La Odisea De Troya
- Автор: Cussler Clive
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:
Cada vez le resultaba más difícil avanzar con la soga, porque la resistencia aumentaba con cada palmo que soltaban. Agradeció que la soga de Falcron no fuera pesada o voluminosa, cosa que la habría hecho imposible de manejar. Para moverse con la menor resistencia aerodinámica posible, mantenía la cabeza gacha y las manos unidas detrás de la espalda por debajo del aparato respirador.
Intentaba mantenerse a la profundidad justa para evitar que los senos de las olas perturbaran su avance. Se desorientó en más de una ocasión, pero una rápida mirada a la brújula lo volvió a situar en el rumbo correcto. Movía las aletas con toda la fuerza de las piernas para arrastrar la soga que se le clavaba en el hombro, pero por cada par de metros que avanzaba perdía uno por culpa de la corriente.
Comenzaron a dolerle los músculos de las piernas y su avance perdió impulso. Notaba una cierta confusión mental provocada por el elevado consumo de oxígeno. El corazón le latía cada vez más rápido debido al esfuerzo y se le hacía difícil respirar. No se atrevía a hacer una pausa ante el riesgo de que la corriente le hiciera perder todo lo ganado. No había tiempo para un descanso. Todos los minutos contaban mientras el Ocean Wanderer se veía arrastrado hacia el desastre por un mar implacable.
Tras otros diez minutos de esfuerzo máximo, sus fuerzas empezaron a disminuir. Notó que su cuerpo estaba a punto de rendirse. La mente lo urgía a echar el resto, pero había un límite al esfuerzo de los músculos. Impulsado por la desesperación comenzó a bracear en un intento por aliviar la tarea de las piernas, que notaba cada vez más entumecidas.
Se preguntó si Giordino estaría pasando por el mismo trance, pero sabía que Al preferiría morir antes que renunciar, cuando estaban en juego las vidas de tantas mujeres y niños. Además, su amigo era fuerte como un toro. Si había alguien capaz de nadar a través de un mar arbolado con una mano atada a la espalda, ese era Al.
Pitt no desperdició el aliento en comunicarse con su amigo para saber cómo estaba. Hubo momentos en que lo dominó la angustia al pensar que no lo conseguiría, pero fue capaz de apartar el derrotismo y apeló a sus reservas interiores para seguir adelante.
Casi no podía respirar. El peso cada vez mayor de la soga semejaba una manada de elefantes que intentara arrastrarlo en la dirección opuesta. Comenzó a recordar los viejos anuncios de Charles Atlas, el hombre más fuerte del mundo, que arrastraba una locomotora. Ante la posibilidad de que se estuviera desviando de su objetivo, miró de nuevo la brújula. Milagrosamente, había conseguido nadar en línea recta hacia el Sea Sprite.
La nube negra del agotamiento total comenzaba a asomar en su visión periférica, cuando escuchó una voz que decía su nombre.
– Sigue, Dirk -gritó Barnum en su auricular-. Te vemos debajo del agua. ¡Sube!
Pitt obedeció la orden y salió a la superficie.
– ¡Mira a tu izquierda!
Pitt se volvió. A menos de tres metros había una boya sujeta a un cabo que llevaba hasta el Sea Sprite. No se molestó en responder. Le quedaban fuerzas para cinco brazadas, y las entregó a la causa. Con un alivio físico que nunca había experimentado antes, cogió el cabo, se lo pasó por debajo del brazo y tiró para que la boya quedara bien sujeta contra la espalda.
Se relajó mientras Barnum y sus hombres lo subían por la popa. Cuando estaba a media altura, engancharon el cabo con el bichero a un metro por detrás de Pitt y acabaron de subirlo con mucho cuidado hasta la cubierta.
Pitt levantó las manos y Barnum le quitó rápidamente el lazo del hombro y lo enganchó en el cabrestrante, junto con la soga que había llevado Giordino. Dos tripulantes se encargaron de quitarle la máscara y el respirador. Absorbió afanosamente el aire salobre con los ojos cerrados y cuando los abrió se encontró mirando el rostro sonriente de Al.
– Lentorro -murmuró Giordino, que también estaba al límite del agotamiento-. He subido a bordo casi dos minutos antes que tú.
– Tengo suerte de estar aquí -respondió Pitt entre jadeos.
Ahora que eran simples espectadores, se sentaron en la cubierta con la espalda contra la borda, que los protegía del agua que barría la cubierta, y esperaron a que les disminuyeran los latidos y la respiración volviera al ritmo normal. Observaron mientras Barnum le daba la señal a Brown, y los bidones que sostenían los cables de amarre invisibles debajo de la superficie comenzaban a asomar. El cabrestante se puso en marcha, se tensó la delgada soga de Falcron y los bidones se movieron. Los cables colgados de los flotadores de acero se agitaban al impulso de la corriente como serpientes rabiosas. Al cabo de diez minutos, los primeros bidones golpearon contra el casco.
La grúa los levantó hasta la cubierta de popa junto con los extremos de los cables. La tripulación se apresuró a unirlos con los grilletes, que pasaron por los ojetes colocados por Brown. Luego, con la ayuda de Pitt y Giordino, que ya se habían recuperado del esfuerzo, los engancharon en la gran bita montada delante de la grúa.
– ¿Preparado para el remolque, Ocean Wanderer? -preguntó Barnum, con la respiración agitada.
– Todo lo que se puede estar -respondió Brown.
Barnum llamó al jefe de máquinas.
– ¿Todo preparado en la sala de máquinas?
– Sí, capitán -contestó una voz con un fuerte acento escocés.
A continuación llamó al primer oficial en el puente:
– Señor Maverick, controlaré la maniobra desde aquí.
– Recibido, capitán. Es todo suyo.
Barnum se acercó a la consola de control montada delante de la grúa. Separó las piernas para mantener el equilibro, sujetó las palancas cromadas de los aceleradores y los movió suavemente hacia delante, al tiempo que giraba un poco la cabeza para mirar el hotel, que con su tamaño hacía que el Sea Sprite pareciera un barco de juguete.
Pitt y Giordino permanecían uno a cada lado de Barnum. Todos los miembros de la tripulación y el equipo de científicos estaban en una de las alas del puente sin preocuparse de la lluvia, en el más absoluto silencio y con las miradas fijas en el Ocean Wanderer. Los dos grandes motores magnetohidrodinámicos no transmitían su potencia a unos ejes conectados a las hélices; generaban una energía que bombeaba el agua a través de unas turbinas para propulsar el barco. En lugar de la típica masa de agua verde batida por las palas de las hélices a popa, en la superficie solo se veían dos chorros que parecían tornados horizontales.
La popa del Sea Sprite se hundió un poco y todo el barco se sacudió por el esfuerzo del remolque, la fuerza del viento y el embate de las olas. Comenzó a colear, pero Barnum ajustó rápidamente el ángulo de los propulsores, y el barco se enderezó. Durante unos minutos que se hicieron eternos no se apreció ningún cambio. El hotel parecía empeñado en continuar su viaje hacia una muerte segura.
Bajo cubierta, las máquinas no sonaban como motores dieseclass="underline" las bombas que suministraban la potencia para las turbinas aullaban como endemoniadas. Barnum observó con preocupación los instrumentos que registraban el funcionamiento de los motores.
Pitt se acercó a Barnum, que tenía las manos blancas por la fuerza que hacía en las palancas mientras las empujaba hasta los topes, como si quisiera llevarlas todavía más allá.
– No sé hasta cuándo aguantarán los motores -gritó Barnum para hacerse escuchar por encima del ruido del viento y el aullido que llegaba desde la sala de máquinas.
– Exprímelos al máximo -dijo Pitt con un tono glacial-. Si revientan, asumo la responsabilidad.
Barnum era el capitán del barco, pero Pitt estaba muy por encima de él en la jerarquía de la NUMA.
– Vaya consuelo que me das -replicó Barnun-. Si revientan, acabaremos destrozados contra las rocas.
Pitt lo miró con una sonrisa que era dura como el granito.
– Ya nos preocuparemos cuando llegue el momento.
Para aquellos que estaban a bordo del Sea Sprite, el empeño parecía cada vez inútil con el paso de los minutos. Parecía como si una mano lo tuviese inmovilizado en el agua.
– ¡Vamos, hazlo! -le suplicó Pitt al Sprite-. ¡Tú puedes hacerlo!
En el hotel, la angustia de los pasajeros comenzó a dar paso al pánico a medida que contemplaban horrorizados la furia de las olas contra las rocas más cercanas, en una catastrófica exhibición de surtidores de agua y espuma. El terror se multiplicó cuando un súbito temblor indicó que la parte más baja del edificio había golpeado contra el fondo. Nadie corrió hacia las salidas, como en el caso de un incendio o un terremoto. No había lugar alguno al que huir. Saltar al agua era algo más que un simple acto de suicidio: significaba una muerte lenta y dolorosa, ya fuera por ahogamiento o descuartizado contra las afiladas piedras de lava volcánica.
Morton recorría las salas, en un intento por calmar y dar ánimos a los huéspedes y el personal, pero eran muy pocos quienes le prestaban atención. Se sentía dominado por un profundo sentimiento de frustración. Una mirada a través de las ventanas era más que suficiente para acabar con el coraje de cualquiera. Los niños lloraban al ver el miedo reflejado en los rostros de los padres. Algunas mujeres lloraban, otras gemían y había quienes mantenían una expresión pétrea. La mayoría de los hombres se tragaban el miedo y abrazaban a sus seres queridos, al tiempo que procuraban mostrarse valientes.
El batir de las olas contra las rocas sonaba como una descarga de artillería, pero para muchos era el redoble de los tambores en un desfile fúnebre.
En el puente de mando del Sprite, Maverick vigilaba el indicador de velocidad digital. Los números rojos marcaban cero. Vio los cables fueran del agua con los bidones colgados como las escamas de un monstruo marino. No era el único que rezaba para sus adentros que el barco se moviera. Miró las lecturas del GPS, que marcaban la posición exacta de la unidad con un margen de error mínimo. Los números permanecían estáticos.