El Tercer Ojo
- Автор: Рампа Тьюсдей Лобсанг
- Год: 19
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «El Tercer Ojo». Краткое содержание книги:
Pero claro, algunos se preguntarán ¿qué tiene de malo que un hombre irlandés escriba un libro con un pseudónimo? ¿acaso algún libro dice en algún momento esta historia es falsa, no me crean? No es acaso esa la maravilla de la literatura? La capacidad de crear mundos paralelos, con personajes ficticios donde uno se vea identificado o tocado. Pero el problema es este, en el prólogo del libro Lobsang dice claramente esto: Me aseguran que algunas de mis afirmaciones es muy posible que no sean creídas. (…) el Tíbet es un país desconocido para el resto del mundo. Del hombre que escribió, refiriéndose a otro país, que la gente navegaba por el mar en tortugas, se rió todo el mundo. Y lo mismo le sucedió al que afirmó haber visto unos peces que eran “fósiles vivos. Sin embargo, es innegable que estos últimos han sido descubiertos recientemente y que llevaron a los Estados Unidos un ejemplar para ser estudiado allí. Nadie creyó a los hombres. Pero llegó el momento en que se demostró que habían dicho la verdad. Esto me ocurrirá a mí. en la que, como se puede ver, reconoce explícitamente que lo que dice en el libro es cierto.
Henry o Lobsang, murió en el año 81 no sin antes haber predecido, en su testamento que el comunismo invadirá Europa, que USA y Reino Unido se fusionarán, que Brasil, Francia y Rusia se unirán para aplastar Alemania, que América del Norte sufrirá grandes desvastaciones, y que el año dos mil presenciará serias rivalidades entre las ramas rusa y china del comunismo que darán lugar en el año 2004 a una guerra espacial terrible entre ambas potencias. Es probable que todos sus avisos se muestren tan errados como los referentes al comunismo. Pero en todo caso remata anunciando que en el 2008 vendrán del espacio otros humanos de los que nacerá una sola raza fusionada, la 'Bronceada' y una Edad de Oro, una era nueva en la que renacerá la esperanza y las aspiraciones espirituales. Algo, que en el año 2005, se ha demostrado bastante, bastante, alejado de la realidad.
En fin, fuera de todas estas polémicas sobre el autor, este libro es un relato delicioso -aunque talvez algo monótono- de la vida de un hombre, que cuenta su historia desde el profundo dolor que provoca el exilio. El relato pasa por varios años de su vida, desde la niñez hasta cuando tiene que irse a la China. Es lujoso a la hora de dar detalles sobre la vida del Tibet, aunque bajo mi punto de vista, desvaria demasiado cuando habla, sin lugar a duda, de OVNIS, Jetis y demás criaturas extrañas de las que no se puede verificar su existencia y eso que hoy han pasado cási 50 años desde que se escribió este libro. Pero dejando a parte esos pequeños detalles fantásticos tiene otros detalles llenos de ternura, amor, compasión y te proporciona un razonable acercamiento a lo que es la religión tibetana.
Sin duda es un gran libro, si ignoras el asunto del autor y el de los OVNIS, jetis y compañia, para empezar a descubrir al Tibet y sus costumbres, que fueron, y son, vilmente oprimidas por la China ¿comunista? el día de hoy, llegando al extremo de secuestrar a un niño de seis años para así evitar posibles revueltas.
Cuenta hasta diez para que no te apresures indebidamente y luego te levantas y andas hacia atrás hasta el primer almohadón libre.
Mientras el lama hacía todo esto con la facilidad que le daba su práctica, yo le iba imitando. Prosiguió:
– Otra advertencia: antes de que empieces a andar hacia atrás, lanza una rápida mirada que te permita localizar el almohadón desocupado. Es necesario que no tropieces con el almohadón, como sería muy fácil con la excitación de esos momentos. Ahora hazlo todo tú solo para que yo lo vea.
Salí del templo y el la ma dio unas palmadas como señal de que ya podía entrar. Lo hice con excesiva rapidez y el lama me detuvo con un grito:
– ¡Lobsang! ¿Acaso crees que esto es una carrera? Ahora hazlo más despacio y da un ritmo a tus pasos diciéndote en tu interior: Om-ma-ni pad-me-Hum. Y andarás como un joven y digno sacerdote y no como un caballo de carreras en la llanura del Tsang Po.
Lo ensayé otra vez avanzando hacia la estatua con toda calma. Me arrodillé y saqué la lengua para hacer el saludo tibetano. Creo que mis tres reverencias resultaron perfectas; estaba orgulloso de ellas. Pero ¡qué desgracia, había olvidado el pañuelo! Así que hube de salir de nuevo y emp ezar otra vez. Esta vez todo quedó como era debido y coloqué el pañuelo de ceremonia en torno a los pies de la estatua. Retrocedí unos pasos y logré sentarme a la manera del loto, sin tropezar.
– Muy bien -dijo el lama-. Ahora viene la segunda parte. Tendrás que ocultar tu taza de madera en tu manga izquierda. Te servirán té cuando estés sentado. Entonces sacarás la taza de té y la colocarás en equilibrio sobre la manga, en el antebrazo. Si tienes cuidado no se caerá. Ensayemos esto de la taza sin olvidar el pañuelo.
Todas las mañanas de aquella semana estuvimos ensayando para que pudiera hacer los movimientos automáticamente. Al principio la taza salía rodando por el suelo en cuanto me inclinaba, pero no tardé en dominar este ejercicio. El viernes tuve que presentarme al Abad y demostrarle que estaba ya preparado. El Abad dijo que mi habilidad era un buen tributo a las enseñanzas de nuestro hermano Mingyar Dondup.
A la mañana siguiente, la del sábado, descendimos de nuestro monte y nos dirigimos hacia el Potala. Nuestra lamasería formaba parte de la organización del Potala aunque se hallaba en un monte separado. A nuestro monasterio se le conocía con el nombre de Templo de la Medicina o Escuela Médica. Nuestro Abad era el único médico del Dalai Lama, cargo de enorme responsabilidad, pues no sólo tenía que curar cualquier enfermedad, sino hacer que su paciente estuviese siempre bien. Cualesquiera dolores o trastornos, por leves que fueran, se atribuían a la culpa del médico. Y sin embargo, el Abad no podía ir a examinar al Da lai Lama cuando lo creyera conveniente, sino que debía esperar a que lo llamaran, precis amente cuando su paciente estaba enfermo.
Pero aquel sábado no pensaba yo en las dificultades del médico: me bastaba con las mías. Nos abrimos paso por entre la multitud de peregrinos.
Esta gente llegaba de todas las partes del Tíbet para ver la mansión del Más Profundo, como llamamos al Dalai Lama. Si conseguían atisbarlo por un instante, regresaban a sus hogares más contentos que si hubieran recibido el mejor de los regalos y se consideraban de sobra recompensados por las penalidades de su larguísimo y duro viaje. Algunos peregrinos viajaban a pie durante meses enteros para poder hacer esta visita al lugar donde res idía el Más Profundo. Eran labradores, nobles de lejanas provincias, pastores, mercaderes, enfermos que esperaban curarse en Lhasa… Esta multitud atestaba la carretera y formaba un circuito de casi diez kilómetros rodeando los pies del Potala. Unos iban gateando o avanzando de rodillas; otros se ten dían en el suelo, se levantaban, volvían a tenderse y así avanzaban penosamente.
Los enfermos e inválidos se valían de la ayuda de familiares y amigos o andaban con muletas. Por doquier había mercaderes. Unos vendían té caliente con manteca junto al brasero oscilante siempre encendido. Otros vendían alimentos de varias clases. Estaban a la venta amuletos y hechizos “bendecidos por una Sagrada Encarnación”. Unos ancianos vendían horóscopos ya impresos. Más allá, un grupo de gente alegre ofrecía molinillos de plegarias como recuerdo del Potala. También había memorialistas o escribas que escribían una nota certificando que la persona que les pagaba había visitado Lasha y todos los Lugares Sagrados. Naturalmente, no nos entrevistamos con aquella gente. Nuestro objetivo era el Palacio del Potala.
La residencia privada del Dalai Lama se halla en lo más alto del enorme edificio, pues nadie puede vivir en un lugar más elevado que Él.
Una inmensa escalera de piedra sube hasta aquel sitio dando la vuelta a los edificios. Es como una rampa o calle de escaleras. Muchos de los altos funcionarios suben a caballo. Mientras subíamos, nos adelantaron algunos jinetes.
Cuando llegamos a un cierto punto, ya muy arriba, se detuvo el lama Mingyar Dondup y señalando hacia abajo me dijo:
– Allí está tu antiguo hogar, Lobsang. Los criados trabajan muy activamente en el patio.
Miré en aquella dirección y es preferible que silencie lo que sentí.
Mamá se afanaba como siempre en las tareas caseras. También estaba allí Tzu. Decididamente, debo reservarme lo que pensé en aquella ocasión.
El Potala es como una ciudad que se basta a sí misma y edificada sobre un pequeño monte. Allí se realizan todos los asuntos eclesiásticos y seglares del Tíbet. Este edificio, o grupo de edificios, es el vivo corazón del país, el foco de todas las esperanzas y de todos los pensamientos. Dentro de estos muros hay inmensos tesoros, bloques de oro, sacos y más sacos de piedras preciosas y obras de arte de las épocas más antiguas. Los edificios actuales sólo cuentan unos trescientos cincuenta años, pero fueron construidos sobre los cimientos de un antiguo palacio. Por entonces había una fortaleza en la cumbre de la montaña. A gran profundidad de esta pequeña montaña, que es de origen volcánico, hay una enorme cueva de la que salen varios pasadizos y al final de uno de ellos se llega a un lago. Sólo unos cuantos, personas muy privilegiadas, han podido entrar allí o conocen su existencia.
En la soleada mañana, subimos por los interminables escalones. Por todas partes sonaban las carracas de las oraciones, la única forma de rueda que existe en el Tíbet, pues una antigua predicción ha vaticinado que cuando las ruedas entraran en el Tíbet se acabaría nuestra paz. Por fin llegamos a lo más alto, donde unos guardias gigantescos abrieron la puerta de oro cuando vieron al lama Mingyar Dondup, a quien conocían de sobra. Subimos aún más hasta llegar al mismo tejado plano o terraza, donde estaban las tumbas de las pasadas Encarnaciones del Dalai Lama y su residencia privada. Una gran cortina de lana de yak, de color castaño, cubría la entrada.
La apartaron al acercarnos nosotros y entramos en un espacioso vestíbulo guardado por dragones de porcelana verde. Colgaban de la pared muchos y ricos tapices, donde se hallaban representadas escenas religiosas y antiguas leyendas. En unas mesas bajas había objetos que harían la delicia de cualquier coleccionista: estatuillas de varios dioses o diosas de nuestra mitología y valiosísimos adornos de todas clases. Junto a otra puerta, también cubierta por una cortina, se encontraba en un estante el Libro de los Nobles y sentí el deseo de abrirlo y ver allí el nombre de mi familia para tranquilizarme, pues aquel día y en aquel lugar me sentía muy pequeño e insignificante. A los ocho años no tenía ya ilusiones y me preguntaba por qué el Más Alto del país quería verme. Sabía muy bien que aquella vis ita, a petición suya, era insólita y pensaba que de ello sólo podían resultar para mí más trabajos y penalidades.
Un monje vestido con una túnica color rojo-cereza y con una estola de oro, se detuvo a hablar con el lama Mingyar Dondup. A éste parecían conocerlo todos allí y en todas partes a donde fui con él. Escuché estas palabras: