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La Cúpula

Электронная книга - «La Cúpula». Краткое содержание книги:

La cúpula. Un día de octubre la pequeña ciudad americana de Chester´s Mill se encuentra totalmente aislada por una cúpula transparente e impenetrable. Nadie sabe de dónde ha salido ni por qué está allí. Sólo saben que poco a poco se agotarán las provisiones y hasta el oxígeno que respiran. Es una soleada mañana de otoño en la pequeña ciudad de Chester´s Mill. Claudette Sanders disfruta de su clase de vuelo y Dale Barbara, Barbie para los amigos, hace autostop en las afueras. Ninguno de los dos llegará a su destino. De repente, una barrera invisible ha caído sobre la ciudad como una burbuja cristalina e inquebrantable. Al descender, ha cortado por la mitad a una marmota y ha amputado la mano a un jardinero. El avión que pilotaba Claudette ha chocado contra la cúpula y se ha precipitado al suelo envuelto en llamas. Dale Barbara, veterano de la guerra de Irak, ha de regresar a Chester´s Mill, el lugar que tanto deseaba abandonar. El ejército pone a Barbie al cargo de la situación pero Big Jim Rennie, el hombre que tiene un pie en todos los negocios sucios de la ciudad, no está de acuerdo: la cúpula podría ser la respuesta a sus plegarias. A medida que la comida, la electricidad y el agua escasean, los niños comienzan a tener premoniciones escalofriantes. El tiempo se acaba para aquellos que viven bajo la cúpula. ¿Podrán averiguar qué ha creado tan terrorífica prisión antes de que sea demasiado tarde? Una historia apocalíptica e hipnótica. Totalmente fascinante. Lo mejor de Stephen King.
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Se levantó para buscar la unidad de aire acondicionado y, al hacerlo, otra idea le cruzó por la cabeza: esas sardinas apestaban. Se preguntó qué diría el jefe si le soltaba que lo que se estaba metiendo en la boca olía a coño viejo muerto.

Pero Big Jim le había llamado «hijo» y lo había dicho de corazón, así que Carter mantuvo la boca cerrada. Además, al encender el aire acondicionado se puso en marcha a la primera. El sonido del generador, sin embargo, se volvió algo más grave, como si cargase con más peso de la cuenta. Engulliría más deprisa sus existencias de propano líquido.

No importa, tiene razón, tenemos que encenderlo, se dijo Carter al ver las incesantes escenas de devastación en la tele. La mayoría procedían de satélites o aviones de reconocimiento que volaban a mucha altura. En los niveles más bajos, casi toda la Cúpula se había vuelto opaca.

Excepto, según descubrieron Big Jim y él, en el extremo nororiental del pueblo. A eso de las tres en punto de la tarde, la cobertura televisiva se trasladó hasta allí, y de pronto las imágenes de vídeo procedían del otro lado de un bullicioso puesto de avanzada que el ejército había montado en el bosque.

«Aquí Jake Tapper desde el TR-90, un núcleo urbano sin municipio que queda al norte de Chester's Mills. Esto es todo lo que nos permiten acercarnos, pero, como pueden ver, ha habido supervivientes. Repito, ha habido supervivientes.»

– Hay supervivientes aquí mismo, tonto del culo -dijo Carter.

– Cállate -replicó Big Jim. La sangre afluía a sus gruesos carrillos y le cruzaba la frente en una línea ondulada. Los ojos se le salían de las órbitas, tenía los puños apretados-. Ese es Barbara. ¡Es ese hijo de fruta de Dale Barbara!

Carter lo vio entre otras personas. Las imágenes estaban tomadas con una cámara de teleobjetivo bastante potente, lo cual las hacían muy temblorosas (era como estar viendo a un grupo de gente a través de la calima del calor), pero aun así se distinguían con claridad. Barbara. La reverenda respondona. El médico hippy. Un montón de críos. Esa Everett.

Esa puta nos mintió desde el principio, pensó Big Jim. Nos mintió y el estúpido de Carter la creyó.

«El estruendo que oyen no son helicópteros -estaba diciendo Jake Tapper-. Si pudiéramos retroceder un poco…»

La cámara retrocedió y encuadró una hilera de ventiladores enormes sobre plataformas rodantes, cada uno de ellos conectado a su propio generador. Al ver toda esa potencia a tan pocos kilómetros de distancia, a Carter se le removieron las tripas de envidia.

«Ya lo ven -prosiguió Tapper-. No son helicópteros, sino ventiladores industriales. Ahora… si podemos volver a enfocar a los supervivientes…»

La cámara lo hizo. Estaban arrodillados o sentados junto a la Cúpula, directamente delante de los ventiladores. Carter veía cómo la brisa les movía el pelo. No es que ondeara, pero estaba claro que se movía. Cual algas en una tranquila corriente submarina.

– Ahí está Julia Shumway -soltó Big Jim con asombro-. Tendría que haber matado a esa mala púa cuando tuve ocasión de hacerlo.

Carter no le prestó atención. Tenía la mirada clavada en el televisor.

«La potencia unida de cuatro docenas de ventiladores deberían bastar para tirar a esa gente al suelo, Charlie -dijo Jake Tapper-, pero desde aquí parece que no les llegue más que el aire que necesitan para mantenerse vivos en una atmósfera que se ha convertido en una sopa ponzoñosa de dióxido de carbono, metano y Dios sabe qué más. Nuestros expertos nos dicen que la limitada provisión de oxígeno de Chester's Mills se ha agotado alimentando el fuego. Uno de esos expertos, el profesor de Química Donald Irving, de Princeton, me ha comentado por teléfono móvil que ahora mismo el aire del interior de la Cúpula puede no ser demasiado diferente a la atmósfera de Venus.»

La imagen saltó a un Charlie Gibson de aspecto preocupado, a salvo en Nueva York. (Capullo con suerte, pensó Carter.)

«¿Algún indicio sobre lo que puede haber originado el fuego?»

De vuelta a Jake Tapper… y luego a los supervivientes en su pequeña cápsula de aire respirable.

«Ninguno, Charlie. Ha sido una explosión, eso está claro, pero no tenemos más declaraciones por parte del ejército, y nada de Chester's Mills. Algunas de las personas que veis en la pantalla deben de tener teléfono, pero, si se están comunicando con alguien, solo es con el coronel James Cox, que se ha presentado aquí hace unos cuarenta y cinco minutos e inmediatamente ha entablado conversación con los supervivientes. Mientras la cámara recoge esta lúgubre escena desde nuestra alejada posición, dejadme que dé a los preocupados telespectadores de Estados Unidos, y de todo el mundo, los nombres de las personas que se encuentran ahora junto a la Cúpula y que han podido ser identificadas. Me parece que tenéis imágenes de algunos de ellos, y quizá podéis mostrarlas en pantalla mientras repaso la lista. Creo que está por orden alfabético, pero no me toméis al pie de la letra.»

«No te preocupes, Jake. Sí que tenemos algunas fotografías, pero ve despacio.»

«El coronel Dale Barbara, antes teniente Barbara, Ejército de Estados Unidos. -En pantalla apareció una fotografía de Barbie con ropa de camuflaje para el desierto. Rodeaba con el brazo a un sonriente niño iraquí-. Veterano condecorado y, más recientemente, cocinero de cafetería en un establecimiento del pueblo.

»Angelina Buffalino… ¿Tenemos alguna fotografía de ella?… ¿No?… Está bien.

»Romeo Burpee, dueño de los almacenes de la localidad.»

Sí había foto de Rommie. En ella aparecía de pie junto a una barbacoa de jardín, con su mujer, y vestía una camiseta que decía: BÉSAME, SOY FRANCÉS.

«Ernest Calvert, su hija Joan y la hija de Joan, Eleanor Calvert.»

Esa fotografía parecía tomada en una reunión familiar; había Calvert por todas partes. Norrie, que estaba adusta y guapa a la vez, llevaba su tabla de skate bajo el brazo.

«Alva Drake… su hijo Benjamin Drake…»

– Apaga eso -gruñó Big Jim.

– Al menos ellos están al aire libre -dijo Carter con añoranza- y no encerrados en un agujero. Me siento como el puto Sadam Husayn cuando pretendía huir.

«Eric Everett, su mujer, Linda, y sus dos hijas…»

«¡Otra familia!», comentó Charlie Gibson en un tono de aprobación que resultaba casi mormonesco. Big Jim ya había tenido bastante; se levantó y apagó el televisor con un brusco golpe de muñeca. Todavía sostenía la lata de sardinas en la mano y al hacer ese gesto se derramó parte del aceite en los pantalones.

Esa mancha no se irá nunca, pensó Carter, pero no lo dijo.

Yo estaba viendo el programa, pensó Carter, pero no lo dijo.

– La mujer del periódico -refunfuñó Big Jim mientras volvía a sentarse. Los cojines sisearon al aplastarse bajo su peso-. Siempre ha estado en mi contra. Se las sabe todas, Carter. Se las sabe todas, la muy puñetera. Tráeme otra lata de sardinas, ¿quieres?

Ve tú a buscártela, pensó Carter, pero no lo dijo. Se levantó y le trajo otra lata de sardinas.

En lugar de comentar la asociación olfativa que había establecido entre las sardinas y los órganos sexuales de mujeres muertas, formuló la que parecía la pregunta más lógica:

– ¿Qué vamos a hacer, jefe?

Big Jim sacó el abridor del fondo de la lata, lo insertó en la anilla, enrolló la tapa y dejó al descubierto un escuadrón fresco de pescado muerto. Su grasa brillaba bajo el resplandor de las luces de emergencia.

– Esperar a que el aire se despeje, después subir ahí arriba y empezar a recoger los pedazos, hijo. -Suspiró, colocó una sardina chorreante de grasa sobre una Saltine y se lo comió. Sobre sus labios quedaron migas de galleta salada atrapadas en cuentas de aceite-. Es lo que hace siempre la gente como nosotros. La gente responsable. Los que tiran del carro.

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