Amargo Pero Dulce
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Amargo Pero Dulce». Краткое содержание книги:
Cuando aún eran estudiantes, Maggie y Eric se juraron amor eterno. Pero los avatares del destino los condujeron por caminos muy distintos. Maggie se casó y enviudó más tarde. Sola y madre de una hija, quiere reconstruir su vida. Al reencontrarse con Eric, ahora casado y capitán de un buque mercante, el amor renace. Conscientes de que la suya es una unión prohibida, los dos intentan en vano negar sus sentimientos…
Sus ojos se encontraron en una lucha amistosa. Sobre sus cabezas, el viento hizo sonar unas campanillas.
– Está bien. Gracias.
Una hora más tarde, cuando hubieron cruzado la costa rocosa hasta la isla Cana, visitado el faro, explorado la orilla, nadado y comido en el picnic contemplando el lago Michigan, Maggie se tendió de espaldas sobre una manta; se había puesto anteojos oscuros para protegerse del sol.
– Eh, Brookie -dijo.
– ¿Mmm?
– ¿Te puedo contar algo?
– Claro.
Maggie se bajó los anteojos y escudriñó una nube por encima de ellos.
– Es cierto lo que te dije allí en la tienda de antigüedades, ¿sabes? Soy tremendamente rica y ni siquiera me importa.
– No me molestaría probar la sensación por un tiempo.
– Es el motivo, Brookie. -Volvió a colocar en su sitio los anteojos. Me dieron más de un millón de dólares por la muerte de Phillip, pero yo devolvería cada centavo si pudiera hacerlo volver a la vida. Es una sensación extraña… -Maggie rodó sobre un costado para mirar a Brookie y apoyó la mandíbula sobre una mano. -Desde el momento en que llegó el veredicto de la FCC -error del piloto; la tripulación de tierra dejó un alerón abierto en el avión- supe que jamás tendría que volver a preocuparme por dinero. No sabes las cosas que te cubren estas indemnizaciones. -Las contó con los dedos. -Sufrimiento de los hijos, su mantenimiento y educación universitaria, el dolor y sufrimiento de los sobrevivientes, hasta el sufrimiento de la víctima mientras el avión caía… ¡Me pagan por eso, Brookie, a mí! -Se tocó el pecho con desesperación. -¿Puedes imaginar cómo me siento al aceptar dinero por el sufrimiento de Phillip?
– ¿Hubieras preferido que no te dieran nada? -preguntó Brookie.
La boca de Maggie se curvó hacia abajo mientras ella miraba a su amiga con aire pensativo. Se volvió a tender de espaldas y se tapó la frente con un brazo.
– No lo sé. No. Es una tontería decir que sí. Pero… ¿no comprendes? Me pagan todo: la casa de Seattle, la carrera de Katy, automóviles nuevos para ambas. Y estoy cansada de enseñar a adolescentes cómo preparar masa de tarta cuando probablemente la comprarán hecha. Y estoy harta de ruidosos niños de edad preescolar, y de enseñar desarrollo infantil cuando las estadísticas muestran que un tercio de las parejas que se casan en estos días decide no tener hijos y la mayoría del resto termina en un tribunal de divorcio. Tengo todo este dinero y nadie con quien gastarlo y todavía no estoy preparada para salir con hombres, y aun si saliera, cualquier hombre que me invitara me resultaría sospechoso pues creería que anda detrás de mi dinero. ¡Ay, Dios, no sé ni qué quiero decir!
– Yo sí. Necesitas motivación. Necesitas un cambio. -Brookie le se irguió.
– Eso es lo que todos me dicen.
– ¿Quiénes son todos?
– El psiquiatra. Eric Severson.
– Bueno, si todos lo dicen, debe de ser cierto. Lo único que necesitamos es encontrar el tipo de cambio. -Brookie miró el agua con expresión ceñuda, sumida en sus pensamientos.
Maggie la espió con un ojo, luego lo cerró y masculló:
– Mmm, esto sí que va a ser bueno.
– Bien, veamos… todo lo que tenemos que hacer es pensar en algo para lo que serías buena. Un momento… un momento… se me está ocurriendo algo… -Brookie se levantó de un salto y quedó de rodillas. -¡Lo tengo! ¡La vieja casa Harding allí en Cottage Row! Estuvimos hablando de eso el otro día durante la cena. ¿Sabías que el viejo Harding murió la primavera pasada y la casa ha estado vacía desde entonces? ¡Podría ser una fantástica hostería con desayuno incluido! Está esperando que…
– ¿Estás loca? ¡Yo no soy posadera!
– …venga alguien y se tome la molestia de arreglarla.
– No quiero estar atada.
– En el verano. Estarías atada en el verano. En invierno podrías tomar tus montañas de dinero e irte a las Bahamas en busca de un hombre más rico que tú. Dijiste que te sentías sola. Que odiabas tu casa vacía. Pues cómprate una donde puedas poner gente.
– ¡De ninguna manera!
– Siempre te encantó Cottage Row, y la vieja casa Harding debe de tener mucho encanto potencial entre los tablones del piso.
– Y corrientes de aire, ratas y termitas, sin duda.
– Tienes talento. Caramba, ¿de qué se trata la economía doméstica, de todos modos? De cocinar, limpiar, decorar. Apuesto que hasta les diste cursos de buen gusto a esos punks de pelo grasiento, ¿eh?
– Brookie, no quiero…
– Y te encanta revolver las antigüedades. Te volverías loca revolviendo con miras a comprar de veras y llenar ese lugar. Iríamos a Chicago, a los mercados de pulgas y subastas. A la Bahía Oreen, a los locales de cosas usadas. Recorreríamos todo Door County buscando antigüedades. Con todo el dinero que tienes podrías decorar el lugar como la mansión Biltmore y…
– ¡Me niego a vivir a menos de mil kilómetros de mi madre! Por Dios, Brookie, ¡ni siquiera serían llamadas de larga distancia!
– Es cierto, lo olvidé. Tu madre es un problema… -Brookie se mordió el labio inferior mientras pensaba. De pronto, el rostro se le iluminó: -Pero podríamos solucionarlo. Ponla a trabajar limpiando, fregando, haciendo algo así. Nada pone más feliz a la vieja Vera que tener un trapo de limpieza en la mano.
– ¿Estás bromeando? De ninguna manera tendría a mi madre en la casa.
– Muy bien, entonces Katy podrá limpiar. -El rostro de Brookie se tornó más ávido. -¡Por supuesto! ¡Es perfecto! Katy podría venir durante el verano y ayudarte. Y si vivieras aquí, podría hasta venir los fines de semana o los feriados, que es lo que deseas ¿no?
– Brookie, no seas tonta. Ninguna mujer sola que estuviera en sus cabales se cargaría con semejante casa.
– Sola, un rábano. Los hombres se compran. Obreros, jardineros, yeseros, carpinteros, hasta adolescentes que buscan trabajos durante el verano. Hasta mis adolescentes. Puedes dejar todo el trabajo sucio a los empleados y encargarte tú de la administración. El momento es perfecto. La compras ahora, la arreglas durante el invierno y tienes tiempo de hacer publicidad y abrir para la próxima temporada turística.
– No quiero administrar una hostería.
– ¡Qué buen lugar, justo sobre la bahía! Apuesto a que todas las habitaciones tienen vista al lago. Los clientes te derribarían la puerta para hospedarse en un lugar así.
– No quiero clientes derribándome la puerta.
– Y, si no me equivoco, hay una vivienda para el jardinero sobre el garaje, ¿recuerdas? Está contra la colina del otro lado de la calle. Ay, Maggie, sería perfecto.
– Entonces será perfecto para otra persona. Te olvidas de que soy profesora de economía doméstica en Seattle y que vuelvo a mi trabajo el lunes.
– Ah, sí, Seattle. El sitio donde llueve todo el invierno y donde los mejores amigos de tu marido se te tiran lances en el club y donde te deprimes tanto que tienes que ir a terapia de grupo.
– Ya te estás poniendo grosera.
– ¿Y bueno, no es cierto, acaso? ¿Qué amigos salieron a ayudarte cuando lo necesitaste? Aquí es donde están tus amigos, lo quieras o no. ¿Qué tiene Seattle para hacerte permanecer allí?
Nada. Maggie se mordió los labios para no responder.
– ¿Por qué te empecinas así? Vas a volver a un trabajo que te aburre, a una casa solitaria, a… caray, no sé a qué vas a volver. Tu médico te dice que necesitas un cambio y el problema es dar con el cambio. Pues bien, ¿cómo vas a averiguarlo si no te pones a buscar una nueva vida? Quizá no sea poner una hostería, ¿pero qué tiene de malo probar? Y cuando vuelvas a Seattle, ¿quién tienes allí que te motive y te haga buscar algo? Vamos, ¿qué esperas? Recoge tus cosas. ¡Vamos a ver la casa Harding!