Los tontos mueren
- Автор: Пьюзо Марио
- Язык: испанский
- Переводчик: J M Alvarez Florez
- Жанр: Криминальные детективы
Электронная книга - «Los tontos mueren». Краткое содержание книги:
Gronevelt se echó a reír. Apreciaba el ingenio. Y le interesaba el asunto. Aunque pocas personas lo supiesen, Gronevelt leía muchísimo. Lo consideraba un vicio vergonzoso.
– ¿Cómo se llama el Niño? -preguntó con aparente indiferencia; en realidad estaba verdaderamente interesado-. ¿Y cómo se titula el libro?
– Él se llama John Merlyn -dijo Cully-. No sé cómo se titula el libro.
– No he oído hablar de él -dijo Gronevelt-. Extraño nombre -se quedó un rato pensándolo-. ¿Es su verdadero nombre?
– Sí -dijo Cully.
Hubo un largo silencio, como si Gronevelt estuviera sopesando algo, y luego, por fin suspiró y le dijo a Cully:
– Voy a darte la oportunidad de tu vida. Si haces tu trabajo como te digo y tienes la boca cerrada, tendrás una buena oportunidad de ganar mucho dinero y ser ejecutivo de este hotel. Me agradas y voy a apostar por ti. Pero recuerda que si me jodes te verás en un lío. Hablo en serio. ¿Tienes más o menos idea de lo que quiero decirte?
– La tengo -dijo Cully-. No me asusta. Ya sabe que soy un tramposo. Pero soy lo bastante listo para portarme bien cuando tengo que hacerlo.
– Lo más importante es mantener la boca cerrada -insistió Gronevelt.
Mientras decía esto, su mente vagó hacia atrás, hacia el rato que había pasado con aquella chica. Una boca cerrada. Parecía ser lo único que le servía de algo en aquellos tiempos. De momento, tenía una sensación de cansancio, una debilidad, que parecía presentarse con mayor frecuencia en el último año. Pero sabía que le bastaba bajar y pasearse por su casino para recuperarse. Como una especie de mítico gigante, absorbía potencia y energía por el hecho de sentirse asentado en la tierra fecunda del salón de su casino, de la gente toda que trabajaba para él, de todas las personas que conocía, ricas y famosas y poderosas, que venían a que las fustigasen con los dados y las cartas de él, que se torturaban a sí mismas en sus mesas de fieltro verde. Pero la pausa había sido excesivamente larga, y advirtió que Cully le observaba con curiosidad e inteligencia activas. Estaba dándole a aquel nuevo empleado un margen.
– La boca cerrada -repitió Gronevelt-. Y tendrás que dejar todas las trapacerías de baja estofa. Sobre todo con tías. En fin, ¿que quieren regalos? ¿Que te sacan cien aquí y mil allá? Recuerda entonces que así quedan pagadas, que no les debes nada. Procura no deberle nada a una mujer. Nada. Es preferible no tener cuentas pendientes con tías. A menos que seas un chulo o un imbécil. Recuérdalo. Dales la pasta y listo.
– ¿Un billete de cien? -preguntó burlonamente Cully-. ¿No pueden ser cincuenta? Yo no soy dueño de un casino.
Gronevelt sonrió un poco.
– Usa tu propio juicio. Pero si te interesa una chica, resuélvelo con un billete.
Cully asintió y esperó. De momento, todo era palabrería. Gronevelt tenía que ir al grano. Y lo hizo.
– Mi mayor problema en este momento -dijo- es eludir impuestos. Ya sabes que sólo puede hacerse uno rico en la oscuridad. Algunos de los otros propietarios de hoteles se dedican a falsear las liquidaciones con sus socios. Eso no sirve para nada. Al final, los federales les cazarán. Si habla alguien, están listos. Listos de verdad. Eso a mí no me gusta. Pero evadiendo es como puede hacerse dinero de verdad y en eso será en lo que me ayudes tú.
– ¿Voy a trabajar en la sección de contabilidad? -preguntó Cully.
Gronevelt meneó la cabeza con impaciencia.
– Trabajarás en el salón de juego -dijo-. Al menos durante un tiempo. Y si trabajas bien, pasarás a ser ayudante personal mío. Es una promesa. Pero tendrás que demostrar que vales. Sin fallos. ¿Entiendes lo que quiero decir?
– Desde luego -dijo Cully-. ¿Algún riesgo?
– Sólo por ti mismo -dijo Gronevelt.
Y de pronto miró fijamente a Cully como si estuviese diciéndole algo sin palabras, algo que quería que Cully captase muy bien. Cully le miró también los ojos y la cara de Gronevelt se hundió un poco con una expresión de cansancio y repugnancia, y de pronto Cully comprendió. Si demostraba que no valía, si le engañaba, tenía bastantes probabilidades de acabar enterrado en el desierto. Sabía que esto le preocupaba a Gronevelt, y sintió un extraño lazo con aquel nombre. Quiso tranquilizarle.
– No se preocupe, señor Gronevelt -dijo-. No le defraudaré. Aprecio lo que hace por mí. No le dejaré mal.
Gronevelt cabeceó lentamente. Volvió la espalda a Cully y miró por el inmenso ventanal al desierto y a las montañas de más allá.
– Las palabras no significan nada -dijo-. Cuento con que seas listo. Ven a verme mañana al mediodía y lo ultimaremos todo. Y otra cosa.
Cully pareció estar muy atento.
– Líbrate de esa jodida chaqueta que llevabais siempre tú y tus amigos -dijo Gronevelt con aspereza-. Esa mierda de Las Vegas Ganador. No te imaginas lo que me irritaba esa chaqueta cuando os veía a los tres paseándoos por el casino con ella. Y eso es lo primero que puedes recordarme. Decirle a ese jodido tendero que no pida más chaquetas de ésas.
– Vale -dijo Cully.
– Echemos otro trago y luego puedes irte -dijo Gronevelt-. Tengo que echar un vistazo al casino dentro de un rato.
Tomaron otro trago y Cully se quedó atónito cuando Gronevelt hizo un brindis chocando los vasos para celebrar su nueva relación. Esto le animó a preguntar qué le había pasado a Cheech.
Gronevelt movió la cabeza con tristeza.
– Quizás deba explicarte algunos datos básicos sobre la vida de esta ciudad. Ya sabes que Cheech está en el hospital. Oficialmente le atropelló un coche. Se recuperará, pero nunca volverás a verle en Las Vegas hasta que tengamos otro sheriff.
– Yo creí que Cheech estaba relacionado -dijo Cully. Bebió un trago de su vaso. Permanecía muy alerta. Quería saber cómo funcionaban las cosas a nivel de Gronevelt.
– Tiene muy buenas relaciones en el este -dijo Gronevelt-. Los amigos de Cheech querían incluso que yo le ayudase a salir de Las Vegas. Pero les dije que no me era posible.
– No lo entiendo -dijo Cully-. Usted tiene más poder que el sheriff.
Gronevelt se acomodó en su asiento y bebió lentamente. Como hombre más viejo y más sabio, siempre le resultaba agradable instruir a los jóvenes. E incluso mientras lo hacía, sabía que Cully estaba halagándole, que probablemente Cully conocía todas las respuestas.
– Mira -dijo-, nosotros podemos arreglar las cosas con el gobierno federal, con nuestros abogados y con los tribunales; tenemos jueces y tenemos políticos. De una u otra forma, podemos resolver las cosas con el gobernador o con las comisiones de control del juego. La oficina del sheriff controla la ciudad tal como nosotros queremos. Puedo coger el teléfono y conseguir que prácticamente cualquiera sea expulsado de la ciudad. Estamos creando la imagen de Las Vegas como un lugar absolutamente seguro para los jugadores. No podemos conseguirlo sin la ayuda del jefe de policía. Ahora bien, para ejercer ese poder tiene que tenerlo y nosotros tenemos que dárselo. Tenemos que tenerle contento. Tiene que ser, además, una determinada especie de tipo con determinados valores. No puede dejar que un hampón como Cheech le pegue a su sobrino sin que pase nada. Tiene que romperle las piernas. Y tenemos que dejarle. Yo tengo que dejarle. Cheech tiene que dejarle. La gente de Nueva York tiene que dejarle. Es un pequeño precio que hay que pagar.
– ¿Tan poderoso es el jefe de policía? -preguntó Cully.
– Tiene que serlo -dijo Gronevelt-. No tenemos otro medio de lograr que esta ciudad funcione. Y él es un tipo listo, un buen político. Seguirá en su puesto los diez años próximos.
– ¿Por qué sólo diez? -preguntó Cully.
Gronevelt sonrió.
– Será demasiado rico para trabajar -dijo-. Y es un trabajo muy duro.
Cuando Cully se fue, Gronevelt se preparó para bajar al salón del casino. Eran ya casi las dos de la madrugada. Hizo su llamada especial al ingeniero del edificio para que bombease oxígeno puro a través del sistema de aire acondicionado del casino para que los jugadores permaneciesen bien despiertos. Luego decidió que debía cambiarse de camisa. Por alguna razón, se le había puesto húmeda y pegajosa durante su charla con Cully. Y mientras se cambiaba, dedicó a Cully más detenidos pensamientos.