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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—Disculpadme, pero creí que erais… —De repente, el brillo del saidar la rodeó y…

Elayne cortó el contacto con la Fuente Verdadera. Había algo dominante, imperativo, en aquellos negros ojos, en el halo que la envolvía con el claro resplandor del Poder Único. Era la mujer más regia que Elayne había visto en su vida, y la joven se apresuró a hacer una reverencia sin poder remediarlo al tiempo que se avergonzaba de haber considerado… ¿Qué era lo que había pensado hacer? Pensar era un arduo trabajo.

La mujer las observó unos instantes y luego asintió con gesto satisfecho; se dirigió a la mesa y tomó asiento en la silla de la cabecera.

—Venid aquí, donde pueda veros mejor —instó con un timbre perentorio—. Acercaos. Sí, eso es.

Elayne se dio cuenta entonces de que estaba de pie junto a la mesa, mirando a la fulgurante mujer de oscuros ojos. Esperaba que eso fuera lo correcto. Al otro lado de la mesa, Nynaeve tenía aferrado un puñado de trenzas, pero contemplaba a la visitante con una ridícula expresión de embeleso que casi hizo reír a Elayne.

—Más o menos lo que había imaginado —dijo la mujer—. Poco más que unas chiquillas y, obviamente, ni siquiera medio entrenadas. Fuertes, sin embargo. Lo bastante para ser más que una simple molestia. En especial tú. —Clavó en Nynaeve los ojos—. Probablemente llegues a ser importante algún día, pero te has cerrado a ti misma, ¿no es así? Nosotras te lo habríamos impedido aunque hubieras gritado y pataleado.

Nynaeve seguía aferrando el puñado de trenzas, pero la sonrisa de infantil complacencia por el elogio dejó paso a un avergonzado temblor en los labios.

—Siento haberme cerrado —musitó, casi sollozando—. Me da miedo… todo ese poder… el Poder Único… ¿Cómo puedo…?

—Guarda silencio a menos que te pregunte algo —ordenó con firmeza la mujer—. Y no te pongas a llorar. Lo que sientes al verme es alegría, éxtasis. Sólo deseas complacerme y responder con sinceridad a mis preguntas.

Nynaeve asintió enérgicamente con la cabeza y su sonrisa se hizo aun más embelesada. Elayne comprendió que ella estaba haciendo lo mismo. No le cabía duda de que podía responder las preguntas primero. Cualquier cosa para complacer a esta mujer.

—Bien. ¿Estáis solas? ¿Hay alguna otra Aes Sedai con vosotras?

—No —contestó rápidamente Elayne a la primera pregunta, y casi sin pausa respondió a la segunda—: No hay más Aes Sedai con nosotras. —Quizá debería añadir que realmente ellas no eran Aes Sedai, pero no le había preguntado eso. Nynaeve le asestó una mirada feroz, irritada porque se le había adelantado. Ahora tenía blancos los nudillos de tanto apretar el puñado de trenzas.

—¿Por qué estáis en esta ciudad? —inquirió la mujer.

—Buscamos hermanas Negras —repuso precipitadamente Nynaeve al tiempo que lanzaba una mirada triunfante a Elayne.

La atractiva mujer se echó a reír.

—Así que por eso no os había sentido encauzar hasta hoy. Muy juicioso por vuestra parte mantener la discreción siendo dos contra once. También yo he seguido esa táctica siempre. Sólo los necios se hacen notar y salen a descubierto, pero los puede derribar una araña oculta en las grietas; una araña que no ven hasta que ya es demasiado tarde. Contadme todo cuanto hayáis descubierto sobre esas hermanas Negras, todo lo que sepáis sobre ellas.

Elayne lo soltó todo, compitiendo con Nynaeve para ser la primera. No había mucho que contar, sin embargo: sus descripciones; los ter’angreal que habían robado; los asesinatos cometidos en la Torre Blanca y la sospecha de que todavía quedaran otras Negras allí; su ayuda a uno de los Renegados en Tear antes de que la Ciudadela cayera; su huida a esta ciudad buscando algo peligroso para Rand.

—Estuvieron todas escondidas en esa casa —finalizó, jadeante, Elayne—, pero se marcharon anoche.

—Al parecer estuvisteis muy cerca —musitó lentamente la mujer—. Muy cerca. Ter’angreal. Sacad todo lo que llevéis en los bolsillos y las bolsitas y ponedlo sobre la mesa. —Las dos jóvenes lo hicieron así, y la mujer toqueteó las monedas, los útiles de costura, los pañuelos y cosas por el estilo—. ¿Tenéis algún ter’angreal en vuestros dormitorios? ¿O algún angreal o sa’angreal?

Elayne era consciente del anillo de piedra retorcido que colgaba entre sus senos, pero no había sido ésa la pregunta.

—No —contestó. En sus cuartos no tenían ningún objeto de ésos.

Apartó todas las cosas que había esparcido sobre la mesa y se echó hacia atrás en la silla.

—Rand al’Thor —musitó, hablando más para sí misma—. Así que ése es su nombre esta vez. —Su semblante se crispó en una fugaz mueca—. Un hombre arrogante que apesta a piedad y bondad. ¿Sigue siendo igual? No, no os molestéis en responderme a eso. Es una pregunta fútil. De modo que Be’lal ha muerto. Y el otro deduzco que era Ishamael. Con toda su pretensión de estar sólo medio atrapado, a cualquier precio… Cuando lo volví a ver le quedaba menos humanidad que a cualquiera de nosotros; sospecho que casi se creía el mismo Gran Señor de la Oscuridad. Con todos sus tres mil años de maquinaciones, y acaba pereciendo a manos de un muchacho sin adiestramiento. Mi método es mejor. Suavemente, en las sombras. Algo para controlar a un hombre que encauza. Sí, tenía que ser eso. —Sus ojos se tornaron penetrantes mientras estudiaba primero a la una y luego a la otra—. Bien, ¿y qué hago con vosotras?

Elayne esperó pacientemente. Nynaeve esbozaba una sonrisa tonta, expectante; tenía pinta de boba sujetando el puñado de trenzas.

—Sois demasiado fuertes para desperdiciar vuestro potencial; tal vez me seáis útiles algún día. Me encantaría ver los ojos de Rahvin el día que se te enfrente sin estar ya bloqueada —le dijo a Nynaeve—. Si pudiera, os apartaría de esa búsqueda vuestra. Lástima que la influencia en este estado de sugestión sea tan limitada. Empero, con lo poco que habéis aprendido, estáis demasiado retrasadas para poneros al día ahora. Imagino que tendré que recogeros más adelante y ocuparme de vuestro… nuevo adiestramiento. —Se puso de pie y, de repente, Elayne sintió un cosquilleo en todo el cuerpo. Su cerebro pareció vacilar; no era consciente de nada salvo la voz de la mujer, que retumbaba en sus oídos, desde muy lejos—. Recogeréis vuestras cosas de la mesa y cuando las hayáis guardado en su sitio no os acordaréis de nada de lo ocurrido, excepto que vine creyendo que erais unas amigas del campo y que estaba equivocada, que me tomé una taza de té y me marché.

Elayne parpadeó y se preguntó por qué estaba atando la bolsita en el cinturón. Nynaeve se miraba las manos con el entrecejo fruncido mientras ataba las cintas de su propia bolsita.

—Una mujer agradable —dijo la heredera del trono a la par que se frotaba la frente. Le empezaba a doler la cabeza—. ¿Dijo cómo se llamaba? No lo recuerdo.

—¿Agradable? —Nynaeve levantó la mano y se dio un fuerte tirón a las trenzas; la miró como si se hubiera movido por voluntad propia—. Creo… que no nos lo dijo.

—¿De qué estábamos hablando cuando entró? —Egeanin acababa de marcharse. ¿De qué hablaban?

—Lo que recuerdo es lo que estaba a punto de decir. —La voz de Nynaeve había cobrado firmeza—. Tenemos que encontrar a las hermanas Negras sin levantar sus sospechas o nunca tendremos la oportunidad de seguirlas hasta lo que quiera que sea esa cosa peligrosa para Rand.

—Lo sé —convino pacientemente Elayne. ¿No había dicho lo mismo ya? No, claro que no—. Ya lo hemos discutido.

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