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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Pero ni la belleza de Dany ni la fuerza del caballero les iban a servir de nada con los hombres cuyos barcos tanto necesitaban.

—¿Así que necesitáis pasaje para un centenar de dothrakis, sus caballos, vos misma, este caballero y tres dragones? —dijo el capitán de la gran coca Amigo ardoroso antes de alejarse entre carcajadas.

Cuando le dijo al lysenio que comandaba la Trompetera que ella era Daenerys de la Tormenta, reina de los Siete Reinos, el hombre hizo una mueca.

—Sí, y yo soy Tywin Lannister, y todas las noches cago oro —replicó.

El contramaestre de la galera de Myr Espíritu de seda señaló que los dragones eran demasiado peligrosos en el mar, donde cualquier llamita podía incendiar los aparejos. En cambio, el propietario de la Barriga de Lord Faro se habría arriesgado a transportar dragones, pero no dothrakis.

—No pienso llevar en mi Barriga a esos salvajes sin dios, ni pensarlo.

Los dos hermanos que capitaneaban las naves gemelas Mercurio y Galgo se mostraron comprensivos y los invitaron a subir para tomar un vaso de vino del Rejo. Fueron tan corteses que Dany se atrevió a albergar esperanzas, pero resultó que el precio que pedían estaba muy por encima de sus posibilidades, tal vez incluso por encima de las de Xaro. La Petto Pellizcos y la Ojos negros eran demasiado pequeñas, la Bravo tenía que partir hacia el mar de Jade, y la Magíster Emallo no parecía capaz de mantenerse a flote.

Mientras se dirigían hacia el siguiente atracadero, Ser Jorah le puso una mano en la base de la espalda.

—Alteza, os están siguiendo. No, no os volváis. —La guió con gentileza hacia el tenderete de un vendedor de objetos de bronce—. Mirad qué hermoso trabajo, mi reina —proclamó en voz alta al tiempo que levantaba una gran bandeja y se la mostraba—. ¿Veis cómo brilla al sol?

El bronce estaba tan pulido que Dany podía ver su rostro reflejado en él… y cuando Ser Jorah lo colocó en el ángulo adecuado, vio también qué había tras ella.

—Hay un hombre gordo de piel oscura y otro de más edad con un cayado. ¿Cuál de los dos?

—Ambos —respondió Ser Jorah—. Nos han estado siguiendo desde que salimos de la Mercurio.

Las ondulaciones del bronce distorsionaban las figuras de los desconocidos, con lo que uno parecía muy alto y enjuto, y el otro espantosamente bajo y gordo.

—Un bronce de primera calidad, gran señora —exclamó el comerciante—. ¡Reluce como el sol! Y por ser para la Madre de Dragones, sólo os costará treinta honores.

La bandeja no valía más de tres.

—¿Dónde están mis guardias? —exclamó Dany—. ¡Este hombre está intentando robarme! —Bajó la voz para hablar con Jorah en la lengua común—. Puede que no tengan malas intenciones. Los hombres han mirado a las mujeres desde el principio de los tiempos, tal vez no sea más que eso.

—¿Treinta? —dijo el vendedor de bronce haciendo caso omiso de sus susurros—. ¿He dicho treinta? Tonto de mí. El precio es de veinte honores.

—Todos los objetos que tienes en este tenderete no valen juntos veinte honores —le replicó Dany mientras examinaba la imagen reflejada.

El anciano tenía aspecto de ser de Poniente, y el de piel oscura debía de pesar más de ciento treinta kilos. «El Usurpador ofreció un título de señor al hombre que me matara, y estos dos están muy lejos de sus hogares. ¿O serán tal vez enviados de los brujos, que intentan cogerme desprevenida?»

—Diez, khaleesi, y sólo porque sois así de hermosa. Utilizadlo como espejo, sólo un bronce de tanta calidad como éste puede reflejar vuestra belleza.

—Más bien me serviría como orinal para las noches. Si lo tiráis tal vez lo recoja, mientras no tenga que agacharme para ello. Pero ni en sueños pagaría por esto. —Dany le volvió a poner la bandeja en las manos—. Si pensáis que pagaré, es que los gusanos se os han metido por la nariz y os han devorado el cerebro.

—Ocho honores —gritó—. Mis esposas me darán una paliza y me llamarán idiota, pero en vuestras manos no soy más que un niño indefenso. Vamos, ocho, es menos de lo que vale.

—¿Para qué quiero yo una bandeja de bronce, cuando Xaro Xhoan Daxos me da de comer en platos de oro?

Se dio la vuelta como si fuera a alejarse, y aprovechó para lanzar una mirada de hurtadillas a los desconocidos. El hombre de piel oscura era casi tan grueso como había parecido en la bandeja, tenía la cabeza calva y brillante, y las mejillas pulidas de los eunucos. Se ceñía el amplio vientre con una tira de seda amarilla manchada de sudor, de la que le colgaba un largo arakh curvo. Por encima de la seda iba desnudo, a excepción de un chaleco con tachonaduras de hierro que de tan pequeño resultaba absurdo. Los antebrazos, gruesos como troncos de árbol, el pecho ancho y el vientre redondo aparecían cubiertos de cicatrices antiguas, muy blancas en comparación con la piel oscura como una avellana.

El otro hombre vestía una capa de viajero de lana sin teñir, con la capucha echada hacia atrás. Tenía una cabellera larga y blanca que le caía sobre los hombros, y una barba sedosa, blanca también, que le cubría la mitad inferior del rostro. Se apoyaba en un cayado de madera dura casi tan alto como él.

«Si quisieran hacerme algún daño, tendrían que ser muy idiotas para vigilarme de manera tan abierta.» De todos modos, lo más prudente sería regresar adonde estaban Jhogo y Aggo.

—El anciano no lleva espada —dijo a Jorah en la lengua común, mientras se alejaba con él.

—Cinco honores —insistió el vendedor corriendo tras ellos—, por cinco honores es todo vuestro, fue hecho para vos.

—Un cayado de madera dura puede romper un cráneo tan bien como cualquier maza —replicó Ser Jorah.

—¡Cuatro! ¡Sé que lo estáis deseando! —No paraba de saltar ante ellos, retrocediendo, sin dejar de ponerles la bandeja ante los rostros.

—¿Todavía nos siguen?

—Levanta eso un poco más —dijo el caballero al vendedor—. Sí. El anciano finge que está examinando las mercancías que hay en un tenderete de vasijas, pero el de piel oscura no os quita la vista de encima.

—¡Dos honores! ¡Dos! ¡Dos! —El vendedor sudaba copiosamente por el esfuerzo de correr de espaldas.

—Pagadle antes de que se nos muera aquí mismo —dijo Dany a Ser Jorah, mientras se preguntaba qué iba a hacer con una bandeja de bronce tan grande.

Mientras el caballero buscaba las monedas, ella se dio media vuelta. Estaba decidida a poner fin a aquella farsa. La sangre del dragón no permitiría que un anciano y un eunuco gordo la siguieran por todo el bazar.

Un qarthiano se cruzó en su camino.

—Madre de Dragones, esto es para vos. —Se arrodilló y le puso ante el rostro un cofrecito enjoyado.

Dany lo cogió casi por puro reflejo. El cofre era de madera tallada, con la tapa de madreperla e incrustaciones de jaspe y calcedonia.

—Sois muy generoso. —Lo abrió. Dentro había un brillante escarabajo verde de ónice y esmeraldas.

«Es muy bonito —pensó—. Servirá para ayudarnos a pagar el pasaje.»

—Lo siento mucho —dijo el hombre cuando la vio meter la mano en el cofre, pero ella apenas lo oyó.

El escarabajo se desenroscó con un siseo. Por un instante Dany pudo ver una cara negra, malévola, casi humana, y una cola arqueada de la que goteaba veneno… y en aquel momento el cofre salió volando de su mano en pedazos. Un dolor repentino le atenazó los dedos. Lanzó un grito y se agarró la mano, mientras el vendedor de objetos de bronce empezaba a chillar, después gritó una mujer, y pronto todos los qarthianos estaban gritando y empujándose. Ser Jorah pasó junto a ella, y Dany cayó con una rodilla en tierra. Volvió a oír el siseo. El anciano golpeó el suelo con el extremo de su cayado, Aggo llegó al galope por en medio de un tenderete donde se vendían huevos y saltó de la silla, el látigo de Jhogo restalló en el aire, Ser Jorah golpeó al eunuco en la cabeza con la bandeja de bronce, marineros, prostitutas y mercaderes corrían o gritaban, o hacían ambas cosas…

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