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Historias de fantasmas

Электронная книга - «Historias de fantasmas». Краткое содержание книги:

Doce relatos fantasmales: Historia de un loco. La historia de un viajante de comercio. La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador. La historia del tío del viajante. El barón de Grozwich. Una confesión encontrada en la prisión de la época de Calos II. Para leer al atardecer. Juicio por asesinato. Fantasmas por Navidad. La novia del ahorcado. La visita del señor testador. La casa hechizada.
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En lo que voy a relatar no tengo intención de plantear, refutar o apoyar teoría alguna. Conozco la historia del librero de Berlín. He estudiado el caso de la esposa de un miembro ya fallecido de la Sociedad Astronómica Real tal como lo cuenta Sir David Brewster, y he seguido minuciosamente los detalles de un caso mucho más notable de ilusión espectral que se produjo en mi círculo de amigos íntimos. En cuanto a esto último quizá sea necesario afirmar que quien lo sufrió (una dama) no estaba relacionada conmigo ni siquiera mínimamente. Una suposición equivocada a ese respecto podría sugerir una explicación de una parte de mi propio caso, pero sólo de una parte, que carecería totalmente de fundamento. No puede hacerse referencia a que haya heredado yo alguna peculiaridad desarrollada, ni he tenido antes en absoluto experiencia similar alguna, ni la he tenido tampoco desde entonces.

Hace muchos años, o muy pocos, que eso no importa ahora nada, se cometió en Inglaterra cierto asesinato que llamó mucho la atención. Nos enteramos de más asesinatos de los necesarios conforme se van sucediendo y aumentando su atrocidad, y de haber podido habría enterrado el recuerdo de aquel animal particular al tiempo que su cuerpo era enterrado en la cárcel de Newgate. Me abstengo intencionadamente de proporcionar la menor pista directa respecto al criminal.

Cuando se descubrió el asesinato no recayó ninguna sospecha sobre el hombre que más tarde fue llevado a juicio, o más bien debería decir, en el deseo

de acercarme lo más posible a la precisión en mis hechos, que en ninguna parte se sugirió públicamente que se tuviera tal sospecha. Como en aquel momento no se hizo referencia alguna a él en los periódicos evidentemente era imposible que se incluyera en ellos alguna descripción del asesino. Resulta esencial que se tenga en cuenta este hecho.

Cuando abrí durante el desayuno el periódico de la mañana incluía el relato de ese primer descubrimiento y me resultó profundamente interesante por lo que lo leí con la máxima atención. Lo leí do: veces, sino tres. El descubrimiento se había hecho en un dormitorio, y cuando dejé el periódico tuve un destello, un impulso, en realidad no sé cómo llamarlo, pues no encuentro palabra alguna que lc describa satisfactoriamente, en el que me pareció ver que ese dormitorio pasaba a través de mi habitación, como si un cuadro, por imposible que parezca, hubiera sido pintado sobre la corriente de un río Aunque cruzó mi habitación de una manera casi instantánea, resultaba perfectamente claro; tan claro que observé perfectamente, con una sensación di alivio, que el cadáver no estaba en la cama.

Donde tuve esta curiosa sensación no fue en un lugar romántico, sino en mis habitaciones de Picca dilly, muy cerca de la esquina de St. James Street Para mí fue algo totalmente nuevo. En ese momento: me encontraba sentado en mi butaca y la sensación se acompañó de un peculiar estremecimiento que cambió aquella de sitio. (Aunque hay que tener et cuenta que la butaca podía moverse fácilmente sobra unas ruedecillas). Me dirigí a una de las ventanas (la habitación, situada en el segundo piso, tenía dos ventanas) para descansar la vista viendo el movimiento de Piccadilly. Era una hermosa mañana otoñal y la calle estaba alegre y centelleante. Soplaba el viento. Al mirar hacia fuera, observé que el viento sacaba del parque una buena cantidad de hojas caídas que una ráfaga arrastró y formó con ellas una columna espiral. Cuando la columna cayó y se dispersaron las hojas, vi a dos hombres al otro lado del camino, que iban desde el oeste hacia el este. Uno iba detrás del otro. El primero se volvía a menudo para mirar por encima del hombro. El segundo le seguía a una distancia de unos treinta pasos, con la mano derecha levantada amenazadoramente. Atrajo primero mi atención la singularidad y fijeza del gesto amenazador en un lugar tan público; y después la circunstancia notable de que nadie le prestara atención. Ambos hombres seguían su camino entre los otros viandantes con una suavidad que no resultaba coherente ni siquiera con la acción de caminar sobre una acera; y que yo pudiera ver ni una sola persona les cedía el paso, les tocaba o les miraba. Al pasar ante mi ventana, ambos miraron hacia arriba, hacia mí. Contemplé los dos rostros con gran claridad y supe que sería capaz de reconocerlos en cualquier lugar. Y no es que observara conscientemente algo que fuera muy notable en alguna de sus caras, salvo que el hombre que iba el primero tenía una apariencia inusualmente humilde, y el rostro del hombre que le seguía tenía el color de cera sucia.

Soy soltero y mi ayuda de cámara y su esposa constituyen todo el servicio. Trabajo en una sucursal bancaria y ojalá que mis deberes como jefe de departamento fueran tan escasos como popularmente se supone. Ese otoño me obligaron a permanecer en la ciudad, cuando yo necesitaba un cambio. No estaba enfermo, pero tampoco me sentía muy bien. Al lector le corresponde extraer las consecuencias que parezcan razonables del hecho de que me sentía fatigado, la vida monótona me producía una sensación depresiva y estaba «ligeramente dispéptico». Mi doctor, un hombre de fama, me aseguró que mi estado de salud en aquella época no justificaba una descripción más poderosa, y cito lo que él mismo me describió por escrito cuando se lo solicité. Conforme las circunstancias del asesinato fueron revelándose gradualmente y atrayendo cada vez más poderosamente la atención del público, las aparté de mi propia atención enterándome de ellas lo menos posible en medio de la excitación general. Pero sabía que se había dictado un veredicto de homicidio voluntario contra el supuesto asesino, y que había sido conducido a Newgate hasta el juicio. Sabía también que su juicio se había pospuesto hasta una de las sesiones del Tribunal Criminal Central, basándose en prejuicios generales y en la falta de tiempo para la preparación de la defensa. Pude también saber, aunque no lo creo, en qué momento se celebrarían las sesiones del juicio pospuesto.

Mi sala de estar, el dormitorio y el vestidor están todos en el mismo piso. Con el vestidor sólo hay comunicación a través del dormitorio. La verdad es que en él hay una puerta que en otro tiempo comunicaba con la escalera, pero desde hacía años una parte de las tuberías de mi baño pasaba por ella. En ese mismo período, y como parte del mismo arreglo, la puerta había sido claveteada y recubierta de lienzo.

Una noche me encontraba de pie en mi dormitorio, a una hora tardía, dando unas instrucciones a mi criado antes de que éste se acostara. Me encontraba de cara a la única puerta disponible de comunicación con el vestidor, que estaba cerrada. Mi criado le daba la espalda a esa puerta. Mientras le estaba hablando vi que se abría y que un hombre miraba hacia el interior, haciéndome señas en una actitud de ansiedad y misterio. Era el mismo hombre que iba en segundo lugar por Piccadilly, y cuyo rostro tenía el color de cera sucia.

Tras hacerme señas, retrocedió y cerró la puerta. Sin mayor retraso que el necesario para cruzar el dormitorio, abrí la puerta del vestidor y miré en el interior. Llevaba ya una vela encendida en la mano. No tuve ninguna expectativa interior de que fuera a ver a esa persona en el vestidor, y no la vi allí.

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