida, que son matadores esos ojos. ¿Quién es este señor? ¡Que lo sirva yo, por vida de vuestra merced y de su tío y mi señor!

CABALLERO.- Señora Lozana, este señor os suplica que le metáis debajo de vuestra caparela, y entrará a ver la señora Angélica porque vea si tengo razón en decir que es la más acabada dama que hay en esta tierra.

LOZANA.- A vuestra señoría le meteré yo encima, no debajo, mas yo lo trabajaré. Esperen aquí, que si su merced está sola yo la haré poner a la ventana, y si más mandaren, yo vendré abajo. Bien estaré media hora; paséense un poco, porque le tengo de rogar primero que haga un poco por mí, que estoy en gran necesidad, que me echan de la casa y no tengo de qué pagar, que el borracho del patrón no quiere menos de seis meses pagados antes.

CABALLERO.- Pues no os detengáis en nada de eso, que la casa se pagará. Enviame a vuestro criado a mi posada que yo le daré con que pague la casa, porque su señoría no es persona que debe esperar.

LOZANA.- ¿Quién es, por mi vida?

CABALLERO.- ¡Andá, señora Lozana, que persona es que no perderéis nada con su señoría!

LOZANA.- Sin eso y con eso sirvo yo a los buenos. Esperen.

CABALLERO.- Monseñor, ¿qué le parece de la señora Lozana? Sus injertos siempre toman.

EMBAJADOR.- Me parece que es astuta, que, cierto, «ha de la sierpe e de la paloma». Esta mujer sin lágrimas parará más insidias que todas las mujeres con lágrimas. ¡Por vida del visorrey, que mañana coma conmigo, que yo le quiero dar un brial!

CABALLERO.- ¡Mírela vuestra señoría a la ventana; no hay tal Lozana en el mundo! Ya abre, veamos qué dice. Cabecea que entremos donde ni fierro ni fuego a la virtud empiece.

EMBAJADOR.- ¡Qua più bella la matre que la filla!

CABALLERO.- Monseñor, ésta es Cárcel de Amor; aquí idolatró Calisto, aquí no se estima Melibea, aquí poco vale Celestina.

Mamotreto XXXVII

Cómo de allí se despidió la Lozana, y se fue en casa de un hidalgo que la buscaba, y estando solos se lo hizo porque diese fe a otra que lo sabía hacer

LOZANA.- Señores, aquí no hay más que hacer. La prisión es segurísima, la prisionera piadosa, la libertad no se compra. La sujeción aquí se estima porque hay merecimiento para todo. Vuestra señoría sea muy bien venido y vuestra merced me tenga la promesa, que esta tarde irá mi criado a su posada, y si vuestra merced manda que le lleve una prenda de oro o una toca tonicí, la llevará, porque yo no falte de mi palabra, que prometí por todo hoy. A este señor yo lo visitaré.

CABALLERO.- Señora Lozana, no enviéis prenda, que entre vos y mí «no se pueden perder sino los barriles». Enviá, como os dije, y no curéis de más, y mirá que quiere su señoría que mañana vengáis a verlo.

LOZANA.- Beso sus manos y vuestros pies, mas mañana no podrá ser, porque tengo mi guarnelo lavado, y no tengo qué me vestir.

CABALLERO.- No curéis, que su señoría os quiere vestir a su modo y al vuestro. Vení así como estáis, que os convida a comer; y no a esperar, que su señoría come de mañana.

LOZANA.- ¡Por la luz de Dios, no estuviese sin besar tal cara como ésa, aunque supiese enojar a quien lo ve!

ANGÉLICA.- ¡Así, Lozana, no curéis! ¡Andá, dejadlo, que me enojaré, aunque su merced no me quiere ver!

CABALLERO.- Señora, deséoos yo servir; por tanto, le suplico que a monseñor mío le muestre su casa y sus joyas, porque su señoría tiene muchas y buenas, que puede servir a vuestra merced. Señora Lozana, mañana no se os olvide de venir.

LOZANA.- No sé si se me olvidará, que soy desmemoriada después que moví, que si tengo de hacer una cosa es menester ponerme una señal en el dedo.

CABALLERO.- Pues vení acá, tomá este anillo, y mirá que es una esmeralda, no se os caiga.

LOZANA.- Sus manos beso, que más la estimo que si me la diera la señora Angelina dada.

ANGELINA.- Andá, que os la doy, y traedla por mi amor.

LOZANA.- No se esperaba menos de esa cara de luna llena. ¡Ay, señora Angelina, míreme, que parezco obispo! ¡Por vida de vuestra merced y mía, que no estoy más aquí! Ven a cerrar, Matehuelo, que me esperan allí aquellos mozos del desposado de Hornachuelos, que no hay quien lo quiera, y él porfiar y con todas se casa y a ninguna sirve de buena tinta.

MATEHUELO.- Cerrar y abriros, todo a un tiempo.

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