El retorno de los dragones
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El retorno de los dragones». Краткое содержание книги:
Y ellos, menos que nadie.
—Podríamos dirigimos al norte, hacia la gruta; el bote está escondido aquí —sugirió Riverwind.
—¡No! —chilló Flint con voz ahogada y, sin decir una palabra más, se volvió y comenzó a internarse en el bosque, corriendo en dirección sur tan rápido como le permitían sus cortas piernas.
9
La huida. El ciervo blanco
Aunque se sentían extenuados después de aquella terrible lucha, los compañeros atravesaron el frondoso bosque tan rápido como pudieron, y pronto alcanzaron la senda de caza. Caramon iba en cabeza, espada en mano, expectante ante cada sombra, seguido de Raistlin, que caminaba apoyándose sobre su hombro con los labios apretados y expresión severa. Los demás iban detrás de ellos con las armas desenvainadas.
No vieron más criaturas.
—¿Por qué no nos siguen? —preguntó Flint cuando ya llevaban más de una hora caminando.
Tanis se rascó la barba: había estado preguntándose lo mismo.
—No necesitan hacerlo. Estamos atrapados. Seguramente habrán bloqueado todas las salidas del bosque, a excepción de la del Bosque Oscuro...
—¡El Bosque Oscuro! —repitió Goldmoon en voz baja—. ¿Es realmente necesario que tomemos ese camino?
—Puede que no lo sea. Echaremos un vistazo desde el Pico del Orador.
De pronto oyeron gritar a Caramon. Tanis corrió hacia él y encontró a Raistlin desfallecido.
—Me pondré bien, pero debo descansar.
—A todos nos irá bien descansar un rato.
Nadie dijo nada y todos se dejaron caer agotados, intentando recuperar las fuerzas. Sturm cerró los ojos y se recostó contra una roca cubierta de musgo. Su rostro era una sombra espectral de color gris blanquecino y tanto sus largos bigotes como su cabello estaban manchados de sangre y apelmazados. La herida era un corte rasgado que poco a poco iba tomándose morado. Tanis sabía que el caballero prefería morir antes que formular una sola palabra de queja.
—No te preocupes —dijo Sturm secamente—. Concédeme simplemente unos momentos de paz —Tanis le dio un leve apretón en el brazo y fue a sentarse junto a Riverwind.
Durante unos minutos ninguno de los dos habló, luego Tanis le comentó:
—Riverwind, sospecho que ya te habías enfrentado antes contra esas criaturas, ¿verdad?
—En efecto, Tanis, las encontré por primera vez en la ciudad destruida —Riverwind se estremeció—. Lo recordé todo cuando miré dentro del carromato y vi aquella cosa que me miraba con expresión maligna. Por lo menos... —Hizo una pausa y movió la cabeza, dirigiéndole a Tanis una especie de sonrisa—. Por lo menos sé que no me estoy volviendo loco. Esas terribles criaturas existen... Había llegado a dudarlo. ¿Cómo lo adivinaste?
—Lo supuse cuando observé tu estupefacción al contemplar a esas repugnantes criaturas. Tengo la impresión de que están invadiendo todo Krynn. ¿Está cerca de aquí esa ciudad destruida?
—No. Llegué a Que-shu por el camino del este, estaba lejos de Solace, más allá de las Llanuras —miró a Tanis y sonrió; por un momento la máscara inexpresiva desapareció y el semielfo vio que sus ojos castaños eran cálidos y profundos—. Te doy las gracias, semielfo, a ti y a todos vosotros. Habéis salvado nuestras vidas en más de una ocasión y yo me he comportado como un desagradecido. Pero... —hizo una pausa— es todo tan extraño.
—Será todavía más extraño —dijo Raistlin en tono misterioso.
El grupo, tras un breve descanso, reanudó la marcha. Se estaban acercando al Pico del Orador; desde el camino ya lo habían visto elevándose sobre los bosques. El resquebrajado pico tenía la forma de dos manos unidas en actitud de oración, de ahí su nombre. En los bosques flotaba un silencio mortecino. Los compañeros empezaron a pensar que los pájaros y demás animales del bosque se habían evaporado dejando tras ellos un silencio vacío y misterioso. Todos se sentían inquietos —excepto Tasslehoff— y miraban continuamente a su alrededor, desenvainando la espada ante cualquier sombra.
Sturm insistió en caminar en la retaguardia, pero comenzó a rezagarse a medida que su dolor de cabeza aumentaba. Comenzaba a sentir náuseas. Al poco rato perdió la noción de dónde estaba y de lo que estaba haciendo, sólo sabía que debía seguir caminando, colocando un pie detrás del otro y moviéndose hacia delante como uno de los autómatas de Tas.
¿Cómo era la historia que Tas le había contado? Sturm intentó recordarla a pesar de la ofuscación que le producía el dolor. Los autómatas servían a un hechicero que había invocado a un demonio para que hiciese desaparecer al kender. Como todas las historias de los kenders, era una auténtica tontería. Sturm puso un pie delante del otro. Tonterías. Como los cuentos del anciano de la posada. Cuentos sobre el Ciervo Blanco y los antiguos dioses. Historias sobre Huma. Sturm se llevó las manos a sus palpitantes sienes como si intentase mantener unida su cabeza. Huma...
De niño, Sturm había escuchado las historias de Huma. Su madre —hija de un Caballero de Solamnia y casada también con un Caballero— no conocía otras para contarle. Sturm comenzó a pensar en su madre, el dolor que sentía le hacía recordar los tiernos cuidados que ésta le prodigaba cuando se encontraba enfermo o herido. El padre de Sturm había enviado al exilio a su mujer y a su hijo, pues el niño —su único heredero — era un blanco fabuloso para aquellos que deseaban que los Caballeros de Solamnia desapareciesen para siempre de las tierras de Krynn. Sturm y su madre se refugiaron en Solace, y el joven caballero en seguida había hecho amigos, sobre todo con otro chico, Caramon, quien compartía con él su interés por lo militar. Su madre, en cambio, era orgullosa y consideraba a todas las personas inferiores a ella. Por ello, cuando la fiebre la consumió, murió sola, con la única compañía de su hijo adolescente a quien encomendó a su ausente padre —si éste aún vivía, algo que Sturm estaba empezando a dudar.
En Solace, Sturm había conocido también a Tanis y a Flint, quienes, al morir su madre, lo adoptaron como habían hecho con Caramon y Raistlin, convirtiéndolo en un diestro guerrero. Junto con Tasslehoff y, en algunas ocasiones Kitiara, la bella y salvaje hermanastra de los gemelos, Sturm y sus amigos habían viajado por las tierras de Abanasinia.
Cinco años antes, igual que el resto de los compañeros, él también había abandonado Solace para investigar los extraños rumores que corrían sobre la maldad que parecía proliferar en aquellas tierras.
En su viaje, Sturm se había dirigido a Solamnia para, además, averiguar el paradero de su padre y obtener su herencia. No consiguió su propósito. Logró escapar con vida de milagro, salvando únicamente la cota de mallas y la espada de doble puño de su padre. El viaje a su tierra fue una experiencia desgarradora, pues, aunque Sturm ya sabía que los Caballeros habían sido denigrados y vilipendiados, se sorprendió al percibir el gran resentimiento que había contra ellos. En la Era de los Sueños, Huma, Portador de Luz y Caballero de Solamnia, había acabado con la oscuridad y así empezó la Era del Poder. Después —de acuerdo con la tradición popular—, los dioses abandonaron al hombre y sobrevino el Cataclismo. La gente pidió ayuda a los Caballeros tal como éstos, en el pasado, habían pedido ayuda a Huma. Pero Huma hacía tiempo que había muerto y los Caballeros sólo pudieron observar, impotentes, la lluvia de terror que caía del cielo, destrozando Krynn en pedazos. Los Caballeros no pudieron hacer nada, y esto nunca se les llegó a perdonar. De pie ante las ruinas del castillo de su familia, Sturm juró restaurar el honor de los Caballeros de Solamnia —aunque esto significara perder la vida en el intento.
Pero ¿cómo podía conseguirlo luchando contra un puñado de clérigos?, se preguntó amargamente mientras el sendero se le aparecía cada vez más confuso. Dio un traspié, pero rápidamente se levantó de nuevo. Huma había luchado contra dragones. «Dadme dragones», soñaba Sturm. Levantó la mirada; las transparentes hojas de los árboles se diluyeron en una dorada neblina. Supo que iba a desmayarse. Parpadeó y volvió a verlo todo claro y con nitidez.