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Электронная книга - «El Centauro». Краткое содержание книги:

Centauro es un texto diáfano para el lector, sin zonas que para ser transitadas requieran de su complicidad, servido una vez más por la voluntad de estilo puntilloso que personaliza la prosa de Updike. Si los personajes casi nunca logran hacernos olvidar la firmeza y la elegancia formales que los especifican, es decir, la riqueza del verbo aplicado a sus vidas ficticias, se debe en gran medida a que expresamente son deudores de la leyenda mitológica que Updike quiso insertar en la historia contemporánea, con lo cual en su composición tiene más peso lo arquetípico que lo propiamente substantivo de las criaturas humanas susceptibles de desenvolverse libres de vínculos o afinidades prefijadas.
Por lo tanto, no alimento la menor duda acerca del valor de Centauro como una obra que al mismo tiempo que ejemplifica con fidelidad las maneras narrativas de John Updike -las virtudes y las servidumbres del Updike de la primera etapa-, se aparta un buen trecho del camino real que a lo largo de una cuarentena de títulos le llevarían a erigirse en el novelista por excelencia de la domesticidad norteamericana, el que con mayor profundidad ha analizado los conflictos y evolución de la pareja liberal, esto es, de la familia, y la transformación de sus esquemas sociales y morales al ritmo de los acontecimientos históricos que a su vez han modificado la sociedad desde el ya lejano mandato de Kennedy al de Bush.
Updike no ha vuelto a servirse de la mitología griega como soporte, quizá porque ha sido precisamente él, junto con Saul Bellow, quien de manera convincente ha creado una simbología no codificada del individuo moderno en una sociedad lastrada por la violencia, la dureza y el vacío espiritual, que lo perturba. En tanto que cronista veraz de esa confrontación trascendental, molesta e inquietante, John Updike es soberbio y, aunque sólo fuera por eso, habría que leer sus obras de ficción con interés y respeto.
De la Introducción de Robert Saladrigas
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En lugar de frenar, debido a alguna equivocación, mi padre siguió adelante cuando llegamos al cruce de Olinger sin cambiar de carretera. Yo le grité:

– ¡Eh!

– No importa, Peter -me dijo con suavidad-. Hace demasiado frío.

Bajo aquel cretino gorro de lana azul mantenía una expresión impasible. No quería que el viajero se avergonzase al averiguar que, dejando a un lado nuestro camino, íbamos a llevarle hasta Alton.

Yo estaba tan indignado que me atreví a volverme y lanzar una mirada feroz. El rostro del viajero, todavía congelado, era terrible; un charco; como no entendía por qué me había girado, se me acercó con la cara cruzada por la mancha de una sonrisa que emanaba una embarrada emoción. Me acobardé y me encogí rígidamente; los detalles del salpicadero saltaron brillantes delante mismo de mis ojos. Los cerré para evitar otra ola interna de aquella imprevista y molesta ducha interior de icor que yo mismo había provocado. Lo peor de todo había sido que fuera tímido, agradecido y afeminado.

Mi padre echó hacia atrás su gran cabeza y dijo:

– ¿Qué ha aprendido usted?

El dolor, que hacía que su voz le saliera tensa, desconcertó al otro. El asiento de atrás permanecía silencioso. Mi padre esperó.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó el viajero.

Mi padre se explicó un poco más:

– ¿Cuál es su veredicto? Usted es una persona a la que yo admiro. Ha tenido cojones para hacer lo que yo habría querido hacer siempre: andar por ahí, ver ciudades. ¿Cree que me he perdido muchas cosas?

– No se ha perdido nada.

Las palabras se curvaron sobre sí mismas como irritadas antenas.

– ¿No ha hecho nada que le gustaría recordar? Esta última noche no he dormido porque me la he pasado tratando de recordar algo agradable y no lo he conseguido. Penas y horrores; a esto se reducen mis recuerdos.

Esta frase me ofendió; me tenía a mí.

La voz del viajero se hizo difusa; quizás era una risa.

– El mes pasado maté a un maldito perro -dijo-. ¿Por qué? Esos malditos perros salen de los matorrales y tratan de quedarse con un pedazo de tu pierna, así que yo iba armado de un buen palo y caminando cuando el muy cabrón me saltó encima y le di justo entre los ojos. El perro se desplomó, le pegué un par de golpes más y ese perro mamón ya no vuelve a tratar de arrancarle a nadie un pedazo de pierna simplemente porque no tiene un coche para mover el culo de un lado para otro. Entre los dos ojos, a la primera.

La actitud de mi padre mientras le escuchaba era bastante lúgubre.

– No es nada frecuente que los perros traten de hacer daño a nadie -le dijo ahora-. Los perros son exactamente como yo, seres curiosos. Sé perfectamente cómo piensan. En casa tenemos un perro que me parece maravilloso. Mi mujer lo adora.

– Pues yo le digo que a ese hijo puta lo dejé bien arreglado -dijo el viajero sorbiendo saliva-. ¿Te gustan los perros, chico? -me preguntó.

– A Peter le gusta todo el mundo -dijo mi padre-. Daría mis ojos por tener el buen carácter de este chico. Pero entiendo lo que usted quiere decirme, señor; no es lo mismo cuando te salta un perro encima en plena oscuridad.

– Eso, y además ahora ya no te coge nadie -dijo el hombre-. Llevaba allí el día entero y ya se me habían helado los cojones, y su coche fue el primero que se paró a recogerme.

– Yo siempre llevo a la gente -dijo mi padre-. Si no fuera porque el cielo cuida de los tontos, yo estaría en su lugar. Ha dicho usted que era cocinero, ¿verdad?

– Hmmm… he trabajado de eso.

– Ante usted me quito el sombrero. Es usted un artista.

Me dio la sensación de ser una lombriz: aquel hombre debía empezar a preguntarse si mi padre estaba cuerdo. Ardí en deseos de pedir disculpas, de humillarme ante aquel desconocido, de dar explicaciones. Es así; le encantan los desconocidos; está preocupado por algo.

– No tiene más secreto que mantener la sartén bien engrasada -respondió el hombre con cierta cautela.

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